Autor/aCarlos Boné Riquelme

Nacido en Valparaiso, Chile, vivió su juventud en Concepcion, ciudad al sur de Santiago que ha influído definitivamente en su desarrollo literario. Emigró a Estados Unidos en los 80, y estudió Investigation Criminal, para luego graduarse con honores de la Universidad Metropolitan en Ciencias de Justicia Criminal con especializacion en Procedimientos Policiales. Ha dedicado parte de su vida a investigationes privadas. Sus libros son cronicas de Concepción o historias, casi todas basadas en personajes y situaciones reales.

Don Gustavo

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Carlos Boné Riquelme

 

La esquina de Janequeo y Freire en nuestra ciudad Concepción, Chile, tenía durante el día una apariencia normal, de barrio cualquiera, en cualquier parte del mundo. Pero el epicentro de la actividad en esta esquina era el almacén de Don Gustavo Hernández.

Don Gustavo era un hombre serio, recto, pero campechano. Hombre rudo, de un humor irónico, acostumbrado al trabajo desde toda su vida, mantenía esa media sonrisa sardónica debajo de unos ojos negros, profundos, y un pausado andar. Era de cuerpo bajo, pero fuerte, y tenía una gran potencia en sus grandes y toscas manos, de trabajador innato, y apenas te conocía las extendía abiertas, prestas al saludo, con grandes dedos toscos y encallecidos, y si tu cometías el error de darle la tuya, de por seguro recibirías un apretón que te la dejaría trémula y temblorosa seguida de un comentario sarcástico de don Gustavo por aquel mequetrefe de ciudad: “que paso hombre…!!, no me diga que le dolió”.

En contraste, su esposa era pizpireta, ágil, dulce, con unos bellos ojos azules, heredados por varios de sus hijos, que todo lo miraban y lo veían, y que se movía con gran agilidad por el local y la casa, la cual solo a algunos pasos de distancia, ella manejaba a la perfección, casi como un reloj.

Después estaban los hijos, Gastón, Luchin, Antonio, y por supuesto, el retoño, Raúl. La regalona era la pequeña hermana de ellos que tenía los mismos ojos bellos, y el carácter tierno pero fuerte, heredado de la mama. Del mayor de los hermanos, Gastón, no recuerdo mucho más que era delgado y no muy alto, y solo aparecía de vez en cuando por el negocio y el hogar familiar. A Luchin le decíamos “el guatón” pues tenía una contextura gruesa, pero la verdad que él era muy fuerte, tanto como el padre, pero tenía una gran agilidad, la que yo la vi muchas veces en acción. Luchin era, y es hasta hoy en día después de décadas viviendo en Canada, un hombre de carácter, con una personalidad directa y risueña, lo que le ganaba el respeto y cariño de nosotros los amigos. Y sigue siendo el mismo con el cual reímos cuando lo llamo a Canadá donde reside desde hace mucho.

Antonio, o Tono como le llaman desde siempre, el que seguía, era más reservado y de hablar más pausado. Él fue el heredero de la personalidad paterna, o quizás el más parecido a Don Gustavo. Tenía ese mismo aire medio guasón, pero recto y directo, e igual a Luchin, un carácter fuerte, recto y seguro. Raúl, el menor de los hombres, era como un niño, siempre riendo y bromeando, pero armado con una gran curiosidad que lo convertía en un gran admirador de su hermano y sus amigos. A Raúl lo recuerdo con la sonrisa eternamente en sus labios, y esa alegría contagiosa que no escapaba a nadie.

Todos ellos conformaban una bellísima familia, y en ese hogar, siempre rondaba la alegría y la actividad. Y yo recuerdo especialmente esas “onces”, el té de las cinco, costumbre tradicional en Chile, en que llevaban a la mesa casi todos los productos del almacén consistentes en cecinas, quesos, pate, mermelada, las cuales en más de alguna ocasión tuve oportunidad de disfrutar.

Pero cuando la noche llegaba, y Don Gustavo bajando la cortina del almacén se marchaba, la esquina se transformaba.

Aparecían unas figuras que semejaban sombras en la oscuridad y convertían esa esquina en un punto de reunión donde nos juntábamos todos a fumar y conversar hasta altas horas de la noche. A veces aparecían botellas de alto flujo alcohólico, o más de algo que se fumaba pasándolo de mano en mano.

Lulo y su hermano, ambos altos y divertidos con la risa que da la seriedad de saber que la vida es algo serio; Jaime y Pato; el infaltable Luchin; a veces llegaba Alejandro Vila siempre acompañado de alguna historia, o anécdotas que nos hacía reír; el negro “Cayuzan” con su aire gansteril y su sonrisa blanca que brillaba en la noche, y que le daba el toque a reunión de lo que hoy conocemos como “ganga”. Pero “el negro” Cayuzan era divertido, buen amigo, gentil y amable y con un gran sentido del humor. Los hermanos Jiménez, grandes amigos a los que recuerdo con cariño; los hermanos Moena, y también aparecían los hermanos Quico y Lucho Kotman, Nano y Cuchepo Wolf al que llamábamos el “Alain Delon chileno”, pues él era muy atractivo y divertido con un gran magnetismo para las féminas. Y aparecían muchos otros advenedizos, que, como yo, llegaban y desaparecían como barajas en manos de un mago.

Las horas se desvanecían entre risas, conversaciones, murmullos y carcajadas hasta casi la mañana que nos ahuyentaba a todos con sus primeras luces. Y luego, de a poco, la esquina iba quedando nuevamente sola, como esperando las primeras horas del alba cuando Don Gustavo, impertérrito, abrigado en su chaquetón marinero azul marino, con paso lento pero seguro, llegaría a abrir el almacén para comenzar un nuevo día entre los sacos de porotos y lentejas, el queso en la vitrina al lado de la mortadela…

El Boy Hyde

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Carlos Boné Riquelme

La Puerta era diminuta y casi inexistente en aquel muro Amarillo sembrada de musgo y hierba. O’Higgins se perdía hacia Roosevelt en nuestra ciudad de Concepción, en Chile, pero la noche aun con su soledad, nos esperaba amistosa y cálida.

La Puerta se abre como hacia otro mundo, y el “Boy” Hyde, ese personaje casi mitológico de Concepción, nos mira desde un lugar remoto, pero con una sonrisa que promete la calidez del vino con naranja, y la conversación intrépida y delirante. Domingo Robles, mi acompañante y guía en esta expedición nocturna, saluda al “Boy” con un gesto de su mano oculta bajo la larga bufanda negra que pende desde su cuello, y haciendo un comentario leve que arranca una risa corta del “Boy”. Los anaqueles de libro apiñados en contra de la pared se sienten vivos, y hacia la derecha esta la pequeña sala con la chimenea, que en invierno siempre esta encendida, con alguna sillas repartidas alrededor de una pequeña mesa, de esas llamadas “ratonas”.

Una copia de un grabado italiano famoso que representa la Piazza San Marco pende desde la muralla, y las sombras del fuego iluminan desde el hogar a Albino Echeverria, Enrique Giordano, Tole Peralta, y quizás algún otro noctambulo, que, ensimismados en una conversación, de la que aún no podemos adivinar el contenido con Domingo.

En las paredes del pasillo que va hacia el interior de la casa, están las pinturas de Camilo Mori y Nemesio Antúnez dedicadas al “Boy” Hyde. Algún recuerdo dejado por la famosa bailarina Margot Fontaine, y por supuesto, las dedicatorias de algunos renombrados escritores chilenos y extranjeros que en algún momento se cruzaron con el “Boy”.

No acercamos al fuego, y los presentes nos saludan con un gesto mientras la conversación prosigue sin detenerse. El “Boy” Hyde fue una de las figuras más importantes y controversiales de Concepción. Pero en su hogar, solo habitan las ideas y la conversación. El “Boy” se negó siempre a la televisión y la radio, pues este lugar era el reino de la conversación. Así nos sentamos, yo callado, pues entre tanto erudito del arte solo cabía observar y escuchar.

