CategoríaProsa

Las dos

L
Dibujo que ilustra el texto "Las dos"

Silvia C.S.P. Martinson

La plaza estaba plena de luz. Un sol, diferente a todos los demás, la iluminaba y hacía que los colores de los objetos que allí se encontraban resplandecieran. Ambas caminaban por separado, despacio, absorbiendo el aire puro que en aquel rincón se respiraba, el clima ameno y la belleza de todo lo que las rodeaba.

Y he aquí que encuentran un banco acogedor y se acercan a él. Todavía no se conocen, pero sienten una cierta afinidad y comienzan a conversar. Son oriundas de patrias diferentes y lejanas: una es española y se llama Rosita; la otra es brasileña de nacimiento, aunque sus padres eran rusos y le dieron el nombre de Aurea. Fue su primera hija en aquella tierra; sus otros doce hermanos habían nacido en Europa.

Rosita, más desinhibida, comienza a entablar conversación con Aurea y le cuenta sobre su ascendencia familiar. Era la décima hija de una familia pobre, lo que había supuesto grandes dificultades para criarla y la obligó a casarse pronto para que el hombre que la desposó la mantuviera y, automáticamente, aliviara los gastos de aquel hogar. Contó, además, que de su matrimonio —marcado por las costumbres vigentes de entonces, cuando al hombre se le otorgaban todos los derechos de mando, incluso el de disponer sexualmente del cuerpo de la mujer, importando poco si a ella le gustaba o no— le nacieron seis hijos. Los crió con mucha dedicación y gran esfuerzo, pero con disciplina y buena formación moral, logrando que se convirtieran en hombres y mujeres competentes, cultos y útiles para sí mismos y para la sociedad. Todos los hijos de Rosita cursaron estudios universitarios y fueron altamente reconocidos por sus talentos y cualificación.

Rosita enmudeció por algún tiempo. Aurea, entonces, narró la epopeya de su propia vida. Contó que sus padres en Rusia eran personas cultas, gozaban de una vida estable, cómoda y con acceso a la educación y a la cultura, pero, por circunstancias políticas, tuvieron que emigrar. Eligieron Brasil, una tierra nueva con grandes posibilidades, para vivir allí y criar a su familia.

Se equivocaron. Las tierras a las cuales emigraron eran semisalvajes. La vida allí era dura; había animales bravíos y desconocidos para ellos. Ante la diversidad del clima, la dificultad de adaptación a aquel lugar casi inhóspito y el trabajo al que no estaban acostumbrados, ambos fallecieron. Él, en un riachuelo, tras la caída del caballo que montaba, que lo aplastó contra el suelo; ella sufrió una neumonía de la cual no consiguió curarse poco tiempo después de la muerte de su marido.

Los hijos quedaron huérfanos; entre ellos, Aurea, a los cuatro años de edad. Los hermanos mayores asumieron la crianza de los más pequeños. Aurea fue entregada a una hermana casada que vivía en otra ciudad y que la convirtió en su empleada doméstica, sin permitirle una educación refinada como la que sí le daba a su propia hija única. Aurea cursó solamente hasta el cuarto año de primaria. Años después, se casó también con un hombre de origen europeo, de padres alemanes. Aurea, a pesar de su escasa escolaridad, era una lectora voraz y adoraba la música, especialmente la clásica y las óperas.

Así, conversando, ambas hablaron sobre sus familias actuales, sobre sus hijos ya mayores y sus nietos. Dijeron que aún sentían preocupación por el futuro de todos, ante las guerras mundiales que se avecinaban de nuevo para la humanidad. Se preocupaban por sus hijos: Aurea, por sus dos hijas que, aunque cultas, eran sensibles y dedicadas al arte, no tan pragmáticas como los hijos de Rosita.

El tiempo pasaba y ellas no se daban cuenta de que llevaban allí un largo periodo, tal era la afinidad que sentían la una por la otra y la infinita belleza del lugar. Observando todo lo que pasaba alrededor y disfrutando de aquella inmensa paz, por fin comprendieron...

Aquel lugar merecía sus historias. Habían partido. Sus almas, ahora libres y felices, hace mucho que no habitaban viejos cuerpos.

Vida de matutero

V
Dibujo que ilustra el artículo "matutero"

Alfredo Bone Riquelme

Y así comencé la vida de “matutero”. Un día pensé que sería buena idea cruzar las fronteras de mi país e internacionalizarme en el “arte” del matute. Tomé un vuelo a São Paulo.

Aterricé, ya tarde, en el aeropuerto de Guarulhos, que dista aproximadamente una hora de la ciudad. Llegué de noche, con las calles casi vacías, al centro de São Paulo, a un paseo peatonal llamado João Mendes (si es que se escribe así).

El hotel era pequeño, pero mi habitación tenía vista al paseo, que durante el día era de una actividad febril. Recorrí las calles e inmediatamente me enamoré de São Paulo y de Brasil. La afabilidad de la gente era extraordinaria; la alegría se sentía al solo pisar ese asfalto interminable por donde corría la Avenida Paulista o se llegaba al barrio comercial, donde los coreanos, japoneses y otros inmigrantes tenían sus fábricas y locales llenos de mercancías.

Había ropas de colores increíbles y música que lo llenaba todo. Era impresionante ver, de pronto, a un muchacho coger un latón y comenzar a golpearlo con un ritmo de candombe; pronto, algunos otros se le unían con instrumentos improvisados, conformando una banda callejera que duraba algunos minutos, con gente cantando o bailando. Luego, todos se dispersaban para continuar sus labores habituales. Era subyugante.

