Peligros de la infancia

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Pedro Rivera Jaro

Fotografía del album familiar Pedro Rivera Jaro

No encuentro explicación a la manera en que los niños de mi generación (nacidos en 1950), pudimos sobrevivir al ambiente hostil en el que nos criamos. A los niños de ahora los mantenemos entre algodones, para que estén a salvo de cualquier peligro.

Nosotros jugábamos en la calle todo el tiempo que nos dejaban libres nuestras obligaciones, que para la mayoría de los niños, eran únicamente el colegio y los deberes que nos ponían los profesores. En mi caso particular, yo tenía deberes que me ponían mi padre y mi madre como eran cuidar de las gallinas, los conejos y las palomas, o hacer los recados de compra de alimentos para la casa. También tenía que ir a la fuente pública para acarrear el agua potable para guisar, fregar y lavar. En cambio el agua de regar el patio, el gallinero y el jardín, la sacaba de un pozo que había excavado mi abuelo Pedro, y que se encontraba en un rincón del patio, junto a la pila de lavar la ropa, antes de que llegara a casa la primera lavadora Hoover-Hogel.

Por último, todas las noches cuando mi padre volvía de trabajar con su camión, yo tenía que lavar los cristales de la cabina, los faros y los pilotos. También limpiaba y lustraba los cromados del frontal del camión Studebaker. Y los sábados por la mañana, tenía que barrer los patios y el garaje.

Pero, no obstante todo lo anterior, teníamos tiempo también para jugar. Desde que yo recuerdo, jugábamos al futbol, en unas tierras que existían muy cerca de la fuente pública, sin cansarnos nunca, mientras teníamos luz del día. Y jugábamos primero con pelotas hechas de trapos viejos atados. Luego juntamos dinero entre todos y compramos una pelota de goma. Por último formamos un equipo de niños y aportábamos una cuota de una peseta cada semana, hasta que pudimos comprar un balón; por fin un balón.

También jugábamos al escondite, al rescate, a dola, a pasimisí, al bote bolero, al peón, y a otros muchos juegos sobre las calles de tierra, sin asfaltar, de nuestro barrio.

La primera vez que bajé al río Manzanares con mi amigo Tomasín, para intentar coger ranas y peces, sin conseguirlo, al volver a casa con los zapatos, pies y calcetines manchados de barro y cieno, mi padre me descubrió junto al cubo de agua que había sacado del pozo para lavarme. Y después de darme unos azotes, me castigó y me prohibió terminantemente volver a bajar al río.

Como podréis comprender, él lo hacía para protegerme, y evitar que pudiera hundirme en las ciénagas de la orilla del río Manzanares, y ahogarme en ellas. Yo de aquella tendría como 5 años.

Por supuesto que, aún a riesgo de recibir castigo, a mí me encantaba bajar a jugar al río con mis amigos, todos mayores que yo, a cazar lagartijas, lagartos y culebras, que se criaban por allí, entre aquellos vertederos de escombros.

Como también en las cuestas de aquellas pequeñas montañitas hacíamos lo que denominábamos escurrideros, y con contrachapados o cartones, echábamos puñados de arena y nos deslizábamos sentados hasta el fondo de la cuesta.

Si al llegar a casa manchado de tierra estaba en ella mi madre, aunque me reñía, no me pegaba. Pero si estaba mi padre, era distinto, porque con aquella mano llena de callos de trabajar cargando el camión, que era como una piedra por su dureza, me daba en el culo. Decía que en el culo no me rompía nada. Pero lo cierto es que me dolía mucho.

Transcurrieron unos cuantos años y cuando yo contaba con unos doce , los juegos se fueron haciendo más arriesgados. Nos juntábamos tres o cuatro amigos y con linternas entrábamos por la desembocadura de los colectores del alcantarillado del subsuelo de las calles de Madrid. Recuerdo a uno de mis amigos que desconozco porqué, pero le llamábamos Tragamuelles, y era un chico que siempre tenía la sonrisa en su cara. Los colectores eran bóvedas con una pequeña acera en el lado de la derecha y un poco más abajo había una conducción por donde discurrían las aguas de las calles hasta llegar al río. Estas bóvedas medían kilómetros y nosotros las recorríamos hasta llegar al Puente de los Tres Ojos, a varios kilómetros de nuestro barrio San Fermín, en el sur de Madrid.

De vez en cuando veíamos ratas enormes que bien corrían por la acera, o bien nadaban en la corriente. Para nosotros era una aventura y descubríamos salidas con tapadera de hierro por la zona de Legazpi. Estas cosas nunca fueron del conocimiento de mis padres, que estoy seguro no me lo habrían permitido.
Unos cuantos años después, tres chavales entraron y fueron sorprendidos por una tormenta, que produjo un fuerte aguacero con su correspondiente avenida de agua que, inundando a gran velocidad y violencia los colectores, arrastró los cuerpos de aquellos tres chicos a muchos kilómetros más abajo de la salida. Y fallecieron ahogados.

Esto mismo podría habernos pasado a mis amigos y a mí. Y mi familia se hubiera enterado cuando ya no habría tenido remedio.
Otro día, para no hacerme pesado os contaré más aventuras de mi niñez.

Sobre el autor/a

Pedro Rivera Jaro

Nació el 24 de febrero de 1950 en Madrid, España. Jubilado con estudios de Empresariales, Marketing y Logística. Dedicado por afición a la narrativa y poesía. Jurado en el Concurso Cultural FECI/INTE, participante en el Libro Versos en el Aire, con el poema ¿A dónde va?
Concurso Villa de Lumbrales XXII, de la Asociación de Mujeres.
Concurso de Editora Ex Libric, con el trabajo 48 Palabras.
En 2023 escribió, mano a mano con la autora Silvia Cristina Preysler Martinson el libro, en español y portugués, Cuatro Esquinas - Quatro Cantos.

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