La discusión era sobre el arte del siglo XVII, y Domingo rápidamente se incluyó con alguna observación que levanto las cejas de Albino. El “Boy”, que había desaparecido momentáneamente de la escena, reapareció con una jarra blanca y azul de porcelana repleta de vino tinto con naranja que vertió suavemente en unas tazas similares al jarro, repartiéndolas entre los asistentes. Estas eran las noches de invierno en este oasis casi desconocido de los penquistas pero que muchos recordaran por haber sido espectadores casuales, como yo, de uno de los lugares más increíbles de Concepción.

El “Boy” Hyde era hijo de inmigrantes ingleses, y creo que el único inmigrante con un verdadero título nobiliario, heredado de su padre. Fue, creo, uno de los fundadores de la biblioteca de la Universidad de Concepción, y era maestro de la porcelana y el arte. Pero ya estaba alejado de la mundanidad y solo dedicado a sus privadas reuniones con algunos de los artistas que adornaban notablemente la ciudad.

Mas tarde, para 1973 el “Boy” se transformó en un personaje sospechoso, activista político, quizás, y su maravillosa casa fue allanada y muchos de los tesoros acumulados allí fueron destruidos entre la barbarie del momento. El “Boy” ya enfermo y sin deseos de luchar más contra un sistema sin cultura, decidió que era tiempo de emigrar de Concepción, y se perdió en una isla del trópico donde vivió sus últimos días mirando el mar, como Gauguin, y disfrutando de la tranquilidad y humildad de su entorno.

En los 80, me encontré en las calles de Concepción a una excompañera de las Escuela de Arte, Cecilia Sius, pintora y artista y en aquel tiempo radicada en Viña del Mar, que con su marido paseaban tranquilamente por Barros Arana, y sorprendentemente como me enteraría más tarde, el sobrino del “Boy” Hyde.

Fuimos a mi apartamento en los altos de la galería Martínez a conversar, y allí, me entere de la muerte del “Boy”, y de sus últimos días. El sobrino fue a la isla a buscar los restos del “Boy”, y me contaba emocionado la vida humilde pero tan llena de energía de aquellos últimos momentos de este gran personaje al cual debemos rendir homenaje. Y gracias, Domingo Robles, pues tú me ensenaste el arte, no solo del Teatro, pero de vivir sin vergüenza… solo vivir.

(Este escrito se lo dedico a mi gran amigo y siempre recordado escritor y poeta penquista Enrique Giordano. Te estimo Enrique, y te recuerdo como el día que nos conocimos).

El pernil

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Carlos Boné Riquelme 

Salimos riendo de Radio Lautaro de Talca, después de ver el programa matutino de “a despertarse señor”, el cual hizo las delicias de mi infancia, con el periodista radial, muy conocido en la zona central, Don Alfonso Fernández.

Mi padre y mi madre reían felices, como hacía mucho no pasaba, comentando los chistes del periodista el cual era muy ágil y divertido a la hora de conducir el programa. Atrás quedo esa primera impresión de la sala con sus humildes bancas de madera, y creo que a esa escasa edad aprendí que a veces el contenido es mas importante que la estética.

Y en aquellos 1962, los señores de la radio hacían milagros con los recursos que les eran asignados. Pero la alegría que nos aportó esa hora en el programa duraría mucho, hasta hoy en día que cada vez que recuerdo aquellos momentos, no puedo evitar la sonrisa que el recuerdo trae a mi mente.

Ese era el tiempo donde el espectáculo se hacía en buses que partían en interminables giras alrededor del país, presentándose en estadios y gimnasios, o teatros de ciudades y pueblos. Donde los periodistas deportivos debían encogerse en hoteles modestos, y comer en pensiones baratas que los trataban como familia, pues eran conocidos.

La radio era el único medio de entretenimiento en nuestros hogares. En mi casa era una vieja Telefunken de pantalla iridiscente, con un dial manual que corría en medio de unos números que para mi eran un misterio. Y la onda se iba a cada rato, dejándonos a veces en medio de la telenovela, o del partido de futbol, sin saber si el gol había entrado en el arco o no.

La desesperación de mover la antena para recoger la emisión nuevamente era solo comparable con los garabatos que se escuchaban por toda la sala. En las tardes, eran muchos vecinos los que se apilaban en la sala a escuchar a Arturo Moya Grau, el mejor escritor y actor de telenovelas en la radio chilena. Y las mujeres lloraban y el capítulo serviría para la conversación del resto del día, mientras se servía la “once”, o se sorbía el mate.

A la entrada de los colegios, las madres que dejaban a sus hijos conversaban sobre los acontecimientos del capítulo del día anterior, esperando ansiosas las dos de la tarde, para seguir con el nuevo episodio.

Así que la decepción duro lo que el gusano en el pico del pollo, y entre risas y comentarios alegres, decidimos que era hora ya de almorzar. El almuerzo era una tradición que se seguía al pie de la letra. Ya fuera en casa, alrededor de la mesa familiar, o en el lugar donde la hora nos acogía. Y este día era en “Talca, Paris y Londres”, como era el dicho popular que ponía a esta ciudad en el medio de las capitales mas famosas del mundo.

Mi padre, como buen vendedor viajero, conocía las mejores” picadas” de cada ciudad. Y Talca no era la excepción. Pronto nos dirigió a una pequeña “fuente de soda”, con varias mesitas a lo largo de la pared, y un mesón donde algunos parroquianos comían o bebían una cerveza para “matar la calor”. Mi padre era conocido de los parroquianos, lo cual lo delato rápidamente por los saludos del dueño que atendía el lugar, y de uno que otro de aquellos sentados a la barra; por supuesto que mi padre salió al camino rápidamente, anunciando a viva voz, “esta es mi señora y mis hijos”, con lo cual se ganó una mirada de sospecha de parte de mi madre, lo cual le costaría algunas explicaciones mas tarde, cuando nadie estuviera presente.

Y mi padre, sospechándolo, le pidió al “garzón” los especiales del día. En aquellos tiempos, los menús solo existían en los clubes elegantes, en los lugares mas populares, se daban los especiales del día a viva voz. Y como yo era el celebrado este día, mi padre me dio la oportunidad de elegir, causando la rabia de mi hermana Liliana que empezó a reclamar diciendo, “siempre le dan todo a él, claro, es el regalón…”, mientras yo me reía feliz, para mis adentros, y así no causar más problemas.

Pero ya mi atención había quedado retenida en uno de los ofrecimientos del día, “pernil con papas cocidas y chucrut”. Había escuchado tantas veces hablar de esta delicia, a mis tíos, abuelos, padres, que, sin pensarlo dos veces, lo escogí rápidamente. Y aquí se hizo un silencio en el bar. Todos me estaban mirando, y luego de algunos instantes, empezaron a reír.

Yo me quedé sorprendido, pensando que quizás había cometido un error, pero no. El problema no era ese. Mi padre me miró sorprendido, y mirando a todos alrededor se rio, diciéndome “Carlitos, ese plato es muy grande para ti, mijo…”. Pero yo solo quería, al igual que venir al programa de la radio, ese plato. Y empezaron las apuestas alrededor del bar. Si me comeria todo el plato, o no.

Mi padre estaba vacilante, pero como la mayoría decía que yo no sería capaz de comer el plato completo, se sintió ofendido y se decidió a defender el honor familiar. Y pidió con voz fuerte al garzón, “tráigale el plato a mi hijo, que él se lo comerá todo”, mientras yo totalmente ajeno al problema que había causado, me regocijaba pensando que mi hermana tendría que contentarse con lo que mi madre le pidiera. Yo era el hombre de la casa, a pesar de mi edad.

Y mi padre cubrió las apuestas, y ya todo era excitación. Y llegó el plato, el cual era verdaderamente enorme. Un pernil de puerco, humeando de ese cuero cafecito y grasoso, mientras la carne casi dorada se escapaba por los bordes, con las patatas cocidas y el chucrut bañado en pimienta. Yo totalmente indiferente a la expectación causada alrededor del lugar, me saboreé, y cogiendo tenedor y cuchillo, corté el primer pedazo de carne, que se deslizó suave por mi paladar, sintiéndose como el manjar de lo dioses.

