Autor/aPedro Rivera Jaro

Nació el 24 de febrero de 1950 en Madrid, España. Jubilado con estudios de Empresariales, Marketing y Logística. Dedicado por afición a la narrativa y poesía. Jurado en el Concurso Cultural FECI/INTE, participante en el Libro Versos en el Aire, con el poema ¿A dónde va? Concurso Villa de Lumbrales XXII, de la Asociación de Mujeres. Concurso de Editora Ex Libric, con el trabajo 48 Palabras. En 2023 escribió, mano a mano con la autora Silvia Cristina Preysler Martinson el libro, en español y portugués, Cuatro Esquinas - Quatro Cantos.

Piensa mal y acertarás

P

Pedro Rivera Jaro 

Si algo he aprendido a lo largo de mis 74 años de vida, ha sido a desconfiar de políticos, y por añadidura, de gobernantes de cualquier signo político.

Recuerdo que siendo un niño, me contaba un señor anciano, de cabellos y bigotes blancos, que cuando la guerra de independencia de Cuba, la intervención oficial norteamericana comenzó por el estallido e inmediato hundimiento del acorazado Maine, perteneciente a los Estados Unidos de Norteamérica, estando fondeado en la bahía de La Habana, en aguas de Cuba.

Esa fue la excusa, o el detonante para intervenir sin tapujos en la guerra de España con los independentistas mambis de Cuba. Y ya de paso se sumaron Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam a la insurrección y posterior influencia norteamericana sobre esos territorios.

Todos conocemos la situación política posterior de todos estos territorios, donde los Estados Unidos tuvieron predominio, exceptuando Cuba, donde les salió la paloma cuco, y en la que desde los primeros años cincuenta, Fidel Castro y sus guerrilleros en Sierra Maestra se apoderaron de la Perla del Caribe, y ahí siguen con su régimen comunista.

Los estadounidenses ocuparon Guantánamo en 1898. Legalizaron esa ocupación en el Tratado USA-Cuba de 1903, consiguiendo jurisdicción, pero conservando Cuba la soberanía definitiva.

La realidad era que a España no le interesaba provocar al gigante norteamericano, pero pudo ser organizado por los independentistas cubanos, con objeto de soliviantar la opinión pública americana y promover la intervención norteamericana en el conflicto.

El propietario del diario The World y de otros muchos periódicos, William Randolf Hearst, había visitado el Maine cuatro días antes de su hundimiento.

Después de la explosión, se comprobó que no había peces muertos alrededor, o sea, que no había indicios de explosión exterior. La explosión fue interior y producida por un accidente originado por la combustión espontánea de carbón, que se trasmitió a la pólvora negra que formaba parte de la carga, y también a la munición, provocando la explosión y el inmediato hundimiento del acorazado.

En 1975, un equipo de expertos dirigido por el Almirante Hyman Rickover, creador de la Marina de Guerra Nuclear, concluyó que la explosión fue interna y que los oficiales del barco no obraron con las debidas cautelas. Hubo otros investigadores que llegaron a igual conclusión.

Dicho lo cual, y refiriéndonos ahora al conflicto generado por el ataque de Hamás , ¿cómo puede ser que entre un contingente armado, en territorio israelí, que está fuertemente militarizado y con gran preparación de reacción ante ataques terroristas, y actúen libremente sobre una multitud de miles de jóvenes asistentes a un gran espectáculo musical? ¿No había ninguna vigilancia que pudiera reaccionar?.

Asesinar a 1.200 personas y cientos de heridos y secuestrados, sin encontrar resistencia en el mismo país que hace pocos días, ha reaccionado al lanzamiento de 300 misiles y drones, consiguiendo su destrucción, casi al 100%., ¿es posible creerlo sin mantener un mínimo de desconfianza?

Al menos deberíamos de pensar los que tengamos un gramo de cerebro. La prensa y demás medios, son convenientemente silenciados por el poder político, y hábilmente dirigidos hacia donde conviene a los que mandan.

Siempre ha sido así, sigue siendo y seguirá por los siglos de los siglos, mientras que el hombre sea hombre.

¿A quien conviene todo lo que está pasando en Oriente Medio?

La guerra de Melilla en 1909

L

Pedro Rivera Jaro

Una de las guerras de España en Marruecos tuvo lugar el año 1909. A aquella guerra, como a todas las guerras, contribuyó el pueblo con su sangre más joven y también con sus oficiales militares más valientes, como el Capitán Melgar.
 
Los políticos originan las guerras y los hijos del pueblo, que no tienen dinero para pagar la Bula de Salvación, y evitar la entrada a filas, vierten su sangre en defensa de intereses de unos pocos poderosos a los que ni siquiera conocen. Todo ello en nombre de la "patria". Pues bien, mi abuelo paterno, Apolonio, que tenía a la sazón 21 años, fue uno más de aquellos jóvenes.
 
Cuando yo tenía como 12 años, mi abuelo ya debía de contar como 74 años, y debido a una insuficiencia de su riego sanguíneo, durante las noches sufría episodios que le hacían llamar en sueños a su madre, dando voces y despertando a mi tía Lucía y a mis primas Isabel y Rosita.
 
Para compartir esa pequeña contrariedad, porque el resto del tiempo mi abuelo era una persona muy cariñosa con su familia y muy apreciado por vecinos y amigos, decidieron los cinco hijos, o sea, mis tíos y mi padre, acompañarle cada noche por turno y así, el resto de familia podía descansar. El problema surgía porque mi padre y mi tío Víctor eran camioneros y a veces el sueño durante la conducción, podía interrumpir la concentración que requiere conducir un camión, como le ocurrió en una ocasión a mi tío Víctor, que se salió de la carretera y afortunadamente no tuvimos que sufrir graves consecuencias. Para evitar esto, los nietos cuando era estrictamente necesario que nuestro padre o tío durmieran, hacíamos el acompañamiento al abuelo durante la noche, para atenderle con todo el cariño que nuestros mayores merecen.
 
