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El encuentro

E

Silvia C.S.P. Martinson

 

Ella caminaba deprisa. Todo lo que podía. Quería correr, pero las piernas y los pies no se lo permitían.

Las calles estaban atestadas de personas que iban y venían despreocupadas.
La tarde ya se encontraba a medio camino de la noche, lanzando el sol sobre el horizonte sus últimos rayos luminosos, tiñendo el cielo de tonos amarillo-rojizos.
Mientras caminaba, iba pensando en cómo sería ese encuentro.
Tantas cosas habían pasado, el tiempo, la vida, hicieron que hechos importantes se olvidaran poco a poco.


Recordó cuándo se habían conocido. Ella caminaba por la orilla del mar en una mañana tranquila, cuando las olas se derramaban lánguidamente sobre la playa.
En ese momento apreciaba solamente la naturaleza, sin darse cuenta de los obstáculos del camino. Fue entonces que, en un desnivel de la acera, tropezó y ya estaba por caer al suelo cuando unas manos poderosas la sujetaron por los brazos.

Esas manos que la ampararon de un daño mayor, en caso de haberse estrellado contra el suelo, fueron las mismas que muchos siglos atrás la habían socorrido en el mismo sentido, en situaciones idénticas. Entonces, en ese momento, la empatía que existía de antemano se hizo notar nuevamente. Sin embargo, ninguno de los dos se dio cuenta, el pasado se había borrado momentáneamente de sus vidas. No obstante, este acontecimiento permitió que ambos comenzaran a entablar una conversación.

De esa charla surgió el descubrimiento de que hacían ese recorrido todas las mañanas.
Con cada encuentro, cada mañana en horarios previamente acordados, caminaban juntos por la orilla del mar mientras intercambiaban ideas sobre los más variados temas, notando que esas ideas eran muy semejantes en su forma de ver la vida y de actuar frente a las situaciones que se les presentaban, fueran de fácil o difícil resolución.


Así fue pasando el tiempo, y las afinidades entre ambos se fueron consolidando cada vez más.

Ambos llegaron a ser muy ancianos, se empezaron a querer cada vez más, cada uno respetando la libertad del otro y comprendiendo las diferentes manifestaciones de sus personalidades, inherentes a cada uno debido a las vivencias y experiencias sufridas en esa vida.

Y caminando hacia su encuentro, en la playa, ella recordó aún que: el amor entre los dos, en consecuencia, también fue inevitable, intenso, especialmente hermoso y, por encima de todo, sincero.

Mujer de noche

M

Carlos Bone Riquelme

 

Ella llegó a esa extraña ciudad de líneas geométricas y edificios en altura, pero cubiertos de cristales iluminados que mostraban líneas excesivamente modernas, muy lejanas a las que estaba acostumbrada.

No se cansaba de admirar las calles, que, aunque extrañamente semivacías, eran limpias, libres de toda basura, papeles, excrementos y todo aquello que normalmente cubre las superficies en su ciudad natal.

Tampoco se escuchaban los gritos de vendedores ambulantes o de gente conversando en las aceras, los cuales no existían, y esto sí la confundía.

Cargando en una mano un bolso de viaje con sus pertenencias más necesarias, y en el hombro contrario, la cartera, la cual su esposo continuamente le decía que parecía mochila por lo grande y llena de utensilios privados que ella contenía.

Para decir la verdad, la cartera pesaba mucho más que el bolso.

Frente a ella encontró repentinamente la dirección buscada, y empujando la puerta de vidrio transparente, se adentró en un espacio amplio, pero con habitaciones llenas de gente que parecían estar en reuniones muy importantes, aunque desde la recepción no se podía escuchar lo que hablaban.

Se paró al medio algo confundida, pues no sabía exactamente dónde ir, y de pronto pudo ver el cartel que anunciaba en letras negras de molde, pero con filigranas de colores en los bordes: “Seminario sobre la liberación femenina”.

Dando un suspiro de alivio, abrió la puerta y se encontró en medio de un debate sobre el rol de la mujer moderna en la sociedad masculina, pero al mirar a su alrededor, pudo observar muchos hombres escuchando y opinando sobre el tema.

La panelista desde el frente del salón estaba engarzada en una discusión sobre la necesidad de tener más mujeres en los puestos de mando, generalmente dedicados solo a hombres, destacando el hecho de que, en las últimas décadas, de acuerdo con las estadísticas nacionales, eran más mujeres las que se graduaban de carreras científicas, como matemáticas, ingeniería, medicina y química.

Estas aseveraciones tenían muy buena acogida por la mayoría de los asistentes, pero de todas maneras muchas de las presentes tenían que dejar oír sus observaciones sobre el tema.

Ella se sentó en una silla vacía y se dispuso a escuchar las opiniones del resto, aunque, a pesar de haber sido seleccionada en su trabajo de asistente social como delegada a este congreso de feministas, no tenía una opinión muy enterada sobre el tema.

En conocimiento de esto, sus jefes pensaron que era la más adecuada para asistir al evento, y formar una idea más libre sobre el tema, y adquirir conocimiento de cómo aplicar estas nuevas ideologías en los centros de trabajo.

Así que ella se sentía comprometida con el tema, y aunque tampoco creía en la predominancia de la mujer en todos los campos laborales, la idea de que se abrieran espacios en las esferas más altas de la jerarquía para ellas era apasionante.

Había que reconocer que la sociedad estaba muy cerrada a la idea de tener mujeres en puestos de mucha responsabilidad, como cirujanos, pilotos de aviones, ingenieros constructores, dejando labores alineadas con lo “femenino” a las mujeres que estaban en estos campos.

¡Para qué hablar de las fuerzas armadas!

Aunque a las mujeres se las entrenaba con rigurosidad en el campo físico, no eran admitidas en el frente de combate, pues el pensamiento general era que no serían capaces de resistir la presión que conlleva la muerte, y el constante bombardeo y ráfagas que podrían alterar los nervios de ellas y llevarlas a un ataque histérico.

Además, se discutía seriamente que el ciclo menstrual y la menopausia afectan el desempeño psicológico de las mujeres, dejándolas incapacitadas de tomar decisiones en momentos de serios conflictos.

Estas presunciones, pues no eran más que eso, de acuerdo con lo que ella pensaba, la descolocaban, aunque nunca enfrentó a nadie en discusiones de este tipo por considerarse fuera del contexto laboral o profesional, siendo verdad que estas ideas desvalorizaban el trabajo de las mujeres en el ámbito profesional.

Pero, aun así, ella guardaba silencio cuando estos temas eran tratados en los grupos de amigos o colegas, y cuando le preguntaban directamente por su opinión, ella reía, como se esperaba de una mujer, con una risa estúpida, contestando: “no sé mucho sobre el tema…”, y con eso dejaba a los hombres satisfechos de su ignorancia y a las mujeres furiosas por no tener una defensora más de sus derechos.

