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El viejo intolerante

E

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

 
 El era tan joven como cualquier persona joven.
Jugó, rió, cantó, se enamoró, se decepcionó y se volvió a enamorar.
 
Sus padres y sus superiores le pidieron cuentas muchas veces. Algunos con razón, otros no.
 
Se puso a trabajar muy pronto, tenían necesidad de hacerlo. Sus padres no eran ricos. Tenía que mantenerse a sí mismo y a su familia. Tenía muchos hermanos y hermanas.
Estudió y se graduó.
 
Hizo oposiciones y entró a trabajar en la compañía de teléfonos Telefónica, donde consiguió puestos relativamente importantes a base de competencia, rigor y esfuerzo.
Finalmente se enamoró de una colega, que le pareció bastante bonita, y se casó con ella.
 
Tuvieron hijos.
 
Los educó a su manera.
 
Les dio la formación necesaria para que pudieran trabajar y progresar con menos dificultad que él.
 
Su mujer le acompañó en su viaje, siendo su compañera y ayudándole en las tareas del hogar y en la educación de sus hijos, como suele ocurrir con algunas mujeres de su tierra.
 
Todos ellas, porque en su época las mujeres no se educaban y no mostraban muchas ganas de hacerlo. No consideraban que la educación y el trabajo fuera de casa fueran importantes.
 
Se contentaban con casarse y ejercer la función de madres, esposas, a veces amantes y sirvientas domésticas, sumisas a la voluntad de su marido, a sus apetitos y caprichos.
Esto se debía a su total dependencia financiera.
 
En consecuencia, les aterrorizaba, y todavía les aterroriza a algunas de ellas, salir a la calle a trabajar y ser independientes. A menudo sufren humillaciones, malos tratos y desprecio por parte de sus maridos.
Y así la vida de este hombre siguió con altibajos.
 
Envejeció.
 
La mujer que antes era hermosa se volvió gorda y poco atractiva a sus ojos.
 
A su vez, se volvió cada vez más irritante y molesto.
 
Todo el mundo le parecía mal, a los jóvenes los veía maleducados, criticaba a todo el mundo, mirando sólo el lado negativo de las personas, según sus conceptos.
 
No le vino a la boca ningún elogio o palabra amable para otras personas. Y si lo hizo fue sólo con la intención de reunir apoyos para no sentirse tan aislado y solo en el mundo.
 
La soledad le aterrorizaba.
 
Un día, un trío de jóvenes franceses estaba en la playa muy temprano. Probablemente no habían dormido y habían venido a terminar su velada en aquel agradable lugar.
 
Estos chicos no hacían daño a nadie, cantaban y expandían su juventud, felices e indiferentes a los que pasaban.
 
Una mujer les pidió que cantaran el himno de su tierra y los escuchó con deleite.
 
Accedieron gustosamente a la petición y cantaron la Marsellesa con respeto y dignidad, con las manos en el pecho.
 
Recordó su juventud en la escuela y los acompañó hasta el final.
 
El hombre, molesto por lo que veía y oía, intentó criticarlos.
 
La mujer respondió al implicado diciéndole:
- Nosotros mayores tenemos mucha envidia de estos jóvenes, porque son bellos, sanos, vitales y sobre todo siguen teniendo la sensación de libertad que sólo la inocencia de la juventud les impregna y permite.
 
¡Cuánta envidia causan a las criaturas decrépitas!
 
El hombre se calló y no volvió a hablar.

Solo tenía 7 años cuando perdió el bracito

S

Pedro Rivera Jaro

Mi prima Victori era la niña mayor y única hembra de seis hermanos, hijos de mi tío Perico y de su esposa, mi tía Julia.
 
Fue a la tienda de ultramarinos a comprar lentejas, como la ordenó su madre. Solo tenía 7 años, pero su madre tenía que cuidar de otros dos niños que ya tenía en el mundo.
 
Cruzó la calle de Marcelo Usera, por donde subía y bajaba el tranvía de la línea 37 y entró en la tienda del Tío Ratón, que es como llamaban al dueño de la tienda. Compró medio kilo de lentejas, las pagó con el dinero que su mamá la había dado, y emprendió el regreso hacia su casa, para lo que tenía que volver a cruzar Marcelo Usera.
 
Un camión cargado subía la cuesta, procedente de la Glorieta de Cádiz y pasó por delante de Victori cuando ella acababa de salir de la tienda. Aquellos camiones, de aquella España, no tenían la potencia y la velocidad de los camiones de la actualidad. Subió trabajosamente aquel camión por delante de ella y, cuando terminó de pasar, cruzó la calle corriendo, sin darse cuenta de que un tranvía bajaba a gran velocidad y la arrolló derribándola al suelo, en donde le cortó su brazito izquierdo a una altura intermedia entre el hombro y el codo.
 
Mi madre, que adoraba a Victori, quedó absolutamente aterrada cuando recibió aquella terrible noticia. La niña fue intervenida quirúrgicamente de inmediato y salvó la vida, aunque, para siempre quedó manca de su brazo izquierdo.
 
Creció sin su bracito, pero conservó intacto su espíritu, su vivacidad y su alegría.
 
A lo largo de los años aprendí a observarla conservando su coquetería y, en este sentido, ocultaba la falta de su brazo, con ropas que le tapasen, como por ejemplo, se echaba una rebeca sobre los hombros, sin meter su único brazo en la manga.
 
Desarrolló habilidades impensables para los que tenemos la buena suerte de conservar ambos brazos, como por ejemplo lijar las uñas de su única mano, sujetando entre sus rodillas una cajita de cerillas, de aquellas cuyo rascador era de lija. Y lo que no podía lijar así, lo conseguía poniéndola entre sus dientes, a modo de sujeción.
 
Era increíble verla hacer punto con la lana y sujetando una de las dos agujas, bajo el muñón que le quedaba de su brazo izquierdo.
 
Pero lo más increíble de Victori siempre fue su espíritu positivo, su reacción ante tantas dificultades que la vida trajo hasta ella.
 
Tenía un talento innato para cantar Fandangos de Huelva, y se acompañaba dando las palmas con su única mano sobre su muslo derecho.
 
No había penas a su lado, siempre tenía un chiste para hacernos reír a todos, y siempre se interesaba por conocer las cosas particulares en la vida de los miembros de nuestra familia.
 
Siempre acompañaba en los actos sociales de la familia, tales como bodas, bautizos, comúnciones y defunciones. Si algún familiar sufría una operación quirúrgica, allá estaba Victori ando su compañía.
 