Mi abuelo no acostumbraba a hablar demasiado, pero de vez en cuando contaba alguna cosa, siempre con mucho cariño y una sonrisa en su cara. A mi padre le llamaba cariñosamente el Negro, porque era moreno de pelo y de piel, curtida por el sol. Decía de él, que siempre fue diferente a los demás hermanos. Otro recuerdo que tengo, puede que de los primeros de mi vida consciente, era en un día soleado, precioso, en el que estaba mi padre y mis tíos en un campo de lo que hoy es la Ciudad de los Angeles, en Madrid, y mi abuelo conmigo, mientras ellos recogían en ese campo la cosecha de garbanzos, mi abuelo me llevó debajo de un gran depósito de agua, cuyos soportes eran columnas de hierro, y allí se quitó su boina negra, que siempre vestía en su cabeza, y me tomó la mano, sacando del interior de la boina un grillo negro, que pretendía que yo tomara en mi mano, pero que a mí me daba miedo. Su sonrisa era completa, su boca y sus ojos estaban iluminados, y hablándome muy suavemente me decía: no tengas miedo hijo, mira no hace nada. ¿Ves como lo tengo yo? Mi miedo desapareció y cogí el grillo que, después de un rato lo soltamos, para que siguiera viviendo libre.
 
También me contó, durante una noche que le velaba y despertó, acerca de cuando estuvo combatiendo en la Guerra de Melilla, donde estuvo a punto de morir por efecto de la peste y por los combates con los Kabileños.
 
El era acemilero, o sea que se ocupaba del cuidado y manejo de las mulas o acémilas, que eran el transporte fundamental en aquellos terrenos abruptos, para el armamento pesado, municiones y otros suministros en general necesarios en aquella situación. Cada día tenía que llevar las mulas a beber agua a una fuente, a la que había que acceder bajando por un barranco, en cuya parte más baja estaba el abrevadero. Desde lo alto de los cerros que bordeaban el barranco, los Kabileños ocultos disparaban con sus fusiles a los soldados españoles de abajo, y les producían muchas bajas.
 
Mi abuelo me contaba que se arrimaba a una de las mulas, resguardándose detrás de la cabeza, cuello y patas del animal, y así le servía de parapeto. Aquel Barranco era denominado del Lobo.
 
En aquel momento entendí la canción que oía cantar a las niñas cuando yo era más pequeño, mientras ellas saltaban a la comba: “En el Barranco del Lobo// hay una fuente que mana// sangre de los españoles// que murieron por España.// Pobrecita niña // ¿cuánto llorará?// al ver a su novio// que a la guerra va. //Ni me peino ni me lavo, // ni me pongo la mantilla,  //hasta que vuelva mi novio, // de la guerra de Melilla. // Pobrecita niña //¿cuánto sufrirá // pensando en su novio // que en la guerra está//
 
Otra cosa que me contaba era como le rescató de entre los muertos y desahuciados por la peste un paisano, compañero y amigo suyo, cuyo nombre no recuerdo, aunque si su apellido que era Ramos, cuando le llevaron los enfermeros a un barracón al que arrojaban los muertos víctimas de la terrible peste que se desató entre los componentes del ejército español de África. Cuando su amigo Ramos pudo ir a verle a la compañía y se enteró de que se lo habían llevado al depósito de cadáveres, dijo que no podía ser, que por la mañana le había visto recuperándose, despacito pero recuperándose. No contento con la situación, se dirigió al Depósito, y comprobó que la puerta del mismo estaba cerrada con candado, pero encontró una ventana que no estaba bien cerrada, y por ella pasó al interior. Buscó allí a mi abuelo hasta encontrarle, y comprobar que seguía vivo. Cargó con él sobre su espalda y lo arrastró hasta la ventana, sacándole al exterior y llevándole hasta la compañía, con la ayuda de otro compañero que le esperaba fuera del Depósito de Cadáveres. Aquel tremendo gesto de solidaridad, amistad y compañerismo, siempre lo he tenido presente y sin él, probablemente yo no existiría ni estaría contándoos esta historia.
 
Mi abuelo Apolonio se curó y llegó a vivir cerca de 80 años. Aquel amigo que le sacó literalmente de entre los muertos, visitaba en Madrid la casa de mi abuelo y yo le veía cuando era un niñito, pero yo entonces desconocía lo que os estoy contando, y que era el origen y cimiento de su gran amistad que duró hasta su muerte.

Promesa fallida

P

Pedro Rivera Jaro 

Me he acercado a ti por tu sonrisa
Que me promete lo que tus ojos dicen
Lo que adivino en su brillo
Y que calla tu silente boca.

Eso era al menos lo que yo creía
Hasta comprobar que tu promesa desaparecia
Y tampoco tus ojos expresaban la verdad
Y que perdieron su brillo de inmediato
Mientras tu boca dejó de ser silente
Y empezó a hablar, y hablar, y hablar.

España en llamas

E

Pedro Rivera Jaro 

Estamos ahora en el mes de diciembre de 2022. Llueve con gran profusión en toda España y no escuchamos en las televisiones, emisoras de radio y prensa escrita, absolutamente nada de fuegos terroríficos que devoran nuestros montes.
 
Desde la tranquilidad, es el momento de hacer unos comentarios referidos a esta cuestión.
Pavorosos incendios en el verano repartidos por toda la geografía española: en Galicia, provincia de Lugo, Folgoso do Courel y Pobra do Brollón. Provincia de Orense, Carballada de Valdeorras y O Barco de Valdeorras, Candeda, Riodolas. Destruidas 30.000 hectáreas de montes.
 
En Castilla León, provincia de Zamora, Losacio, San Martín de Tábara, Sierra de la Culebra. Destruidas 52.000 hectáreas, y muerte de un brigadista de 62 años. Provincia de Salamanca, Candelario, Las Batuecas, Monsagro, Peña de Francia. Destruidas 9.000 hectáreas. En Segovia, Navafria. En Ávila, Cebreros, Herradón de Pinares y Navalperal de Pinares, 4.000 hectáreas y 2.100 vecinos desalojados Provincia de León, Luyego, Teleno. Provincia de Valladolid, Provincia de Burgos. En Extremadura, Monfragüe, 6.000 hectáreas, Valle del Jerte y Las Hurdes de la provincia de Cáceres, en Cataluña, provincia de Barcelona, Pont de Vilomara-Bages, en el parque Natural de Sant LLorenc del Munt i l´Obac.
 
En Aragón, provincia de Zaragoza, Ateca, 14.000 hectáreas. En Madrid, Guadarrama. En Castilla La Mancha, provincia de Guadalajara, Valdepeñas de la Sierra. Provincia de Albacete, Riopar. Por último en Andalucía, Sierra de Mijas, en Málaga.
 