Aunque la verdad era que una gran mayoría de mujeres preferían hacerse las estúpidas, pues las inteligentes y con opinión eran dejadas de lado, no encontraban maridos, pues los hombres sentían temor de la mujer muy inteligente, y así, ellas en su mayoría preferían reírse, dejar que sus pares masculinos se sintieran superiores y, de todas maneras, el poder del sexo los envolvía, terminando esclavos de lo que ellas decidían.

Pero esto no se extendía al campo laboral, donde los impedimentos para dejar que la mujer avanzara eran mucho más férreos, llamándose: “el techo de cristal”, el cual, de acuerdo con las feministas, era un techo que había que romper, pero como el cristal, dejaba muchas fragmentaciones que eran un peligro para aquellas que lograban superar todas las barreras de prejuicios sociales que esto conllevaba.

Otro punto por considerar era que, en muchos casos, la mujer misma era la peor enemiga de aquellas que subían a lo alto del techo masculino.

Las mismas mujeres hacían valer sus opiniones de que: “esta o aquella no estaba capacitada para hacer este trabajo…”.

Con esto, el tema de la superación de la mujer era mucho más complicado que solo cambiar paradigmas y conceptos, para elevar el estatus de las féminas en la sociedad del siglo XXI.

Y la conferencia era uno de aquellos intentos de avanzar en aquella dirección, pero, de acuerdo con lo que ella pensaba, era más de palabra que de hecho.

Aunque las feministas que invadieron las calles desnudas, orinando en las puertas de las iglesias y gritando insultos en contra de los hombres, tampoco consiguieron más apoyo que de unas cuantas organizaciones radicales que estaban más interesadas en un estado anárquico que en un verdadero cambio del estado de las mujeres comunes y corrientes.

Eso analizaba ella sentada escuchando las diferentes oraciones que no agregaban más a lo que ya se venía discutiendo desde Simone de Beauvoir.

La verdad, que ella hubiera preferido quedarse en casa, aunque hoy, le entusiasmaba esta moderna ciudad que había descubierto.

Quería abandonar pronto esta reunión, a la cual ella ya no le encontraba más sentido que aquel que le pagaba los gastos por un par de días y le daba la oportunidad de turistear gratis.

Una vez terminada la reunión, ella se quedó en medio de un par de grupos que conversaban y analizaban algunos libros y temas concernientes a la liberación de la mujer, pero estaba distraída, esperando el final de todo esto que justificara el gasto de su trabajo para que ella asistiera.

En camino a la salida, se encontró con un par de conocidas de otras oficinas públicas, y decidieron entre ellas parar en algún bar a tomar un trago antes de retirarse a sus habitaciones.

Caminaron por las calles solitarias hasta un “Bistró”, el cual era un lugar muy “trendy”, de acuerdo con lo que le comentaron, y entre gritos y risas, entraron en medio del humo y sonido de música que se escuchaba desde el interior.

El lugar era confortable, con sillones de “plush” y mesas pequeñas, semioscuro, con una banda en un pequeño escenario desde donde llegaba el sonido de un saxo y el retumbar de un contrabajo.

El piano marcaba las notas con claridad que se esparcían como aves de colores por la sala.

La verdad, es que todo este ambiente, muy diferente de aquellos bares de su ciudad, la hicieron relajarse, y el trago que llegó en un vaso largo, con un líquido de colores azulados, una sombrilla y un marrasquino, llamado “Sexo en la playa”, la deslumbró.

Sorbió lo dulce mezclado con lo salado, y allí comprendió el nombre sugestivo del trago.

Se rió para su interior, mientras las conocidas, pues no eran amigas, conversaban de cualquier tema, menos de la liberación de la mujer, que parecía no interesarles más allá de un par de tipos acodados en la barra que ellas encontraban “estupendos”.

Había dos o tres casadas en el grupo, las demás eran treintonas en busca de aventura, y este viaje les ofrecía la oportunidad perfecta.

A ella no le interesaban las aventuras, pero no era por estar casada, era simplemente que ese juego casual de sexo y amor, “one night stand”, como dicen los gringos, no era para ella.

Después de todo, estaba enamorada de su marido, quería a sus hijos y familia, y el motivo de este viaje fue más por la presión que le pusieron en el trabajo y, por qué no decirlo, le interesó saber más sobre este tema de la liberación femenina, que nunca le había importado.

Hasta ese momento la experiencia estaba recompensando el esfuerzo.

Era bastante tarde, de madrugada, cuando ella y un par más de las que estaban en el club decidieron marcharse, pero otras quedaron en compañía masculina, bailando o tomando algún trago, pero ella decidió que era suficiente.

Salieron del bistró y, tomando un taxi que se encontraba estacionado en la calle, se dirigieron al hotel, el cual era el mismo para la mayor parte de los asistentes a la conferencia.

El lugar era modesto, pero de buena calidad, con un recibidor bastante estrecho, limpio y bien iluminado. Las habitaciones cómodas, con una televisión de dimensiones bastante grandes, un cuarto de baño con un “bidet” de estos electrónicos y una ducha de puertas de vidrio.

Se acostó después de un baño relajante, encendió la televisión y se fue quedando dormida sin percatarse de lo tarde que era.

Despertó desconcertada, pues de pronto no sabía dónde estaba, pero abrió los ojos y recordó los eventos de la noche anterior, y sonriendo se estiró, y decidió dormir un poco más.

Era casi el mediodía cuando decidió levantarse para asistir a las próximas conferencias sobre la mujer en el siglo XXI.

No había apuro, el seminario se extendía por tres días, y cada uno tenía distintos temas para analizar.

El desayuno estaba cerrado, pero pidió un café en el bar del hotel y se sentó en una mesa redonda con mantel color perla, al lado de una ventana, y desde allí observó la calle en calma, mientras sorbía el líquido oscuro sin azúcar, como le gustaba.

Recordó entonces su casa, su familia, sus hijos que seguramente estarían levantándose para ir a la escuela, y su marido que debía estar lidiando con las labores del hogar que ella normalmente hacía.

Sonrió, pensando en lo poco que se valoraba el trabajo de la mujer en el hogar, lo que normalmente se consideraba como “descanso maternal” o como algo sin importancia.

Sin embargo, ahora, al estar fuera, en un hotel de una ciudad desconocida, se daba cuenta de todo el esfuerzo que implicaba tener la casa organizada, la ropa limpia, la comida preparada y los niños listos para salir.

“¡Es trabajo no pagado!”, pensó de pronto, recordando una de las frases más repetidas en la charla del día anterior.