Por desgracia el COVID 19 nos la arrebató.
 
Que descanse en paz y siga viviendo en mi recuerdo.
 

Marilu

M

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Ella atravesó el parque  lleno de gente, chicos charlando, algunos sentados al sol, hablando, bebiendo “chimarrão”, intercambiando besos y jurándose amor eterno, con el caminar relajado, para aquella que estaba acostumbrada a caminar.
 
Ella usaba pantalones blancos y una blusa azul suelta, era de tipo corto y esmerada confección y tenía abundante cabello castaño.
Cualquiera que la viera de lejos pensaría que se trataba de una niña. Pero no era así.
Se sentó a mi lado en la bancada de la plaza y luego comenzó una conversación.
 
-¿Todo bien? ¡Bello día!
 
-¡De verdad! ¡Demasiado bueno para esta época!
 
Yo pensé: aquí tenemos otra pesada, solo para enterarse de mi vida. Si estoy casada, si tengo hijos, nietos. ¿Dónde vivo? E incluso si me quieren mucho…! ¡Gran equivocación la mía! 
Aquí en el sur somos muy reservados e incluso desconfiamos de los extraños, muy en contra de la cacareada hospitalidad sureña.
 
El gaucho (personas que viven en Rio G. do Sul – Brasil) es un ser solitario por naturaleza, observador y atento vigilante con respecto a nuevas amistades y personas muy espontáneas.
 
¡Genial! No era la chica que pensaba yo creía que era. Tal vez tenía 70 años. ¡Pero qué 70! ¡Vive Dios!
 
Y con intimidad me ha dicho:
 
-¿Sabes tengo una hija que vive en Natal. ¿Sabes dónde está eso? Esta casada y es hija única. Tengo una nieta con 16 años.
Hace poco fui a  vivir allí, porque mi hija insistió mucho.
Estuve unos 6 meses y volví.
¡No me gustaba aquella gente! Pobre gente. 
Tengo muchos amigos aquí. Con ellos salgo y me divierto.
Soy separada. Tuve cuatro esposos o compañeros. Algunos amores, pero no estoy segura. Ahora tengo un compañero.
A él no le gusta salir a viajar como me gusta a mí.
 
En ese momento yo ya estaba interesada en su historia y con gran curiosidad le hice una pregunta, con la idea de dar continuidad a mi narración.
 
-¿Y cómo te va? Le pregunté.
 
-¡Bueno, él incluso ve bien! Me ha contestado.
 
-Cuida de mis gatos. Tengo siete, porque yo adoro a los gatos.
 
-En mis viajes no quiere acompañarme el buen hombre. Su nombre es Airton (Como Airton Senna el piloto de Fórmula 1). Le gusta más estar en su casa y cuidarla bien. Cuando estoy de viaje, el guisa, lava y plancha la ropa. ¡Él es un amor!
-Me apasiona viajar. No permanezco mucho tiempo en ningún lugar.
-Me gusta vagabundear y yo siempre  fui así. Él lo sabe.
-No obstante fue una buena idea que vivamos en Natal, debido a que mi hija y mi yerno consiguieron trabajo en São Paulo. Tienen  una cadena de establecimientos para gestionar la administración de las empresas de sus clientes. Si no fuera de esta manera, tendría que permanecer en la anterior ciudad cuidando yo sola de mi nieta. ¡Ya me contarás! -¡Lejos de mi piso!
-Tengo un bellísimo piso, tengo mucha compañía, con mis gatos, con mis amigos y el pobre Airton.
-No he hecho una mudanza completa y de esta forma no muevo mucho equipaje.
 
Pregunté con alguna indiscreción: ¿Pero qué es lo que haces aquí?
Me contestó:
 -Yo cuando me aburro de estar con Airton  en la casa, llamo a mis amigos y salimos a dar una vuelta y divertirnos. Bebemos, bailamos, vemos cine, paseamos por los centros comerciales y plazas, dependiendo de los días y según sea nuestro estado de ánimo.
 
Seguí animando, diciéndole: por cierto ni siquiera nos hemos presentado. Mi nombre es Fénix. ¿Y el tuyo?
 
-Marilu, es como me llaman. En realidad es la forma corta de María Luisa, pero como es más largo y complicado prefiero Marilu.
 
-Ok. Marilu. Encantada de conocerte.
 
Y ella continuó:
-¿Miras a ver ese caballero que pasó? Es mi conocido.
Él regresa. Espera… Habla.
 
-¿Hola, todo bien?
 
Ella contesta: 
 
-¡Todo bien!
 
Al saludarnos la miró con intensidad.
 
-¿Has visto? Él es parte de mis compañeros, pero contigo aquí estaba indeciso para llegar. ¡Él es un amor! Solo como yo.
 
¡Ah! He dicho al mismo tiempo que pregunto:
 
-¿Y entonces?
 
-Pero como te digo el Airton es un poco más joven que yo, pero no importa. ¿Verdad?
 
Ella no espera una respuesta y sigue:
-¿Cuánto valen las afinidades?
Yo contesto:! Realmente Marilu!
 
Sus numerosos pendientes, pulseras, anillos y aretes llenos de piedras, hasta una gargantilla con una mariposa que tenía, brillaban bajo el sol de la mañana mientras se movía, señalando las joyas.
 
Las grandes gafas de sombra ocultaban parcialmente sus ojos y parte de las muchas arrugas que marcaban su rostro, debidamente disfrazados por una capa de base y polvo. La sonrisa era hermosa, los dientes bien mantenidos. 
Habría sido una mujer muy hermosa cuando era joven.
Su espíritu estaba vivo, exudaba  alegría y temperamento determinado cuando hablaba.
La escuché.
 
-¡Mira allí! Ella dijo.
 
¡Aquí viene el pobre Airton!
 
Él llega, se sienta a su lado, sonríe. Dientes manchados de nicotina. Simplemente vestido. Más joven que ella, tal vez en sus cincuenta años. 
 
Susurran y ríen los dos.
 
Ella me presenta.
-Airton esta es Fênix .
-Placer .
Yo contesto:
- Placer.
 
Me he sentido demasiado allí en ese momento. El universo en esta hora giraba en torno de los dos.
Entonces les dije:
-Marilu ahora te dejo. Tengo compromiso, debo irme
 
Un placer conocerlo a vosotros, felicidad…
 
-¡Placer Fênix. ¡Hasta cualquier hora!
 