El total de hectáreas de monte abrasadas en este verano, superan las 200.000. Sin contar el fallecimiento de varias personas, casas quemadas, establos, ganados, animales salvajes como linces, lobos, nidos de águilas, viñas, olivares, etc.
 
Echarle la culpa al cambio climático, es demasiado cómodo, señores. Brigadas Antiincendios del Ministerio de Transición Ecológica, Asociaciones de Bomberos Forestales, Aviones, Helicópteros, camiones Cisterna-Bomba y cientos de héroes anónimos que se juegan la vida para intentar apagar los incendios lo antes posible, no son suficiente, cuando en el monte seco hay combustible suficiente para arder como teas árboles, matorrales, zarzas, etc.
 
Los Ingenieros Forestales solo buscan regular actividades, para justificar sus puestos de trabajo, desde sus cómodos despachos oficiales, desoyendo a los habitantes de los lugares del medio rural, que durante generaciones han cuidado y mantenido los campos limpios, por ser su medio de vida y donde criaban sus ganados, que comían hierba y matorrales y sembraban sus huertos, sus olivares, sus viñedos, etc. Efectuaban sus podas correspondientes y los restos de esas podas, una parte se consumía como combustible en sus hogares, en sus cocinas, en sus estufas de calefacción, que encendían con piñotas de pino, retamas y ramitas. Otra parte les servía para fabricar carbón de encina y cisco. Y el resto lo quemaban en estas épocas de lluvia, en lugares donde no podían originar incendios. Limpiaban los accesos y callejas de zarzas y maleza, y los montes se mantenían limpios de ese combustible que ahora está prohibido retirar, si no hay un inspector presenciándolo, previa solicitud por parte del lugareño. Imaginen a los pastores de ovejas, de cabras o de vacas, que conocen los campos como nadie, pero que los temas burocráticos les suponen un gran esfuerzo, teniendo en cuenta que muchos de ellos no han tenido la oportunidad de pasar en el colegio el tiempo suficiente. Todo esto formaba parte de un sistema de vida que poco a poco, se ha ido abandonando al mismo ritmo que el hombre rural, se ha ido convirtiendo en urbanita, y cada día quedan menos habitantes en las zonas rurales. Señores que se autodenominan ecologistas enseñan a los que se han criado sobre el terreno, cuidándolo y viviendo de él.
 
Ecologistas de las macetas de la terraza de mamá, que no permiten explotaciones del monte que son centenarias en su existencia. So pretexto de cuidar a la fauna salvaje, lobos y jabalíes se enseñorean de los montes, destrozando el medio de vida que tuvieron nuestros ancestros y convirtiendo el monte en una selva impenetrable, donde en cuanto cae un rayo, una cerilla, un cigarrillo encendido, produce un desastre de dimensionesimpensables.
 
La realidad es que hay abandono rural, la gestión forestal es prácticamente inexistente, los cortafuegos se encuentran en estado de semidestrucción, llenos de matorrales, que permiten el paso del fuego de un lado al otro de los mismos.
 
Mi humilde opinión es que los incendios se apagan en invierno, mediante el trabajo preventivo de limpieza de matorrales y zarzas, que consigue que cuando llega el verano, si cae un rayo y produce un incendio, nunca puede adquirir las dimensiones que adquieren ahora con los montes llenos de broza combustible que imposibilita el paso de los brigadistas antiincendios.
 
¿Cómo es posible que tengamos millones de parados en España, y no se contraten jornaleros en paro que se dediquen a sanear los montes, limpiar cortafuegos y hacer otros nuevos?
 
Recuerdo siendo yo un niño de 11 años, allá por 1961, podría ser 1962 tal vez, en el precioso pueblecito de Las Rozas del Puerto Real, provincia de Madrid, en las estribaciones de la Sierra de Gredos, de donde era oriunda mi familia materna (mis abuelos Pedro y Saturnina), y donde solíamos pasar el verano mis hermanos y yo, al cuidado de mi querida mamá, estábamos un sábado por la noche en la Verbena de Alberto, viendo el cine, que proyectaba un señor ambulante sobre una sábana blanca en un muro recto, cuando se presentó la Guardia Civil, y dio la alarma de un incendio en las cercanías del pueblo. Todos los varones que había allí, mayores de 16 años, subieron al remolque del tractor del hijo de Tía Fernanda, Pepe, y fueron hasta donde estaba el fuego quemando el monte, y con retamas verdes, hachas, escobas, azadas y cubos de agua, colaborando todos hasta que apagaron el incendio.
 
No había retenes antiincendios, ni helicópteros, ni aviones, ni camiones cisterna, pero lo que si había era la firme voluntad de conservar el monte y sus bosques.
 
Unos años más tarde también pude observar durante un invierno, en el mismo pueblo de Las Rozas del Puerto Real, que varios grupos de jornaleros del pueblo, contratados por ICONA, Instituto para la Conservación de la Naturaleza, que viene siendo equivalente a lo que hoy se denomina Medio Ambiente, limpiaban las laderas, los caminos, los bordes de las carreteras, etc, y recuerdo que durante los años que se hizo ésta labor, no hubo ni un solo incendio en el pueblo.
 
Después de todo esto, dejaron de contratar cuadrillas y empezó la maleza a apoderarse de todo el monte. Le pregunté a un gran amigo mío pequeño ganadero, que porqué no limpiaba y quemaba las zarzas, y me contestó que lo habían prohibido los de Medio Ambiente. No podían cortar zarzas si no solicitaban un permiso previamente, y una vez concedido, debían de adjudicar día y hora para que estuviera presente un Agente de Medio Ambiente, para evitar supuestos abusos a la hora de quemar zarzas. Al parecer conocía mejor ese Agente el terreno de mi amigo, que él, que se había criado y cuidado toda la vida de él.
 
Aburren con normas de poco sentido a personas que viven por y para el monte. Los que saben son los ecologistas de macetas de terraza, que traspasan sus falsos conocimientos a las personas que nacieron en él y aprendieron de sus padres y abuelos, el respeto a la flora y a la fauna.
 
Ayer mismo escuchaba en un chat, hablar a dos ganaderos y agricultores modestos de Extremadura, explicar lo que les está pasando.
 