No presté más atención a lo que sucedió a mi alrededor, así que no recuerdo lo que comieron mis padres y hermana, o lo que pasaba con toda aquella gente mirando y observando a que yo no recibiera alguna ayuda de mi familia. Y de a poco, el hueso del pernil empezó a quedar a la vista, y las papas fueron devoradas al igual que el chucrut. Y cuando me deje caer hacia atrás en la silla, el plato estaba limpio, y solo el hueso quedaba como triste recuerdo de lo que fue ese magnifico pernil.

Todo el mundo se miraba consternado, sorprendidos de que en este cuerpo tan pequeño alcanzara tanta comida, Y las risas no se hicieron esperar, mientras mi padre orgulloso recogía el dinero de las apuestas, con lo cual, básicamente el almuerzo salió gratis. Yo tuve tiempo y espacio para comer el postre, y por parecer más agrandado, pedí un café.

Salimos de allí, con mis padres felices, riendo, yo sintiendo la mano de mi padre sobre mi hombro, y las patadas de mi hermana en las canillas. Solo puedo agregar, que, hasta el día de hoy, el pernil con papas cocidas y chucrut, además de la cazuela de vacuno, son mis platos favoritos.

En Concepción recuerdo la Séptima compañía de Bomberos en el Parque ecuador, donde comí los mejores perniles, y lugar al cual fui bastante a menudo.

Diego Padilla

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Carlos Boné Riquelme 

A Diego Padilla Fuller lo conocí. Todo el mundo en la ciudad conocíamos a Diego desde niño. Igualmente, a las tres hermanas, las cuales siempre andaban juntas. Recuerdo a la madre de Diego, pero ella falleció y Diego y las hermanas quedaron solas. No creo que haya sido una época fácil para ellos, pero, aun así, las hermanas estaban siempre risueñas y contentas; y Diego era la imagen de la alegría y el optimismo.

Diego era un muchacho delgado, no muy alto, de claros ojos azules que le bailaban en las órbitas con una chispeante mirada que siempre te contagiaba de algo llamado esperanza.

Nunca lo escuché quejarse, aunque en momentos supe que lo pasaba mal. Pero Diego era resiliente al igual que su familia. Ellos vivían en una vieja casa en Rengo o Lincoyán casi al llegar a Freire que perteneció a la familia por mucho tiempo.

La familia de Diego era antigua y fue muy respetada por su historia en Concepción. Pero como le pasó a muchas familias, incluyendo la mía, por malos negocios o decisiones, el dinero desapareció quedando solo la rancia prosapia que no ayuda a pagar las cuentas.

Pero Diego era parte del panorama penquista, y por supuesto, aunque menor que nosotros, pertenencía a aquel lugar llamado "el Astoria".

Más tarde, yo ya casado y dedicado de lleno a mi trabajo de “Falte”, o sea, vendedor ambulante, necesité alguien que me ayudara y así lo dije alguna vez en algún lugar y Diego me escuchó y se ofreció.

Llegamos a algún acuerdo del tipo económico, y con mi amigo Pedro Riquelme, que también trabajaba conmigo, junto a Diego, recorrimos la zona vendiendo, desde Lota a Coronel y Shwager, de Chillan a Cabreo y Bulnes, sin dejar a atrás Florida.

Diego siempre andaba bien vestido, no elegante pues la situación no lo permitía, pero lo recuerdo con un traje de dos piezas, azul, sin corbata, pero con la camisa abierta al tope.

Nos ayudaba a cargar los bolsos y cajas; nos ayudaba a vender, y así descubrí que Diego tenía un talento innato para llegar a la gente.

Sería ese aspecto de niño inofensivo, y quizás, ese carácter alegre y divertido que nunca le faltaba, pero las clientas lo querían mucho.

Y así compartimos montones de cosas con Diego. Como algún día que andábamos vendiendo en Florida pues allí teníamos unas escuelas donde nosotros llegábamos a ofrecer diferentes mercancías y les vendíamos a las profesoras y ayudantes, recolectando el dinero a final de mes.

Pero en aquel funesto día, nos hicimos amigos del director de la escuela, un hombre simpático y campechano que nos invitó entre venta y venta a tomar “una copita de chicha” que al final se transformó en varias botellas, dejándonos a los tres en un estado calamitoso. Y no teníamos opción, teníamos que volver a la escuela pues toda la mercancía estaba expuesta en una de las salas.

Y cuando llegamos, la sala estaba llena de profesores y empleados que rápidamente se dieron cuenta por el bamboleo y el olfato de nuestra precaria situación alcohólica. Está de más decir que el Director desapareció como ratón saltando por la borda de un barco en naufragio, el cual éramos nosotros, y nunca más tuvimos acceso a esa escuela.

Con Pedro y Diego luego nos reíamos y lo tomamos como una anécdota, pero eso me dio una lección: No confiar en los directores de escuelas rurales.

Diego pasó a ser parte de la familia. Él llegaba por mi casa y metiéndose a la cocina le pedía a la cocinera que le preparara café y un sándwich a lo cual la Sra. Rosa accedía encantada.

Y si ella le veía un botón menos, un rasgón en la ropa, se lo remendaba inmediatamente. La verdad es que Diego tenía más poder en mi casa que yo. Mi esposa lo quería pues además Diego era servicial. Si alguien, no solo nosotros, cualquiera, necesitaba algo, Diego no vacilaba en ofrecer su ayuda.

Y allí estaba siempre con su buena disposición ayudando al que lo necesitara sin reparar en sus propias necesidades.

Diego no pedía nada para él. Y yo sabía cuánto lo necesitaba, pues tenía además ese orgullo de las buenas clases que no quería que nadie supiera de sus desventuras. Y las mujeres lo querían. Lo buscaban. Y así diego tenía su harén. Pero nunca hablaba de sus conquistas. Él era un caballero innato. Y aunque a veces yo le trataba de tirar de la lengua, Diego callaba sus aventurillas sin soltar ni siquiera un cochino detalle.

Mas tarde trabajaríamos junto a Juan Navarrete, el cual físicamente era muy parecido a Diego, así que los confundían por hermanos, y Juan que era muy bromista le corría chistes que a Diego lo avergonzaban pues él era muy discreto. Poco amigo de los garabatos. Nunca lo escuché decir muchos. Y era católico. Creyente de esos pechoños.

Asi que hoy, que Diego ya nos dejó hace mucho espero que este sentado a la diestra de aquel que nos creó haciendo lo que él hace tan bien; alegrar la vida y alivianar el espíritu…

¡A despertarse, señor!

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Carlos Bone Riquelme

Despertaba yo cada mañana con el sonido de la radio, y la voz de aquel locutor que nos gritaba, "a despertarse señor…", y era el programa radial más escuchado en Curicó, Talca y Linares por aquellos 1961. Radio Lautaro de Talca con su animador matutino, Alfonso Fernández, y aunque este grito significaba la hora de levantarse para comenzar las labores diarias, era también el aviso de la música que venía acompañada del sonido de una campanada, y las conversaciones que alegraban los monótonos días del invierno pueblerino.

Durante mi enfermedad, hepatitis, que contraje debido al excesivo consumo de palta, o aguacate que nos mandaba mi tío de Peumo, y que me postro en mi cama por alrededor de tres meses, me acostumbre a escuchar este programa cada mañana. Entre inyección e inyección, las cuales eran dos o tres cada día lo cual dejo mi trasero inflamado, y por lo cual, mis padres me compraron un “donut” de caucho inflable, evitando así el contacto de aquella delicada parte de mi anatomía, con la áspera sabana, mi único consuelo era la voz y comentarios de aquel animador de esta radio de Talca.

Y así esperaba ansioso el sonido de aquella campanada que anunciaba el inicio diario de este programa. Y como yo lo pedía, al final, toda la familia se hizo adicta a este programa matutino.