Los dejé, cuando me di la vuelta ya no estaban allí. Caminaban a lo lejos, ella llevaba pantalones blancos ajustados, era una niña.
 
Él cogido de la mano con ella, chaqueta en mal estado, zapatos rotos.
 
Estaban felices, después de todo… 
Él cuidó bien de sus gatos y eso es lo que más importaba.
Por lo demás… Extraña figura era Marilu.
Valió la pena conocerla. ¡El domingo se salvó! 
 
El sol brillaba y seguí mi camino, quizás alguna nueva reunión interesante, he pensado, quién sabe…

Universidad de Concepción

U

Carlos Boné Riquelme 

Los paseos por la Universidad de Concepción siempre me traen anhelos de vidas pasadas y recuerdos de momentos que no se han perdido con el tiempo, pues están presentes en mis recuerdos.
 
No muchos saben que antes de la Universidad hubo una escuela técnica donde se estudiaba abogacía y algunas otras profesiones, pero los títulos tenían que ser recibidos en Santiago. Por eso, el advenimiento de la Universidad, gracias a Don Enrique Molina Garmendia, fue uno de los grandes logros de esta ilustre ciudad.
 
Pero al margen de esto, un paseo por esas avenidas universitarias siempre fue, es y será uno de los grandes placeres de vivir en Concepción.
 
Yo solía pasear y recorrer la Universidad especialmente los fines de semanas. Me detenía en la “Laguna de los Patos” a admirar aquellos cisnes de cuello negro que nadaban elegantemente entre las flores de agua, nenúfares. que se abren en colores de húmedas formas. O aquellas caminatas hasta donde estaba la pequeña jaula donde los “Pudu-Pudu”, el ciervo enano original de la selva de Nahuelbuta se asomaba curioso, o quizás expectante de algún alimento, aunque el letrero colgado en la reja advertía, “no alimentar a los animales”. Al frente estuvo un casino donde muchas fiestas se produjeron en aquellos movidos años 70. También, más de algún día, casi cayendo la noche, me refugie junto a otros amigos, en su oscuridad ilustre para acciones menos ilustres.
 
Cómo no recordar esa sociedad formada por amigos de diferentes carreras llamada “la Sociedad del Ron”, cuyo fin era ocultar botellas de ron en diferentes lugares de la Universidad, para, en esas noches de parranda buscarlas y celebrar cada vez que alguna era rescatada de su anonimato etílico. Que emoción era entrar a esa biblioteca donde tantas horas pasamos estudiando y donde la querida “Checha” Montero me atendía con cariño cada vez que aparecía yo buscando una nueva aventura literaria. O mi querida amiga Antonieta, secretaria de la biblioteca, que siempre me atendió con cariño, dándome espacio para mis ventas de “cachemiras”. O el “platillo volador” con sus aulas empinadas desde donde divisar el pizarrón era una odisea. O la cafetería en el primer piso donde los quesos calientes con Nescafe fueron el consuelo de muchos días de hambre vividas en pensiones famélicas.
 
La escuela de sociología y Periodismo, cerradas durante, y después del año 1973, y donde conocí tantos amigos y que era compartida con antropología.
 
La escuela de educación donde tantas horas pase esperando la salida de mi “polola “de aquel tiempo, y luego caminar hacia el foro en la oscuridad de los faroles que iluminaban el frontis de la Escuela de ingeniería, las de química y física, la de matemáticas con sus pequeños paseos de árboles y flores y con algunas estatuas blancas escondidas en sus vericuetos. Allá está el recuerdo de mi gran amiga Lucy Puentes, secretaria de la escuela de Matemáticas, que junto a otras grandes amigas me recibían amablemente cada vez que yo aparecía a vender mis “Cachemiras”. Esa es otra historia que ya compartiré. Y al otro lado del foro, donde se instaló el primer computador IBM, y luego fue el hogar de la escuela de informática dirigido por esa otra gran amiga, Isabel Zurof. Mas abajo, en casi llegando a la plaza Perú, la extraordinaria Pinacoteca con su escuela de Arte y sus talleres de escultura que se divisaban desde la escuela de Lenguas; y el paseo estrecho que nos llevaba al arco triunfal de la escuela de Medicina. También “La Casa del Deporte” con sus historias increíbles, como la de aquel periodista que fue abandonado por la gente del MIR, desnudo, frente a la salida de los estudiantes. O de aquel incidente donde un estudiante muy conocido en Concepción le pego un puntapié en la cara a Bob Kennedy en su visita a la universidad. La foto de este puntapié dio Vuelta al mundo y creció como una leyenda urbana. Pero no olvidemos los hogares empinados en el cerro, bungalós, que fueron el orgullo de esa Universidad por lo modernos y porque se dio la oportunidad a aquellos que no podían pagar un hospedaje para vivir decentemente mientras estudiaban.
 
Y cerca, el hogar los Tilos, donde diariamente se otorgaban comidas a cientos de estudiantes, uno de los cuales fui yo. Tantas horas pasadas en ese comedor sentado con amigos de diferentes carreras conversando para definir en que mundo queremos vivir; sin saber que eso ya estaba determinado; pero disfrutamos analizando teorías y sueños. Y por primera vez yo vi estudiantes de Medicina, Ingeniería, sociología, Antropología, filosofía y Arte conversando y amarrando ideas sin peleas ni discusiones; horas trenzadas en conversaciones donde podíamos determinar sin llegar a conclusiones, definir sin limitar los trazos, dibujar sin pincel y al final solo descubrir que todos éramos iguales, con visiones parecidas del Universo, amarrados al mural de la escuela de Ingeniería desde donde
 
Pascal nos gritaba,“ que es el hombre frente al Universo, un puente entre el todo y la nada…”, y eso éramos nosotros desde el humilde hogar Los Tilos…

Sombras

S

SILVIA C.S.P. MARTINSON 

TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR PEDRO RIVERA JARO

Eran dos.
 
Los árboles ya brotaban, los rosales ya florecían.
 
El aire era ligero y el perfume de las flores se esparcía, aportando más frescor al mismo tiempo que las abejas, en profusión, volaban en busca del preciado néctar. Era primavera.
 
El azul intenso del cielo se mezclaba con el verde de los árboles, aportando un multicolor sui generis a los ojos de los transeúntes.
 
Caminaban lentamente. 
 
Observaron todo con atención mientras él le explicaba la historia de aquel parque, por quién y por qué había sido creado, deteniéndose en cada lugar donde el tiempo y los hechos habían dejado su huella.
 