Uno de ellos mostraba según apacentaba sus cabras y sus vacas, los restos de una poda de olivos, amontonados en un prado verde, después de que sus cabras se hubieran comido todas las hojas y partes tiernas. Según una ley creada y publicada por los que él llama despectivamente “corbatines”, señalaba a Guardias Civiles y Forestales, la obligación de denunciar y multar a aquéllos que quemaran dichos restos, como se ha venido haciendo durante cientos de años.
 
Él recomendaba que los agentes forestales, mirasen para otro lado y dejasen al pequeño agricultor que sigue resistiendo en el campo, con sus animales y sus pequeños cultivos, porque si no, va a llegar el día en que desistirán de seguir produciendo patatas, frutas, aceitunas, cabritos, terneras, etc., y luego en las ciudades vamos a comer grava.
 
En cuanto al otro pequeño ganadero y agricultor, mostraba un olivar que el mantuvo limpio y cuidado, entre otros olivares ya abandonados y cubiertos de maleza, que este verano había ardido completamente y no quedaban mas que los troncos desnudos. Este último ya no tenía ganas de seguir luchando y hablaba de hacer leña con los troncos, para el fuego de su casa.
 
Sin señalar a ningún partido político, los que mandan desde sus lujosos despachos, deberían de aprender a hablar con el pueblo, porque son los miembros del pueblo los que conocen su medio de vida, con la sabiduría trasmitida de generación en generación, y en último término, con sus contribuciones, tasas e impuestos, contribuyen en buena medida al pago de sus sueldos de funcionarios.

Aquellas semanas santas

A

Pedro Rivera Jaro

 
Hoy es Domingo de Pascua Florida, o como también acostumbramos a decir, Domingo de Resurreción.
 
Hoy las costumbres, para la mayoría de los ciudadanos españoles, son muy diferentes a las que conocíamos durante los años de mi infancia y de mi adolescencia.
 
En aquellos años de mis recuerdos infantiles, finales de los cincuenta y principios de los sesenta, si empezamos por el Miércoles de Ceniza, día en el que nos llevaban del Colegio a la Iglesia Parroquial de San Fermín, a todos bien arregladitos, por recomendación de nuestro profesor.
 
En la iglesia, el Cura Párroco Don Antonio, nos daba un sermón sobre el significado de ese día en recuerdo del final del periodo de Jesucristo en el desierto, y la ceniza que simboliza la muerte y la pequeñez del ser humano ante la grandeza del Creador, y nos recuerda la vanidad de las cosas. Viene a recordarnos igualmente, que somos polvo y ceniza, únicamente.
 
Más tarde llegaba el Domingo de Ramos. Era un día festivo para nosotros los niños, porque íbamos con las palmas a las procesiones y también estrenábamos algo nuevo, porque según rezaba el dicho popular: “Hoy que es Domingo de Ramos, a quien no estrene algo nuevo, se le caerán las manos.”. Simbolizaba la entrada de Jesús en Jerusalén, montado a lomos de una borriquita, cuando los habitantes de aquella ciudad le vitoreaban arrojando a su paso ramos de olivo, y postrándose a su paso.
 
Los días siguientes se sucedían, la Última Cena, la Oración en el Huerto de los Olivos, o de Getsemaní, y el Prendimiento de Jesús. Posteriormente era juzgado por los Sacerdotes del Templo, y condenado a ser azotado y ejecutado. Luego fue llevado delante de Pilatos, quien después de lavarse las manos, dio a elegir al pueblo, y este eligió que liberase a Barrabás, el ladrón, y crucificase a Jesús. Y en Jueves Santo fue crucificado.
 
Todo esto se representaba dentro de las iglesias con las imágenes de Santos y Vírgenes, cubiertas con telas de color morado, figurando el luto por la muerte de Jesucristo.
 
Aquellos días no se podía poner música, la radio ponía música clásica, en la televisión, solo veíamos películas de temas sagrados, como Quo Vadis, La Túnica Sagrada, Los Diez Mandamientos, Ben Hur, Rey de Reyes, Barrabás, etc.
 
Hasta que desembocábamos en el Sábado de Gloria, y los niños íbamos a la Iglesia con recipientes llenos de agua, y el cura bendecía el agua, que después se salpicaba por los rincones de las casas. Aquella noche resucitaba y salía del sepulcro.
 
Por fin llegaba el Domingo de Resurrección, en el que volvíamos a la normalidad.
 
Yo recuerdo que en Madrid era el día del estreno de las nuevas películas, en los cines de la Grán Vía, que entonces se llamaba Avenida de José Antonio y de la Glorieta de Bilbao.
Eran tiempos del Nacionalcatolicismo, las iglesias se atestaban de fieles, y no cabía ni un alma más. Muy diferente de lo que ocurre hoy en día, que no se ven nunca llenas.
 
Los jóvenes de entonces, en nuestra adolescencia, opinábamos que era exagerada aquella situación, y algunos nos convertíamos en transgresores de aquel luto.
 
A medida que salíamos de los años sesenta, íbamos perdiendo el miedo a transgredir aquellas normas.
 
En el año 1968, o tal vez en el 1969, nos reuníamos en Semana Santa en la Sierra, en la Urbanización Entrepinos, perteneciente al precioso pueblo de Las Rozas del Puerto Real. Entre los pinares, con un tocadiscos que funcionaba a pilas, escuchábamos y bailábamos la música de Los Brincos, Diana Ross and the Supremes, y otros grupos de aquella época.

Cinco niños huérfanos de madre

C

Pedro Rivera Jaro

En Gerindote, un pequeño pueblo de la provincia de Toledo, muy próximo a Torrijos, que era el núcleo principal de aquella comarca en la que se ubicaban ambos pueblos, nacieron mis abuelos paternos, Apolonio e Isabel.
 
El matrimonio formado por Isidoro Rivera Martín y Luisa Soriano Yepes, trajeron al mundo en 1887 un varón, a quien pusieron de nombre Ignacio Apolonio, en la calle Hurtada, número 4, donde vivían y tenían su domicilio.
Tres años más tarde, en 1890, vino al mundo mi abuela Isabel, hija del matrimonio formado por Emeterio González Palomo y Petra Rivera Sánchez-Aparicio, en la calle del Norte, número 7.
 
Mi abuelo trabajó toda su vida en labores agrícolas, salvo el paréntesis del servicio militar que cumplió en la guerra de Melilla y que cuento en otro lugar. Después de volver de Africa, volvió a trabajar para uno de los terratenientes del pueblo, en la misma casa en la que también trabajaba mi abuela Isabel. Allí se enamoraron, y en 1914 se casaron.
 