Las calles estaban llenas de carros cargados de abacaxi o piñas, que cortaban de dos machetazos para ofrecer pedazos dulces que se deshacían en la boca. Las mujeres eran exuberantes y bellas, llenas de una alegría que, al caminar, hacía que contonearan las caderas con un ritmo que mareaba.

Bastaba sentarse un rato en una mesa a disfrutar de esos grandes vasos rebosantes de espuma de chopp Brahma para que, en pocos minutos, estuvieras conversando con varios desconocidos que ya parecían amigos de toda la vida.

Allí encontré a unos amigos brasileños a los cuales había conocido en Bolivia y con los que compartimos algunas noches de juerga. Me llevaron a “Bixiga”, el barrio de los clubes nocturnos en São Paulo, y allí me perdí en montones de locales, uno al lado del otro, donde la música sonaba y las bailarinas se movían sin pudor.

Mis amigos me llevaron a un local que estaba repleto de gente y me pidieron que entrara. Apenas lo hice, sentí que muchas manos me tocaban por todos lados y, preso de espanto, salí corriendo para encontrar a mis amigos afuera, riéndose. Era un bar gay.

Pero mis caminatas por los diferentes centros comerciales de la ciudad me surtieron de mucha mercadería que luego traería a Chile. Y así fue mi primer viaje a Brasil.

Los siguientes viajes —pues empecé a viajar casi una vez al mes— fueron por tierra, en una línea de buses llamada “Pluma”, que viajaba de Santiago a São Paulo y a otros destinos como Argentina y Paraguay. A São Paulo se demoraba tres días y tres noches, en los cuales aquellos que subíamos siendo totales desconocidos llegábamos siendo amigos de toda la vida.

Durante el trayecto se armaban fiestas: bebíamos, cantábamos y compartíamos en los lugares donde el bus paraba. Más de alguna vez compartí habitación de hotel en São Paulo con algún amigo conocido en el viaje.

Aprendí mucho de esos recorridos. Aprendí que la mejor comida no estaba en los paraderos de buses, sino generalmente al lado, en las paradas de camiones, donde era más abundante, mejor y más barata.

Y conocí al “Papi”.

El Papi ayudaba al dueño del parador que se encontraba en la ruta 123, en medio de la provincia de Santa Fe, apuntando hacia el paso fronterizo de Uruguaiana. El bus llegaba —cuando veníamos de Chile— alrededor de las seis de la mañana; y a las cuatro de la tarde, cuando regresábamos de Brasil.

Cuando llegábamos allí, el Papi tenía las parrillas encendidas, con los trozos de carne listos sobre el fuego y las papas fritas recién hechas. Había café caliente con “la galleta”, un pan de corteza dura, ideal para untar con mantequilla.

Detrás del restaurante —que era una casa sin letreros en medio de la nada— había un cuarto equipado con duchas para hombres y mujeres, donde corríamos a bañarnos y cambiarnos de ropa antes de proceder a rellenar el estanque.

Poco a poco, establecí una relación con el Papi. Era un hombre campechano, alto y fornido, de gruesos bigotes negros. Un gaucho sin caballo ni boleadoras.

Entre conversación y conversación, me preguntó qué era lo que yo compraba en Brasil. Casi todos en el bus se dedicaban a alguna forma de negocio, así que no era raro que supusiera que yo andaba en esas corridas. Adentrándonos en la charla, me pidió que le trajera algunos productos de esos que se consiguen en las tiendas de artículos sexuales, ya que en Argentina estaba prohibida su venta.

Dicho y hecho. En São Paulo compré algunas revistas eróticas, aerosoles llamados “Stud” para prolongar el orgasmo, uno que otro consolador y alguna película para pasar las tardes de aburrimiento en la soledad del cuarto.

En el regreso, el Papi me compraba todo. Así establecimos una relación de negocios donde yo traía muchos de estos elementos de placer y él se quedaba con casi todo. Era dinero fácil y seguro.

Yo seguía hacia Chile con mis bolsos —que eran varios— cargados de esa bella ropa interior que en Chile aún no se conocía. De todos los colores: rosados, rojos, verdes intensos, negros con encajes transparentes… Esta ropa se vendía rápido, como hoy se venden los productos de Victoria's Secret. Fuera de eso, traía poleras, pantalones, trajes de baño, etcétera.

La vida era un viaje eterno y placentero, aunque largo y lleno de matices.

 

Mecánico por un día

M

Carlos Bone Riquelme

Fue quizás en el 72 cuando mi cuñado, Carlos Enrique Trabucco, tal vez cansado de mi inactividad, me consiguió un trabajo en el taller mecánico de unos amigos de apellido Mans y Spoerer. El taller, creo, estaba localizado en Maipú o Freire.

Ellos me contrataron primero para ayudarles en la oficina, pero, al poco andar, se percataron de que los números para mí eran otro idioma; así que me ofrecieron un puesto como ayudante-aprendiz de mecánico. Quizás con la buena intención de enseñarme algún oficio con el cual yo pudiera ganarme la vida decentemente. De eso, de la decencia, era poco lo que yo conocía en aquella época.

Los dueños eran dos personas muy buenas y simpáticas, pero, por sobre todo, pacientes con este inútil de buenas relaciones. Para los mecánicos, yo fui "pasto verde" para las bromas, especialmente por la ignorancia suprema que mostraba hasta en las más mínimas tareas manuales.