Ella escuchaba con atención porque con él podía viajar en el tiempo.
 
Describía los detalles, los matices y los hechos ocurridos en cada lugar. Lo hacía de una forma tan natural como si hubiera estado allí y lo hubiera vivido todo en sus más mínimos detalles.
 
Al mismo tiempo, ambos disfrutaban de la
presencia del otro.
 
Fue un momento de intensa ternura y encanto que les hizo sonreír con tanta implicación.
Fue como si una serie de recuerdos afloraran en sus mentes.
 
Caminaban lentamente.
 
Al acercarse a una puerta que daba acceso al parque, se toparon con un cartel que se veía en el suelo.
 
El sol ya era fuerte.
 
El paseo deseado, programado y permitido llegaba a su fin. Sentían y anticipaban el dolor de la separación sin, no obstante, comunicárselo el uno al otro.
 
Caminaban lentamente.
 
Se acercaron a la placa y miraron la fecha. Su memoria se aclaró, comprendieron por fin que habían vuelto al lugar donde siempre se habían encontrado cuando querían estar juntos, y lo habían hecho durante mucho, mucho tiempo.
 
En la placa, se besaron y concluyeron lo que por fin estaba ocurriendo.
 
Eran solo… dos sombras del pasado.

Me dejé la puerta abierta

M

Carlos Boné Riquelme 

Sentí la corriente de aire fresco que azoto mi rostro, y trajo escalofríos a mis huesos viejos y solo allí me percate de que la puerta del corredor, de aquel largo y oscuro corredor que lleva al patio trasero de la casa, había quedado abierta. Pero no quería levantarme de mi poltrona donde me sentía cómodo, cayendo de a poco en un letargo que era habitual después del almuerzo. Quise gritar a alguien que la cerrara, pero de pronto recordé que estaba solo.

No había nadie en la casa pues todos ya habían muerto; yo era el único sobreviviente en esta enorme casona que se encontraba en medio de la nada, en el campo, rodeado de montañas y árboles que transmitían en susurros los mensajes del más allá, y que yo recibía en imágenes que me rodeaban día y noche.

Entonces debía tomar una determinación, quizás levantarme de mi sillón y caminar hasta el fondo a cerrar la puerta, pero yo sabía que, en el camino, los brazos de mis padres y abuelos me detendrían en cada paso para arrastrarme al pasado, y yo no quería desatarme en millones de imágenes que solo añadirían un peso más al que ya tenía sobre mis hombros.

Escuche el sonido ululante de los árboles y quizás el mugido de las vacas haciendo coro, y quise tapar mis oídos para negarme al tiempo y a la vida. Pero allí sentí más que escuché, los pasos de la vieja Eulogia que desde la tumba se aproximaba a teñir mis días de pesados pensamientos que me arrastraban a aquellos momentos de cuando fui joven.

El fragor de la batalla, el estruendo de los cañones en el campo de batalla, los gritos adoloridos de aquellos que agonizaban y que persiguieron a mi padre, tambien me perseguían y la vieja Eulogia lo sabía, y se reía con aquella boca desdentada que mostraba la profundidad de la nada.

El miedo acompañó el frío, y me forcé a levantarme y recorrer el largo pasillo escuchando los murmullos de aquellos que alguna vez habitaron este caserón, pero que hoy me dejaron solo. Me tape los oídos, pero sus sombras vagas me perseguían bailando alrededor mío. Logré llegar a la puerta abierta, y en vez de cerrarla, salí sintiendo un vaho de alegría por escapar, aunque fuera solo por minutos de la tortura que me perseguía al interior de este cascaron que solo contenía recuerdos.

Mi vista se perdió a la distancia tratando de atrapar el paisaje que me circundaba en una sola mirada, y pude divisar los bosques en las laderas de las montañas, los verdes pastos que aún se mecían con la fuerza del viento, el rio que se perdía en el recodo, y todo me pareció una fantasía creada por mi mente exhausta de memorias escalonadas y entrelazadas con aquellos que murieron antes que yo.

Y me pregunto: ¿porqué solo sigo yo presente en esta realidad que me aprisiona?, pero no hay respuestas y aunque doy golpes a la oscuridad, aun sigo sin rumbo, esperando una respuesta que no llega.

Todo comenzó en otra época, cuando yo tenía solo cinco anitos. Mi madre estaba sola pues mi padre nos había dejado al cuidado de los abuelos mientras el cumplía sus labores en el ejército, apostado en alguna de las interminables fronteras donde las escaramuzas con el enemigo eran constantes.

Mi madre se encargó de las labores de padre y madre, aunque mis abuelos, especialmente la abuela además de Eulogia, la criada, ayudarono mucho en mi crianza, pues yo fui un hijo único. Me crie corriendo por esta misma casona donde hoy habito, solo que en aquel lejano tiempo estaba llena de gente, la cocinera Rosa, la muchacha del aseo, Mariluz, el muchacho de los mandados Rufino, y tambien la gente que trabajaba en la lechería, la que cuidaba los caballos, aquellos que llevaban las ovejas al monte, y en las tardes, el ruido de todos los trabajadores en el comedor del patio era increíble.

El ruido de las risas alegraba aquellas tardes mientras las mujeres, además de mi abuela y madre, bajo la atenta mirada de mi abuelos que desde la ventana de la casa que daba al enorme patio, vigilaba que todos aquellos rudos hombres de campo se comportaran decentemente. Pero ninguno de ellos se hubiera atrevido a decir o hacer imprudencias. Y no porque no fueran hombres, pero eran gente educada, de esos que recibieron su educación en el campo donde se respetaba a las mujeres y a los ancianos.

Pero cuando llegaba la noche, todos se sentaban en torno a una enorme fogata y al compás del mate, se contaban historias, una más fantástica que la otra. A veces, algunos de ellos bajaban la voz, y mientras chupaban la bombilla sorbiendo el amargor de la yerba, y mientras el resplandor de las llamas iluminaban sus rostros, contaban historias del “maligno”, de aquel que acecha a los campesinos borrachos, o a las mujeres que se atreven a salir de noche por los caminos desolados, para llevarlos al infierno donde desaparecen y nunca más regresan a sus hogares.

Tambien contaban sobre los “entierros”, lugares donde estaban grandes fortuna de oro y plata y que aquellos que vendían su alma a diablo, eran guiados por “el patas de cabras” a encontrar los tesoros, y eran ricos para siempre, hasta que el “malulo” volvía a aparecer a cobrar la deuda.