En aquella casa, mi abuelo ganaba 5 pesetas diarias. En 1927 el matrimonio ya tenía 5 hijos y decidieron que Apolonio se viniese a trabajar a Madrid, en donde empezó ganando 8 pesetas diarias y muy poco tiempo después, su jefe consideró que era un hombre muy trabajador y muy responsable, por cuyas razones le subió el salario a 10 pesetas diarias.
 
Un año después, en 1928, buscó una casa en Madrid, donde pudiesen vivir los siete juntos, y trajo a la abuela Isabel y a los cinco hijos. Lucía de 13 años, Luis de 11, Emeterio de 9, Felix de 5 y Victor de 3 años.
 
La abuela enfermó muy pronto, y mi padre Felix, me contó como recordaba que el médico fue dos veces a la casa para revisarla. Muy poco después Isabel y los hijos, volvieron a Gerindote, donde la bisabuela Petra, que era su madre, cuidó de ella y de los chicos, hasta que poco después falleció aquel verano con solo 36 años. Demasiado joven y demasiados hijos.
 
El día que falleció , tío Luis, con 12 años estaba trabajando en el pueblo de Torrejón de Velasco, llevando con una burra, la comida y los utensilios, a una cuadrilla de segadores, ganando 20 duros (100 pesetas, 0,60 céntimos de euro), por todo el verano.
 
Era así la vida de un chiquillo entonces. Todos desde niños, debían aportar al mantenimiento de la familia.
 
Recuerdo que mi padre me contaba que con 5 ó 6 años, ganaba 1 peseta al día, pastoreando ovejas o trillando la miés, en el verano.
 
Un día que estaba en el Pradolongo, y que llovía a mares, en el mismo lugar donde 38 años después yo iba a jugar los sábados al futbol con mis compañeros de bachillerato del Colegio Central, mi padre que estaba allí con las ovejas y, que había estrenado sus alpargatas de tela y cáñamo, aquel mismo día, al pisar el barro santo que se pegaba en ellas en gran cantidad, empezó a llorar amargamente, porque sus alpargatas se le iban a destrozar. Pobre niño mi padre, que no se daba cuenta todavía de que, mucho más importante que las alpargatas, había perdido a su querida madre.
 
Digo madre, porque así lo decían ellos, que no estilaban decir mamá, como decimos ahora.
Si alguno de nosotros, mis hermanos o yo, cometíamos el error de contestar mal o desobedecer a mamá, y mi padre lo presenciaba, montaba en cólera y nos reprendía diciéndonos, que no teníamos ni remota idea de lo que significaba, tener una madre.
 
Eso y despreciar las comidas que nos hacía mamá, teniendo en cuenta el hambre que había pasado él, eran los más graves motivos que podían despertar su rabia contra nosotros, a quienes por otra parte, adoraba.
 
Algún día que ya había terminado sus tareas laborales, y fijaros bien que me estoy refiriendo a un niño de 6 años, y salía a la calle a jugar con otros niños de su edad o parecida, y salían las madres de los otros niños, a darles la merienda, mi padre se metía en la casa y se ponía a llorar en soledad, porque él no tenía aquella madre que tanto quiso y que ya no podía, darle su merienda, ni sus besos, ni sus abrazos.
 
Nunca olvidó el recuerdo de su madre, a quién siempre mencionaba con un tremendo cariño, que se dibujaba en el brillo de sus ojos, y en la sonrisa de toda su cara.
 
Mi abuelo Apolonio con sus 42 años, quedó viudo y con 5 criaturas, de las cuales la mayor era mi tía Lucía, la única hembra, que tenía 13 años. El más pequeño de los hermanos era mi tío Victor, con 3 años. Y ella se convirtió en la responsable de todos, porque mi abuelo no quiso nunca que sus hijos tuvieran madrastra.
 
Y así fue hasta su fallecimiento.

El tirachinas del "pastillas"

E

Pedro Rivera Jaro 

Allá por el mes de Julio de 1960, cuando se habían acabado los estudios y recibido las notas, mis padres preparaban todo lo necesario para desplazarnos al bellísimo pueblo de Las Rozas de Puerto Real, el pueblo de mis abuelos maternos Pedro y Saturnina, donde mis padres, un año antes, habían comprado una parcelita de 300 metros cuadrados de terreno y habían construido un pequeño chalet.

Al principio teníamos que transportar muebles y ropas de nuestra casa en Madrid, que cargábamos en el camión de mi padre hasta la nueva casa del pueblo, en las estribaciones de la Sierra de Gredos.

En la cabina del camión subían mamá con los dos pequeños, Félix y Javi, acompañando a papá, que lo conducía. Mi tío Luis junto con mi prima Luisita, mi hermana Maribel y yo, viajábamos sentados en la caja, sobre una alfombra y sin levantarnos, para que la Guardia Civil de carretera no nos multase.

Mi padre normalmente aprovechaba la festividad del 18 de julio, en la que se permitía llevar personas en las cajas de los camiones, porque se hacían excursiones al río Alberche, Guadarrama y al Pantano de San Juan, para pasar el aniversario del levantamiento de los Generales contra la II República, para llevarnos al pueblo.

A excepción de mi padre y de mi tío Luis, que regresaban a Madrid para trabajar, todos los demás nos quedábamos en Las Rozas de Puerto Real hasta el comienzo de las clases en el colegio, en la primera decena de Septiembre. O sea que durante casi dos meses disfrutábamos de nuestra estancia y actividades veraniegas.

Una de las actividades que yo practicaba habitualmente, era la práctica de la caza. En aquella época, la cultura y costumbres populares diferían en buena medida de las que hoy se consideran normales.

Por ejemplo se consideraba normal, que los chicos cazásemos pajarillos por las viñas, olivares y montes, para que, una vez desplumados y destripados, fueran cocinados y sirvieran de comida.

Mi amigo Antonio, que todos llamábamos Pastillas, tenía un tirachinas, de los que hacíamos con una horquilla de madera de olivo, dos gomas procedentes de ruedas viejas de bicicleta, y una zapata de cuero viejo, para alojar la china, que era el proyectil.