Cuando finalmente sané, mi padre como regalo por haber soportado esos largos meses de enclaustramiento, que por lo demás fue durante el periodo del mundial de futbol que se realizó en nuestro país y que yo escuchaba desde mi habitación, con los aullidos de mi padre celebrando cada gol de Leonel Sánchez, las jugadas de Carlos Campos, o del Chita Cruz, o de Godoy, o de Tobar, me ofreció cumplir algún deseo acumulado en aquellos largos días de leer a Condorito, Flash Gordon, o novelas de Jack London como Jerry de Las Islas.

Y mi sueño era conocer al locutor del programa que me mantuvo heróico frente a la jeringa diaria, y los platitos de insípida sopa de la dieta prescrita por el odiado doctor.

Y así, un día de verano, partimos todos, y cuando digo todos, me refiero a mis padres, y mi hermana Liliana, montados y apretujados en la cabina de "la burra", la cual era la camioneta GMC de mi padre, llamada así por su color gris, con una cabina cerrada en la parte posterior, y el logo de una corona con el título de “Mis Clairol”, firma de la cual mi padre era distribuidor.

Salimos una mañana luminosa y con un agradable calorcillo, a pesar de lo temprano, rumbo a Talca.

Y llegamos a la radio desde donde se transmitía ese programa, compañero de enfermedad, y entramos al auditorio que era una sala rectangular, de color crema, con ventanas en un lado que daban a un patio trasero de alguna casa, y un gran vidrio al frente donde se podía apreciar un micrófono brillante, de metal, colgando de un cable negro.

Los asientos eran unas bancas de madera, y solo unos cuantos espectadores, que no llenaban ni la cuarta parte de la Sala, esperaban impávidos el comienzo del programa.

Yo ya me sentía decepcionado, no sé qué sería lo que imagine que encontraría, pero la pobreza del estudio me causó estupor.

De pronto, un hombre común y corriente, medio gordito, de pelo negro y bigote recortado a lo Javier Solís, se sentó y cogiendo el micrófono con una mano, sin dar una mirada a su audiencia, con la mano libre sacudió una varilla de aluminio y la golpeó contra un triángulo del mismo metal, y se escuchó el sonido vibrante de una Campanilla, al mismo tiempo que el hombrecillo gritaba en el micrófono, "a despertarse señor…”.

 

Se desvela el misterio de Quena

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Carlos Bone Riquelme 

Fue en diciembre de 1959, en una de nuestras estadías en Concepción y estando de visita en casa de mis abuelos maternos, que mis tíos de USA súbitamente aparecieron.
 
Debo aclarar que nosotros, mis padres, mi hermana Lili y yo, residíamos en ese momento en Santiago, la capital de este largo y pedregoso país llamado chile.
 
La casa de mis abuelos estaba localizada en Castellón esquina de Chacabuco, en una vieja casona que ya fue derruida hace mucho. Chacabuco por ese tiempo era una calle empedrada y angosta, con casas de uno y dos pisos a lo largo y ancho de ella; en esa esquina recuerdo, en frente de la de mis abuelos, una bella casona, muy señorial, de dos pisos y con un balcón de forma redonda, decorado con pequeñas columnas blancas.
 
Se contaba la triste historia de un muchacho joven que se suicidó allí, y la verdad, no recuerdo haber visto a nadie entrando o saliendo de ella.
 
Una cuadra, camino a la estación esquina Colocolo, había un gran almacén de abarrotes en toda la esquina, al cual era una aventura entrar, pues el lugar estaba lleno con sacos de productos del país, frijoles, lentejas, arroz de grano quebrado, harina, además de infinidad de tarros brillantes con etiquetas estrambóticas, que me transportaban a un mundo imaginario, y entre los cuales yo corría, escondiéndome, e imaginando estar en misteriosos lugares que solo conoci en mis sueños.
 
No puedo definir el olor que se sentía alrededor, pero si recuerdo al almacenero con su balanza sobre el mostrador, y la luz mortecina que alumbraba el lugar.
Desde allí, camino al parque Ecuador, vivía una gran amiga de mi abuela materna, la tía Anita Palma, cuyas hijas habían sido compañeras de mi madre y mi tía Carmen en la Inmaculada de Concepción.
 
De esa casa recuerdo un gran pasillo iluminado y lleno de plantas y flores. Al final, un jardín, donde se mezclaban los helechos, con rozas y jazmines, y donde yo retozaba con un perro, creo que era un Cocker Spaniel, mientras las dos amigas conversaban sentadas en un cómodo sillón, al lado de un gran ventanal.
 
En cambio, la casa de mis abuelos no era muy grande, pero si, bastante cómoda. Tenía varias habitaciones, con un gran comedor, y una sala al medio de la casona, con una pieza de estar donde se compartían los momentos familiares más íntimos. También tenía un pequeño patio donde mi abuela plantaba rozas y claveles los cuales regaba con cariño cada día.
Pero volviendo a mis tíos, ellos que residían por mucho tiempo en USA, llegaron repentinamente de vacaciones causando gran alboroto, y deteniendo la rutina diaria.
 
Venía con ellos nuestra hermana Quena, desaparecida en aquellas misteriosas circunstancias que ya he mencionado anteriormente.
 
Quena, que en este tiempo ya tenía 12 años al igual que Lili, inmediatamente volvieron a congeniar, pero la verdad es que a mí no me causo gran sorpresa, o curiosidad esta súbita aparición de ellos, y no recuerdo haber reaccionado a este cambio de rutina; y tampoco recuerdo haber interactuado con ellas.
 
Mi vida siempre fue más solitaria, perdida en mi imaginación, y sueños que me alimentaron desde siempre gracias a las historias que mi abuelo llevaba a casa. Para mi todo siguió igual, y hacienda caso omiso de esta contingencia, yo continue mi vida entre mis abuelos, padres y tíos como si nada pasara.
 
Liliana compartió habitación con Quena, donde lo que más me sorprendió, era la cama de dos pisos, una litera comprada para la ocasión; y por supuesto las deliciosas cenas y almuerzos compartidos en el comedor que se usaba solo para las grandes ocasiones.
 
Allí, por conversaciones que mucho más tarde, siendo adulto, pude entender, supe que mi padre, siendo oficial de ejército no tenía una gran paga, y uno de los beneficios ofrecidos a los oficiales, eran casa y comida.
 
Pero, además, ellos, mis padre, les gustaban las fiestas, y aparentemente nosotros quedábamos al cuidado de un ordenanza, mientras ellos se divertían, lo cual causo que mis abuelos le sugirieran a mis padres, para aliviar la situación económica, que le dieran a uno de nosotros a mis tíos que querían adoptar.
 
No sé cuál sería la reacción de mis padres, y más alguien me ha contado que hubo presión de parte de la familia para tomar esta determinación, pero una conversación con mis tíos, ya pasado los anos, y estando yo en USA, ellos me contaron que la situación económica de mis padres, mi madre no trabajaba, no les permitía tener tres hijos.
 
La verdad, es que ellos solo tuvieron dos, planificados, pero siete años más tarde, llegue yo, de sorpresa, y eso causaría grandes apuros económicos, a pesar de la ayuda de mis abuelos paternos y maternos. Y así, Quena, desapareció rumbo al país del norte, a la “la Yuma”, como la llaman los cubanos.
 
Fue la segunda ola de inmigrantes aquel país del norte, que con el pasar del tiempo, se transformaría en nuestra segunda patria.
 
Volviendo al año 1959, y a la casa de mis abuelos, el comedor tenía una gran mesa central que se cubría con un largo mantel blanco de lino, decorado con finos bordados de colores hechos a mano, y que hacían juego con las servilletas que reposaban sobre la fina vajilla de porcelana, “Bone China”, era esta vajilla que con el pasar de los anos descubriría algunas historias sobre esta.
 
La vajilla era también blanca, pero con dibujos bellos, delineados en suaves celestes, azules y amarillos, y con pequeñas tazas de orejas rococo. En los platos pequeños se servía la entrada consistente de verduras, a veces con algunos mariscos o jamones de aquellos con un blanco borde, comprados por supuesto en el “Emporio Alemán”.
 