Yo escuchaba aterrado estas historias mientras mi imaginación elaboraba detalles que luego, cuando era la hora de acostarse, me perseguían aun debajo de las sábanas donde yo me cobijaba escuchando ruidos y crujidos que me parecían del “más allá”.

A veces, me levantaba en medio de la noche y corría al cuarto de mi madre donde me acostaba al lado de ella mientras ella amorosamente me cobijaba entre sus brazos, y así, conciliaba el sueño.

Después de mucho tiempo, no sé cuánto, pues mis dedos solo contaban hasta diez, mi padre regreso. Venia viejo, cansado, amargado, y ya nunca más se escuchó su risa rebotando en las paredes, ni lo vi abrazando a mi madre mientras ella soltaba gritos de protesta que al final eran de placer.

Al comienzo, traté de acercarme a él, pero su frialdad de a poco me hizo alejarme y aunque mi madre trataba de explicarme que el estaba triste, su ceño adusto me daba miedo, y así, me perdía en el campo, yendo a sentarme cono los trabajadores con los cuales compartía sus comidas y risas. Y durante las tardes, cuando mi padre aparecía por el patio trasero, las risas de los inquilinos se apagaban y un silencio espectral nos rodeaba.


Mi padre parecía no darse cuenta, y sin mirar nadie cogía una botella de licor y sentado en una vieja mecedora se perdía en algún mundo lejano mientras bebía de la botella hasta que esta estaba vacía. Y luego cogía otra, hasta que, en la noche, mi madre ayudada por alguno de aquellos hombres lo llevaban a acostar entre gruñidos y denuestos que el soltaba al aire.

Poco a poco, los hombres dejaron de venir a comer a la casona, y ésta se quedó silenciosa, con las mujeres, incluida mi madre, se deslizaban por los corredores casi como fantasmas para no despertarlo de su letargo alcohólico. En aquel tiempo mi abuelo falleció, y mi padre no apareció al velorio, al cual llego toda la gente del pueblo, además de los trabajadores y la familia, alguna de la cual venia de lejos. Se preparo comida, y se sirvió mucho “gloriado”, y las guitarras sonaron tristes en medio de las conversaciones y los lamentos de las “lloronas” que hacían eco al sollozo de mi abuela.

Ella, mi abuela, se fue al poco tiempo, y mi madre, la vieja Eulogia, mi padre, el cual ya casi no salía de su habitación, y yo, nos fuimos quedando solos. Primero fue Rufino que partio casándose con Mariluz la muchacha del aseo, y los cuales le dijeron a mi madre que habían comprado una “tierrita por allí”, y querían formar su propio hogar sin trabajarle “a naiden”. Mi madre entendió y los dejo ir dándoles una plata adicional que los puso muy contentos, y ambos, cargados con canastos llenos de ropa y mercancías, desaparecieron en medio del polvo del camino.

Luego fue la cocinera que ya no quería escuchar los improperios que mi padre lanzaba en medio de su estado alcohólico, y tampoco aceptaba este silencio que se había apoderado de la casona. Se despidieron llorando con mi madre, abrazadas en la salida del rancho, y en medio de toda esa pena, nos quedamos solos lo tres.

Poco a poco los peones tambien se fueron alejando, y los animales se vendieron o comieron, y el campo empezó a caer en el descuido. Mi padre falleció, de borracho, fue lo que escuche decir al doctor, y casi nadie nos acompañó a su entierro. Aparecieron algunos soldados que habían servido en el ejercito con mi padre, y ellos cargaron el cajón y le rindieron honores póstumos. Mi madre ellos atendieron como pudo en la casona, y escuchamos las historias de la guerra en la que mi padre había perdido su sanidad mental. En algunos momentos mi madre los hizo callar por lo crudo de sus relatos que quizás, explicaron porque mi padre regreso tan diferente a cuando marcho, apuesto, seguro de sí mismo, erguido como un héroe en su uniforme lleno de charreteras.

Cuando estos hombres se marcharon, mi madre quedo sumida en una tristeza que la hizo llorar, pero cuyas lagrimas oculto de mí, diciéndome que eran solo de pena porque estábamos tan solos. La vieja Eulogia apareció muerta un día en su cama, un ataque al corazón y se fue mientras dormía. La enterramos en una ceremonia privada, y con mi madre nos quedamos un poco más solos.

Y así crecí en esta casa, con mi madre envejeciendo y sin querer volver a casarse, aunque las proposiciones no le faltaron, pero ella quería estar sola, sin nadie que le volviera a agriar sus días, y yo la entendí, aunque yo tampoco me casé. No tuve hijos ni novias, y solo me dediqué a preparar quesos y licores los cuales vendía en el pueblo cercano, y con esto, más el montepío que mi madre recibía del ejército, lográbamos mantenernos. Pobremente, pero decentemente.

Estábamos casi en la ruina, solo esta casona sobrevivía a aquellos buenos tiempos. Pero los recuerdos en mi madre la comenzaron a atormentar y marchitar. De a poco comenzó a apagarse, y cuanto yo hice por mantenerla viva fue inútil. Asi llego el día que ya no levanto más de su lecho, y a pesar de todos mis esfuerzos ella comenzó a languidecer lenta e inexorablemente.


Mi desesperación se agrandaba y pasaba los días a su lado llorando y rogando que por favor no se fuera, que no me abandonara como el resto de la familia, pero todo fue inútil. Al final expiro, dejándome completamente solo en esta casona la cual no puedo abandonar, pues fuera de aquel, el mundo real no existe. La dejé por días alli, hasta que el hedor de la carne en descomposición fue demasiado y empezó a atraer animales salvajes a este lugar, y yo debía pasar horas persiguiendo ratas, perros hambrientos, lobos que aullaban noches enteras impidiéndome alcanzar el sueño. La envolví en las sábanas en las que ella reposaba y cavando un profundo hoyo en el patio, la enterré. No puse cruces ni nombres pues quería que la tierra la absorbiera y yo, a la vez, quería olvidar el lugar donde ella estaba. Pero no podía dejar de pensar en su rostro, sus manos abrazándome, su voz cantándome canciones de cuna. No podía dormir, y pasaba las noches sentado mirando el promontorio donde ella estaba enterrada. Las noches se hacían día, y las noches volvían.