Y era verdad.

Se sintió reconfortada al pensar que, al menos, ahora había mujeres y hombres discutiendo este tipo de cosas, tratando de cambiar, aunque fuera un poco, el modo de ver a la mujer en la sociedad moderna.

Se quedó un rato más, terminó su café, y se levantó con ganas de asistir a la próxima charla, esta vez sobre la maternidad y la vida profesional.

Ese sí que era un tema interesante, pensó.

Camino al salón donde se llevaría a cabo la conferencia, se cruzó con una mujer que le sonrió amablemente.

—¿Eres de la delegación del sur? —preguntó.

—Sí, ¿y tú?

—Del norte. Soy psicóloga. Me encantó lo de ayer —dijo mientras caminaban juntas—. Pero siento que a veces nos perdemos en tanto concepto y teoría.

—Yo también. Es como si todo lo que se dice se quedara en palabras. Me gustaría ver más acciones concretas.

—Totalmente de acuerdo. ¿Tú tienes hijos?

—Sí, dos. ¿Y tú?

—Tres. Todos hombres. ¡Imagínate el desafío!

Ambas rieron, y siguieron conversando hasta llegar al salón donde ya había varias mujeres —y también algunos hombres— tomando asiento.

Una mujer de cabello canoso, rostro amable y voz firme comenzó a hablar desde el escenario:

—La maternidad no puede seguir siendo un obstáculo en la carrera profesional de ninguna mujer.

Ella escuchó con atención.

La expositora hablaba de experiencias reales, de casos en que mujeres eran despedidas o pasadas por alto para ascensos solo por haber sido madres. Ella pensó en sí misma, en cómo su sueldo había quedado congelado desde hacía cinco años, justo después de tener a su segunda hija.

—Tenemos que dejar de romantizar el sacrificio femenino —dijo la expositora—. Cuidar, amar, nutrir… sí, pero también crear, liderar, decidir.

Fue como si esas palabras la sacudieran.

“Crear, liderar, decidir”.

¿Acaso no era eso lo que ella quería para sus hijas? ¿Para ella misma?

Salió de la charla con una mezcla de emociones que no terminaba de descifrar, pero con una energía nueva.

Sabía que no volvería igual a casa.

Ese viaje, al que fue casi obligada, se estaba transformando en algo más.

Una especie de revelación.

Y aunque aún no sabía bien cómo, sentía que algo dentro de ella había empezado a moverse.

Algo profundo.

Algo que, como una semilla, estaba listo para crecer.

El seminario continuó con una serie de conferencias que la hicieron reflexionar profundamente sobre su papel en la sociedad. Cada exposición la conectaba con temas que siempre había dejado a un lado, como la igualdad de género, el derecho a decidir sobre su propio cuerpo y la necesidad de cambiar las estructuras jerárquicas que siempre habían favorecido a los hombres.

Aunque al principio sentía que solo estaba allí por obligación, comenzó a disfrutar de la experiencia, pues entendió que las palabras de cada ponente estaban despertando una nueva versión de ella misma, una mujer que no se conformaba con los límites impuestos por los demás.

En el último día del evento, una de las conferencias tocó un tema que la dejó pensando por horas: las mujeres en el poder. Hablaron de cómo las mujeres, a pesar de sus capacidades, siempre eran vistas como menos aptas para ocupar posiciones de liderazgo, especialmente en el ámbito político y empresarial.

Fue durante esa charla que recordó un incidente en su trabajo, cuando una propuesta que ella había hecho fue rechazada sin siquiera ser discutida, solo porque era mujer. Lo que más la sorprendió en ese momento fue la manera en que su jefe, un hombre que ella respetaba, no solo desestimó su idea, sino que la ignoró por completo.

La ponente, una política conocida, mencionó que las mujeres debían ser parte activa de la toma de decisiones, no solo en el hogar, sino también en los gobiernos y en las grandes empresas.

Ella asintió con la cabeza mientras escuchaba, pensando que, aunque los tiempos habían cambiado, todavía quedaba mucho por hacer.

Al finalizar el seminario, se sintió diferente. Algo dentro de ella había cambiado. Las ideas, los debates y las teorías que había escuchado se transformaron en un motor interno que la empujaba a cuestionarse más, a desafiar las normas que hasta ahora había aceptado sin cuestionar.

Al regresar a su ciudad, sus compañeros y amigos notaron su cambio, aunque no supieron identificarlo exactamente. Ella comenzó a aplicar lo aprendido en su vida cotidiana: empezó a defender más sus opiniones en el trabajo, a hacer valer sus decisiones, y a exigir más espacio para sus ideas.

Ya no temía a los juicios ajenos, ni a la crítica, porque comprendió que su voz tenía tanto valor como la de cualquier hombre.

En casa, su marido y sus hijos también notaron la diferencia. Ella se volvió más firme, más independiente, y al mismo tiempo, más comprensiva con su rol en la familia. Entendió que la lucha por la igualdad no solo era una cuestión de justicia social, sino también de bienestar personal.

El cambio fue sutil, pero evidente.

Empezó a leer más sobre feminismo, sobre historia de las mujeres en la sociedad, y sobre cómo había cambiado la percepción de la mujer en el mundo.

Sus hijos la vieron como una madre diferente, una madre que ya no solo les enseñaba a ser buenos y responsables, sino que también les enseñaba a ser conscientes de la igualdad, a valorar el trabajo de las mujeres, y a cuestionar los prejuicios que se les imponían.

Su marido, aunque al principio no entendía muy bien la transformación, terminó respetando más sus opiniones y comprendió que la verdadera igualdad no se trataba de ser iguales en todo, sino de respetarse mutuamente, de compartir las responsabilidades y de reconocer las fortalezas de cada uno, sin importar su género.

Ella sabía que aún quedaba mucho por hacer, que la lucha por la igualdad de las mujeres era un proceso largo y complejo, pero estaba lista para ser parte de ese cambio. Se había dado cuenta de que el feminismo no era solo una lucha de mujeres contra hombres, sino una lucha por un mundo más justo para todos, donde las personas pudieran desarrollarse y ser felices sin que su género fuera un obstáculo.

Con el tiempo, decidió retomar sus estudios, como había prometido en su mente durante aquel viaje. Se inscribió en un programa de sociología, con el propósito de entender mejor los procesos sociales que afectaban a las mujeres.

Al principio, tuvo dudas. ¿Cómo podría balancear su vida personal, el trabajo y sus estudios? Pero decidió que si no lo hacía ahora, nunca lo haría. Y a pesar de los desafíos, encontró la manera de combinar todo: su trabajo, sus estudios y su familia.

La sociedad a la que aspiraba no sería alcanzada de un día para otro, pero ella estaba convencida de que cada paso, por pequeño que fuera, era un avance en la dirección correcta.