Antonio, donde ponía el ojo, ponía la china. Yo en cambio tiraba con una escopetilla de aire comprimido de 4,5mm. de calibre y marca Norica, que disparaba un plomillo de cada vez.

Observábamos donde pernoctaban las bandadas de pájaros, vigilándolos a la caída de la tarde, y allí donde los localizábamos, nos acercábamos por la noche, con una linterna de pilas. Enfocábamos la linterna sobre las ramas bajas donde dormían las aves, y en un rato teníamos unas cuantas en nuestro poder.

Una noche saltamos la valla de una viña, cercana a la iglesia del pueblo, y en las ramas de una higuera, próxima a la torre del campanario, que fue hacía siglos, torre Albarrana, localizamos con la linterna un gallo blanco durmiendo con sus plumas muy blancas.

Mi querido Pastillas no me dio tiempo a decirle que no tirara. En un santiamén había tirado y acertado al gallo, que cayó al suelo cacareando con gran estrépito y alboroto.
Justo en ese momento estaban saliendo unas señoras de la iglesia y al escuchar los cacareos, empezaron a dar voces, motivo por el cual, mi amigo y yo, salimos corriendo por las viñas, escapando a campo través, abandonando el gallo en el lugar donde había caído, que supuse se recuperaría de la pedrada.

Otra tarde observamos muchos pájaros sobre un redil de ovejas, que tenía el padre de mi amigo Angelillo, en una calleja que subía al Barrio de Las Eras, desde la Fuente Morisca, junto a la casa de Nicomedes.

Aquella noche fuimos allá y entramos al redil. Bajo las higueras estuvimos un rato cazando entre las ovejas.

Cuando consideramos que debíamos irnos, y saltamos la red, de pronto empezamos a notar picotazos en las piernas, por lo que nos alumbramos con la linterna y descubrimos que nuestras piernas estaban negras de pulgas y por ello fuimos corriendo hasta una fuente pública cercana, en cuyas pilas nos estuvimos lavando, totalmente desnudos, hasta conseguir deshacernos de aquellos molestos animalitos..

Paz en tu mirada

P

Pedro Rivera Jaro 

Eres paz en tu hermosura
Eres faro en mi tormenta
Tu que calmas mis locuras
Con tu paciencia tan pura
Me hueles como la menta
Que tiene la hierbabuena
Y mi agitación conviertes
Con la PAZ EN TU MIRADA
En una balsa de aceite
Porque he empezado a notar
Ahora que has vuelto conmigo
Zumbidos de tus abejas
Entrando por mis oídos
Noto el aroma que en tu presencia
Todo mi yo envuelve, y cogiendo
Un racimo de dulces uvas
Mordiéndolas de una en una
Intento comer despacio
Royéndolas, estallándolas y enlentenciendo,
Absorbiendo su líquido dulzor
Debidamente exprimiendo y
Apartando las pepitas con cuidado.

Dar el paseo

D

Pedro Rivera Jaro

Antes del estallido de la Guerra Incivil española en Julio de 1936, mi padre de nombre Félix, contaba con 13 años. Cuando yo era niño me contaba en secreto, porque entonces todas las cosas relacionadas con la República estaban prohibidas, cómo, en los anocheceres llegaban furgonetas, a los campos de trigo y cebada cercanos al Barrio de la Perla y a la Colonia Ferrando, en el sur de Madrid, aunque entonces pertenecían al pueblo de Villaverde, donde vivían, llevando a las personas a las cuales iban a ejecutar, de uno o varios disparos. Lo que llamaban “darles el paseo”.

Mi padre y sus amigos que vivían por allí cerca, lo observaban todo en silencio y tumbados en el suelo, escondidos para que no pudieran ser descubiertos. Luego en la mañana, mi madre que era de la misma edad que mi padre y que vivía en el cercano Barrio de San José, junto a la Colonia Popular Madrileña, que anteriormente se llamaba Colonia de Alfonso XIII, y que en la actualidad es la Colonia de San Fermín, recorrían las veredas de los sembrados buscando los cuerpos de aquellos que habían recibido los disparos, que habían oído por la noche. Mira, aquí hay uno, y allí veo otro. Fíjate, a éste le han puesto un puñado de espigas en la boca, como si fuera a comérselas. Era otra humillación, al comparar persona y mula o burro, por comer iguales alimentos.
Otro atardecer, casi anochecido, en una tierra donde se descargaban escombros y hacían formas de montones sucesivos, se escondieron cuando observaron que se aproximaba una furgoneta. Los que venían en ella, pararon el vehículo y se bajaron de él cinco personas.

Tres de esas personas llevaban pistolas en sus respectivas cartucheras. De los otros dos, uno iba vestido con un mono oscuro, y lo mismo que el quinto no iba armado. Aquel hombre del mono oscuro repetía a voces, una y otra vez: Solo quiero que me digáis porqué me vais a matar. Después de preguntarlo varias veces, uno de los que llevaba pistola le contestó: ¿Te acuerdas del baile que hiciste en tu garaje el día de San Isidro, y al que cuando quise entrar yo, tu no me lo permitiste? El del mono contestó: Si me acuerdo. Y el de la pistola respondió en alta voz: Pues por eso te vamos a matar ahora. Entonces el del mono oscuro, le dio un fuerte empujón con sus manos y le tiró de espaldas e inmediatamente echó a correr por entre los montones de tierra alejándose de allí, y en dirección del lugar donde mi padre y sus amigos estaban escondidos.

Los hombres de las pistolas empezaron a disparar intentando derribar al que huía, sin conseguirlo, pero mi padre me contaba que veían los fogonazos de cada disparo en la oscuridad de la noche que avanzaba, y que oían silbar las balas por encima de sus cabezas, y aterrorizados pegaron sus cuerpos a la tierra, permaneciendo inmóviles.

Al cabo de un rato, aquellos hombres se habían marchado en la furgoneta y se hizo el silencio. Mi padre y sus amigos se fueron levantando, con el susto todavía en sus cuerpos, y se marcharon para sus casas. Yo he pensado muchas veces sobre la injusticia que querían perpetrar contra aquel hombre que consiguió escapar. Y también pensé que cuando acabó la guerra, si aquel hombre aún vivía, buscaría la venganza sobre aquel que había querido asesinarle.