Me mandaban a pedir el “martillo de tres puntas” o la “correa del termostato”, lo cual causaba las risas de todos cuando el flaco ayudante, de pelo largo y con cara de despistado, llegaba a la ventanilla de herramientas con estos extraños requerimientos.

O en las tardes, me entregaban las bandejas de herramientas, pero antes las embadurnaban de grasa por debajo; así, en cuanto las tomaba y las entregaba, ya tenía las manos negras. ¡Cuál sería la risa de los muchachos cuando me pidieron hacer un cambio de aceite! Por supuesto, estaban todos pendientes de cuando yo aflojara el perno... y el aceite me cayó directo en la cara.

La culminación de todos estos desaguisados fue cuando me pidieron desarmar un carburador. Por supuesto, cuando lo armé, me sobraban piezas como para dos carburadores. Más de algún carro salió del taller para regresar a los dos minutos, tosiendo como un viejo asmático, pues a mí se me había olvidado agregar o reponer alguna pieza clave para el funcionamiento del motor.

La verdad es que Spoerer fue extraordinariamente paciente con mi inhabilidad para cualquier cosa que fuera práctica. Además, me pagaron, cuando debería haber sido yo el que les pagara a ellos. Posiblemente, si ellos leen estas letras, se acordarán del flaco de pelo largo y cara de sueño que alegró —por lo menos— la vida del taller, siendo el hazmerreír por... ¿una semana?

La mujer que caminaba

L

Silvia C.S.P. Martinson

Ella caminaba despacio, iba recordando... Se acordaba de cuando era joven, bonita y llena de sueños. Recordó a su familia, a sus padres tan tradicionales y restrictivos en sus hábitos y costumbres, que vivían molestándola con prejuicios tan comunes en la época. Querían que fuera circunspecta, que no sonriera, ni hablara con personas desconocidas y, tampoco, que se acercara a ellas. En cuanto a tener novios o relaciones sexuales antes del matrimonio, ¡ni pensarlo!

Intentaron convencerla de que una joven decente no debería pensar en sexo con quien le atrajera la atención; eso solo estaba permitido a las prostitutas, a las mujeres de "vida fácil", como decían ellos. A ella, solo le cabía estudiar y prepararse para ejercer un trabajo digno y discreto, siendo sumisa al hombre con quien algún día se casaría.

Mientras caminaba, ahora ya con 70 años, al recordar todo esto, esbozó una sonrisa involuntaria. Recordó que, a los 18 años, se insubordinó contra la filosofía de sus padres: fue a trabajar como secretaria, salió de casa y alquiló un apartamento para vivir sola. Fue entonces cuando vino la guerra. Sus colegas de oficina fueron convocados a luchar. Entre ellos había uno, especialmente guapo y liberal, que le atraía sobremanera. Antes de partir, él la invitó a cenar y ella, encantada, aceptó.

Tras la cena, caminaron en dirección a su casa, donde ella lo invitó a tomar una copa. Entre algunas copas de vino, se besaron e hicieron el amor apasionadamente. Al día siguiente, se despidieron y él partió al combate. No volvió nunca más. Nostálgicamente, ella recordó lo que quedó de esa unión fugaz: un embarazo que la obligó a criar a un hijo prácticamente sola, lo que hizo que su familia la rechazara definitivamente.

Tras años de lucha, su país ganó la guerra. En el trabajo, por su dedicación y competencia, ella destacó sobre sus colegas y alcanzó una posición de prestigio. El dueño de la empresa, un viudo bastante mayor, pasó a observarla con un interés que iba más allá de lo profesional; admiraba su belleza, sus maneras liberales y su forma de vestir. Sin preámbulos, la invitó a casarse. Ella aceptó, con la condición de llevarse al hijo. Él, un hombre solo y sin familia, aceptó al niño como si fuera suyo.

Todos estos hechos volvían a su memoria mientras seguía su camino. El hijo se convirtió en un hombre inteligente y capaz; se licenció en Derecho y, tras aprobar una oposición, se convirtió en un diplomático respetado que hoy vive en Suiza. El padre adoptivo murió siendo ya anciano, dejándoles una fortuna que le permitía vivir con tranquilidad.

El mundo estaba agitado nuevamente. Los países disputaban poder y dinero en nuevas guerras, con dirigentes ajenos al sufrimiento del pueblo. Pensando en todo lo que pasó y en el escenario actual, ella se sintió extremadamente cansada. Se dirigió a una plaza que le gustaba mucho, adentrándose en un jardín repleto de árboles florecidos; era primavera y el perfume inundaba el aire.

En un banco, bajo un árbol frondoso, se sentó a aspirar la fragancia de las flores. Una leve sonrisa se esbozó en su rostro y sus ojos se cerraron. Allí se durmió... para siempre.

Las botas

L

Silvia C.S.P. Martinson

João, ese era su nombre. Lo había recibido al bautizarse porque sus padres tenían una enorme fe en San Juan Bautista, quien en vida anunció la venida de Cristo y era conmemorado como un santo de grandes poderes. Precisamente un 24 de junio, día de su onomástica por haber sido mártir y hombre justo, nació João hace exactamente setenta años.

Vivió mucho e intensamente. Fue un niño pobre dentro de una familia numerosa, compuesta por sus padres y cinco hermanos más jóvenes que él. Desde pequeño aprendió a colaborar en el hogar: ayudaba a su madre en las labores domésticas y en el cuidado de sus hermanos menores; y a su padre, en la cría de gallinas para el consumo familiar y en la huerta, asegurándose de que nunca faltara abono o agua para las hortalizas.