El tiempo pasó, y ahora cuento casi 150 años, y cuando me miro al espejo, ya no envejezco. Mi pelo está blanco, y siento mis huesos doloridos, y mis ojos parecieran hundirse en las cuencas, pero mi existencia prosigue indeleble.

Los viajeros no se detienen a mi puerta, siguen de largo, pues todo parece que se desvaneció en el aire, y solo el monte y los animales que merodean alrededor son los habitantes de este lugar. Y en las noches, los espíritus recorren los pasillos, entrando a cada cuarto, pues yo los escucho conversar, reír, bailar, pero cuando corro a aquellos lugares, solo existe la nada. Y los ruidos me persiguen cada noche sin dejarme dormir. Durante el día, me es imposible conciliar el sueño, y así transcurren mis días y noches en una perpetua soledad donde nada existe, quizás yo tampoco soy real, pero mis pensamientos y sensaciones están aquí, vagando y esperando un final que no quiere llegar. Los caminantes son solo sombras que cuando les hablo no me escuchan, y no me ven. Mi única compañía, y es terrible, son las sombras y las voces que me llaman en las noches, que me persiguen por los pasillos oscuros, que cuando los llamo, se esconden y ríen con terrible carcajadas. Estoy solo, no puedo dejar esta casona, y solo tengo como compañía los fantasmas de aquellos que la habitaron. Yo soy un fantasma más que con mis ciento cincuenta años a cuestas espero la muerte con su liberador sueño eterno.

La pesca furtiva

L

Pedro Rivera Jaro 

Mis primos Pedro y Faustino, junto con nuestro amigo Enrique (Camorra), y yo mismo, quedamos al salir el sol, en la carretera nueva, justo donde se juntaba con la carretera
vieja.
 
La carretera nueva tenía asfalto sobre el firme de piedra y tierra apisonadas,
mientras que la vieja carecía de asfalto, en aquella época.
 
Muchos años después, siendo alcalde Nazario, la asfaltaron y quitaron una enorme piedra, que se había desprendido de la ladera contigua, y que había quedado parada en mitad de la carretera, obstruyendo en gran parte el tráfico rodado.
 
Estoy hablando del maravilloso pueblo de Las Rozas del Puerto Real, cuyo nombre proviene del lugar donde los ganados trashumantes pagaban el Peaje Real, a la Hacienda de la Corona del Rey, en la Cañada Real de Merinas del Noble Concejo de la Mesta.
 
Este pueblo es el último perteneciente a la provincia y Comunidad de Madrid, y ocupa el esquinazo del oeste del mapa, lindando con las provincias de Ávila al norte y Toledo al sur.
Enrique traía una cesta vieja atada a su espalda, cuyo objetivo yo desconocía.
Bajamos caminando y pasamos junto a la Fuente de El Chorrillo, cuya agua cristalina y
fresca como la nieve, habíamos bebido tantas veces.
 
Continuamos bajando por la carretera vieja, y llegamos al cruce de Cinco Castaños, donde se acababa y por donde pasaba la que viene de Madrid con dirección a Plasencia. Un poco más arriba a la izquierda, está el Colegio Arzobispal y Seminario San Dámaso, o como decíamos nosotros, la fábrica de Curas, que era así solo en parte, porque muchos chicos del pueblo estudiaron allí, como Goyo y Currinchi, pero nunca llegaron a cantar Misa, porque entonces era su único camino para estudiar bachillerato en el pueblo.
Cruzamos la carretera y seguimos cruzando unos campos, y enseguida llegamos al arroyo de la Cañada Real.
 
Del otro lado de la Cañada Real, saltando la valla límite, existía un colmenar con una treintena de colmenas, cuyas obreras recogían el fruto de todas las plantas silvestres que se criaban en aquellas laderas.
 
Recuerdo innumerables tomillos salseros, cantuesos morados, romeros malvas, zarzales, jaras blancas, dedaleras rosas, peonías rosas, rosales silvestres, serbal de los cazadores, ciruelos silvestres, aranés, retamas, jenistas, toronjiles, gamones y tantas plantas medicinales y silvestres, algunas de las cuales me enseñó a distinguir mi querida tía abuela Cruz, como el orégano y el poleo, que recogíamos durante las últimas semanas del mes de agosto.
 
En aquellas colmenas, mis primos y yo, ignorantemente, habíamos descubierto los picotazos de las abejas y probamos el dolor que produce su veneno, al levantar la tapa de una de ellas y provocar su ataque, en defensa de su hogar.
 
Mi primo Pedro y yo andábamos por los 10 años, y Faustino un par de años más. Cuando las furiosas abejas se precipitaron contra nosotros, corrimos como alma que lleva el diablo, hasta llegar al arroyo, y allí nos sumergimos en una de sus charcas, consiguiendo apaciguar a las furiosas voladoras, que nos perseguían, para castigar nuestra osadía al perturbar la tranquilidad de su cotidiana existencia.
 
Nosotros le habíamos explicado a Enrique, que era hijo del tío Amalio, y que era 4 años mayor que yo, que capturábamos ranas, pero que los peces se nos escapaban. El se rió mucho y nos dijo: “mañana nos bajamos a la Cañada y os enseño a pillarlos”.
 
Una vez en el arroyo de la Cañada, nos explicó cómo teníamos que colocarnos en él .
Luego él se metió en la charca, a la orilla que estaba debajo de los árboles y colocó la
cesta vieja sumergida. Entonces nos indicó Enrique, que fuéramos cerrando el círculo
en dirección a donde estaba él, con la cesta bajo las raíces, intentando espantar a los
peces, para que se refugiaron dentro de la cesta. Cuando sacó la cesta y el agua escapó, vimos los pececillos saltando en el fondo.
También había una culebrilla de agua, a la cual dimos libertad.
 
Los pececillos brillaban como plata al saltar en el fondo de la cesta, y yo, sabiendo que
morirían al faltarles el agua, busqué y encontré un caldero viejo, colgado en un árbol de un pequeño huerto vecino al arroyo. Eché agua en el caldero, o cubo como le llamamos en Madrid, y depositamos los pececillos dentro de él, para evitar su muerte.
 
Cuando acabamos la pesca, después de repetir varias veces la operación, en otras charcas, subimos cargados con el cubo, el agua que contenía, y los peces que nadaban dentro de él.
Al llegar a mi casa, en la pila donde mi madre lavaba la ropa a mano, echamos agua limpia y depositamos en ella el contenido del caldero.
 
Los pececillos parecían estar bien. Desde muy niño me encantaba ver los peces dentro de la pecera de la prima Petra, una de las hijas de mi tía abuela Marcelina.
 