Y aunque, en ocasiones, las dudas y las dificultades la hacían sentir que estaba perdiendo la batalla, recordaba lo aprendido en aquel seminario: la importancia de luchar por lo que se cree, de cuestionar las normas y de nunca dejar de aprender.

Ella sabía que el futuro de las mujeres en la sociedad estaba en sus manos, y en las de todas las mujeres que se atrevieran a levantarse, a desafiar los límites y a construir, día a día, un mundo más equitativo.

Era una mujer del siglo XXI, con una visión clara, sin miedo a la lucha.

Y esa lucha recién comenzaba.

Tío Raimundo y el escorpión

T

Silvia C.S.P. Martinson

Traducida al español por José Manuel Lusilla
 

Tío Raimundo, como siempre, llegaba sigilosamente, sin hacer alarde de su presencia.
Cuando nos dábamos cuenta, ya estaba sentado en una silla frente a la gran mesa de mármol que había en la terraza cubierta, en el fondo de la casa de su sobrina. Cuando lo veíamos, allí estaba él, sentado, tranquilamente, con una leve sonrisa en el rostro, como si adivinara que nos estábamos acercando.

Normalmente, esto ocurría después del almuerzo. Nunca venía a almorzar, pues ya lo había hecho en su casa. Tomaba una barca, porque vivía en una isla cercana a la capital, y llegaba a primera hora de la tarde, ya fuera para ir al médico, porque era muy anciano, o para visitar a los parientes, siendo siempre bien recibido por todos.

Los niños lo adoraban por las historias que siempre tenía para contar. En una de esas visitas, contó que, en una ocasión, estaba pescando a la orilla del río y, como había pescado muchos peces, decidió limpiarlos ahí mismo, acuclillado en un barranco de arena, junto al agua. Mientras los limpiaba, no se dio cuenta de que un escorpión había empezado a subir por su pierna. Solo cuando sintió la picadura del animal y el dolor que le causó, se percató del peligro que esto representaba.

Las personas que viven en el campo saben lo mortales que pueden ser las picaduras de ciertas serpientes o escorpiones. Aquel escorpión, según contó el Tío Raimundo, era dorado y, como él decía, estos son los más mortales, pues son altamente venenosos.

Así, narrando su historia, explicó cómo logró salvarse. Dijo que sacó el machete que siempre llevaba consigo y, de un solo golpe, cortó un trozo de carne de su espinilla, dejando el hueso expuesto en el lugar donde el bicho lo había picado.

La sangre le brotó en abundancia, pero, como siempre llevaba consigo algodón y compresas en sus pescas, se hizo un vendaje allí mismo. Después de esto, recogió todo y se dirigió a un hospital en la ciudad para ser atendido. Con el tiempo y mucha atención médica, logró curarse.

Sin embargo, lo más interesante e inexplicable de todo es que, cada año, en el mismo lugar de la picadura, la piel que había crecido allí se enrojecía y ardía intensamente, causándole dolor y obligándolo a tener mucho cuidado para que la herida no se abriera nuevamente, dejando expuesto el hueso de su pierna.

Y así, contando su historia, el Tío Raimundo levantó la pernera del pantalón que llevaba y mostró a los niños la gran cicatriz que tenía.
Los niños quedaron boquiabiertos y con los ojos muy abiertos mientras el Tío Raimundo les mostraba lo que le había sucedido y, al mismo tiempo, aprovechó para aconsejarles:

—Queridos niños, nunca se acerquen a un escorpión dorado. Es hermoso, pero traicionero y malvado.

Y sonriendo, se despidió con un gesto de la mano, se levantó y, tranquilamente, como siempre, se marchó.

¡ Mundo Mundo!

¡

Pedro Rivera Jaro

Había una familia en las Rozas del Puerto Real que tenía un perro llamado Mundo.

En aquellos días habían realizado la matanza del cerdo, criado durante todo el año y cebado con las castañas y bellotas tan sabrosas que se crían en sus montes.

Habían elaborado chorizos y morcillas, que una vez curados en las cuerdas y varas de su cocina se conservaban  y consumían a lo largo de todo el año, junto a los jamones, paletas, lomeras de tocino, careta, orejas y lomos curados igualmente.

Se utilizaban para su curación además de la sal, pimentón de la Vera, ajos de Las Pedroñeras y la hierba llamada orégano, que se cría en las laderas de sus montes y que tiene una calidad extraordinaria, y que sirve para la conservación de las carnes.

Aconteció que unos días después el padre de la familia enfermó y murió repentinamente. En aquella época se acostumbraba a velar a los muertos en su propia casa. Por parte de familiares y amigos, durante 24 horas hasta que el día siguiente se procedía a enterrar el cadáver.

Mundo, el perro, llevaba todo el día sin comer, por olvido de su ama, y estando hambriento se subió en una mesa y alcanzó una ristra de chorizos y los llevó en su boca, cruzando la sala del duelo, donde el ama de la casa dando gritos lastimeros empezó a decir: “Ay Mundo, Mundo, como te los vas llevando. Y de los mejores”.

Lo cómico de estas frases está en que, la mujer se refería a los embutidos que había robado el hambriento animal y, en cambio los asistentes al duelo creían que se estaba refiriendo a las personas que iban falleciendo en el correr del tiempo.

Un perro llamado Tenazas

U

Pedro Rivera Jaro

La abuela paterna de Estrella, mi esposa, se llamaba Concepción. Era la hija mayor del primer matrimonio del abuelo León, que posteriormente al quedarse viudo, caso en segundas nupcias con una chica joven llamada Leonor con la que tuvo otro montón de hijos.
 
El abuelo León estando viudo acostumbraba a llevar invitados a comer a su casa y correspondía a Concepción , como hija mayor, preparar comida al padre y a su invitado, cosa de la cual estaba muy harta.
 
Pensó que si hacia malos guisos, los invitados dejarían de acudir a su casa y cargarla de trabajos.  En consecuencia preparó unas patatas guisadas bien cargadas de picante que efectivamente el invitado no se atrevió a terminar de comer. Tampoco se atrevió a volver a su casa.
 
Las patatas se las puso de comida a su perro, de nombre Tenazas, quien cuando lleno de hambre se avalanzó al recipiente lleno de patatas para comerlas, dando el primero bocado, soltó un aullido lastimero y salió corriendo de la casa, y a día de hoy todavía no ha vuelto.
 
Conce, como la llamábamos todos era una mujer llena de vida y con ocurrencias llenas de gracia.

Anuncio de noviazgo

A

Alvaro de Almeida Leão

Traducido al español por José Manuel Lusilla
 

Simone, de 27 años, con un título universitario en Hostelería, trabaja en la cadena de hoteles de su familia. Mantiene en secreto su relación con Sergio, debido a que su padre no acepta a nadie que no pertenezca a su mismo nivel social.