Sin embargo, no le faltó educación a pesar de las estrecheces financieras. Sus padres eran conscientes de que el estudio era la llave del éxito para la vida profesional de sus hijos. Con gran sacrificio los inscribieron en escuelas públicas, donde los niños asistían a clases modestamente vestidos, pero sin que jamás les faltaran libros o cuadernos para un buen desempeño escolar.

Así, João fue el primero en completar con brillantez los cursos básicos y encaminarse a la Universidad. Cursó sus estudios por la noche, pues en aquella época ya había conseguido empleo en una casa comercial donde trabajaba a tiempo completo. Allí, gracias a su dedicación y competencia, era plenamente respetado y apreciado.

El tiempo, amigo inexorable de los vivos, pasó; y con él transcurrieron las experiencias de João, tanto las positivas como las aparentemente negativas. En un giro ambicioso, se casó con la hija del dueño de la empresa, renunciando a la joven que lo amaba profundamente en favor de esta nueva relación, más auspiciosa a su modo de ver. Fue feliz en ese matrimonio, tuvo hijos y los educó dignamente según las posibilidades que su nueva posición le otorgaba. Se había convertido en un hombre rico.

Por su parte, la joven que él había dejado también siguió con su vida profesional y se casó tiempo después. Tuvo tres hijos que solo le dieron alegrías, pues se convirtieron en profesionales de éxito: uno fue diplomático en Europa, mientras que los otros dos, ingeniero y arquitecto respectivamente, fundaron una próspera empresa juntos.

La vida, no obstante, dictó sus propias sentencias. El marido de ella falleció joven a causa de una enfermedad fulminante. Poco después, la esposa de João también murió. Desde entonces, él siguió cuidando de sus hijos sin volver a entablar ninguna relación sentimental.

Aquella joven de su juventud se llamaba Maria Dolores. Sin embargo, para sus allegados, el nombre "Dolores" había caído en el olvido; todos la llamaban simplemente Maria. Ella, como tantas otras en este mundo, vivió momentos de alegría y de profunda tristeza que, gracias a su carácter fuerte, comprendió como hechos inherentes a la condición humana.

Los años pasaron y la vejez llamó a la puerta de ambos. En un viaje largamente esperado —pese a no haberse visto ni hablado en décadas— el destino los reunió en un autobús. Por azar o providencia, terminaron como compañeros de asiento, uno al lado del otro, cruzando la frontera hacia un país vecino.

Durante el trayecto, al compartir sus vivencias, la antigua atracción renació. Al llegar a su destino, no se separaron más. Pasearon y disfrutaron de cada belleza y novedad que se les ofrecía. Eran felices y hacían planes para vivir juntos definitivamente al regresar. En aquel viaje, João calzaba con orgullo sus botas nuevas, unas que solo había podido comprar tras años de esfuerzo y que sentía como un amuleto de buena suerte.

Sin embargo, la felicidad fue efímera. Una noche, al abrir la puerta de su habitación de hotel, Maria se encontró con una hermosa mujer que le sonreía. La extraña criatura le extendió las manos y la abrazó con tal cariño que Maria, fascinada, se quedó dormida en sus brazos. En ese instante, la figura emprendió el vuelo hacia las estrellas, conduciendo el alma de la anciana y dejando su cuerpo desvanecido en el suelo para siempre.

João, desconsolado, regresó a su casa calzando aún las botas tan deseadas y ambicionadas. Al llegar, con la tristeza grabada en el pecho, sintió que aquel calzado solo le recordaba su gran pérdida.

Se las quitó y las limpió cuidadosamente; aún estaban nuevas. Caminó hasta la acera frente a su casa y, en un muro cubierto de flores, las dejó escondidas entre los pétalos. Esperaba que algún transeúnte inadvertido las encontrara y las recogiera, pensando que eran una buena adquisición. Quién sabe... quizás a otro le traerían una suerte distinta.

Suspiros

S

Silvia C.S.P. Martinson

Ella se vistió completamente de blanco. El vestido cubría todo su cuerpo, sin dejar ni un pedacito descubierto. Él era, ese día, translúcido, brillante y de una luminiscencia rara vez vista antes.

El cuerpo de ella era redondo, estaba en su plenitud de belleza y presentaba en sus picos y relieves formas seductoras, aunque un tanto ensombrecidas.

Ella quería seducirlo de cualquier manera. No pretendía, de ninguna forma, perderlo de vista o que él, aunque fuese por breves minutos u horas, dejase de admirarla y hacerla feliz al desearla tanto.

Estaban los dos cerca del mar, sin embargo, los separaba una gran distancia. Prácticamente insuperable. Todos lo sabían, menos ellos, enamorados el uno del otro. Mantenían siempre la esperanza de que un día, tal vez, en un futuro próximo, pudiesen por fin abrazarse y besarse intensamente. Y en esta espera, ella aguardó toda la noche para que, por la mañana, ellos se encontrasen.

Poco a poco, el cielo se fue inundando de claridad. En el mar, los pájaros en bandadas buscaban ya su alimento, posando en las aguas donde los peces nadaban libremente. Los barcos zarpaban del puerto rumbo al océano profundo, donde con sus redes recogerían los cardúmenes que necesitaban para la supervivencia de los humanos.

Y he aquí que, en aquel momento, él apareció en el horizonte, trayendo en su camino una explosión de colores que inundaron las restantes sombras de la noche de mucha luz y belleza. Colores que iban del amarillo brillante al rojo púrpura.

Él la buscó para una vez más abrazarla y besarla con intensidad. Ella, feliz, lo recibió, ese día, por más tiempo de lo normal.