Antes de la guerra: Mi abuelo Pedro

A

Pedro Rivera Jaro

Mi abuelo Pedro, antes de comenzar la guerra mal llamada Civil, había terminado de pagar el tercer camión que había comprado. Sufrió los inconvenientes de una denuncia falsa que le acusaba de ser fascista, hasta que demostró que nada tenía que ver con la política. El era un hombre que nunca supo leer ni escribir, pero que sin embargo conocía las documentaciones de cada uno de los vehículos por el color y por el dibujo que formaban las letras que llevaban escritas.

Mi madre y mi primo Joselín, a preguntas mías cuando yo era un niño, sobre cuáles eran las marcas de los camiones que tenía el abuelo Pedro, me decían que un Chevrolet y un Ford americanos y un Pierce francés.

Cuando estalló la guerra, la República requisó los tres camiones de mi abuelo, sin preocuparse de cómo iba a sobrevivir mi familia sin las herramientas con las que se ganaban la vida.

El marido de mi tía Felisa, mi tío Juanito, consiguió enrolarse de conductor de uno de los camiones con el objetivo de controlar a donde le llevaban y que vida traía. Ese camión, el Chevrolet fue el único que al final de la contienda recuperaron en un desguace, hecho una ruina, y como mi tío Juanito sabía de mecánica, ayudado por mi primo Joselín, recompusieron el camión, buscando piezas de otros camiones amontonados en los desguaces, y así pudieron empezar otra vez a ganarse la vida, después de tres años desgraciados de muerte, destrucción y ruina del pueblo español, que como siempre pasa, sin tener culpa de las decisiones de los políticos, es el que paga los platos rotos.

Con el estallido de los militares contra la Segunda República Española, la zona del sur de Madrid, que en aquellos años pertenecía a Villaverde, donde vivía la familia de mi madre en la Colonia Popular Madrileña, que había sido en la Monarquía Colonia de Alfonso XIII y que en la actualidad se llama Barrio de San Fermín, y la de mi padre en la colonia Ferrando, se formó un frente de guerra y sus habitantes fueron evacuados a la calle de Serrano, próxima a Goya y otras calles del centro de Madrid.

Me contaba una vecina antigua de mi familia, la señora Emilia Arias, la mujer del tío Rivera y madre de Polo, Eugenio, María, Guille, Pepa, Pedro, Emilita y otra chica mas cuyo nombre no recuerdo y que era muy guapa y se casó con Helios, un buenísimo jugador de futbol, que mi tío Perico estuvo corriendo por los tejados rompiendo las tejas, porque decía que prefería romperlas él antes de que las rompieran las bombas.

Hacia 1962 más o menos, siendo yo un niño de 12 años, estaba jugando con mis amigos, y de pronto se hizo un agujero en el suelo de la calle Fitero, que resultó ser una antigua trinchera de cuando la guerra, que estaba llena de proyectiles de fusil. Otro día en las huertas que había un poco más abajo, cerca del río, apareció un obús al cavar las viñas y enseguida acudió la pareja de la Guardia Civil y algunas personas especialistas en explosivos para detonarlo y evitar daños personales.

Mi primo Joselín me contaba que recién acabada la guerra, que él tendría como 10 años, recogían proyectiles de todo tipo que estaban tirados por las trincheras, lo hacían un montón, y sacaban pólvora de unas cuantas balas, hacían un reguero y poniéndose a cubierto, lo encendían. De pronto explotaban todos los proyectiles y formaban un tremendo estruendo. Así es como se divertían aquellos niños de los años del hambre.

Otro día encontraron enterrado un cofre conteniendo los objetos de culto de la iglesia de nuestro barrio, el cáliz, la patena, etc., que habían enterrado antes de la guerra y enseguida avisaron a los guardias que vinieron y lo llevaron al sacerdote de la parroquia.

Un día estábamos mis amigos y yo cavando un agujero para jugar como si fuera un garaje, con aquellos cochecitos de madera y cartón que teníamos de los Reyes Magos, y llegó mi madre corriendo y regañándonos, porque justamente allí donde estábamos jugando, había habido una batería de Artillería y tenía miedo de que quedara enterrado algún obús.

Yo conocía al hijo de doña Lola, al cual le faltaba un ojo y un brazo por una explosión inesperada mientras jugaban sus amigos y él.
Cuando los habitantes del Sur de Madrid (Villaverde) fueron evacuados, se les llevó al barrio de Salamanca, donde los propietarios de muchas de las casas, habían huido por miedo a las represalias de grupos de descontrolados republicanos, cuyas acciones violentas se producían cada día contra bienes materiales y personas que fueran acusadas de ser de derechas, lo fueran realmente o no lo fueran. Eran casas espaciosas y repartían a cada núcleo familiar un número de habitaciones con arreglo al número de personas que compusieran dicho núcleo, y la cocina y los baños eran de uso común para todos los que vivían dentro de cada casa.

Las casas conservaban los muebles de los propietarios y recuerdo que mi padre me contaba como mi abuelo Apolonio guardó dentro de una habitación todos los muebles que había en las estancias que le habían adjudicado a la familia, y cerró con un candado, que nunca se abrió, hasta que al final de la guerra volvió el dueño, pero eso lo contaré mas tarde.

Durante la guerra la gente que no tenía forma de combatir el frío en invierno, hizo astillas con los muebles y los quemaron. Se cortaron muchos árboles en aquel tiempo porque había necesidades primordiales que atender, como guisar o calentar las casas, y no tenían más remedio que hacerlo así.

La casualidad hizo que mi familia paterna y mi familia materna, fueran alojadas en casas que separaban pocos portales en la misma calle de Serrano. Así me lo contaban mi madre y mi padre, cada uno por su lado y coincidiendo ambos.

Los varones que estaban en edad de acudir a filas, fueron enviados a combatir con el ejército de la República desde el primer momento, y los que todavía eran demasiado jóvenes fueron incorporados más adelante, en las quintas que fueron denominadas del Biberón y del Chupete. En estas se incorporaron mi tío Perico, hermano de mi madre y mi tío Emeterio, hermano de mi padre, al cual le llevaron a los montes Universales para combatir.

De mi tío Perico, que había empezado a torear antes de la guerra y que había toreado dos corridas con el nombre de Pedro Jaro El Arenerito, porque trabajaba con un camión de mi abuelo, sacando arena del río Manzanares y llevándola a las obras de construcción, se acabó su trayectoria en los ruedos y según he oído estuvo de conductor con el General Miaja.