Luego venia la sopa, que llegaba humeante y olorosa, también servida en un gran contenedor de porcelana, y que se servía en pequeños y oblongos platos con un fino cucharon de plata.
 
Los pequeños esperábamos ansiosos el plato de fondo, como le llamaban, que consistía en carnes asadas con papas doradas cubiertas en perejil. Y finalmente, a pesar de los estómagos satisfechos, llegaba el postre que más de alguna vez fueron unas ciruelas al jugo que llamaban mi atención por lo negras y por su sabor casi amargo, pero no detestable como anunciaba el color oscuro de estos frutos; o si teníamos suerte, un delicioso arroz con leche preparado en casa y espolvoreado con canela.
 
Mas tarde, el café, el cual los muchachos no recibíamos “por ser muy chicos”. Y mientras los adultos se reunían a descansar en la sala acompañados de algún licor de manzanilla o menta para las damas, y los hombres un Scotch, nosotros jugábamos en el patio y luego éramos llamados a la siesta obligatoria a la cual nos resistíamos, pero después de alguno cariñosos palmetazos sucumbíamos inexorablemente a esta demanda.
 
Quedo un recuerdo de este tiempo para la posteridad, una gran foto familiar donde creo que fue la última vez que estuvimos todos juntos. La familia De La Barra, Enríquez de Rozas, Bone Riquelme, Bone Spencer, Riquelme Enríquez, Zevallos Riquelme, y Riquelme Zamudio…
 
Estas apariciones de familia se repitieron quizás unas tres o cuatro veces más en diferentes circunstancias, pero nunca causando mayor alteración en mi rutina diaria.
 
Las apariciones y desapariciones eran como mágicas y naturales dentro de mi vida llena de personajes mitológicos que se desenvolvían en mi mente y luego convergían alrededor de mi persona sin interrupción.
 
Para estas ocasiones, llegaban también mis otros tíos, el rotario con la tía Liliana Zamudio, que vivían en alguna parte lejana de Chile debido al trabajo del tío en el banco del estado, pero que al igual que el resto de mi familia aparecían a veces y luego desaparecían sin dejar rastro alguno.
 
Y así pasaron las navidades de 1959 y empezó el verano de 1960, pero como se esperaba, un día cualquiera, mis tíos y mi hermana desaparecieron, o se esfumaron pues no lo los vi partir. Todo volvió quedar en silencio, con solo la cocinera y la muchacha de la limpieza moviéndose alrededor de la casa.
 
La única muestra de que ellos, mis tíos, fueron reales, eran las monedas de cobre, los “pennies”, de origen desconocido para mí, que quedaron relegadas en los cajones, y eso me aseguraba que de alguna manera ellos habían existido y que el episodio no había sido un sueño.
 
Pasaría mucho tiempo, hasta 1966, que una nueva aparición de mi hermana en casa volviera a repetirse; e igual que la vez anterior, solo fue como una nube que se disolvió luego de algunas tormentas. En esta segunda oportunidad dejo atrás varios long-plays de Mamas & the Papas, que lo heredaron mis tíos Mario y Juanita Zamudio, y de algunos otros cantantes, como los Monkeys, que cantaban en un lenguaje estrambótico que a veces yo escuchaba en la sala, pero que no me gustaban. Yo aún estaba prendido, a esa corta edad, a los boleros y tangos…

Plaza Independencia

P

Carlos Bone Riquelme

La Plaza De La Independencia se encuentra ubicada en el centro de Concepción, rodeada de viejos tilos y con una pileta de agua donde danzaban indecorosos algunos peces de colores.
 
Junto a la pileta se encontraba una estructura desde donde se realizaban ritualmente, todos los domingos, la retreta familiar encabezada por el Orfeón del Regimiento Chacabuco y dirigida por el inefable Adriano Reyes.
Nosotros, los niños, esperábamos ansiosos, después de la misa, el sonido estridente de la música desfilando por Barros Arana en dirección a la plaza.
 
Mientras tanto, nuestros padres se sentaban en las bancas de madera, escuchando el sonido melindroso de los organillos, y saboreando un poco del maní confitado, comprado de aquellos barcos de latón ennegrecidos por el humo del carbón, y que vendían tanto maní como algodones de colores que se deshacen en la boca con sus azucares de sabores.
 
Las palomas se movían plácidamente en medio del gentío dominical, y los paseantes les dejaban su espacio hasta que más de algún chicuelo las correteaba en un juego que las palomas parecían conocer de memoria pues después de algún batido de alas volvían a regresar a los mismos lugares donde seguían nerviosas picoteando el suelo.
 
En la calle O’Higgins, mirando hacia el Portal, se apreciaban las Victorias con su negra cubierta que protegía a los pasajeros, y con sus caballos meneándose inquietos mientras esperan algún cliente.
 
Y allí aparecía la banda desde Barros Arana marchando marcial en dirección al edificio central, el quiosco, y por un momento, el mundo pausaba su andar, mientras la gente escuchaba embelesada los sones de alguna canción popular que a veces era coreada por los mismos soldados.
 
El sol se batía helado en esas primaverales tardes dominicales, pero no nos importaba. Y más de alguna vez, terminamos con la familia en el Baccarat degustando una primavera “sin alcohol” mientras nuestros padres bebían un Pisco Sauer espumante o una Vaina cremosa espolvoreada de Canela, que se amortiguaban con los pequeños y deliciosos canapés cubiertos con esos rojos pedacitos de pimentón.
 
En aquella hora ya se habían comprados las empanadas rituales en el Viejo “Claramunt”, más tarde seria, “Le Cordón Bleu”, y nosotros los más pequeños soñábamos con la matinée en el cine “Ducal”, antiguo, “Roxy”.
 
Y así corrían los domingos de nuestra ciudad-pueblo, donde todos se conocían y donde todos éramos familia.
 
En esa misma plaza fuimos testigos, desde un pequeño televisor Bolocco de 12”, de la llegada del hombre a la luna. Que nos llegó en blanco y negro, y la imagen era tan pequeña pero la emoción tan grande.
 
Ese era el Concepción antiguo, con la “Fuente de soda Palet”, con el “Quick Lunch”, la “confitería Congo”, “el Pujol”, “el Quijote”, el “Mocambo”, el “Nuria”, la sala de té “Palet”, la más elegante en Concepción, más tarde seria “La Hormiguita”, y el “Llanquihue” con sus deliciosos Hot-Dogs.
 
Y debo reconocer que yo soy un fanático de los perros calientes. En cada lugar que he visitado, he corrido a esos puestos callejeros y he probado uno, reconociendo con decepción, o quizás con renovada alegría, que los del Llanquihue eran los mejores, inevitablemente.
No fueron superados por el conocido.” Domino”, de Santiago o. “el León”, de Viña del mar.
 
Y así, cada vez que regreso a Concepción la nostalgia me invade pues ya nada es igual, como tampoco son lo mismo los jamones y embutidos del, “Emporio alemán”. Hoy, ya cerro también, “Pastelería Saure”, la vieja pastelería de los hermanos Saure.
 
Fui amigo de uno de los hermanos, el gordo Roberto Saure. Un personaje que ya recordare con la misma nostalgia con que hoy recuerdo otros lugares y otros personajes como la querida Carmencita Páez de la “Botonería Carmencita”. O Vilma Papas de la, “reparadora Gina” y “Parlare”. O Eudaldo Anglada del “Gongs coctel grill”. O Miguel Torregrosa de, “la Tranquera”, y el “hotel Bio- Bio”; o los hermanos Marzano dueños del “Nuria”, donde tantos perros muertos hice, y que luego le cobraban, sin que yo lo supiera, a mi abuelo, o a mi madre.
 
Ellos me dejaban arrancar, y creyendo que yo era el más vivo de este cuento, luego me enteraba que era el más tonto.
 
Lo mismo hacia el dueño de la Fuente Alemana. Y algunos otros que me conocían y que compadecían a mi madre por el descarado de hijo que tenía.
 
Recuerdo “la Hormiguita”, salón de té donde pase muchas horas saboreando los deliciosos pasteles “achantillados”; como olvidad esas, “selvas negras”.
 
