Autor/aSilvia Cristina Preissler Martinson

Nació en Porto Alegre, es abogada y actualmente vive en El Campello (Alicante, España). Ya ha publicado su poesía en colecciones: VOCES DEL PARTENÓN LITERARIO lV (Editora Revolução Cultural Porto Alegre, 2012), publicación oficial de la Sociedad Partenón Literario, asociación a la que pertenece, en ESCRITOS IV, publicación oficial de la Academia de Letras de Porto Alegre en colaboración con el Club Literario Jardim Ipiranga (colección) que reúne a varios autores; Escritos IV ( Edicões Caravela Porto Alegre, 2011); Escritos 5 (Editora IPSDP, 2013) y en español Versos en el Aire (Editora Diversidad Literaria, 2022). En 2023 publica, mano a mano con el escritor Pedro Rivera Jaro, en español y en portugués, el libro Cuatro Esquinas - Quatro Cantos.

Invitación

I

Silvia C.S.P. Martinson

Me invitas a vivir, a quererte
y te sigo sin parar,
ilusionada en soñar
que podrías querer,
en algún momento,
en algún lugar,
dejar en mi cuerpo
las huellas de tu ardor.
Y yo, como tu amante,
me quedaré para siempre
y cada vez más
deseándote,
eternamente, esperándote,
vibrando y amándote.

El encuentro

E

Silvia C.S.P. Martinson

 

Ella caminaba deprisa. Todo lo que podía. Quería correr, pero las piernas y los pies no se lo permitían.

Las calles estaban atestadas de personas que iban y venían despreocupadas.
La tarde ya se encontraba a medio camino de la noche, lanzando el sol sobre el horizonte sus últimos rayos luminosos, tiñendo el cielo de tonos amarillo-rojizos.
Mientras caminaba, iba pensando en cómo sería ese encuentro.
Tantas cosas habían pasado, el tiempo, la vida, hicieron que hechos importantes se olvidaran poco a poco.


Recordó cuándo se habían conocido. Ella caminaba por la orilla del mar en una mañana tranquila, cuando las olas se derramaban lánguidamente sobre la playa.
En ese momento apreciaba solamente la naturaleza, sin darse cuenta de los obstáculos del camino. Fue entonces que, en un desnivel de la acera, tropezó y ya estaba por caer al suelo cuando unas manos poderosas la sujetaron por los brazos.

Esas manos que la ampararon de un daño mayor, en caso de haberse estrellado contra el suelo, fueron las mismas que muchos siglos atrás la habían socorrido en el mismo sentido, en situaciones idénticas. Entonces, en ese momento, la empatía que existía de antemano se hizo notar nuevamente. Sin embargo, ninguno de los dos se dio cuenta, el pasado se había borrado momentáneamente de sus vidas. No obstante, este acontecimiento permitió que ambos comenzaran a entablar una conversación.

De esa charla surgió el descubrimiento de que hacían ese recorrido todas las mañanas.
Con cada encuentro, cada mañana en horarios previamente acordados, caminaban juntos por la orilla del mar mientras intercambiaban ideas sobre los más variados temas, notando que esas ideas eran muy semejantes en su forma de ver la vida y de actuar frente a las situaciones que se les presentaban, fueran de fácil o difícil resolución.


Así fue pasando el tiempo, y las afinidades entre ambos se fueron consolidando cada vez más.

Ambos llegaron a ser muy ancianos, se empezaron a querer cada vez más, cada uno respetando la libertad del otro y comprendiendo las diferentes manifestaciones de sus personalidades, inherentes a cada uno debido a las vivencias y experiencias sufridas en esa vida.

Y caminando hacia su encuentro, en la playa, ella recordó aún que: el amor entre los dos, en consecuencia, también fue inevitable, intenso, especialmente hermoso y, por encima de todo, sincero.