Sergio, de 29 años, es un hombre trabajador, honesto y de origen humilde. Se desempeña como enfermero autónomo y estudió en escuelas y universidades públicas.

Ambos detestan la situación en la que se encuentran. Se aman profundamente y no merecen otro trato que no sea respeto y reconocimiento.

El padre de Simone, don Horacio, viudo de 72 años, es un hombre avaro, gruñón e intransigente. Para él, las familias no deben mezclarse entre clases sociales: ricos con ricos, clase media con clase media, pobres con pobres y miserables con miserables. Su mayor sueño es casar a su hija con alguien de una familia adinerada de la alta sociedad local.

Horacio también es padre de Carlos Augusto, un joven soltero de 26 años que trabaja como piloto de aviones de pequeña envergadura en una aerolínea.

En época de vacaciones, Simone y Sergio deciden viajar juntos y planean comunicarle a don Horacio su relación en una fecha y hora determinadas.

La familia de Sergio estima mucho a Simone y desea lo mejor para la pareja.

Una tarde, Sergio, con su habitual buena apariencia, llega a la casa de Simone algo nervioso, pero feliz. Es recibido por su novia.

—Entra, amor…

—Hola, mi vida. ¿Puedes guardar mi maleta? ¿Tu padre está en casa?

—Sí, está. Vamos a entrar.

—Bien. Y no te preocupes, sé muy bien lo que quiero y lo que merezco.

Simone lo guía hasta la biblioteca, donde su padre mira las noticias en la televisión. Ella lo presenta:

—Papá, éste es Sergio. Quiere hablar contigo. Los dejo a solas. Con permiso.

—Sí, pero, ¿quién es usted y qué quiere de mí?

—Mucho gusto, don Horacio. Soy Sergio y tengo un asunto importante que tratar con usted.

—¿Un asunto importante en nuestro primer encuentro? Qué extraño… Pero vamos, habla rápido, no tengo todo el día.

—Con mucho respeto, quiero decirle que soy el novio de Simone y…

—¡¿Ah, sí?! ¿Y ella lo sabe?

—Por favor, mantengamos el nivel de la conversación. Sin ironías.

—¿Desde cuándo ocurre esto? Mi hija no me ha dicho nada.

—Desde hace seis meses.

—¿De qué familia provienes?

—Provengo, con orgullo, de una familia humilde, honrada y trabajadora. Una familia que me inculcó valores morales y sociales.

—Hablemos de otro tema: tu formación, trabajo e ingresos.

—Soy enfermero titulado, con especialización en docencia. Trabajo de manera autónoma, así que mis ingresos varían.

—Y tu posición social, ¿cuál es?

—No la he medido aún, porque la considero menos importante que la satisfacción de cumplir con mi deber.

—Pues para mí lo es todo. Mi hija es mía y yo decido su futuro.

—Perdóneme, don Horacio, pero no creo que sea así.

—¿Ah, no? ¿Quieres que te diga algo corto y claro?

—Espero que no sea una grosería. Lo estoy tratando con respeto y exijo lo mismo.

—Entonces escucha bien: estoy totalmente en contra de este nefasto noviazgo. ¿Entendiste? ¡En contra! ¡Lárgate de aquí y olvídate de ésta casa!

—No sé cómo me controlo para no mandarlo al diablo…

—¡Vete, mocoso insolente!

Sergio, conteniendo su furia, decide marcharse antes de que la situación empeore. Al salir, se encuentra con Simone, quien le pregunta ansiosa:

—¿Y bien, amor? ¿Todo salió bien?

—¡Bien, nada! ¿Acaso no conoces a tu padre? ¿Qué me dijiste al recibirme?

—Te dije: “Entra, amor”.

—Pues entré… y salí peor.

—Qué desagradable.

—Lo sabes bien, y no por mi culpa.

—Eso es obvio. Pero, ¿de qué hablaron?

La conversación se interrumpe de repente por un grito de auxilio.

—¡Simone, hija, ayúdame! ¡Me siento muy mal! ¡Todo está oscuro…!

En la televisión acaban de informar que un avión de la empresa de Carlos Augusto se ha estrellado y no hay supervivientes.

—¡Dios mío! ¡No puede ser! —grita Simone, temblando.

—Simone, dame mi maleta. Vamos a la biblioteca.

—Aquí está, Sergio. ¡Dios, no dejes que mi padre muera!

Al llegar, encuentran a don Horacio recostado en su sillón, intentando masajearse el pecho.

—¡Simone, llama a los médicos de tu padre y a emergencias!

Sergio nota que Horacio suda excesivamente, está pálido y tiene dificultad para respirar. Le hace algunas preguntas:

—¿Siente dolor en el pecho, como una presión fuerte? ¿Hormigueo en el brazo izquierdo y el hombro? ¿Dolor de estómago? ¿Náuseas?

Ante las respuestas afirmativas, Sergio concluye que se trata de un infarto, probablemente causado por el impacto de la noticia.

—Simone, le daré los primeros auxilios a tu padre, ¿de acuerdo?

—¡Sí, por favor! ¡Dios los ayude!

Sergio acuesta a Horacio en el sofá, le afloja la ropa y empieza a hacerle masajes cardíacos, acompañados de palabras de aliento.

Tras una leve mejoría, Horacio empeora y sufre dos paros cardíacos. Sergio lo reanima con más masajes y respiración boca a boca hasta que los latidos vuelven a la normalidad.

Cuando todo parece estar bajo control, el teléfono de Simone suena.

—¡Simone, soy Carlos Augusto! ¿Escuchaste sobre el accidente? No era mi vuelo, salgo mañana. ¿Cómo está papá?

—¡Carlos! ¡Gracias a Dios estás vivo! Papá tuvo un infarto, pero está estable. No puede hablar ahora, pero te manda un beso y te hace señal de aprobación.

Al cortar la llamada, Simone se arrodilla para dar gracias a Dios, mientras su padre, con lágrimas en los ojos, eleva la mirada al cielo.

Llega la ambulancia y los paramédicos evalúan la situación.

—Joven, su asistencia fue crucial. Su intervención salvó la vida de don Horacio.

—Sí —agrega otro paramédico—, su futuro suegro le debe la vida.

Horacio, al escucharlo, pide hablar con Sergio.

—Sergio… Estuve al borde de la muerte. Pero siento que he renacido. A partir de hoy, solo guardaré lo bueno en mi corazón.

—Me alegra escucharlo, don Horacio.

—Y para demostrarlo, quiero hacerte un pedido importante…

—Diga, lo escucho.