Ella quería permanecer donde estaba, lo deseaba intensamente, sin embargo, su luz y belleza se fueron apagando poco a poco, mientras que él se volvía más fuerte, más ardiente, más deseoso de quedarse definitivamente con ella.

La Tierra, madre cruel, envidiosa de la belleza de los dos, se interpuso en sus caminos haciendo que ambos, nuevamente, no pudiesen verse más en aquel día.

No obstante, en el corazón de los dos la esperanza continúa existiendo. La Luna blanca y resplandeciente espera poder, en un día cualquiera, abrazar y acariciar a su elegido, el tan exuberante y siempre apasionado Sol.

Y él, el Sol, en su caminata eterna, continúa a la búsqueda de un lugar donde pueda esconderse para poder, al fin, llorar.

Abrazado a la luna

A

Carlos Bone Riquelme

 

No era alto, pero tampoco bajo. Más bien, de lo que se diría una estatura media chilena —que, en términos internacionales, era más bien baja—, aunque tenía algo que atraía. Se vestía siempre de traje y corbata, y su aspecto era pulcro, de esos que invitan a imaginar el aroma de la colonia o el after shave que se aplica cada mañana.

Más de alguna mujer se habría preguntado cómo serían sus noches, porque su paso era pausado y sus manos, de dedos largos y uñas bien cortadas, parecían hechas para el placer. Sus ojos negros, ligeramente hundidos bajo largas pestañas, lo hacían parecer más un poeta que el oficinista de banco que en realidad era. Trabajaba hacía años en el Banco de Comercio, con gran dedicación a sus labores; nunca llegaba tarde ni se iba temprano.

Era responsable, metódico y atento a los cambios que pudieran afectar a la institución. Sin embargo, no era de los que notan lo que ocurre a su alrededor.

Su nombre era Sean, de origen irlandés. Sus padres, Mauren y Albert, eran de Dublín, aunque se habían mudado a Chile antes de que él naciera. Sean había escuchado muchas veces las historias de cómo escaparon de la guerra entre irlandeses e ingleses, aquella lucha interminable entre la Irlanda católica y la protestante de Belfast. Cansados de la violencia y del odio, huyeron hacia el sur del mundo, buscando paz.

Ya en Santiago, decidieron mudarse a un lugar más tranquilo, lejos del ruido de la capital. Entre las posibles ciudades, les llamó la atención aquella pequeña urbe costera: Concepción. Allí se establecieron. Allí nació Sean.

Fue hijo único. Después de su nacimiento, su madre sufrió dos pérdidas, y el médico le dijo que no podría tener más hijos. Así que Sean creció rodeado de cuidados y sobreprotección. Su padre, ingeniero de profesión, consiguió trabajo en la gran compañía metalúrgica del país, Huachipato, mientras su madre se dedicó por completo al hogar.

Sean estudió en un colegio católico. No era el alumno más brillante, pero sí uno de los más dedicados. Era algo introvertido, sin muchos amigos; prefería la lectura a los grupos bulliciosos. Sus padres alentaban esa afición, comprándole libros y dándole el espacio que solo quienes leen conocen: ese mundo interior donde todo cabe.

Esa pasión, sin embargo, no ayudó mucho en su vida social ni afectiva. Nunca tuvo una vida amorosa activa, aunque varias chicas se interesaron en él. Lucía siempre serio, concentrado en los estudios, y sus buenas notas le valieron el apodo de “tonto serio”, lo que lo alejaba de los compañeros populares.

Tampoco le gustaban los deportes, otro motivo de distancia en un país tan futbolero.

Terminó la enseñanza media con las mejores calificaciones, lo que le permitió obtener una beca en la Universidad de Concepción, donde decidió estudiar Economía, ciencia que ya lo había cautivado desde que leyó a Adam Smith en la adolescencia. Desde el primer año, se dedicó por completo al estudio. Tuvo alguna novia, pero ninguna relación duró demasiado: su tiempo pertenecía a los libros.

Al graduarse con honores, postuló a un posgrado en la Universidad de Princeton, en Estados Unidos. Fue aceptado sin dificultad y pronto se convirtió en uno de los estudiantes más destacados. Obtuvo su Máster en Ciencias Económicas en apenas dos años, y antes de graduarse ya le habían ofrecido trabajo como profesor adjunto y como parte del equipo de investigaciones económicas de la universidad. Su carrera prometía, y sus padres se sentían orgullosos.

Una tarde, al salir de la universidad, cansado y con una llovizna fina cayendo sobre la ciudad —o tal vez solo sobre su ánimo—, decidió detenerse en un bar cualquiera, en una calle desconocida, para despejar la niebla de su espíritu.

El lugar estaba lleno: hombres de traje mezclados con obreros, y alguno que otro perdido en las sombras del rincón. Con algo de esfuerzo, Sean alcanzó la barra de madera gastada, brillante de grasa y de manos anónimas. Se apoyó en el mostrador y llamó al tabernero, quien, entre los gritos de los clientes, se acercó con indiferencia amable y le sirvió un whisky.

Bebió un trago, y al mirar alrededor vio un grupo reunido en torno a una mesa junto a la ventana. En el centro, una mujer de cabello negro y ojos profundos parecía tener dominados a los que la rodeaban.

Sean no pudo evitar clavar la mirada en ella.

Y quizás, sintiendo el peso de esa atención, ella giró lentamente la cabeza.

Por un instante, los ojos de ambos se encontraron en medio del barullo.