Tío Raimundo y el escorpión

T

Silvia C.S.P. Martinson

Traducida al español por José Manuel Lusilla
 

Tío Raimundo, como siempre, llegaba sigilosamente, sin hacer alarde de su presencia.
Cuando nos dábamos cuenta, ya estaba sentado en una silla frente a la gran mesa de mármol que había en la terraza cubierta, en el fondo de la casa de su sobrina. Cuando lo veíamos, allí estaba él, sentado, tranquilamente, con una leve sonrisa en el rostro, como si adivinara que nos estábamos acercando.

Normalmente, esto ocurría después del almuerzo. Nunca venía a almorzar, pues ya lo había hecho en su casa. Tomaba una barca, porque vivía en una isla cercana a la capital, y llegaba a primera hora de la tarde, ya fuera para ir al médico, porque era muy anciano, o para visitar a los parientes, siendo siempre bien recibido por todos.

Los niños lo adoraban por las historias que siempre tenía para contar. En una de esas visitas, contó que, en una ocasión, estaba pescando a la orilla del río y, como había pescado muchos peces, decidió limpiarlos ahí mismo, acuclillado en un barranco de arena, junto al agua. Mientras los limpiaba, no se dio cuenta de que un escorpión había empezado a subir por su pierna. Solo cuando sintió la picadura del animal y el dolor que le causó, se percató del peligro que esto representaba.

Las personas que viven en el campo saben lo mortales que pueden ser las picaduras de ciertas serpientes o escorpiones. Aquel escorpión, según contó el Tío Raimundo, era dorado y, como él decía, estos son los más mortales, pues son altamente venenosos.

Así, narrando su historia, explicó cómo logró salvarse. Dijo que sacó el machete que siempre llevaba consigo y, de un solo golpe, cortó un trozo de carne de su espinilla, dejando el hueso expuesto en el lugar donde el bicho lo había picado.

La sangre le brotó en abundancia, pero, como siempre llevaba consigo algodón y compresas en sus pescas, se hizo un vendaje allí mismo. Después de esto, recogió todo y se dirigió a un hospital en la ciudad para ser atendido. Con el tiempo y mucha atención médica, logró curarse.

Sin embargo, lo más interesante e inexplicable de todo es que, cada año, en el mismo lugar de la picadura, la piel que había crecido allí se enrojecía y ardía intensamente, causándole dolor y obligándolo a tener mucho cuidado para que la herida no se abriera nuevamente, dejando expuesto el hueso de su pierna.

Y así, contando su historia, el Tío Raimundo levantó la pernera del pantalón que llevaba y mostró a los niños la gran cicatriz que tenía.
Los niños quedaron boquiabiertos y con los ojos muy abiertos mientras el Tío Raimundo les mostraba lo que le había sucedido y, al mismo tiempo, aprovechó para aconsejarles:

—Queridos niños, nunca se acerquen a un escorpión dorado. Es hermoso, pero traicionero y malvado.

Y sonriendo, se despidió con un gesto de la mano, se levantó y, tranquilamente, como siempre, se marchó.

Te amaré

T

Sílvia C.S.P. Martinson

Te amaré como las noches que son eternas.
Te amaré como el canto de los pájaros en su nido.
Te amaré se me lo permites por supuesto
en todos los días de mí vida.
Te amaré como el sol cuando amanece
inundando la oscuridad, iluminando la vida.
Te amaré sobre todo cuando me miras,
y de tu dulce mirar que me seduce
me vas a conducir despacito
a los cielos, al infinito.
Y llevaré conmigo toda luz,
toda la vida que has cambiado en la caminata
de mí peregrinación por esta vida.
Caminaré a tu lado sin más desdichas,
Andaré sin prisa…
Caminaré feliz, contenta,
andare paso a paso,
al encuentro de tu amor,
al encuentro de ti… ¡Mi vida!

Raimundo Tío Mundo

R

Silvia C.S.P. Martinson

Era viejo. Muy viejo.
 
Así nos parecía.
 
Este hombre mayor era de una simpatía y cultura increíbles.
 