Lamentablemente al día siguiente, cuando me levanté por la mañana y fui a ver nuestros peces a la pila, habían muerto casi todos y flotaban en la superficie. Los dos que quedaban vivos, los volví a poner con agua limpia, en el caldero, y después los bajé hasta el arroyo, en el lugar donde el día anterior los habíamos capturado.
 
Los devolví a su charca y el volví a colgarlo en el árbol donde lo había encontrado el día anterior.
 
Tengo que decir lo mucho que disfruté en mi querido pueblo de Las Rozas del Puerto Real, durante aquellos veranos infantiles.
Nunca lo podré olvidar.

Don Gustavo

D

Carlos Boné Riquelme

 

La esquina de Janequeo y Freire en nuestra ciudad Concepción, Chile, tenía durante el día una apariencia normal, de barrio cualquiera, en cualquier parte del mundo. Pero el epicentro de la actividad en esta esquina era el almacén de Don Gustavo Hernández.

Don Gustavo era un hombre serio, recto, pero campechano. Hombre rudo, de un humor irónico, acostumbrado al trabajo desde toda su vida, mantenía esa media sonrisa sardónica debajo de unos ojos negros, profundos, y un pausado andar. Era de cuerpo bajo, pero fuerte, y tenía una gran potencia en sus grandes y toscas manos, de trabajador innato, y apenas te conocía las extendía abiertas, prestas al saludo, con grandes dedos toscos y encallecidos, y si tu cometías el error de darle la tuya, de por seguro recibirías un apretón que te la dejaría trémula y temblorosa seguida de un comentario sarcástico de don Gustavo por aquel mequetrefe de ciudad: “que paso hombre…!!, no me diga que le dolió”.

En contraste, su esposa era pizpireta, ágil, dulce, con unos bellos ojos azules, heredados por varios de sus hijos, que todo lo miraban y lo veían, y que se movía con gran agilidad por el local y la casa, la cual solo a algunos pasos de distancia, ella manejaba a la perfección, casi como un reloj.

Después estaban los hijos, Gastón, Luchin, Antonio, y por supuesto, el retoño, Raúl. La regalona era la pequeña hermana de ellos que tenía los mismos ojos bellos, y el carácter tierno pero fuerte, heredado de la mama. Del mayor de los hermanos, Gastón, no recuerdo mucho más que era delgado y no muy alto, y solo aparecía de vez en cuando por el negocio y el hogar familiar. A Luchin le decíamos “el guatón” pues tenía una contextura gruesa, pero la verdad que él era muy fuerte, tanto como el padre, pero tenía una gran agilidad, la que yo la vi muchas veces en acción. Luchin era, y es hasta hoy en día después de décadas viviendo en Canada, un hombre de carácter, con una personalidad directa y risueña, lo que le ganaba el respeto y cariño de nosotros los amigos. Y sigue siendo el mismo con el cual reímos cuando lo llamo a Canadá donde reside desde hace mucho.

Antonio, o Tono como le llaman desde siempre, el que seguía, era más reservado y de hablar más pausado. Él fue el heredero de la personalidad paterna, o quizás el más parecido a Don Gustavo. Tenía ese mismo aire medio guasón, pero recto y directo, e igual a Luchin, un carácter fuerte, recto y seguro. Raúl, el menor de los hombres, era como un niño, siempre riendo y bromeando, pero armado con una gran curiosidad que lo convertía en un gran admirador de su hermano y sus amigos. A Raúl lo recuerdo con la sonrisa eternamente en sus labios, y esa alegría contagiosa que no escapaba a nadie.

Todos ellos conformaban una bellísima familia, y en ese hogar, siempre rondaba la alegría y la actividad. Y yo recuerdo especialmente esas “onces”, el té de las cinco, costumbre tradicional en Chile, en que llevaban a la mesa casi todos los productos del almacén consistentes en cecinas, quesos, pate, mermelada, las cuales en más de alguna ocasión tuve oportunidad de disfrutar.

Pero cuando la noche llegaba, y Don Gustavo bajando la cortina del almacén se marchaba, la esquina se transformaba.

Aparecían unas figuras que semejaban sombras en la oscuridad y convertían esa esquina en un punto de reunión donde nos juntábamos todos a fumar y conversar hasta altas horas de la noche. A veces aparecían botellas de alto flujo alcohólico, o más de algo que se fumaba pasándolo de mano en mano.

Lulo y su hermano, ambos altos y divertidos con la risa que da la seriedad de saber que la vida es algo serio; Jaime y Pato; el infaltable Luchin; a veces llegaba Alejandro Vila siempre acompañado de alguna historia, o anécdotas que nos hacía reír; el negro “Cayuzan” con su aire gansteril y su sonrisa blanca que brillaba en la noche, y que le daba el toque a reunión de lo que hoy conocemos como “ganga”. Pero “el negro” Cayuzan era divertido, buen amigo, gentil y amable y con un gran sentido del humor. Los hermanos Jiménez, grandes amigos a los que recuerdo con cariño; los hermanos Moena, y también aparecían los hermanos Quico y Lucho Kotman, Nano y Cuchepo Wolf al que llamábamos el “Alain Delon chileno”, pues él era muy atractivo y divertido con un gran magnetismo para las féminas. Y aparecían muchos otros advenedizos, que, como yo, llegaban y desaparecían como barajas en manos de un mago.

Las horas se desvanecían entre risas, conversaciones, murmullos y carcajadas hasta casi la mañana que nos ahuyentaba a todos con sus primeras luces. Y luego, de a poco, la esquina iba quedando nuevamente sola, como esperando las primeras horas del alba cuando Don Gustavo, impertérrito, abrigado en su chaquetón marinero azul marino, con paso lento pero seguro, llegaría a abrir el almacén para comenzar un nuevo día entre los sacos de porotos y lentejas, el queso en la vitrina al lado de la mortadela…

La gitana

L

Silvia C.S.P. Martinson 

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

La chica caminó rápidamente.
 
Tuvo que cruzar la plaza donde estaban acampados para llegar a la farmacia bajando las escaleras.
 
Tenía 12 años.
 
Su hermana estaba enferma, había que comprarle medicinas.
 
Su madre le había confiado esta tarea.
 
Llevaban meses acampando allí. Ocupaban ambos lados de la carretera. Sólo quedaba un pasillo en el centro para pasar.
 