Las miradas se sostuvieron un instante. La de ella tenía algo de desafío, como si lo invitara al ruedo de una tarde de toros; la de él, en cambio, se mantenía distante, curiosa, pero sin definirse del todo.

De pronto, ella abandonó la mesa y se acercó.

Por un momento, Sean quedó descolocado, aunque pronto recuperó la compostura. Iniciaron una conversación trivial, que sin saber cómo derivó en algo más profundo, y luego —casi sin transición— en un diálogo íntimo, personal, como si se conocieran desde siempre.

Nadie podría decir cómo ocurrió exactamente, pero esa noche terminaron en su apartamento de soltero: un espacio impersonal, adornado con fotografías de edificios y reproducciones de Rockwell, con ceniceros impecables —porque él no fumaba— y un orden casi monacal.

Lo que empezó como un encuentro casual se transformó en muchas noches, y luego en una convivencia sin matrimonio, pero colmada de emociones intensas, de despedidas sin razón y reencuentros inevitables. Era una relación que parecía sacada de una película de los años cincuenta.

Las diferencias entre ambos eran evidentes: ella, una actriz de teatro, bohemia y soñadora; él, un profesional metódico, atrapado entre las complejidades de la economía moderna.

Pero había entre ellos una tierra de nadie que los encontraba cada noche. Allí, ella dejaba atrás el maquillaje del escenario, y él se despojaba del traje y la corbata —esa segunda piel de un animal domesticado—. Frente al balcón del apartamento, miraban juntos la noche, desnudos de ropa y de intenciones, acompañados solo por una canción de Frank Sinatra y un cóctel improvisado.

En esos momentos, se desprendían de sí mismos para entrar en un pacto secreto, un contubernio que los alejaba de sus respectivos mundos.

Pero la mañana los devolvía a la realidad: cada uno despierto en su propio extremo de la cama, conscientes de que el mundo —su mundo— era así, lleno de cercanías imposibles y distancias inevitables.

Ella le habló de su infancia.

De su padre, muerto en una de esas revoluciones tercermundistas que devoran esperanzas.

De su madre, una mujer fuerte, que trabajaba “como mula”, decía ella, para darle de comer y empujarla hacia un futuro que se desbocó el día en que decidió ser actriz.

Nunca se supo si realmente tenía talento, pero el teatro fue su refugio: el lugar donde la vida y la ficción se mezclaban hasta confundirse.

Su madre terminó aceptando lo inevitable, y ella partió rumbo al mundo anglosajón para estudiar artes dramáticas, decidida a convertirse en aquello que siempre soñó: un redoble de tambores, un concierto al aire libre, un personaje entre millones de otros que salían de páginas ya escritas —y muchas aún por escribir—.

Eran dos mundos distantes, amarrados sin compasión, sabiendo que, desde el principio, todo se derrumbaba desde las bases.

Porque, aunque los unía la pasión, sabían que lo suyo no tenía sentido.

Y un día cualquiera, él aceptó un empleo en el Banco Central de Chile.

Decidió volver a sus comienzos. No porque lo deseara realmente, sino porque necesitaba dejar de soñar. Ya estaba cansado; todo aquello lo sobrepasaba.

En algún momento compró un anillo, y durante unas horas creyó en la ilusión del gesto.

Pero pronto comprendió su inutilidad y lo devolvió.

Esa noche caminó sin rumbo por las aceras desnudas de la ciudad, por los barrios donde los sin casa se agrupaban alrededor de tambores encendidos, calentando las manos entre el fuego y una botella compartida.

Cuando volvió al apartamento, la encontró mirando fijamente la pared, como si en ella buscara una señal.

Sabía —ambos lo sabían— que ni Dean Martin podría unirlos o separarlos más de lo que la vida ya había decidido.

Aquella noche durmieron de espaldas, cada uno mirando hacia su propia pared, buscando la dirección contraria, arrastrados por una fuerza invisible, una gravedad inevitable, como si Newton mismo hubiera trazado sus órbitas divergentes.

Y así fue como un día él desapareció.

Sin palabras, sin despedida.

Solo una carta —llena de drama y lágrimas disueltas— quedó sobre la mesa.

Ella, entonces, volvió a los bares de siempre, con los mismos amigos y las mismas risas de humo.

Allí, entre copas y canciones, los sueños parecían transformarse en realidad, aunque solo fuera por unas horas.

El maestro

E

Silvia C.S.P. Martinson

 

El discípulo lo extrañaba inmensamente y lo recordaba a menudo en sus caminatas diarias.

Recordaba cuánto conversaron los dos todos los días y también las historias que él, el Maestro, siempre tenía para contarle.

También le había transmitido a él, su discípulo, a través de su ejemplo, las diversas maneras de enfrentar la vida y los obstáculos que esta les ponía por delante, en las más diversas formas, para que, sabiamente, consiguieran superar las dificultades con éxito.

El Maestro, poco a poco y confiando en la discreción de su alumno, con el tiempo y los años, le fue contando pasajes de su vida, sobre todo con el objetivo de lograr con ello el aprendizaje del discípulo. Él sabía que este sería el último en esta vida porque su misión ya estaba casi completada en aquel lugar.

El camino del Maestro había sido largo y, algunas veces, difícil.

Había nacido en una familia cuyo padre provenía de progenitores inmigrantes huidos de las guerras, y de una madre huérfana, criada por su hermana, quien solo se aprovechó de ella para que criara a su hija y sirviera como empleada doméstica en su casa, proporcionándole poca educación y escolaridad.

A pesar de las dificultades, los padres del Maestro, al casarse y enterarse, más adelante, de que tendrían un hijo, resolvieron, dentro de sus posibilidades, proporcionarle un nivel de educación mejor que el que ellos tuvieron.