Su cultura provenía de la mucha lectura que hacía y de los libros que lograba conseguir, aquellos que llegaban a sus manos.
 
Todos los que lo conocían y apreciaban su compañía lo obsequiaban con libros, fueran nuevos o viejos. No importaba.
 
A los libros y a sus parientes les dedicaba su tiempo después de años de trabajo en la pesca, es decir, en la captura de peces y su posterior venta en el mercado, donde desde temprano en la mañana ya se encontraba para la inspección y selección del pescado antes de su venta al público.
 
Residía en una isla cercana a la ciudad, donde mantenía, en un buen terreno, su casa y su familia. Estaba casado y tenía tres hijos que lo ayudaban en la plantación de hortalizas y árboles frutales, cuya venta permitía que el presupuesto doméstico fuera razonablemente suficiente para el mantenimiento y el bienestar de todos. Su nombre era Raimundo, pero todos lo conocían como Tío Mundo.
 
Después de muchos años de trabajo, se jubiló.
El trabajo duro le dejó secuelas. Tenía dolor en las caderas y caminaba con cierta dificultad.
Tío Mundo solía cruzar el río en barca para, en la ciudad, consultar a los médicos en el Centro de Salud y también visitar a sus parientes.
Sus primos y sobrinos lo conocían y apreciaban enormemente por su natural afabilidad y por las historias que solía contarles a todos, especialmente a los niños de la nueva generación familiar.
 
Cabe destacar que llegaba a las casas sin anunciarse, entrando y saliendo como si fueran suyas. Hasta los perros más bravos se acostaban a sus pies y le lamían las manos.
Los niños, al verlo, corrían a abrazarlo y, como siempre sucedía, le pedían que les contara historias.
 
Tío Mundo, con una gran sonrisa en el rostro, se sentaba en una silla bajo un árbol si el tiempo lo permitía, o en invierno cerca de una estufa de leña, que en aquella época había en casi todas las casas, y comenzaba a relatar cosas de su pasado que, para quien las escuchara, parecían sacadas de buenos libros de cuentos.
 
Los niños a su alrededor lo escuchaban embelesados, sin apartar la mirada. Una vez les contó sobre una serpiente que se escondió bajo un armario de su casa, recordemos que vivía en el campo.
 
La serpiente salía de debajo del armario por la noche y bebía la leche del plato del gato, que había sido puesta allí para el felino.
 
Con el tiempo, el gato comenzó a adelgazar, se volvió más arisco y triste, hasta que un día se descubrió la verdadera causa.
 
La serpiente, que era bastante grande, fue hallada en su escondite, de donde la sacaron y la mataron. Su cuerpo fue colgado de una rama alta de un árbol para que se secara y luego su piel, muy bonita, pudiera aprovecharse para la confección de un bolso para mujeres.
 
Los niños, con los ojos muy abiertos, pidieron más historias. Tío Mundo contó una más. Levantó la pernera del pantalón hasta la rodilla y mostró una cicatriz. Allí faltaba una buena parte del músculo.
 
Contó que estaba cazando un caimán a la orilla del río. Estaba tan atento al animal que no se dio cuenta de que cerca había un nido de víboras jararacas, serpientes muy venenosas y violentas, que suelen atacar a quienes perciben como amenaza.
 
En su afán por cazar el caimán, cuya carne es sabrosa y cuya piel es valiosa para la fabricación de calzado y bolsos, Tío Mundo no vio la serpiente. Con un ataque certero, la víbora lo mordió en la pierna y quedó prendida allí. Tío Mundo, conocedor de las lides del campo y del peligro del veneno mortal de la jararaca, no dudó. Sacó su machete y, de un solo golpe, cortó la cabeza de la serpiente, que aún estaba prendida a su pierna, llevándose también un buen pedazo de su propia carne.
 
Como siempre que iba a cazar, además de provisiones, llevaba en su barca artículos de primeros auxilios, como gasas, agua oxigenada y esparadrapos para curaciones si fueran necesarias. Así lo hizo en su propio cuerpo.
 
