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Tu ausencia

T

Silvia C.S.P. Martinson 

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Caminé sola por las calles
sintiendo como puñaladas
de vacío, incongruencias
en mi corazón.
Te has ido y lo que has vivido
lo dejaste olvidado en los caminos,
abandonado sin remordimiento:
el gran cariño y todo el amor
aquél que recibiste.
la alegría, la esperanza,
dejando de tu ausencia
solamente del amor
sólo dolor. Y total de ti, la falta.
¡Cómo duele
tu ausencia!

Canciones

C

Silvia C.S.P. Martinson 

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Canto de los pájaros
muertos en el ala
del vuelo que libera,
como un guerrero oprimido
que se desencadena
y audaz,
inocente,
levanta su espada
por última vez.
Canción de los pobres
andrajo rastrero,
de personas olvidadas,
porque no son humanos.
Han cruzado la línea
y en la vida no cuentan.
Cero es demasiado para él
y no es nada.
Canción del inconsciente
y falaz, de egoístas
y traidores,
son la crema y la escoria
de toda la sociedad.
Con un cuadrado fijo
no se miden,
y en tortuosidad
encajan entre sí.
Canción de todos
los buenos
que trabajan y ennoblecen,
que construyen
basar y exaltar
los sentimientos más puros
y las acciones más rectas
en beneficio del Hombre,
de la verdad y del amor.
La canción de todos,
para todos,
es la vida que surge
sedienta, en los ojos
del niño en flor,
pródiga y buena
cada día
que nace, a la mirada
de un soñador.

Yo sé

Y

Silvia C.S.P. Martinson

Sé que te acordarás de mí,
en el viento que pasa,
en la flor que se abre,
en la primavera que viene,
en la lluvia que se va.
te acordarás yo lo sé,
en lo extraño que se queda,
en lo verde del mar,
en el sentimiento profundo,
de la ola que se desvanece,
en el ciclo de los tiempos
y en las lagrimas que caen.
Sé que te acordarás,
yo lo sé,
en cada día que nace,
en cada tarde que muere,
en la noche que viene en silencio,
como la gota,
en dolente ritmo, despaciada,
en las aguas que siguen tranquilas,
en la palmera inclinada,
y a la sombra de los pinos.
En la tristeza de un sueño,
tuyo, que en la bruma se olvida.
Yo, lo sé.

Promesa fallida

P

Pedro Rivera Jaro 

Me he acercado a ti por tu sonrisa
Que me promete lo que tus ojos dicen
Lo que adivino en su brillo
Y que calla tu silente boca.

Eso era al menos lo que yo creía
Hasta comprobar que tu promesa desaparecia
Y tampoco tus ojos expresaban la verdad
Y que perdieron su brillo de inmediato
Mientras tu boca dejó de ser silente
Y empezó a hablar, y hablar, y hablar.

Cuerdas

C

Silvia C.S.P. Martinson

Traducida al español por Pedro Rivera Jaro

En el lamento de la guitarra
grita el alma del poeta
el olé del amor perdido
que en la arena de la vida
en otra dirección caminó.
Y en las cuerdas que gimen
rasguea el dolor del alma
en el pasodoble de las horas
la ausencia de la mujer amada.
Para ella, que no vuelve
llora la canción doliente
de aquel que espera
y jamás llega a ella.
Y en el transcurso del tiempo
el hombre pierde su espada
y al beso, cariño no dado,
la muerte gana, de la fortuna,
una carta mal jugada.
Las notas de un acorde
ruegan con un toque
conmovedor,
por última vez, ahora con ardor.

Andrajos de Patria

A

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro
En los grilletes
de la tiranía
del deshonor,
mi pueblo no vibra
ni clama
ni grita.
En el ostracismo de la voluntad,
en el imperio de la fuerza,
en la prensa muda,
el hombre se vende
y sus grandes ideales
yacen sobre la tierra batida,
sin marcas,
sin lágrimas,
rendidos a la suela
de la bota cruel.
La gente es arrastrada,
mi pueblo sediento
de paz y amor,
llevado al extremo
sin armas, sin pan
y sin fe.
Mi pueblo no vibra,
no hay esperanza.
No oye la voz
de la joven protesta
que surge de la turba
y en ella se ahoga
por el grito más fuerte
de la granada y del verdugo.
El mártir tampoco convence
y es vilipendiado.
El bueno se corrompe
y se torna en malo,
empoderado a expensas
de la patria oprimida.
Pueblo mío, ¿dónde estás?
Tu grito es necesario
¡Hazlo ahora!
Y nosotros queremos, deseamos,
solamente, únicamente, la Paz

Paz en tu mirada

P

Pedro Rivera Jaro 

Eres paz en tu hermosura
Eres faro en mi tormenta
Tu que calmas mis locuras
Con tu paciencia tan pura
Me hueles como la menta
Que tiene la hierbabuena
Y mi agitación conviertes
Con la PAZ EN TU MIRADA
En una balsa de aceite
Porque he empezado a notar
Ahora que has vuelto conmigo
Zumbidos de tus abejas
Entrando por mis oídos
Noto el aroma que en tu presencia
Todo mi yo envuelve, y cogiendo
Un racimo de dulces uvas
Mordiéndolas de una en una
Intento comer despacio
Royéndolas, estallándolas y enlentenciendo,
Absorbiendo su líquido dulzor
Debidamente exprimiendo y
Apartando las pepitas con cuidado.