Mis recuerdos me llevan a muchos lugares, algunos no tan sacros como la, “Boîte Olga”, donde muchas noches ya pasados de copas terminamos alguna fiesta en compañía de las primas, encantadoras y comprensivas, más comprensivas que nuestras novias y que escuchaban nuestras penas de amor con interés exacerbado por la cuenta que la vieja Uve nos presentaría inexorablemente.
La “Boîte Nubia”, la que secundaba a la tía Olga.
 
Hace unos días recordaba al, “cacharro Tibaud”, gran boxeador y contador de chistes, quien decía que a la Uve solo le bastaba apretar un cheque bajo el sobaco para saber si tenía fondos.
 
“La Capilla”, el “Castillo”, la “chichería”, el “Molino”, el “Rincón de Fito”, y tantos otros lugares donde separamos los días de las noches y donde dejamos el invierno escapar lento pero seguro.
 
Nuestro Viejo Concepción se perdió en los sueños de Túneles Morados de nuestro consagrado escritor Daniel Belmar, al que algún día visite con Solveig Belmar, y donde el me mostro su viejo libro de visitas con firmas y poemas inéditos de Pablo de Rokha, o Pablo Neruda, o Violeta Parra.
 
Leí ensimismado palabras que resonaron desde lejos, de ellos y tantos otros que adornaron su mesa en aquellos cuarenta y cincuenta, bohemios y poéticos.
 
Y así, cuando regreso a Concepción, regresos que son inevitables, pero decepcionantes, pues los viejos lugares han ido cerrando, y los viejos edificios con sus casas señoriales fueron demolidas para dar paso a edificios altos con balcones floreados, pero sin historia que contar.

Night and Day

N

Carlos Boné Riquelme

Las noches y los días se confunden en un solo correr de las horas, que casi no dejan respirar. Caminando por Las Heras en dirección a Castellón entre baldosas quebradas y veredas estrechas, no puedo dejar de admirar los adoquines de la calle que se curvan al llegar al borde de la acera, mientras un carro que transita lento debido a los golpeteos de los neumáticos contra ellas se detiene por un momento en una esquina dejando descansar por un segundo a su conductor, que después de inhalar un poco de aire, se atreve a seguir por estas calles que aún recuerdan las avenidas de principios del siglo veinte.

Giro rápidamente en la esquina de Castellón y veo como una pendiente suave que me lleva quizás más rápidamente a mi destino; allí queda la vieja casa de pensión donde mi “cumpa” Pedro Navarrete vivió en aquellos tiempos de universidad. Mas abajo, la calle Carreras me espera con sus carretones que se mueven con su carga en diferentes direcciones, mientras las desvencijadas micros que unen los puntos cardinales de la ciudad y sus alrededores, le hacen quite entre murmullos y gritos procaces.

Carreras aún se extiende estrecha, aunque ligeramente más amplia que las calles del centro de la ciudad. El comercio se desparrama entre casas particulares y carretones de la panadería “penquista” que se reparten por los múltiples barrios de Concepción. Llego hasta la esquina de Barros Arana donde aun esta el hotel City con sus ventanales de vidrios grandes, y aquellas casas que datan de comienzos de siglo y que dan alojamiento a una librería y al restaurante “Cyros”, mientras el edificio de los tribunales se alza imponente mostrando su curvatura impúdicamente a mi mirada que se desliza a la entrada de aquella galería que recorre desde Castellón a Barros.

En ese oscuro corredor alguna vez estuvo la compañía de electrodomésticos llamada “Electrolux a la cual representamos con mi amigo Pedro Riquelme Bastias,”. El tiempo nos ha dejado adelante mientras él se pierde en la distancia de los recuerdos, en aquellos momentos que me pasean por un Concepción que ya no existe.

Cada vez que regreso a esta ciudad que me abrazo en mi adolescencia y luego me eructo en los 80 hacia Miami, siento algo que es mezcla de emoción pues me parece encontrar en cada esquina a algún amigo, quizás un pariente, o conocido, de esos que solo forman parte de la hilera de memorias que pueblan mi mente. El tío José caminando lento, con su sombrero “jipi-japa” y su bastón de mango metálico hacia la plaza.

Me choco con el “tío”, aquel muchacho alto, delgado, de ojos claros al cual le faltaban los dientes delanteros y que, apuntándome con una pistola de plástico, me gritaba desde detrás de uno de los carros estacionados a lo largo de la vereda, “te mate tío, te mate”. Los hermanos Montana parados a la entrada del edificio Tucapel.

La pastelería “Roggendorf” casi al llegar a Tucapel, chocándose con el “liceo Santa Filomena”, y al frente, la casa donde vivía nuestra profesora de música, la señorita Gneco. Mas allá, las ruinas que aún estaban del antiguo teatro Concepción, del cual solo quedaban las escalinatas, en las cuales yo solía sentarme en los días soleados, y el edificio parcial, donde en el tercer piso funcionaba la sala de ensayos de Teatro de la Universidad de Concepción (TUC).

Al frente, el hotel “Splendid”, al cual no se puede dejar de recordar por sus “bistec a lo pobre”, los mejores de la ciudad. A lado, el cine “LUX”. A la vuelta por Orompello, la compañía de bomberos. Posiblemente aun sobrevive por necesidad ciudadana. El resto de mis recuerdos se ha ido despoblando junto con la llegada de la “modernidad”. Nuevos edificios, quizás un “mall”, mas allá, una AFP, y más de algún café.

Nada es lo mismo, me repito incesantemente. Tampoco encuentro las caras conocidas que solía ver en mis días vagando por el centro. Los hermanos Jarpa, los cuales caminaban rápido y semi encorvados, pero sin dejar de hablar y mirar rápidamente a su alrededor. Carlos Quinteros con su tostado y aire tropical que más de algún mal rato le jugo después de 1973. Romilio Romo, saliendo de su apartamento en el vientre de un edificio en Tucapel y la Diagonal.

Pero aun caminan esas calles los cientos de estudiantes de la Universidad que son parecidos a aquellos de esos tiempos. Los estudiantes tienen la capacidad de trascender el tiempo y los recuerdos con sus cuadernos apretados al pecho, o colgando de cualquier bolsón o morral, mientras más de algún “pucho” se balancea de los labios. Y a lo lejos, la Plaza Perú. Todos estos lugares los he recorrido Day and Night, aun en mis sueños. Como la canción de los Beatles.

El tata y la nona

E

Carlos Boné Riquelme

No crecí en un barrio, sino en muchos. Pero había alguien que me amarraba a la superficie de mi existencia: Mis abuelos maternos. El “tata” era abogado de profesión, sacerdote de corazón, y campesino en naturaleza. Y él me dejo los más bellos recuerdos de mi niñez.

Cuántas horas pase escuchando sus innumerables historias de las cual hasta hoy en día tengo recuerdos y que por supuesto he traspasado a mis hijos.

Pero en aquellos años 1966 y 67 vivimos en los altos de su apartamento rentado en Diagonal Pedro Aguirre Cerda 1167, Concepción, Chile.

Yo estoy convencido, hasta hoy, que mi tata fue el único abogado pobre, que no ganaba mucho dinero, que he conocido en mi vida. No me atrevo a decir el más honrado pues había, y aún los hay, muchos abogados decentes y honrados. Creo que hoy, increíblemente, aún los hay.

Yo lo sentía salir a trabajar alrededor de las cinco de la mañana, invierno o verano, con lluvias, tormentas y terremotos. Nada detenía su paso corto pero rápido hacia la vieja y desastrada micro que corría de Concepción a Lota, coronel y Schwager, las ciudades más trabajadoras y pobres que yo he conocido.

Creo que ahí aprendí que trabajo y riqueza no van necesariamente de la mano. Y mi abuelo también lo sabía. Por eso toda su vida fue Radical, aunque no continuó el viejo dicho de mi país, Radical, borracho y Bombero. Mi abuelo nunca fue Bombero, y tampoco borracho, aunque si le gustaba una cerveza fría, de las cuales guardaba una buena provisión bajo el viejo refrigerador “Frigidaire”.