Terminó la historia para los niños, que estaban extasiados escuchándolo, diciendo que ese día regresó a casa y por un buen tiempo no volvió a cazar.
 
Tío Mundo, después de esa historia, se despidió de toda la familia y abrazó a los niños, que gritaban:
 
—¡Cuenta más, Tío Mundo! ¡Cuenta más!

La casa embrujada

L

Silvia C.S.P. Martinson

 

Los conocí y, ciertamente, eran personas serias, íntegras y no dadas a mentiras o invenciones.

En realidad, sufrieron mucho y por un largo tiempo con lo que les sucedió.

Por motivos de trabajo en un nuevo negocio que el jefe de familia emprendió, se vieron obligados a mudarse de la ciudad donde vivían, donde estaban bien, disfrutaban de comodidad y tenían acceso a educación de nivel superior en caso de necesitarlo en el futuro.

La familia en cuestión estaba compuesta por el padre y la madre, ambos jóvenes, y una niña de aproximadamente dos años.

Llegaron a esta nueva ciudad, bastante grande y muy conocida por su puerto, su antigüedad y sus tradiciones, ubicada en la provincia de donde eran originarios. La pareja había nacido en la capital de esa provincia.

Al llegar a la ciudad, lo hicieron con grandes proyectos de progreso y mejora financiera, ya que habían invertido gran parte de sus ahorros en este nuevo negocio.

Gracias a la ayuda de amigos, alquilaron una casa antigua en un barrio céntrico. Estaba bien ubicada, era grande y cómoda, aunque vieja. Una vez allí, se instalaron con su mudanza.

La pareja tomó el dormitorio más grande de la casa, y la niña, uno contiguo al de ellos, un poco más pequeño y algo sombrío.

La casa tenía un largo pasillo desde el cual, lateralmente y desde la entrada, se distribuían las demás habitaciones: primero, una oficina y una sala de recepción, seguidas por los dormitorios del matrimonio, de la hija y de huéspedes, en caso de que los hubiera.

Todas estas habitaciones estaban a la izquierda del pasillo, que conducía a un gran y cómodo baño, donde incluso había una enorme bañera de mármol.

Siguiendo el pasillo hasta el final, este desembocaba en un amplio salón donde, además de sofás y sillones, había un espacio para el comedor, con una mesa y sillas para varias personas.

La sala de estar terminaba en otra dependencia, que era la cocina, la cual, además de los objetos propios de una cocina, tenía dos ventanas para iluminación y una antigua estufa de leña que aún no había sido retirada de la casa.

En la sala de estar había una puerta que daba acceso al jardín interno, al garaje adyacente y a otra dependencia en el fondo del patio, que estaba llena de muebles viejos, herramientas y ropa desgastada abandonada allí.

Las ventanas de la casa eran altas y se cerraban por dentro con grandes contraventanas de madera con cerrojos de hierro dobles, que no permitían la entrada de luz ni de extraños.

Cuando llegaron a la casa, la familia comenzó a colocar sus muebles y pertenencias en los lugares que les parecían más adecuados.

En la puerta del dormitorio de la pareja, encontraron un par de pantuflas de hombre, todavía relativamente nuevas.

Con todo en su sitio, la señora comenzó a limpiar la casa y el jardín interno, donde, tras arrancar toda la maleza, plantó verduras y flores que apreciaba.

Con el tiempo, comenzaron a notar cosas extrañas en la casa.

La niña ya no podía dormir por las noches y lloraba constantemente mientras hablaba.

El cuarto en el que dormía, por más calefacción que le pusieran, siempre estaba helado.

Los padres ya no tenían el descanso al que estaban acostumbrados en la antigua ciudad, ya que la niña lloraba por la noche e, increíblemente, se expresaba en idiomas desconocidos tanto para ella como para sus padres.

Las contraventanas de madera de la sala y la cocina, por más que las aseguraran por la noche, amanecían abiertas, dejando entrar la luz.