Venían todos los años por las mismas fechas para celebrar el día de Santa Sara, protectora de las mujeres embarazadas y de los gitanos.
Eran muy ricos, decían, pues el rey, la reina y sus hijas, las princesas, iban acompañados de su séquito y también de subordinados.
 
Las mujeres se vestían lujosamente con sus trajes tradicionales y se cubrían con collares, pulseras y pendientes de oro y piedras preciosas.
 
La chica tenía prisa y empezó a cruzar el campo.
 
La detuvieron.
 
Una gitana la interceptó y le tendió la mano donde estaba el dinero para las medicinas.
 
Comenzó diciendo que las líneas de la mano decían que la chica tendría una larga vida, mucho dinero, salud y un gran amor en su camino.
 
Mientras tanto, cogió disimuladamente el dinero y lo guardó en su falda.
 
La chica aterrorizada comenzó a llorar y a suplicar que le devolvieran el dinero, a lo que la gitana argumentó que no lo había cogido.
 
Por obra de los ángeles o de los demonios que protegen a los niños, gritó desesperada:
- Si no me devuelves el dinero te lo ruego, ahora, ¡una maldición!
¡Las siete plagas del infierno caerán sobre ti, gitana maldita!
 
La gitana retrocedió aterrorizada y sacó de su falda el dinero que tenía escondido y se lo tiró a la cara a la niña, diciéndole: "¡Vete, peste!
- ¡Sal de aquí, plaga!
 
La niña corrió, compró las medicinas, volvió a casa y nunca, nunca lo olvidó.
 
Hoy, cuando ve a un gitano, corre a poner una escoba delante de su puerta con la paja hacia arriba, hacia el cielo.
 
Los gitanos dicen que esto es una señal de mal augurio y nunca se acercan a ella para preguntar o engañar.

El Boy Hyde

E

Carlos Boné Riquelme

La Puerta era diminuta y casi inexistente en aquel muro Amarillo sembrada de musgo y hierba. O’Higgins se perdía hacia Roosevelt en nuestra ciudad de Concepción, en Chile, pero la noche aun con su soledad, nos esperaba amistosa y cálida.

La Puerta se abre como hacia otro mundo, y el “Boy” Hyde, ese personaje casi mitológico de Concepción, nos mira desde un lugar remoto, pero con una sonrisa que promete la calidez del vino con naranja, y la conversación intrépida y delirante. Domingo Robles, mi acompañante y guía en esta expedición nocturna, saluda al “Boy” con un gesto de su mano oculta bajo la larga bufanda negra que pende desde su cuello, y haciendo un comentario leve que arranca una risa corta del “Boy”. Los anaqueles de libro apiñados en contra de la pared se sienten vivos, y hacia la derecha esta la pequeña sala con la chimenea, que en invierno siempre esta encendida, con alguna sillas repartidas alrededor de una pequeña mesa, de esas llamadas “ratonas”.

Una copia de un grabado italiano famoso que representa la Piazza San Marco pende desde la muralla, y las sombras del fuego iluminan desde el hogar a Albino Echeverria, Enrique Giordano, Tole Peralta, y quizás algún otro noctambulo, que, ensimismados en una conversación, de la que aún no podemos adivinar el contenido con Domingo.

En las paredes del pasillo que va hacia el interior de la casa, están las pinturas de Camilo Mori y Nemesio Antúnez dedicadas al “Boy” Hyde. Algún recuerdo dejado por la famosa bailarina Margot Fontaine, y por supuesto, las dedicatorias de algunos renombrados escritores chilenos y extranjeros que en algún momento se cruzaron con el “Boy”.

No acercamos al fuego, y los presentes nos saludan con un gesto mientras la conversación prosigue sin detenerse. El “Boy” Hyde fue una de las figuras más importantes y controversiales de Concepción. Pero en su hogar, solo habitan las ideas y la conversación. El “Boy” se negó siempre a la televisión y la radio, pues este lugar era el reino de la conversación. Así nos sentamos, yo callado, pues entre tanto erudito del arte solo cabía observar y escuchar.

La discusión era sobre el arte del siglo XVII, y Domingo rápidamente se incluyó con alguna observación que levanto las cejas de Albino. El “Boy”, que había desaparecido momentáneamente de la escena, reapareció con una jarra blanca y azul de porcelana repleta de vino tinto con naranja que vertió suavemente en unas tazas similares al jarro, repartiéndolas entre los asistentes. Estas eran las noches de invierno en este oasis casi desconocido de los penquistas pero que muchos recordaran por haber sido espectadores casuales, como yo, de uno de los lugares más increíbles de Concepción.

El “Boy” Hyde era hijo de inmigrantes ingleses, y creo que el único inmigrante con un verdadero título nobiliario, heredado de su padre. Fue, creo, uno de los fundadores de la biblioteca de la Universidad de Concepción, y era maestro de la porcelana y el arte. Pero ya estaba alejado de la mundanidad y solo dedicado a sus privadas reuniones con algunos de los artistas que adornaban notablemente la ciudad.

Mas tarde, para 1973 el “Boy” se transformó en un personaje sospechoso, activista político, quizás, y su maravillosa casa fue allanada y muchos de los tesoros acumulados allí fueron destruidos entre la barbarie del momento. El “Boy” ya enfermo y sin deseos de luchar más contra un sistema sin cultura, decidió que era tiempo de emigrar de Concepción, y se perdió en una isla del trópico donde vivió sus últimos días mirando el mar, como Gauguin, y disfrutando de la tranquilidad y humildad de su entorno.

En los 80, me encontré en las calles de Concepción a una excompañera de las Escuela de Arte, Cecilia Sius, pintora y artista y en aquel tiempo radicada en Viña del Mar, que con su marido paseaban tranquilamente por Barros Arana, y sorprendentemente como me enteraría más tarde, el sobrino del “Boy” Hyde.

Fuimos a mi apartamento en los altos de la galería Martínez a conversar, y allí, me entere de la muerte del “Boy”, y de sus últimos días. El sobrino fue a la isla a buscar los restos del “Boy”, y me contaba emocionado la vida humilde pero tan llena de energía de aquellos últimos momentos de este gran personaje al cual debemos rendir homenaje. Y gracias, Domingo Robles, pues tú me ensenaste el arte, no solo del Teatro, pero de vivir sin vergüenza… solo vivir.

(Este escrito se lo dedico a mi gran amigo y siempre recordado escritor y poeta penquista Enrique Giordano. Te estimo Enrique, y te recuerdo como el día que nos conocimos).

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