También, después del almuerzo del domingo, degustaba un “Ballantines”, “on the rock”, fumando un delgado y apestoso “Tiparillo”.

Nunca dejó de trabajar como abogado defendiendo a los más pobres y desvalidos, pues el me repetía: “todos merecen una buena defensa, aunque no tengan dinero”. Y mi abuela protestaba pues el dinero para la renta escaseaba, y los clientes de mi abuelo solo pagaban con sacos de porotos, lentejas, y pollos, por lo que la comida en casa de mi abuelo nunca fue escasa. “Tenemos que pagar la renta, Osvaldo, le tienes que cobrar a tus clientes”, decía mi abuela en una letanía repetida todos los meses, y mi abuelo contestaba plácidamente: “ellos no tienen dinero Carmela, no te preocupes, Dios proveerá”, y me parece que Dios pasó mucho tiempo ocupado con los rezos de mi abuela, pues nunca faltó el dinero para pagar la renta al dueño del edificio, otro gran abogado de Concepción llamado Misael Inostroza, aunque con clientes más adinerados.

La familia Inostroza habitaba en el primer piso, y yo, desde mi elevado cuarto piso, en aquellas melosas tardes de verano, los veía desde mi balcón reunidos en el patio trasero del apartamento. Coincidentemente, el editor de mi primera novela llamada “Viví lo que viví “, Oscar Aedo, es pariente de ellos.

Los veranos con mi abuelo eran siempre de aventura, pues él, cada verano, compraba un carro, generalmente destartalado y desvencijado, pero capaz de las más inimaginables proezas a las cuales mi abuelo lo sometía, Y así, inexorablemente el domingo, al cual yo esperaba ansioso, nos montábamos en la “carcacha” de turno y salíamos sin rumbo fijo: “a donde el camino nos lleve”, decía mi abuelo; así, muchas veces nos perdimos en caminos polvorientos con casas de tejados descoloridos y puertas desvencijadas dando pábulo a historias que con el tiempo han sido magnificadas en mi memoria.

Mis recuerdos aún esta repletos de hoteles en pueblos perdidos de la mano de Dios, donde yo lavé mi rostro en jarros de porcelana, con una palangana del mismo material. Así mismo comíamos en los más diversos y variados lugares, generalmente casas de pobladores o pescadores, que nos acogían en sus hogares como una extensión más de la familia.

Recuerdo sabrosas cazuelas de gallina cocinadas en ollas de barro y sobre un fuego que dibujaba trazos oscuros en las murallas de greda y ladrillo. O quizás un cocimiento de cholgas en la isla de Tubul, la vieja isla a la que se cruzaba en un bote viejo y destartalado que nos mecía húmedo en sus olas de cresta salada. Recuerdo preguntar a mi abuelo, sorprendido por la cantidad de gente que el conocía: “y este quién es…?”, y mi abuelo contestaba: “son los Gonzales, hijos del Viejo Gonzales…”, y yo abría los ojos con orgullo y satisfecho de ver que mi abuelo era un personaje…claro que nunca comprendí la mirada y el guiño que mi abuela hacia a mis madre y hermana después de cada una de estas serias explicaciones. Mis padres se reían, y mis tíos y hermana miraban recto afuera por las ventanas sucias del coche.

Fueron estos, quizás, los momentos más tibios de mi niñez, los que me marcaron fuertemente con una imaginación vivida que caracoleaba por senderos desconocidos y que me impulsaron hacia la lectura. Y así, un día que no recuerdo, descubrí el mundo de la literatura; y los libros pasaron a ser una extensión de mí persona; una parte inherente de mis emociones, y el lugar secreto donde me escondía de la realidad. Eran el motivo, y la razón de donde yo podía viajar por lugares misteriosos con, “Sandokan, el tigre de la Malasia”, o correr las aventuras de “Jerry de las Islas”, o recorrer la historia con “Adiós al séptimo de Línea”.

Leí con avidez de hambriento, recorriendo las bibliotecas y haciéndome conocido de las mujeres que las atendían, como la tía Teresa De Águila, la amorosa y querida directora de la biblioteca Municipal, a las cuales secretamente yo envidiaba, pues eran las custodias de estos sacros lugares llenos mundos desconocidos.

Leí sin ninguna organización, saltando de los románticos a los filósofos, y después a los filósofos existencialistas como Sartre, llenando mi cerebro de imágenes disimiles, de mundos exóticos, de ideas emocionantes. Mis días escolares eran una tortura, hasta el momento en que podía escapar y ser libre, correr a la biblioteca municipal a donde llegaba tembloroso de ansiedad, donde las custodias de mis sueños me dejaban pasar y elegir los libros, pues ya no eran capaces de dirigir mis pasos entre los anaqueles llenos de volúmenes polvorientos. Y ahí, solo entre miles de autores, mis pasos se aquietaban, mi pulso disminuía y mi atención se limitaba a lo que mis manos recogían, y al olor que exudaban esas cubiertas negras.

Cuántas tardes pase sin reconocer el tiempo que se iba. La luz solo existía mientras yo podía leer y perderme en esos mundos ajenos, pero míos.

Regresaba a mi hogar sumido en una nube que me envolvía llena de países extraños y personajes mitológicos. Y siempre cargaba bajo mi brazo un libro que ansioso leía hasta altas horas de la madrugada. El día solo era un intervalo entre lectura y lectura…nada más existía para mí; y me refugiaba de la realidad casi con rabia, pues deseaba vivir esas líneas, esos párrafos, conocer esos personajes extraños que se movían en áureas exóticas. ¡Que poco imaginaba yo lo que el futuro me guardaba…! Y claro, mi madre ya no tenía tiempo para mí o mi hermana Lili. Quena había desaparecido bruscamente de nuestras vidas, pero entre tanta mudanza, quizás yo creí que se había perdido en alguno de los lugares o casas donde vivimos. No recuerdo haber preguntado sobre Quena, y acepte su desaparición como una cosa casi natural. Debo explicar que mis hermanas eran siete años mayores que yo, así que esa brecha generacional también fue conspiradora de este olvido. Tampoco recuerdo a Lili mencionándola, y las dos eran de la misma edad, así que como deducción lógica pensé que, si Lili aceptaba esta desaparición con tanta naturalidad, poqué yo no. Entonces, la borre de mi memoria como si solo hubiera sido un fragmento de mi imaginación. Y así no la vi hasta mucho tiempo más tarde; y cuando la volví a encontrar, y el misterio se desveló, pero fue menos emocionante de lo que hubiera imaginado. Lili por lo demás estaba ya en la adolescencia y su interés en los chicos era mucho más que su interés en este hermano tan extraño y distante. Mi madre me veía como una transparencia a la cual de cuando en vez había que atrapar, así que, entre ambas, sin darse cuenta, me dejaron el espacio para poder escapar.

Solo quedaban mis abuelos y ellos eran mi única realidad. Mi abuela era seria pero bondadosa. Alta y delgada, siempre con los brazos llenos de claveles que eran su flor preferida. Su pelo era corto y gris y un chaleco colgaba siempre de sus hombros mientras le daba órdenes a la cocinera, o mientras caminábamos por el mercado entre los cientos de aromas germinados de cada puesto entre los gritos de los vendedores que llenaban el cielo verdoso de la vieja estructura de metal y vidrio. Lo recuerdo vívidamente, yo de la mano de mi abuela parado frente a los puestos llenos de manzanas, rojos tomates, mezclados con los verdores de los espárragos y lechugas y los olores variados penetrando mi olfato en una explosión de sensaciones. Allí estaban los sacos repletos de aceitunas negras las cuales inexorablemente yo alcanzaría con trémulos dedos.

Cuántas veces acompañé a mi “Nona” a los almacenes de barrio donde los sacos de porotos, de lentejas, los frascos llenos de azúcar, sal, o arroz se acumulaban en los mesones de madera vieja y resquebrajada; esto fue mucho antes de que los modernos supermercados invadieran la ciudad con sus modernas y frías vitrinas de alientos congelados, con sus vegetales y frutas empacados en plástico transparente. Este era aún el tiempo cuando por las calles empedradas corría el carretón del pan y de la leche tirados por caballos flacos repartiendo sus productos en los barrios donde las amas de casa o las empleadas se congregaban a comprar los productos mientras conversaban de los acontecimientos diarios.