Un día, el padre, desesperado, tomó un martillo y enormes clavos, asegurando que las ventanas ya no podrían abrirse solas.

A la mañana siguiente, los clavos estaban en el suelo y las ventanas, todas sin excepción, estaban abiertas.

Los negocios comenzaron a ir de mal en peor, incluso en la relación con los socios, que no eran tan honestos como parecían al principio.

Después de un tiempo, en contacto con una familia vecina que siempre los observaba con curiosidad, supieron que esa casa había estado deshabitada durante muchos años porque nadie lograba vivir allí.

El último inquilino había salido corriendo de la casa, dejando allí sus pertenencias, ropa, muebles viejos y calzado. Se fue literalmente con la ropa puesta en su coche y nunca más regresó.

Les contaron, además, que en esa casa ocurrió una tragedia años atrás.

En la habitación donde dormía la niña, después de una gran discusión por celos entre los dueños de la casa, el hombre apuñaló a la mujer hasta la muerte, dejándola tendida en el suelo, completamente ensangrentada. Luego huyó y desapareció por completo de la ciudad.

Los vecinos, alertados por el mal olor del cadáver, llamaron a la policía y el caso quedó esclarecido.

La pareja, ya cansada y sin recursos financieros para continuar con los negocios en esa ciudad, se mudó nuevamente a la capital donde habían nacido y crecido.

Con el tiempo, en contacto con otras personas, supieron que en esa ciudad antigua tales historias y hechos no eran infrecuentes.

Cada casa vieja donde habitaron y vivieron muchas personas a lo largo de más de 500 años guardaba sus propias historias, marcadas en cada calle, cada esquina y cada rincón.

Dicen que es peligroso caminar solo allí por la noche... Eso dicen...

Misterio

M

Sílvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro.

Los dos eran amigos inseparables desde que se conocieron, cuando aún eran jóvenes.

Frecuentaban los mismos lugares, como bailes y fiestas en sociedades donde podían comprar sus entradas. Además, como la ciudad en la que vivían aún no tenía el tamaño de una metrópoli, lograban con cierta facilidad acceder a estos ambientes.

Fue en una noche de baile, en aquella época en la que las jóvenes, acompañadas por sus padres o al menos por sus madres, iban a bailar al club. Ellas se sentaban en las mesas previamente reservadas para el evento.

Normalmente, los bailes se realizaban al ritmo de conjuntos musicales cuyos artistas eran contratados para tocar casi toda la noche, hasta la madrugada del día siguiente, cuando finalmente las personas se retiraban a sus hogares.

En esos bailes, las jóvenes solían ir bien vestidas y maquilladas. Se sentaban en las mesas entre sonrisas pícaras y seductoras, esperando que algún joven caballero las invitara a bailar.

Era considerado una gran grosería que una joven se negara a bailar con un hombre que la invitara. Lo máximo que podía hacer era aceptar una sola canción y luego pedir que la llevaran de vuelta a su mesa, alegando con delicadeza que tenía dolor en los pies o que estaba cansada.

Normalmente, después de eso, era común que la joven ya no recibiera más invitaciones para bailar esa noche. Los hombres se comunicaban entre sí, contando lo sucedido y, como forma de venganza, ninguno de ellos volvía a invitarla a bailar.

Siguiendo con nuestra historia, los jóvenes de los que hablamos al inicio se llamaban André y Ricardo.

Una noche, André y Ricardo asistieron a un baile que celebraba la llegada de la primavera.

Se vistieron de gala y se dirigieron al club, que se llamaba Barroso.

Allí, entre una danza y otra, conocieron a dos jóvenes bastante bonitas que se encontraban en la misma mesa. Eran hermanas.

Bailaron con ellas toda la noche y, junto con su madre, las acompañaron hasta su casa.

Aquel baile y aquel encuentro hicieron que, años después, Alice y Magda se casaran con estos dos amigos.