Huir

H

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera jaro 

Me voy a marchar muy lejos,
y nadie me va encontrar
porque voy a caminar
por estrellas y galaxias
encima de aquí, en los cielos.

Y por lugares distantes
alegría y paz hallar
porque al borrar y olvidar
de la tierra, de mi hogar,
de mi corazó￳n lo haré.

De un amor desmedido
que quise ofrecer
despreciado por el miedo,
miedo de volver a nacer.

Me voy a marchar a muy lejos
en busca de noche y luna,
de las estrellas que sobre la tundra
dejan su luz al oscurecer,
hasta que un nuevo día
la termine por romper

Yo sé

Y

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro 

Sé que te acordarás de mi,
en el viento que pasa,
en la flor que se abre,
en la primavera que viene,
en la lluvia que se va.
te acordarás yo lo sé,
en lo extraño que se queda,
en lo verde del mar,
en el sentimiento profundo,
de la ola que se desvanece,
en el ciclo de los tiempos
y en las lágrimas que caen.
Sé que te acordarás,
yo lo sé,
en cada día que nace,
en cada tarde que muere,
en la noche que viene en silencio,
como la gota,
en dolente ritmo, despaciada,
en las aguas que siguen tranquilas,
en la palmera inclinada,
y a la sombra de los pinos.
En la tristeza de un sueño,
tuyo, que en la bruma se olvida.
Yo, lo sé.

Un cuento de invierno en Santiago de Compostela

U

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera jaro 

El día era gris. Grisáceo.
En el cielo las nubes corrían sueltas, casi negras y grises, cargadas de agua y a punto de derramarse sobre las aceras.
No había tráfico.
Parecía que el tiempo y las personas se habían detenido, desaparecido.
Por la tarde, casi de noche, las calles estaban desiertas.
Caminaba solo, despacio, inhalando el aire húmedo del atardecer.
Los pensamientos fluían por su cerebro con la lentitud de cómo había sido su vida, y lo increíblemente tan rápido que había pasado y él tampoco se había dado cuenta.
Había luchado mucho, trabajado mucho, soñado mucho.
¿Y sus sueños? ¿Qué hubo de sus sueños? Se había dado cuenta de lo poco había logrado.
Había ayudado a muchos. A su costa, otros crecieron intelectual y económicamente. Era profesor de idiomas.
Distribuyó sus conocimientos a muchos.
Muchos lo aprovecharon.

Y en esta tarde gris, mientras caminaba, se preguntaba: ¿Qué he hecho por mí?
Amores los ha tenido. Había tenido unos cuantos. Sin embargo, fueron tan fugaces y efímeros, porque la que amó la conquistó durante un tiempo, y ahora la había perdido para siempre.

Descubrió que ella nunca le amó. Sólo le había admirado por su capacidad intelectual, pero ella lo quiso más para sí misma.
Quería comodidad, ocio, viajes, cosas que él no podía ofrecerle como simple profesor.
Tuvieron hijos.
Ella los educó a su manera. No había afinidad entre ellos, sólo les movía el interés económico.
Un día por fin recapacitó y se dio cuenta del tiempo que perdía en ser feliz frente a sus prejuicios y una ética que no le importaba a nadie, y menos a su familia.

Se dio cuenta de que el mundo y los conceptos de felicidad y responsabilidad también cambian. Y que, a pesar de su rigidez, ante todo tenía el deber de quererse a sí mismo.
Al darse cuenta de todo esto y del tiempo que había pasado demostrando a los demás que era rígido en sus conceptos morales, sintió una profunda pérdida.

Aquel día salió a pasear sumido en una profunda introspección y, al pasar por delante de un bar, decidió entrar y tomarse un vaso de vino para, tal vez, aliviar su dolor. Y así lo hizo.

Sin embargo, los vasos se sucedieron.
Se emborrachó. Y, medio inconsciente, regresó tambaleándose a su casa. Cuando llegó allí, nadie prestó atención a su estado; sólo les preocupaba el dinero que se había gastado en el bar.

Aunque borracho, le entristecía profundamente la actitud de sus familiares.
Al día siguiente, ya recuperado, tomó una decisión. Salió, fue al banco y retiró todo el dinero de la cuenta que tenía con su mujer.
Volvió a la casa, escribió una carta dejando a su familia sus posesiones materiales, cogió su reloj que había olvidado en la mesilla de noche, cargó una mochila del armario del dormitorio y metió dentro parte de la ropa que necesitaba para lo que había decidido hacer y todos sus documentos. A continuación abrió la puerta de la casa, salió y la cerró de un golpe.

Caminando, llegó a una carretera por la cual ya caminaban otros vagabundos, solitarios como él.

Por fin decidió ser libre y dirigirse al lugar que siempre había soñado visitar, un pueblo donde la gente solía ir a meditar y a buscar la armonía y la felicidad en su interior.
Se sintió aliviado y rebosante de alegría.
La carga que había llevado sobre sus hombros durante tantos años se desvanecía definitivamente con cada kilómetro que recorría.
Finalmente él estaba feliz.
Nadie en la casa sintió ni notó su ausencia.

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