Entonces él vino al mundo trayendo en su bagaje espiritual el conocimiento de que tendría dificultades que superar, al mismo tiempo que, en su vida, debería acoger a otros en su camino, a quienes, por su elección en el plano espiritual, se había comprometido a ayudar a desarrollarse y a crecer como seres humanos inteligentes y bondadosos.

Las experiencias sufridas por el Maestro para hacer justicia a esta palabra fueron muchas veces difíciles de superar. Sin embargo, su fuerza de voluntad y confianza en sí mismo hicieron que fuera venciendo todos los obstáculos propuestos.

Por su propia voluntad, fue a trabajar muy temprano, mientras estaba estudiando, con el objetivo de aliviar la carga doméstica de sus padres, que ya estaban envejeciendo.

Tuvo éxito en este empeño: concluyó sus estudios a pesar de trabajar todo el día en una empresa bancaria. Lo hizo en colegios que tenían clases nocturnas y eran públicos. Volvía cansado a casa, pero más feliz por un día más de conquistas.

La Universidad la cursó por la noche y de ella salió con reconocido brillo por parte de sus profesores, que lo eligieron para representar a sus colegas en la graduación oficial.

A lo largo de toda esta trayectoria, dejó solo amigos por el camino, a quienes, por su personalidad y manera de actuar, sembró buenos ejemplos, tales como: confianza, determinación, paciencia y comprensión respecto a las diferencias de personalidad y educación de cada uno.

Se casó con una mujer a la que dedicó afecto, respeto y que le proporcionó momentos de alegría con la llegada de hijos, y también estados de tristeza cuando ambos compartieron enfermedades y grandes dificultades financieras que ocurrieron en sus vidas, debido incluso a su desprendimiento y carácter benigno en relación con las demás personas.

También sabía que al final de su jornada tendría, después de un largo camino, la presencia de un último discípulo con quien debería compartir su conocimiento, su amor y su dedicación.

En esta larga caminata de muchos años, le murieron los padres, los hijos siguieron sus caminos, sus vidas, sus compromisos y, por último, su mujer, después de una larga y sufrida enfermedad, lo dejó, llegando a fallecer también.

El discípulo entonces apareció un día cuando, ya mucho más viejo, caminaba por la playa por la mañana, como lo hacía siempre desde que se quedó solo.

El mar estaba en calma y derramaba suavemente sus aguas en la arena, mientras el sol brillante surgía en el horizonte.

Él lo miró y lo reconoció inmediatamente. Era él, su discípulo.

Ambos se reconocieron.

La amistad se afirmó a través de los años, la afinidad y comunión de intereses se volvió, con el tiempo, cada vez más profunda y fructífera.

El discípulo, en este instante, al recordar todo esto, rememoró lo que el Maestro le había enseñado, al mismo tiempo que una lágrima de nostalgia y reconocimiento le corrió por el rostro.

El Maestro había partido, dejó esta vida, sembró la buena semilla y volvió al plano espiritual para, quién sabe, en nuevas caminatas, dejar en su rastro, nuevamente, más luz y belleza.

Recuerdos y sinsabores

R

Carlos Bone Riquelme

Las canciones me buscan en los momentos solitarios para recordarme que allí están aún aquellos que algún día bebieron y cantaron conmigo: "That’s Amore", "La Vie en Rose", "I Just Called to Say I Love You", y tantas otras que se pierden entre risas, brindis y carcajadas que van hundiéndose a la distancia entre abrazos, abrazos y amores.

Una noche de tragos en el vientre del edificio Amanecer, cantando todos a dúo: tú, Renato Burmeister, Carlos Meissner, Isabel Zuroff, Hellen y yo.

Luego, saliendo a la noche estival, para correr sin dirección y sin intención. Quizás besos en la disco, o bailes en "La Boîte La Sirena". O en el "Tú y Yo".

Tantas noches al compás de la orquesta en el Millaray, con el piano de Eliab Gómez resonando melancólico mientras él golpeaba las teclas con pasión, y la voz de Chilin cantándonos una melodía de aquellas que nos hizo suspirar.

Solo recuerdos que se van estirando, como el camino a Dichato, y que retumba en el "Lía Luz" con la melodía de "Hotel California" resonando en las noches de verano.

O la música de Santana desde los parlantes del Chiringuito en Playa Blanca, toda repleta de cuerpos bronceados, con sabor a sal y a las Coca-Colas espumeantes. O quizás sentados afuera del "Casino Oriente" en Penco, apilados en una mesa, mirando la playa que se estiraba con los "güiros" oscuros secándose al sol.

Y nosotros riéndonos con la Pilsen Escudo en la mano.

O noches friolentas de invierno paseando por la Laguna de los Patos en la Universidad, mientras tomábamos de la botella rescatada de algún rincón ignoto, entre risas y bromas.

Allí están Nano Wolf, Guillermo Gangas, "Catruto" Rocha, Cuchepo Wolf y tantos otros como Pato Casanueva "querubín", Arturo Adrián, Fernando Bello, Raúl Fierro, y el "Guatón" Luchin, mi "cumpa" de momentos que duele recordar.

A la sombra del Arco de Medicina. Con la Casa del Deporte y sus estatuas blancas mirando hacia el Hospital Regional.

Recuerdo las peñas folclóricas de la parroquia Universitaria con Pablito Ardouin cantando alto mientras sus dedos acariciaban la guitarra. "El Molino" y mi inolvidable amigo Jaime Díaz, con el cual terminamos, junto a Gonzalo Gamboa, en "El Yugo" de la estación.