Los amigos disfrutaban de ir juntos a pescar o cazar, preferiblemente lejos de sus esposas. Aprovechaban esas ocasiones para beber más vino o cerveza de la cuenta, pasando los límites en el consumo de alcohol y terminando tan embriagados que ni siquiera se reconocían a sí mismos.

Pasaron los años, tuvieron hijos y nietos. También se jubilaron de sus trabajos y comenzaron a disfrutar de un poco más de descanso.

El hijo de uno de ellos compró una casa en la costa para que la familia pudiera disfrutar del verano junto al mar y escapar del calor de la ciudad, que había crecido mucho y se había convertido en una gran y agotadora metrópoli.

En uno de esos veranos, mientras los hijos y nietos aún no estaban de vacaciones, los dos amigos y cuñados viajaron a la casa del hijo de André con el supuesto propósito de prepararla para la llegada de la familia, ya que había estado cerrada durante todo el invierno.

¡Qué gran libertad tuvieron los dos!

Fueron en el coche de uno de ellos y, al llegar, se dirigieron a un bar donde compraron, además de comida, frutas, verduras y artículos de limpieza, varias botellas de vino y cerveza.

Por la noche, prepararon la cena mientras consumían vino y algún otro licor que encontraron en la casa.

Al día siguiente, cuando la familia llegó, los encontraron arrodillados en el suelo de la casa, rezando y haciéndose la señal de la cruz.

Sorprendidos, los familiares les preguntaron qué había sucedido, a lo que ellos respondieron que la casa estaba "embrujada" por espíritus malignos y que era necesario rezar y pedir a los ángeles que limpiaran el ambiente.

Aseguraron que durante toda la noche habían oído ruidos y sonidos provenientes de las habitaciones, el techo y todas las partes de la casa.

El hijo de André, dueño de la casa, al escuchar la historia, comenzó a reír sin parar, lo que provocó que su padre lo reprendiera diciéndole que "con esas cosas no se juega".

El hijo, que se llamaba Vicente, dejó de reír y explicó que, en realidad, hacía muchos años que en el desván de la casa vivía una pareja de animales con sus crías, que solo salían de noche para cazar murciélagos y ratas y alimentarse, ya que esta especie solía dormir durante el día.

Los dos ancianos no quedaron completamente convencidos. Sin embargo, después de haber bebido tanto y haber pasado la noche rezando en la "casa embrujada", finalmente se acostaron a dormir para recuperarse tanto del susto como del exceso de alcohol.

La historia se difundió entre la familia y, como una broma, cada vez que alguien iba a la costa decía:

—¡Voy para allá! ¡La Casa Embrujada me espera!

Imaginación

I

Silvia C.S.P. Martinson

Ella caminaba solitaria por las calles.

El tiempo pasaba lentamente, el día apenas comenzaba, las luces nocturnas de la ciudad se apagaban y las calles, poco a poco, se llenaban de gente. Gente que pasaba apresurada junto a ella, sin notar su presencia.

A ella poco le importaba la opinión o la atención de los demás.

Caminaba inmersa en sus pensamientos, pero al mismo tiempo apreciaba el hermoso amanecer que se presentaba.

Los árboles se cubrían de hojas después del largo invierno, aunque aún hacía frío. Las flores, cubiertas de rocío en los jardines, y las rosas rojas que tanto amaba extasiaban sus ojos y su alma.

Sus pensamientos iban y venían como por arte de magia y, a cada paso que daba, las cosas a su alrededor se transformaban.

¿En qué pensaba?
¿Qué poderes poseía?
¿Sería una bruja o un hada?

Se observaba a sí misma y le encantaban sus propias acciones cuando las tomaba.

En una avenida por la que pasó, los hombres se enfrentaban con palabras, al mismo tiempo que se agredían físicamente con armas, matándose unos a otros.

Ella se detuvo, los miró por un momento y una lágrima escapó de sus ojos. Al caer al suelo, todo se transformó.