—¿Aceptas a este "recién nacido" como tu suegro, hasta que la muerte nos separe?

—¡Por supuesto! No podría recibir mejor noticia. Haré a Simone la mujer más feliz del mundo.

—¡Maravilloso! Simone, ven aquí. Quiero abrazar a mi familia… a mi querida y ahora aumentada familia.

Entre abrazos y lágrimas, la esperanza de un nuevo comienzo llena el corazón de todos.

Raimundo Tío Mundo

R

Silvia C.S.P. Martinson

Era viejo. Muy viejo.
 
Así nos parecía.
 
Este hombre mayor era de una simpatía y cultura increíbles.
 
Su cultura provenía de la mucha lectura que hacía y de los libros que lograba conseguir, aquellos que llegaban a sus manos.
 
Todos los que lo conocían y apreciaban su compañía lo obsequiaban con libros, fueran nuevos o viejos. No importaba.
 
A los libros y a sus parientes les dedicaba su tiempo después de años de trabajo en la pesca, es decir, en la captura de peces y su posterior venta en el mercado, donde desde temprano en la mañana ya se encontraba para la inspección y selección del pescado antes de su venta al público.
 
Residía en una isla cercana a la ciudad, donde mantenía, en un buen terreno, su casa y su familia. Estaba casado y tenía tres hijos que lo ayudaban en la plantación de hortalizas y árboles frutales, cuya venta permitía que el presupuesto doméstico fuera razonablemente suficiente para el mantenimiento y el bienestar de todos. Su nombre era Raimundo, pero todos lo conocían como Tío Mundo.
 
Después de muchos años de trabajo, se jubiló.
El trabajo duro le dejó secuelas. Tenía dolor en las caderas y caminaba con cierta dificultad.
Tío Mundo solía cruzar el río en barca para, en la ciudad, consultar a los médicos en el Centro de Salud y también visitar a sus parientes.
Sus primos y sobrinos lo conocían y apreciaban enormemente por su natural afabilidad y por las historias que solía contarles a todos, especialmente a los niños de la nueva generación familiar.
 
Cabe destacar que llegaba a las casas sin anunciarse, entrando y saliendo como si fueran suyas. Hasta los perros más bravos se acostaban a sus pies y le lamían las manos.
Los niños, al verlo, corrían a abrazarlo y, como siempre sucedía, le pedían que les contara historias.
 
Tío Mundo, con una gran sonrisa en el rostro, se sentaba en una silla bajo un árbol si el tiempo lo permitía, o en invierno cerca de una estufa de leña, que en aquella época había en casi todas las casas, y comenzaba a relatar cosas de su pasado que, para quien las escuchara, parecían sacadas de buenos libros de cuentos.
 
Los niños a su alrededor lo escuchaban embelesados, sin apartar la mirada. Una vez les contó sobre una serpiente que se escondió bajo un armario de su casa, recordemos que vivía en el campo.
 
La serpiente salía de debajo del armario por la noche y bebía la leche del plato del gato, que había sido puesta allí para el felino.
 
Con el tiempo, el gato comenzó a adelgazar, se volvió más arisco y triste, hasta que un día se descubrió la verdadera causa.
 
La serpiente, que era bastante grande, fue hallada en su escondite, de donde la sacaron y la mataron. Su cuerpo fue colgado de una rama alta de un árbol para que se secara y luego su piel, muy bonita, pudiera aprovecharse para la confección de un bolso para mujeres.
 
Los niños, con los ojos muy abiertos, pidieron más historias. Tío Mundo contó una más. Levantó la pernera del pantalón hasta la rodilla y mostró una cicatriz. Allí faltaba una buena parte del músculo.
 
Contó que estaba cazando un caimán a la orilla del río. Estaba tan atento al animal que no se dio cuenta de que cerca había un nido de víboras jararacas, serpientes muy venenosas y violentas, que suelen atacar a quienes perciben como amenaza.
 
En su afán por cazar el caimán, cuya carne es sabrosa y cuya piel es valiosa para la fabricación de calzado y bolsos, Tío Mundo no vio la serpiente. Con un ataque certero, la víbora lo mordió en la pierna y quedó prendida allí. Tío Mundo, conocedor de las lides del campo y del peligro del veneno mortal de la jararaca, no dudó. Sacó su machete y, de un solo golpe, cortó la cabeza de la serpiente, que aún estaba prendida a su pierna, llevándose también un buen pedazo de su propia carne.
 
Como siempre que iba a cazar, además de provisiones, llevaba en su barca artículos de primeros auxilios, como gasas, agua oxigenada y esparadrapos para curaciones si fueran necesarias. Así lo hizo en su propio cuerpo.
 
Terminó la historia para los niños, que estaban extasiados escuchándolo, diciendo que ese día regresó a casa y por un buen tiempo no volvió a cazar.
 
Tío Mundo, después de esa historia, se despidió de toda la familia y abrazó a los niños, que gritaban:
 
—¡Cuenta más, Tío Mundo! ¡Cuenta más!

La hija de Tadeo

L

Carlos Boné Riquelme

 

La hija de Tadeo se llamaba Albertina, igual que la abuela de su esposa. Aunque su madre, Josefina, y la abuela ya habían fallecido hacía mucho, Josefina murió al dar a luz a Albertina.

Los padres vivían en el campo, donde Tadeo trabajaba de sol a sol para mantener a su familia con recursos precarios. Sin embargo, Josefina, con sus extraordinarias habilidades para extender y alargar el presupuesto familiar, se las arreglaba para dar de comer a su familia, y más de alguna cosilla extra aparecía por allí.

Pero la familia solo la conformaban Josefina, Tadeo y el perro Rufino, un animal feo y viejo que solía estar echado, durmiendo junto a la cocina de leña de la humilde casa. Afuera tenían tres chanchos y una vaca que les proveía de leche, además de algunas gallinas ponedoras, cuya producción ayudaba a aliviar el presupuesto familiar con la venta de algunos de aquellos enormes huevos que muchos vecinos venían a buscar cada semana.

Josefina preparaba tortillas de patatas, las cuales eran famosas en la zona. Las ponía en una canasta tapada y salía a venderlas puerta por puerta. Así pasaban los días de la familia de Tadeo, hasta que Josefina le anunció su embarazo. La noticia los sorprendió a ambos, pues Josefina ya tenía casi cuarenta años y Tadeo bordeaba los cincuenta. Sin embargo, eso no disminuyó su alegría, y ambos se dieron a la tarea de preparar todo para el arribo del bebé, fuera niño o niña, acondicionando un espacio dentro de su habitación.