Claro que también he oído que estuvo combatiendo en Gandesa, pero ni de esto ni lo del General tengo certeza, porque no querían hablar de estas cosas, máxime que pasaron por grandes sufrimientos después de acabarse la guerra, porque las denuncias falsas acusaron a mi abuelo Pedro, al hermano mayor de mi madre, mi tío Lorenzo y a mi tío Perico, de pertenecer al Socorro Rojo.

Mi madre me contaba que Lorenzo enfermó del estómago a causa de las palizas recibidas en los interrogatorios y, tenía fuertes hemorragias de sangre. En cuanto a mi tío Perico, decía asimismo mi madre, que conservó durante mucho tiempo la espalda llena de las señales de los latigazos que le propinaron en los interrogatorios, cuando le decían que confesara donde tenía escondidos a los rojos, y él contestaba: “Ustedes me pueden matar a golpes, pero yo no puedo decirles algo que desconozco”. También me decía mi madre que le quedó la espalda como al protagonista de la película “JUSTICIA CORSA”, sobre la que he consultado y es un film de 1941 dirigida por Gregory Ratoff y protagonizada por Douglas Fairbanks, Ruth Warrick y Akim Tamiroff, basada en la obra escrita por Alejandro Dumas, Los Hermanos Corsos. Se salvaron gracias a la intervención de un comisario de policía, cuyo nombre no voy a citar aquí, que era amigo de mi tío Lorenzo y consiguió con su aval personal que les dejaran en paz. No obstante mi tío Perico, después de tener 3 años de guerra, tuvo que servir otros seis años en el Servicio Militar. Entonces era obligatorio.

Quiero poneros por escrito una canción de las que oía cantar a mi tío Perico, cuando no se daba cuenta de que yo le podía oír, y decía así: Si me quieres escribir // ya sabes mi paradero. // Si me quieres escribir // ya sabes mi paradero.// En el frente de Gandesa // primera línea de fuego.// En el frente de Gandesa // Primera línea de fuego.

Durante los dos primeros años de guerra, Madrid soportó los bombardeos de la aviación nacional.

Mi padre me contaba que sonaban las sirenas de aviso y tenían que salir corriendo hacia la boca de Metro de Goya, y dentro de los túneles se refugiaban hasta que cesaban los bombardeos y podían volver a sus casas.

También me contó mi padre que en un permiso que tuvo mi tío Luis y vino del frente a pasarlo en casa con la familia, sonó la alarma que les avisaba de que venían LAS PAVAS, como denominaban a los bombarderos que soltaban las bombas de 500 kilos. Mi tío Luis, por más que mi tía Lucía tiraba de su brazo para que se viniera corriendo al refugio del Metro, se negaba a levantarse de la cama. Al fin mi tía lo consiguió y se fueron a resguardar en el túnel. Cuando pasó el bombardeo y volvieron a casa, en la cama donde estaba durmiendo mi tío Luis había un trozo de metralla que había entrado por la ventana de la habitación.

En el final del otoño de 1938, solo restaban unos meses para el final de la mal llamada guerra Civil española. En Madrid escaseaba la comida y hasta el pan que era oscuro, elaborado con centeno, en vez de con trigo, estaba racionado. Ese pan racionado lo reservaban para que lo comiera el niño, mi primo Joselín que debía de estar por los 9 años.

Mi abuela Saturnina acababa de morir y mi madre y mi primo vivían junto con mi abuelo Pedro y tenían muchas dificultades para comer. Eso unido a los bombardeos, y a la falta de calefacción, animó a mi abuelo Pedro a seguir el consejo de mi tía Visitación - que era la esposa de mi tío Lorenzo, que era natural de La Alberca, provincia de Murcia -, para que se marcharan a vivir a su pueblo en las cercanías de la capital Murciana, a casa de su familia, mi abuelo con mi madre y el niño, porque allí no bombardeaban los aviones y la Huerta de Murcia ya estaba en plena producción de naranjas, que como ahora eran un maravilloso alimento. Hicieron caso de su consejo y se fueron a Murcia, donde mi querida mamá me contaba que era preciosa aquella tierra, que mi abuelo compraba las naranjas por medios sacos, en las mismas huertas, y que saciaron su hambre hasta el fin de la guerra el 1º de Abril.

Mamá toda la vida recordó con cariño a Murcia, su huerta y sus naranjos.

Yo recuerdo que mi madre disfrutaba comiéndose una naranja igual que los niños disfrutan chupando una piruleta, y ha sido así hasta su fallecimiento en 2017 con 94 años de edad.

Al acabar la contienda fratricida mi abuelo acababa de venir a Madrid para atender sus asuntos de negocio, y telefoneó para que se volvieran en tren a Madrid mi mamá y mi primo. Tomaron un tren de mercancías, medio desvencijado, que tardó casi dos días en llegar a Madrid, y en el trayecto ya podéis imaginar de que se alimentaron… Efectivamente: naranjas a discreción.

Ahora les esperaba la posguerra, cuyos primeros años fueron terroríficos para el pueblo humilde de España.

Para empezar, cuando volvieron a sus hogares en el sur de Madrid, en Villaverde, sus viviendas estaban destruidas por efecto de las bombas, habida cuenta de que aquellos barrios habían constituido un frente de guerra. La colonia Popular Madrileña estaba destruida igualmente. Hubo que empezar a reconstruir primero las viviendas donde refugiarse.

Es curioso como el ser humano busca lo caminos más escondidos con objeto de solucionar sus necesidades.

Cuando la gente fue evacuada, en algunas casas con jardín existían jaulas con conejos, conejos que no podían llevar a los alojamientos que les iban a conceder, por lo cual soltaron a los animales y les dejaron en libertad. Cuando volvieron al cabo de tres años, aquellos conejos dejaron su descendencia entre las ruinas de las casas de la Colonia que pasó a llamarse de San Fermín.

Me contaba Joselín que el padre de un amigo mío, que se apellida Rico, se hizo un habilidoso trampero y todos los días capturaba conejos para su sustento, con los lazos que ponía en los pasos que tenían entre las ruinas.

Tendremos que hablar de todo lo que hemos conocido como estraperlo, que no era sino la necesidad de sobrevivir de todo un pueblo, frente al hambre que asolaba el territorio español y veremos pruebas de ingenio.
Por eso mi padre decía que estudia más un hambriento que cien abogados.

Síguenos