La avenida se llenó de luz, de la luz de un sol nunca visto. Los jardines florecieron y los hombres, extasiados ante tanta belleza, dejaron de pelear, se miraron profundamente unos a otros, se dieron la mano, se abrazaron y siguieron cada uno su camino. Las armas desaparecieron.

En otra calle por la que pasó, las mujeres, preocupadas por su belleza y apariencia, entraban en las tiendas a comprar elegantes ropas, zapatos, perfumes, joyas y mil otras cosas que les parecían importantes. Y, cuando salían de esos lugares, no notaban a otras mujeres que, junto a sus hijos hambrientos, extendían sus manos en una súplica dolorosa de auxilio, de ayuda, para aliviar el hambre y el frío que las consumía.

Ella, al observar todo esto, nuevamente se conmovió y de sus ojos brotó otra lágrima. Lágrima que, al tocar el suelo, lo transformó todo.

El frío cesó, el sol brilló nuevamente, las mujeres ricas y poderosas tomaron conciencia de las otras, más miserables, y comenzaron a ayudarlas, sustituyendo sus harapos por ropas dignas, ofreciéndoles alimento y refugio para ellas y sus hijos.

En su caminar, llegó entonces a la orilla del mar que rodeaba aquella ciudad, bordeada por hermosas playas de arena blanca, donde el agua, de un verde cristalino, se derramaba lentamente sobre ellas, como el tiempo, como la eternidad.

Un grupo de pájaros, posados en el agua, la observó sonreír ante tanto esplendor y belleza. Entonces, alzaron vuelo y, en su camino, la tomaron por los brazos y, con ella, volaron hacia el infinito.

Amaneció el día. Ella despertó con la imagen vívida de lo que había soñado mientras dormía y pensó:

¿Habrá sido todo producto de su imaginación?
¿Sería realmente un hada?

Y así, soñando despierta, sonrió para sí misma una vez más.

 

Memorias

M

Silvia C.S.P. Martinson

El viejo caminaba por la calle como lo hacía todos los días. Sin embargo, en esa mañana de un cielo azul y sol radiante, las personas que, al igual que él, caminaban por allí, le parecían más alegres y felices.

No se había dado cuenta de que, mientras caminaba, los recuerdos de tiempos pasados afloraron ininterrumpidamente en su mente.
Eran memorias de su infancia, cuando vivía feliz e inocente en la casa de sus padres. Aquella casa estaba ubicada en el barrio más alejado de la ciudad.

El tranvía, el medio de transporte para quienes no tenían automóvil –y eran pocos los que lo poseían–, llegaba solo hasta algunos kilómetros antes de su casa. El resto del trayecto debía hacerse a pie, caminando bajo el sol, en días nublados o con lluvia y frío.

Con el crecimiento y expansión de la ciudad, esta situación cambió con los años.

Hoy en día, la población ha aumentado, al igual que los medios de transporte y comunicación, los cuales se han vuelto accesibles para la mayoría de las personas.
También con el progreso –y esto lo observaba el viejo– han surgido algunos inconvenientes, como el aumento de la delincuencia e inseguridad, que ya no permitían a la gente caminar despreocupadamente por las calles como antes.

Mientras caminaba, le surgieron nuevos recuerdos, como aquellos de cuando aún era niño. Se acordó de la casa donde vivía, que tenía un terreno que iba de una manzana a otra, con casi 100 metros de extensión.

En aquel terreno había árboles frutales ya adultos y grandes, como perales de diversas variedades y caquis, cuyos frutos, además de ser muy dulces, si su jugo caía sobre una prenda y no se lavaba de inmediato, quedaba manchada de un color óxido para siempre.
Había también parras de uvas blancas, rosadas y negras, con las que su madre preparaba jugos y deliciosos postres en el verano.

Había papaya, naranjos, limoneros y mandarinos, todos dando sus frutos. Recordó que sus padres cultivaban hortalizas y flores de las más diversas variedades.

