Silvia C.S.P. Martinson
Traducida al español por José Manuel Lusilla
Tío Raimundo, como siempre, llegaba sigilosamente, sin hacer alarde de su presencia.
Cuando nos dábamos cuenta, ya estaba sentado en una silla frente a la gran mesa de mármol que había en la terraza cubierta, en el fondo de la casa de su sobrina. Cuando lo veíamos, allí estaba él, sentado, tranquilamente, con una leve sonrisa en el rostro, como si adivinara que nos estábamos acercando.
Normalmente, esto ocurría después del almuerzo. Nunca venía a almorzar, pues ya lo había hecho en su casa. Tomaba una barca, porque vivía en una isla cercana a la capital, y llegaba a primera hora de la tarde, ya fuera para ir al médico, porque era muy anciano, o para visitar a los parientes, siendo siempre bien recibido por todos.
Los niños lo adoraban por las historias que siempre tenía para contar. En una de esas visitas, contó que, en una ocasión, estaba pescando a la orilla del río y, como había pescado muchos peces, decidió limpiarlos ahí mismo, acuclillado en un barranco de arena, junto al agua. Mientras los limpiaba, no se dio cuenta de que un escorpión había empezado a subir por su pierna. Solo cuando sintió la picadura del animal y el dolor que le causó, se percató del peligro que esto representaba.
Las personas que viven en el campo saben lo mortales que pueden ser las picaduras de ciertas serpientes o escorpiones. Aquel escorpión, según contó el Tío Raimundo, era dorado y, como él decía, estos son los más mortales, pues son altamente venenosos.
Así, narrando su historia, explicó cómo logró salvarse. Dijo que sacó el machete que siempre llevaba consigo y, de un solo golpe, cortó un trozo de carne de su espinilla, dejando el hueso expuesto en el lugar donde el bicho lo había picado.
La sangre le brotó en abundancia, pero, como siempre llevaba consigo algodón y compresas en sus pescas, se hizo un vendaje allí mismo. Después de esto, recogió todo y se dirigió a un hospital en la ciudad para ser atendido. Con el tiempo y mucha atención médica, logró curarse.
Sin embargo, lo más interesante e inexplicable de todo es que, cada año, en el mismo lugar de la picadura, la piel que había crecido allí se enrojecía y ardía intensamente, causándole dolor y obligándolo a tener mucho cuidado para que la herida no se abriera nuevamente, dejando expuesto el hueso de su pierna.
Y así, contando su historia, el Tío Raimundo levantó la pernera del pantalón que llevaba y mostró a los niños la gran cicatriz que tenía.
Los niños quedaron boquiabiertos y con los ojos muy abiertos mientras el Tío Raimundo les mostraba lo que le había sucedido y, al mismo tiempo, aprovechó para aconsejarles:
—Queridos niños, nunca se acerquen a un escorpión dorado. Es hermoso, pero traicionero y malvado.
Y sonriendo, se despidió con un gesto de la mano, se levantó y, tranquilamente, como siempre, se marchó.