Mas atrás, el grito del afilador de cuchillos, el del zurcidor de medias, o del viejo marino, al que siempre mire con desconfianza por sus pierna chuecas y por el gran saco que cargaba con dificultad en sus hombros mientras recorría los barrios de clase media comprando la ropa vieja.

A veces en las tardes, un canto fuerte y con una voz profunda nos estremecía: “manzanas, manzanerito, manzanas del manzaneroooo…”, era el tiempo de los días transcurriendo lento, con los estudiantes de la Universidad caminando en grupos o solitarios rumbo a sus pensiones. Yo me asomaba a la ventana desde donde veía pasar el mundo, y desde donde escuchaba el viejo reloj cucú de mi abuelo dar las campanadas que marcaban las horas; eran las siete de la tarde, y la puerta se abría, y mi abuelo entraba trayendo consigo un ramalazo de felicidad; yo corría a abrazarlo, y mi abuela ya estaba sonriendo pues su figura regordeta y su sonrisa blanca alegraban lo que quedaba del día.

Valparaíso 1954

V

Carlos Boné Riquelme

Yo nací una noche de crudo invierno en Valparaíso, Chile, mientras la lluvia y el viento azotaban las ventanas del hospital Van Buren.

Esto fue como un presagio de lo que sería mi vida, una continua tormenta. Y mi padre desde el pasillo, miraba el mar agitado en la bahía mientras los gritos de mi madre se confundían con los truenos y con el ruido de las olas golpeando los muros. Así vine yo al mundo. En un frio y lluvioso mes de agosto.

No tengo muchos recuerdos de aquellos sucesos, más allá de lo que mi madre algún día me conto, o lo de que mi padre, con las cejas arqueadas, algún día me recrimino en los momentos más álgidos de mi adolescencia.

De mi niñez tengo recuerdos muy vagos, pero hermosos. Las calles soleadas del Puerto de Valparaíso con las palomas cayendo en bandadas en las escaleras tibias del cerro de Playa ancha.

A mi madre si la recuerdo. Siempre sonriendo. Dejando escapar esas risas alocadas que galopaban retumbando por los pasillos vacíos de la vieja casona empinada en la cumbre del Parnaso, como debería haber sido. Recuerdo que no teníamos muchos muebles. Mas bien, fuera de las camas, la casa estaba vacía de muebles lo que me permitía recorrer y manejar mi triciclo libremente por los pasillos largos de madera crujiente.

Recuerdo las ventanas de vidrios, siempre abiertas, llenas de pedazos de colores reflejando arco iris en las murallas de papel café, y allá lejos, el cielo corriendo por mis ojos, alejándose al infinito entre nubes con formas que cambiaban constantemente con la fuerza del viento.

En aquella época no recuerdo amigos. Vagos también son los recuerdos de mis hermanas Lili y Quena. Es como si la soledad de mi niñez me hubiera tragado dejándome exhausto de memorias nítidas y solo mis padres mantengan una realidad confusa pero completa. Claro que recuerdo a mis abuelos paternos que por aquel tiempo Vivian en Viña del Mar. Y Viña del Mar era una ciudad Hermosa, moderna, y llena de vida. Con un gran turismo que en aquel tiempo era primordialmente nacional.

Las familias de clase media de todo el país llegaban en manadas apenas el sol empezaba a calentar con los primeros calores estivales. Venían a pasar la temporada veraniega junto al helado mar del Pacifico, mientras los residentes permanentes arrancaban como alma que lleva el diablo hacia otros lugares más desolados como Maitencillo, Tongoy, y las familias más pudientes, a Reñaca, Zapallar, y donde al final, todas ellas, terminaban siendo un reflejo de Viña del Mar; con los mismos vecinos que acudían a los mismo lugares escapando de los turistas de verano.

La casa de mis abuelos paternos estaba ubicada en 10 y medio norte con avenida Libertad, y era una calle corta donde vivían mis abuelos, tíos y primos, así que todos nos juntábamos a la hora del té, obligado en nuestra provincial costumbre y al almuerzo familiar en el enorme comedor de vetustos muebles oscuros y espejos que reflejaban la mesa repleta de comensales.

Aún me llega el olor del postre preferido de mi abuela: el “Rolly Poli”, que hasta el día de hoy nunca más he probado, pero que por alguna razón su sabor ya olvidado me rezuma en la memoria como un aroma dulzón y pegajoso.

De estos abuelos no recuerdo mucho. La “gringa”, como le decían a mi abuela, nunca aprendió a hablar en castellano fluido. Era alta, más alta que mi abuelo, rellenita en carnes, mirando por encima de sus espejuelos de lectura. Siempre vestida de negro y con faldas largas. Se comenta que, en Ohio, de donde ella procedía, su familia era “Amish”, lo que explicaría su serena austeridad, mientras mi abuelo era todo sonrisas, moviéndose con agilidad alrededor del caserón de dos pisos que colindaba con una casa con un gran patio donde todos los primos jugábamos en las tardes.

Mis primos eran Mónica, Nora, Coco, Gonzalo, Carlos y que junto a mi hermana Lili, pues Quena desapareció alrededor de ese tiempo de nuestras vidas, corríamos por la calle vacía o pasábamos al patio vecino a jugar con una chica que tenía el síndrome de Down, pero que era vivarás y cariñosa.

No recuerdo con mucha claridad los momentos más íntimos de familia, solo recuerdo los almuerzos en torno a la gran mesa familiar, llena de tíos y primos, y luego, los juegos alrededor de la calle, desde donde mirábamos la gran avenida Libertad como si fuera un misterio que debiéramos dilucidar. Yo debo haber tenido 3 o 4 años.

De aquella casa de los abuelos, nos mudamos a algún lugar del cual solo recuerdo el color amarillo de sus muros y sus pasillos interiores con patios llenos de flores satisfechas de sol.

Los viejos coches a caballo, Victorias les llamaban, que paseaban por las calles de adoquines con el chasquido del látigo restallando en el aire puro y límpido, y el paso de los tranvías cuyas antenas chisporroteaban en los cables eléctricos mientras se deslizaban por los rieles incrustados en el pavimento.

Allí, si recuerdo a mis hermanas, las dos, de polleras a la rodilla y peinadas con chasquilla, las dos siempre muy compuestas. Bueno, yo también he cambiado, y mucho, al punto de no reconocerme hoy en día.

Cómo olvidar los carros eléctricos que pasaban con su chisporroteo de electricidad por los rieles brillantes, y que para mí representaban la aventura de un viaje a lo desconocido. Pero aún más emocionante eran los ascensores que bajaban y subían al cerro con sus carros de Madera y los afiches de la crema dental Pepsodent en sus paredes. Y los cerros con sus casas de colores multicolores deslizándose plácidamente hacia el azul del cielo o hacia las crestas saladas del mar.

Luego de Viña del Mar vinieron muchas casas, pueblos y ciudades. Se explica por la profesión militar de mi padre que nos llevó de un extremo a otro de mi país, y que nos alejó de los lazos que inexorablemente se crean cuando tu naces y creces y te desarrollas en un solo lugar. Yo carecí de esa sensación de continuidad.

Hasta el día de hoy siento esa lejanía con el mundo, lo que me permite ver mis emociones en perspectiva. Es casi como si en vez de vivir mi vida, la viera a través de una transparencia, y por lo tanto yo no soy real y mis actos son estudiados y analizados sin espontaneidad.

Mas tarde vino la separación de mis padres, y por fin, un solo lugar donde vivir, aunque decir un solo lugar es complicado, pues en aquel tiempo solo recuerdo muchos barrios, muchas casas y apartamentos; es como si mi madre estuviera replicando lo que habíamos hecho hasta ahora, solo que en menor escala y dentro de la ciudad.

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