
Sílvia C.S.P. Martinson
Caminaba lentamente por las avenidas que cruzaba sin prestar la más mínima atención al peligro del tráfico que, por suerte, a esa hora no existía. Era de noche, casi madrugada. Sí, caminaba, pero no se daba cuenta de lo que hacía. Su mente divagaba en mil recuerdos, en hechos que ocurrieron hace tanto tiempo que le quedaron marcados en el alma, influyendo en su forma de actuar, pensar y en su postura ante la vida. Había nacido en una familia pobre, rodeado de hermanos mayores primero y luego de otros tres menores.
Su padre trabajaba como vigilante nocturno de un edificio donde vivían personas acomodadas, de las cuales a veces recibía alguna ayuda en forma de sobras de comida o ropa usada, que distribuía entre los hijos más necesitados. Eran pobres, pero limpios. Vivían en una casa humilde, construida por él, el padre, en un barrio alejado.
La madre, a pesar de los muchos hijos, se mantenía como una mujer atractiva y bonita que todas las mujeres podrían envidiar, a pesar de su evidente pobreza. Ella era costurera, había aprendido la profesión cuando aún era muy joven, guiada por su madrastra, que en aquel entonces no tenía la capacidad ni la voluntad de proporcionarle una educación más refinada, pues pensaba que la escuela estaba destinada solo a las personas ricas y que a los pobres solo les tocaba trabajar y tener una profesión. Así eran, pues, sus padres.
Mientras caminaba, entre tantos pensamientos, los recordaba. Al andar, otros recuerdos le vinieron a la memoria sobre su juventud, cuando envidiaba a otros de su edad por tener más placeres y mejores condiciones económicas, mientras él trabajaba de día y, al mismo tiempo, estudiaba por la noche para intentar tener un futuro mejor.
Valió la pena. Se graduó en Economía. Era inteligente y dedicado a los estudios.
Su vida amorosa, sin embargo, se pautó por altibajos. Hubo ocasiones en que fue muy feliz, y otras tantas, profundamente decepcionado por sus elecciones equivocadas. Caminó hacia amores que le parecieron sinceros, se entregó por completo a quien no lo merecía.
Desilusionado y dolido, no supo reconocer a quien verdaderamente lo quería. Hizo padecer a otros lo que él había sufrido: negligencia, egoísmo, desinterés y falta de afecto verdadero.
Y en este caminar por el tiempo, por la vida, dejó recuerdos y también los cargó consigo. Al final del camino, aquella madrugada, cuando ya no había nada más, constató que estaba perdido, se adormeció al impacto imaginando cuán feliz podría haber sido si hubiera sido más simple y menos exigente.
La bocina del coche sonó fuerte. El ruido del freno al frenar fue estridente.
Él… no despertó nunca más.