La casa la había construido Tadeo con sus propias manos en aquel terrenito heredado de sus padres en los alrededores de Quillón. Era una mezcla de madera, plástico y techo de zinc, materiales comprados con mucho esfuerzo en SODIMAC. No tenían electricidad, pero aquello no era motivo de preocupación en un hogar donde lo que más abundaba era el amor, la felicidad y la esperanza.

El agua no era potable, pues las cañerías aún no llegaban hasta la población donde vivían, a las afueras de la ciudad de Concepción. Así que, entre Tadeo y Josefina, bajaban hasta la orilla del río Biobío y llenaban varios contenedores de agua, con los cuales se lavaban, cocinaban y realizaban todos los menesteres del hogar.

Tadeo trabajaba en lo que fuera: un día como albañil en alguna construcción, otro acarreando paquetes en la estación de ferrocarriles o en la vega; también cargaba camiones y, a veces, barría calles o limpiaba patios de las familias más aventajadas de la ciudad.

Cada día era una lucha por ganar unos pesos, pero Tadeo lo hacía con alegría en su corazón. A pesar de su pobreza, él era feliz: estaba enamorado de Josefina y ahora tenía la esperanza de aquel nuevo hijo que llegaría a su vida.

Siempre había sido pobre. Su padre era inquilino en un fundo cercano a Florida y su madre limpiaba y cocinaba en la casa del patrón. Sin embargo, a Tadeo y a sus cuatro hermanos nunca les faltó algo para el “puchero” y todos fueron enviados a la escuela rural, donde aprendieron a leer y a escribir. Sin embargo, sin excepción, todos dejaron la escuela cuando aún eran pequeños.

Eventualmente, cada hermano tomó su propio rumbo en busca de mejores horizontes. Pero Tadeo, que era el menor de todos, se quedó acompañando a sus padres hasta que un día conoció a Josefina, quien llegó con su familia a trabajar al mismo fundo.

Tadeo y Josefina se miraron y fue amor a primera vista. Muy pronto, apenas pasados unos meses, se casaron. El padre de Tadeo tenía una pequeña parcela en Quillón que les cedió cuando contrajeron matrimonio. Con mucho esfuerzo, Tadeo construyó allí aquella casita: pobre, pero llena de felicidad.

Los padres de ambos no tenían mucho para compartir, pero lo que había se distribuía entre toda la familia. El tiempo pasaba hasta que el padre de Tadeo falleció de un ataque al corazón. El patrón le pidió a la madre de Tadeo que desalojara la casa, pues había contratado a un nuevo inquilino que la ocuparía. Así que ella se fue a vivir por un tiempo con Tadeo.

Pero pronto enfermó de los pulmones y falleció, dejándolos solos.

El tiempo pasó. Tadeo trabajaba todos los días, pero cuando regresaba a casa, sentía que todo esfuerzo valía la pena por la felicidad que le proporcionaba estar con su esposa y la independencia de vivir en su propia parcela: modesta, pero suya.

Así transcurrían los días, hasta que el embarazo inesperado los llenó de una enorme felicidad, mirando al futuro con esperanza.

El día en que Josefina dio a luz fue uno de aquellos que en el campo llaman “de perros”: el cielo estaba oscuro y llovía como “Dios manda”. Cuando los dolores del parto comenzaron, Tadeo no se atrevía a dejar sola a Josefina, así que, como pudo, trató de ayudar. Sin embargo, no fue suficiente. Aunque la niña nació, Josefina quedó muy débil por la pérdida de sangre y, a las pocas horas, falleció, pidiéndole a Tadeo que le pusiera el nombre Albertina, como su abuela.

La casa embrujada

L

Silvia C.S.P. Martinson

 

Los conocí y, ciertamente, eran personas serias, íntegras y no dadas a mentiras o invenciones.

En realidad, sufrieron mucho y por un largo tiempo con lo que les sucedió.

Por motivos de trabajo en un nuevo negocio que el jefe de familia emprendió, se vieron obligados a mudarse de la ciudad donde vivían, donde estaban bien, disfrutaban de comodidad y tenían acceso a educación de nivel superior en caso de necesitarlo en el futuro.

La familia en cuestión estaba compuesta por el padre y la madre, ambos jóvenes, y una niña de aproximadamente dos años.

Llegaron a esta nueva ciudad, bastante grande y muy conocida por su puerto, su antigüedad y sus tradiciones, ubicada en la provincia de donde eran originarios. La pareja había nacido en la capital de esa provincia.

Al llegar a la ciudad, lo hicieron con grandes proyectos de progreso y mejora financiera, ya que habían invertido gran parte de sus ahorros en este nuevo negocio.

Gracias a la ayuda de amigos, alquilaron una casa antigua en un barrio céntrico. Estaba bien ubicada, era grande y cómoda, aunque vieja. Una vez allí, se instalaron con su mudanza.

La pareja tomó el dormitorio más grande de la casa, y la niña, uno contiguo al de ellos, un poco más pequeño y algo sombrío.

La casa tenía un largo pasillo desde el cual, lateralmente y desde la entrada, se distribuían las demás habitaciones: primero, una oficina y una sala de recepción, seguidas por los dormitorios del matrimonio, de la hija y de huéspedes, en caso de que los hubiera.

Todas estas habitaciones estaban a la izquierda del pasillo, que conducía a un gran y cómodo baño, donde incluso había una enorme bañera de mármol.

Siguiendo el pasillo hasta el final, este desembocaba en un amplio salón donde, además de sofás y sillones, había un espacio para el comedor, con una mesa y sillas para varias personas.

La sala de estar terminaba en otra dependencia, que era la cocina, la cual, además de los objetos propios de una cocina, tenía dos ventanas para iluminación y una antigua estufa de leña que aún no había sido retirada de la casa.

En la sala de estar había una puerta que daba acceso al jardín interno, al garaje adyacente y a otra dependencia en el fondo del patio, que estaba llena de muebles viejos, herramientas y ropa desgastada abandonada allí.

Las ventanas de la casa eran altas y se cerraban por dentro con grandes contraventanas de madera con cerrojos de hierro dobles, que no permitían la entrada de luz ni de extraños.

Cuando llegaron a la casa, la familia comenzó a colocar sus muebles y pertenencias en los lugares que les parecían más adecuados.

En la puerta del dormitorio de la pareja, encontraron un par de pantuflas de hombre, todavía relativamente nuevas.

Con todo en su sitio, la señora comenzó a limpiar la casa y el jardín interno, donde, tras arrancar toda la maleza, plantó verduras y flores que apreciaba.

Con el tiempo, comenzaron a notar cosas extrañas en la casa.

La niña ya no podía dormir por las noches y lloraba constantemente mientras hablaba.

El cuarto en el que dormía, por más calefacción que le pusieran, siempre estaba helado.