Libando con el rico Ponche de Erizos, acariciando los labios y el corazón. Mirando la Playa Escuadrón, cuando solo eran árboles y arena deslizándose por kilómetros; Coronel con su calle serpenteando casi al lado del cementerio, donde enterramos a mi tía Helena Riquelme una tarde de esas que no se olvidan, con el sol bajando lento por el horizonte.

Y todos allí; la familia con el tío Rene, Mañunguito, y nosotros en aquella iglesia a la entrada y casi al lado del cementerio, mirando las cruces y cómo se nos va la vida. Poco es el caminar de la iglesia a la tumba. Y son tan largos los momentos que nos separan de ese mismo camino.

Cómo olvidar Lota, con sus bares de tablas y ventanas abiertas.

La casa del bisabuelo circundando el cerro, aún roja y de madera centenaria, con las ventanas con barrotes, y los pasillos oscuros que desembocan en habitaciones altas, llenas de sol, con cortinas blancas, de lino con bordes azulados.

Y la música que nos llega desde otra época: "Isabelita, porteña bonita, la calle palpita al verte pasar…", con esos matices románticos y de admiración que cruje con "Frufrú, Frufrú, canción de…", o quizás, "En un bosque de la China una chinita encontré…".

Todo desapareció, se esfumó entre los caminos de la casa de Don Pedro Zañartu en la desembocadura; o en el delicioso y colonial Parque Lota, donde habitó ella, la mujer más rica de Chile, Doña Isidora, y que un gran escritor penquista inmortalizó en una novela hace muy poco. Las canciones nos transportan a nuestros recuerdos, lejanos y cercanos, y nos vamos yendo de a poco, sin saber que nos vamos, pero con el corazón tibio de muchos momentos hermosos que nos pueblan la memoria…

La cocinera

L

Silvia C.P.S. Martinson

Todo pasó tan rápido, pensó ella. El tiempo, la vida, los hechos, los buenos y los malos momentos. Con ese pensamiento, se sentó en un banco de la plaza que, en esa época del año, primavera, estaba espléndida, con un hermoso colorido. Los árboles, cargados nuevamente de hojas verdes, contrastaban con el colorido de las diversas flores que habían sido plantadas y cuidadas hacía tanto tiempo en los varios y numerosos parterres allí existentes. Árboles viejos y viejos rosales, cargados de flores abiertas y en capullos, además del perfume, aportaban una inmensa paz al alma de quien observaba, como ella ahora. El banco en el que se sentaba era antiguo también; sin embargo, confeccionado en madera noble, resistía impávido a los cambios y rigores del tiempo.

Personas apuradas pasaban frente a ella. Mujeres bien vestidas, peinadas y maquilladas se dirigían, probablemente, pensó, a sus trabajos, a sus ocupaciones. Recordó que las mujeres ahora gozan de más libertad y tienen más acceso a la educación que en su tiempo.

Ella había querido estudiar y tener una carrera como profesora, o quizás incluso como médica, pero además de ser pobre, sus padres tenían una educación antigua, donde las mujeres solo estaban hechas para ser madres, servir al hogar, criar a los hijos y ser sumisas al hombre, su marido. En familias más abiertas se admitía que la mujer fuera profesora o quizás sirviera a Dios siendo monja. Una ligera envidia de las mujeres de ahora asomó momentáneamente en su mente y en su corazón.

Los hombres que transitaban allí con pasos ligeros rumbo a sus obligaciones le hicieron recordar a su padre y a su marido. Siempre ambos tan apurados. Fueron buenos hombres, honestos y, dentro de sus capacidades, buenos ciudadanos. Como cabezas de familia se condujeron, relativamente, a sus ojos, bien. Sustentaron a todos con moderación.

Su marido fue un padre cariñoso con sus hijos, les proporcionó acceso a la escuela y logró con mucho esfuerzo llevarlos hasta la universidad donde ambos se graduaron. Como marido, como hombre, sexualmente hablando, dejó lagunas. Tenía el hábito de mirar y, si era posible, tener relaciones sexuales con otras mujeres mientras ella trabajaba como cocinera en un restaurante para ayudar con su esfuerzo a la economía doméstica.

En ese momento pasaron junto a ella varios niños acompañados de sus padres que se dirigían a la escuela, lo que le hizo recordar a sus amigos de infancia hasta el punto en que pudo estudiar, es decir, el 5.º año de primaria con 12 años de edad, cuando fue enviada por sus padres a un restaurante de amigos de ellos para ser aprendiz de cocinera. Allí estuvo hasta hace poco tiempo, recordó, por más de 40 años, cuando se jubiló. Sus amigos de infancia siguieron sus caminos en la vida: unos obreros, otros administradores, otros médicos, abogados, ingenieros o simplemente comerciantes.

Sentada allí en aquel banco, ahora con la edad mostrándose en su piel tostada, sus manos callosas, las piernas hinchadas por tantos años trabajando de pie, sin mayores cuidados médicos, miró por última vez los mechones de cabello blanco que cayeron y se depositaron sobre sus piernas cubiertas por el vestido negro que usaba en memoria de su marido, que había fallecido hacía algunos años, y pensando que vistiéndose así siempre sería respetada por su estado de viudez.

El viento primaveral sopló levemente, llevando los cabellos blancos junto con las hojas caídas de los árboles, momento en el que su cabeza se inclinó hacia adelante y se durmió, en aquel banco de la plaza, para siempre.