Otro recuerdo que le vino a la mente fue el gallinero que había en el fondo del patio, donde criaban gallinas y un gallo cantor que lo despertaba cada mañana. Su padre recogía cada día varios huevos, que se guardaban en una cesta de paja en la cocina para su consumo posterior.

En aquella época no había duchas eléctricas, y el agua del baño se calentaba en el frío invierno en un gran fogón de leña, donde enormes ollas y un hervidor se dejaban hasta llegar al punto de ebullición. En su casa, recordó, había grandes tinas de aluminio en las que cabían él y su hermano, que servían exclusivamente como bañeras y que estaban colgadas en ganchos en el baño, que, sin duda, su madre mantenía siempre impecable.

La casa era sencilla, de madera, pero acogedora. Tenía dos habitaciones, una sala de entrada, otra más grande de estar, una amplia cocina y un baño.

Fuera de la casa había un gran cobertizo donde se guardaban una nevera de hielo comprado a un vendedor que pasaba semanalmente, así como la leche que adquirían del lechero, quien todos los días la vendía en la puerta de su casa.  Además de todo eso, allí se guardaban las herramientas de su padre.

Y así, caminando, recordó también al vendedor de pescado que pasaba todas las mañanas temprano frente a su casa gritando:
—¡pez pin! ¡pez pintado! ¡bagres y dorados! ¡pescado fresquito! ¡Compren para el domingo!

Con estos recuerdos aflorando en su mente, el viejo regresó, caminando lentamente, al final de aquella hermosa mañana a su casa, pensando si al día siguiente nuevos recuerdos volverían a su memoria, trayéndolo la alegría de rememorar tiempos y momentos tan agradables que había vivido.

Y pensó: "La vida es larga e inesperada. No sabemos lo que sucederá mañana, así que seré feliz ahora..."

Alondra

A

Silvia C.S.P. Martinson

Traducida al español por Pedro Rivera Jaro
 
Todos los días ella iba a su ventana y cantaba una canción para que él despertara por la mañana. Al atardecer, cuando la noche se acercaba, hacía lo mismo para que él durmiera plácidamente y lleno de encanto.
 
Tenía una voz bellísima y cada día traía consigo nuevas formas y matices en su canto.
Se conocían desde hacía muchísimo tiempo.
En verdad, por muchos años ella hacía inexorablemente lo mismo cada día.
 
Él la había salvado de morir, y desde entonces, ella le tenía un enorme cariño y un profundo amor. De la misma manera, él la quería y respetaba.
 
Así, ambos fueron creciendo, cada uno a su manera, madurando y disfrutando de la vida y la belleza de vivir cada día con nuevas experiencias.
 
Él se convirtió en un hombre apuesto, culto y elegante, siempre cortejado por mujeres hermosas. Ella lo observaba y admiraba mientras él siempre la acogía y protegía de todos los males.
 
Un día, él viajó muy lejos y estuvo ausente durante mucho tiempo.
 
Ella, sin embargo, en su simplicidad e inocencia, no dejó ni un solo día de visitar su ventana como siempre lo hacía.
 
Por fin, después de un tiempo, él regresó, y ella, feliz, fue a cantar en su ventana por la mañana esperando verlo, como siempre había sucedido. Pero entonces tuvo una sorpresa.
 
Él estaba acompañado por una hermosa mujer que, al verla cantar, sonrió y cerró la ventana. Aquella no apreciaba su canto.
 
Ella, entonces, celosa, arrancó de su cuerpo, con su pico, una pluma colorida y la dejó allí como recuerdo.
 
Se alzó al cielo, voló muy alto, altísimo, y nunca más regresó.
 
El hombre, sintiendo la ausencia de Laverca, su canto y la melodía que arrullaban sus sueños y escondían las tristezas del mundo, simplemente, sin consuelo, lloró hasta morir.
Las mañanas y las tardes quedaron silenciosas, tristes y vacías sin el bello canto de Laverca o Alondra.
 

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