Los padres ya no tenían el descanso al que estaban acostumbrados en la antigua ciudad, ya que la niña lloraba por la noche e, increíblemente, se expresaba en idiomas desconocidos tanto para ella como para sus padres.

Las contraventanas de madera de la sala y la cocina, por más que las aseguraran por la noche, amanecían abiertas, dejando entrar la luz.

Un día, el padre, desesperado, tomó un martillo y enormes clavos, asegurando que las ventanas ya no podrían abrirse solas.

A la mañana siguiente, los clavos estaban en el suelo y las ventanas, todas sin excepción, estaban abiertas.

Los negocios comenzaron a ir de mal en peor, incluso en la relación con los socios, que no eran tan honestos como parecían al principio.

Después de un tiempo, en contacto con una familia vecina que siempre los observaba con curiosidad, supieron que esa casa había estado deshabitada durante muchos años porque nadie lograba vivir allí.

El último inquilino había salido corriendo de la casa, dejando allí sus pertenencias, ropa, muebles viejos y calzado. Se fue literalmente con la ropa puesta en su coche y nunca más regresó.

Les contaron, además, que en esa casa ocurrió una tragedia años atrás.

En la habitación donde dormía la niña, después de una gran discusión por celos entre los dueños de la casa, el hombre apuñaló a la mujer hasta la muerte, dejándola tendida en el suelo, completamente ensangrentada. Luego huyó y desapareció por completo de la ciudad.

Los vecinos, alertados por el mal olor del cadáver, llamaron a la policía y el caso quedó esclarecido.

La pareja, ya cansada y sin recursos financieros para continuar con los negocios en esa ciudad, se mudó nuevamente a la capital donde habían nacido y crecido.

Con el tiempo, en contacto con otras personas, supieron que en esa ciudad antigua tales historias y hechos no eran infrecuentes.

Cada casa vieja donde habitaron y vivieron muchas personas a lo largo de más de 500 años guardaba sus propias historias, marcadas en cada calle, cada esquina y cada rincón.

Dicen que es peligroso caminar solo allí por la noche... Eso dicen...

Misterio

M

Sílvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro.

Los dos eran amigos inseparables desde que se conocieron, cuando aún eran jóvenes.

Frecuentaban los mismos lugares, como bailes y fiestas en sociedades donde podían comprar sus entradas. Además, como la ciudad en la que vivían aún no tenía el tamaño de una metrópoli, lograban con cierta facilidad acceder a estos ambientes.

Fue en una noche de baile, en aquella época en la que las jóvenes, acompañadas por sus padres o al menos por sus madres, iban a bailar al club. Ellas se sentaban en las mesas previamente reservadas para el evento.

Normalmente, los bailes se realizaban al ritmo de conjuntos musicales cuyos artistas eran contratados para tocar casi toda la noche, hasta la madrugada del día siguiente, cuando finalmente las personas se retiraban a sus hogares.

En esos bailes, las jóvenes solían ir bien vestidas y maquilladas. Se sentaban en las mesas entre sonrisas pícaras y seductoras, esperando que algún joven caballero las invitara a bailar.

Era considerado una gran grosería que una joven se negara a bailar con un hombre que la invitara. Lo máximo que podía hacer era aceptar una sola canción y luego pedir que la llevaran de vuelta a su mesa, alegando con delicadeza que tenía dolor en los pies o que estaba cansada.

Normalmente, después de eso, era común que la joven ya no recibiera más invitaciones para bailar esa noche. Los hombres se comunicaban entre sí, contando lo sucedido y, como forma de venganza, ninguno de ellos volvía a invitarla a bailar.

Siguiendo con nuestra historia, los jóvenes de los que hablamos al inicio se llamaban André y Ricardo.

Una noche, André y Ricardo asistieron a un baile que celebraba la llegada de la primavera.

Se vistieron de gala y se dirigieron al club, que se llamaba Barroso.

Allí, entre una danza y otra, conocieron a dos jóvenes bastante bonitas que se encontraban en la misma mesa. Eran hermanas.

Bailaron con ellas toda la noche y, junto con su madre, las acompañaron hasta su casa.

Aquel baile y aquel encuentro hicieron que, años después, Alice y Magda se casaran con estos dos amigos.

Los amigos disfrutaban de ir juntos a pescar o cazar, preferiblemente lejos de sus esposas. Aprovechaban esas ocasiones para beber más vino o cerveza de la cuenta, pasando los límites en el consumo de alcohol y terminando tan embriagados que ni siquiera se reconocían a sí mismos.

Pasaron los años, tuvieron hijos y nietos. También se jubilaron de sus trabajos y comenzaron a disfrutar de un poco más de descanso.

El hijo de uno de ellos compró una casa en la costa para que la familia pudiera disfrutar del verano junto al mar y escapar del calor de la ciudad, que había crecido mucho y se había convertido en una gran y agotadora metrópoli.

En uno de esos veranos, mientras los hijos y nietos aún no estaban de vacaciones, los dos amigos y cuñados viajaron a la casa del hijo de André con el supuesto propósito de prepararla para la llegada de la familia, ya que había estado cerrada durante todo el invierno.

¡Qué gran libertad tuvieron los dos!

Fueron en el coche de uno de ellos y, al llegar, se dirigieron a un bar donde compraron, además de comida, frutas, verduras y artículos de limpieza, varias botellas de vino y cerveza.

Por la noche, prepararon la cena mientras consumían vino y algún otro licor que encontraron en la casa.

Al día siguiente, cuando la familia llegó, los encontraron arrodillados en el suelo de la casa, rezando y haciéndose la señal de la cruz.

Sorprendidos, los familiares les preguntaron qué había sucedido, a lo que ellos respondieron que la casa estaba "embrujada" por espíritus malignos y que era necesario rezar y pedir a los ángeles que limpiaran el ambiente.

Aseguraron que durante toda la noche habían oído ruidos y sonidos provenientes de las habitaciones, el techo y todas las partes de la casa.

El hijo de André, dueño de la casa, al escuchar la historia, comenzó a reír sin parar, lo que provocó que su padre lo reprendiera diciéndole que "con esas cosas no se juega".

El hijo, que se llamaba Vicente, dejó de reír y explicó que, en realidad, hacía muchos años que en el desván de la casa vivía una pareja de animales con sus crías, que solo salían de noche para cazar murciélagos y ratas y alimentarse, ya que esta especie solía dormir durante el día.

Los dos ancianos no quedaron completamente convencidos. Sin embargo, después de haber bebido tanto y haber pasado la noche rezando en la "casa embrujada", finalmente se acostaron a dormir para recuperarse tanto del susto como del exceso de alcohol.

La historia se difundió entre la familia y, como una broma, cada vez que alguien iba a la costa decía:

—¡Voy para allá! ¡La Casa Embrujada me espera!

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