El viejo cuchillo

E

Silvia C.S.P. Martinson 

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Era un pequeño pueblo enclavado en las montañas de España. Se llamaba Pueblo.
Era lo bastante grande para sus habitantes, que eran unos 650 y lo suficientemente pequeño para ser considerado una ciudad. Aún mantenía el espíritu de aislamiento e intimidad tan querido por sus habitantes. Sin embargo, tenía sus encantos y comodidades y sus habitantes se consideraban felices de vivir allí.
 
Rara vez venía algún "forastero", que es como llamaban a los visitantes que acudían a conocer el pueblo.
 
Había allí un castillo muy antiguo, construido bajo la dominación árabe. Era este castillo el que, a pesar de estar en ruinas, atraía la atención de los visitantes.
 
Este pueblo tenía sus servicios como panadería, tienda de ultramarinos, carnicería e incluso una pequeña tienda de comestibles que abastecía a la población local.
 
También tenía una iglesia medieval donde el cura venía de fuera a decir misa todos los domingos. La iglesia estaba bien conservada.
En consecuencia, también contaba con un cementerio para enterrar a los que allí morían, ya que el traslado del cadáver a otras poblaciones no sólo era caro, sino que el acceso por caminos de tierra dificultaba la tarea.
 
El hotel entonces existente era pequeño pero agradable para recibir a los visitantes, la comida era buena y las habitaciones bien ventiladas y limpias.
 
Todos los lugareños se conocían, desde el tendero hasta el carnicero, este último procedente de una familia tradicional en el negocio de cortar y suministrar carne al pueblo.
 
La población local envejecía cada vez más.
Los jóvenes ya no querían vivir allí y buscaban las grandes ciudades para estudiar, trabajar y, a veces, fundar una familia.
 
Los que se quedaban allí estaban condicionados a casarse con las pocas chicas locales cuando no lo hacían dentro de su propia familia, casándose primos con primos, sobrinas con tíos, etc.
 
Rafael, del que vamos a hablar y que en la intimidad del pueblo donde nació y creció era llamado Rafa por todos.
 
Descendía de una familia conocida por su oficio, cosa frecuente en Europa. Eran carniceros de profesión y patrimonio.
Tenían un edificio en el centro del pueblo que habían convertido en carnicería desde la época de sus bisabuelos.
 
En esta carnicería se exponían y también se conservaban los más diversos tipos de carne tales como: corderos y cabras, que se criaban a gran escala en esta localidad, desde la formación de los pastos y la sierra apropiada para tal crianza. También existía en menor escala la creación de gallinas ponedoras y para matadero, así como ganado lechero con el que se abastecía de leche y carne a la población.
Así, Rafael creció viendo y aprendiendo el arte de cortar, deshuesar, separar las partes nobles de las inferiores para que, según el poder adquisitivo de cada uno, todo pudiera ser vendido y consumido por la población.
 
Otra cosa que aprendió fue a mantener su entorno de trabajo impecablemente limpio para que la carne no se contaminara.
Asimismo, también le transmitieron el arte de afilar cuchillos, procurando que, bien afilados, le facilitaran el trabajo.
 
Cuando murió su padre, entre los bienes que recibió como herencia, por ser el primogénito de la familia, le dieron el mejor y más antiguo cuchillo de la carnicería.
 
Este cuchillo era tratado con cariño y respeto desde sus antepasados. Se consideraba una joya preciosa por la calidad de su acero, forjado en Alemania, que, a pesar de ser constantemente afilado, nunca perdió su forma original, ni su capacidad de corte.
 
Este cuchillo pasó de generación en uso.
Rafael tenía la intención de pasárselo a su hijo mayor cuando se jubilara.
 
Sin embargo, el muchacho no quiso seguir la profesión de su padre, prefiriendo ir a la metrópoli a estudiar y convertirse en ingeniero.
 
Rafael ya estaba entonces viejo y cansado y decidió vender la carnicería, pero no el cuchillo.
 
Cuando su hijo volvió a casa, Rafael intentó darle el cuchillo, pero él se negó, diciendo que en su profesión era absolutamente innecesario.
 
En ese momento ocurrió algo extraño, el acero del cuchillo brilló intensamente, luego se oyó un chasquido y simplemente se partió por la mitad.
 
Rafael se sintió profundamente turbado, una lágrima rodó por su mejilla y con las dos mitades en la mano pidió que el día de su muerte el cuchillo fuera enterrado con él en su ataúd.
 
Y, algunos años después, así se hizo.

Sobre el autor/a

Silvia Cristina Preissler Martinson

Nació en Porto Alegre, es abogada y actualmente vive en El Campello (Alicante, España). Ya ha publicado su poesía en colecciones: VOCES DEL PARTENÓN LITERARIO lV (Editora Revolução Cultural Porto Alegre, 2012), publicación oficial de la Sociedad Partenón Literario, asociación a la que pertenece, en ESCRITOS IV, publicación oficial de la Academia de Letras de Porto Alegre en colaboración con el Club Literario Jardim Ipiranga (colección) que reúne a varios autores; Escritos IV ( Edicões Caravela Porto Alegre, 2011); Escritos 5 (Editora IPSDP, 2013) y en español Versos en el Aire (Editora Diversidad Literaria, 2022).
En 2023 publica, mano a mano con el escritor Pedro Rivera Jaro, en español y en portugués, el libro Cuatro Esquinas - Quatro Cantos.

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