"Se murió de repente", dijo una vecina mientras compraba el pan en el almacén “El Buen Gusto”. Todas las vecinas presentes agregaron algo sobre lo bueno que había sido el caballero, lo triste que estaría su esposa y la hermana de esta, la cual vivía con ellos hacía algunos años. Según las malas lenguas, los tres se traían algo entre manos.
Fueran verdad los comentarios o no, el cadáver de don Julio yacía en un sarcófago negro, rodeado de velas y coronas que habían llegado rápidamente de todas partes de la comuna, como si hubieran anticipado su partida.
Las puertas de la casa funeraria, “El Gusano Sonriente”, estaban abiertas, y el ataúd se podía ver desde la calle, donde varios muchachos jugaban con una pelota hecha de calcetines viejos. De vez en cuando, entre gritos y polvareda, se detenían a mirar el espectáculo de gente que entraba y salía del lugar.
Las mujeres del poblado, vestidas de negro y con largos velos que cubrían sus rostros, entraban en procesión rezando entre sollozos, con el rosario entre las manos. Después de abrazar a “las dos viudas”, como ya las habían apodado a sus espaldas, se sentaban. Pálidas por la falta de sueño, ellas seguían las oraciones y de vez en cuando dejaban escapar un suspiro que intensificaba los rezos y los llantos a su alrededor.
Don Julio fue un hombre trabajador, que creció entre las chacras del pueblo, cuando este no era más que cuatro palos parados, con un estanco donde se vendían algunas vituallas. Estas eran adquiridas por los pocos habitantes del lugar, que a pie o a caballo, recorrían largas distancias para llegar a este pueblo llamado “El Desabrido”.
Nadie sabía de dónde procedía don Julio, quien tendría quizás quince años cuando se avecinó en el lugar. Empezó ofreciendo sus servicios como "inquilino" y, a fuerza de trabajo duro, bajo el sol y la lluvia, fue haciéndose un nombre y el respeto que este conllevaba.
Don Julio era de pocas palabras y las administraba con mucho cuidado. Su temperamento fuerte y un cuerpo lleno de músculos, presto a la violencia si era necesario, evitaban que los vecinos se metieran con él.
Tenía un carácter taciturno. Cuando raramente se dejaba ver por “El Desabrido”, entraba al bar del lugar, se acodaba solitario en un punto del mostrador y, dando a entender que no estaba para tonterías, bebía un par de tragos y se marchaba.
Más de uno se atravesó en su camino y salió muy mal parado, con lo cual, pronto se corrió la voz de que: “ese Julio tiene malas pulgas…”. Don Julio se construyó una casa de madera sin la ayuda de nadie y, poco a poco, la fue mejorando a medida que su situación prosperaba. En poco tiempo, se compró una hectárea de tierra y la usó para sembrar tomates, los cuales salían rojos y maduros, y los pobladores los buscaban para las ensaladas.
Poco a poco, la fama de los tomates de don Julio creció y las ventas aumentaron, con algunos dueños de fondas que le compraban los tomates por canastas.
Así compró una segunda hectárea y luego una tercera. Cuando apenas había alcanzado los veinticinco años, don Julio ya poseía varias hectáreas dedicadas a tomates, cebollas y una parcela solo para cilantro, menta y algunas otras hierbas. Ahora era él quien daba trabajo a los que llegaban merodeando por el lugar.
Con el tiempo, contrató a una mujer para que lo ayudara con las tareas del hogar. Doña Mercedes, una muchacha delgada y trabajadora, crecida en el lugar, limpiaba, lavaba y cocinaba para don Julio.
Con el tiempo, ambos se casaron, no se sabe si por amor o si, al final de cuentas, era conveniente. Lo que sí atrajo malos comentarios fue que, al poco tiempo, doña Mercedes trajo a su hermana menor, doña Chela, a vivir con ellos. Los comentarios empezaron a crecer en el pueblo, el cual ya tenía iglesia y un cura que se metía en todos los asuntos de los habitantes, tratando de llevar “las almas buenas al cielo, y las otras, al purgatorio…”.
Al padre Silvestre, que así se llamaba el cura, le llegaron los comentarios de las vecinas que, alarmadas o quizás envidiosas, corrieron a contarle al “pastor de almas” lo que acontecía en las tierras de don Julio.
Así el cura se apersonó un día en la casa de don Julio, quien a esa hora estaba en el campo, y aprovechó para darles un sermón a las dos mujeres que quedaron aterradas por la idea del infierno quemando sus carnes pecadoras.
No se sabe qué fue lo que aconteció a posteriori, pero lo que se corrió en el bar de don Chicho fue que, al cabo de un par de días, el cura amaneció con los ojos bien cerrados y la boca torcida por un golpe causado, "por una caída", según explicó el padre Silvestre a los vecinos. Sin embargo, siempre quedó la duda de si don Julio había visitado la parroquia en algún momento de la noche.
A pesar de que los comentarios continuaron, el cura nunca regresó a la chacra de don Julio, y de ahí en adelante, él hizo oídos sordos a los comentarios de las “viejas cotillas” del pueblo, a las cuales aconsejaba desde su confesionario que “se preocuparan de sus maridos mejor”, pues con el pueblo creciendo, ya se había instalado una casa de “dudosa reputación”, por no decir “reputísima”, la cual atraía a los hombres los fines de semana y también durante la semana.
Don Julio hizo crecer su chacra, la cual se convirtió en uno de los fundos más grandes de la región y en orgullo del pueblo, pues allí se vendían los mejores tomates que se pudieran encontrar en los alrededores. Además, muchos otros lugareños empezaron a cultivarlos, con lo cual, la venta de este fruto se extendió en su fama y recorrido, haciendo que viniera gente de otras regiones a buscar tan delicioso y rojizo elemento, necesario para ensaladas, salsas y demás.
Don Julio abrió una pequeña fábrica de salsa de tomate, que comenzó envasando solo las pequeñas cantidades de tomate que sobraban de las cosechas. Pero con el crecimiento de las ventas y la producción, los tomates que quedaban descartados de las ventas al por mayor o menor, se dedicaban a la salsa, la cual aumentó también en demanda, así que la fábrica empezó a crecer poco a poco.
Don Julio, por primera vez en su vida, decidió viajar a la “capital” para comprar maquinaria con la cual mejorar la producción del rojizo elemento que sazonaba las pastas y demás.
Cuando llegó a Santiago, quedó asombrado por el movimiento de carros, la locomoción colectiva y la gente, algo que él nunca había visto. Pero él era un hombre práctico, así que empezó a sumar y a multiplicar la cantidad de botes de salsa necesaria para alimentar a toda esa población. Adquirió varias máquinas para convertir el tomate en pasta y luego envasarlo en botes que llevaban una etiqueta rojiza que anunciaba orgullosamente: “Salsa de Tomate Don Julio”.
Comenzó a viajar a la capital más seguido, “por negocios”, anunciaba en su hogar. Pero en el pueblo murmuraban que tenía “una amante escondida”, aunque nadie lo podía comprobar. Lo que sí se comprobó fue que, con el crecimiento económico de don Julio, más de un político andaba dándole vueltas para obtener su apoyo en las futuras elecciones.
Empezó a ser invitado a los clubes sociales y pasó a ser miembro del club “Colocolo”, al cual aportó fondos para su funcionamiento.
Don Julio mejoró su casa, trayendo además al pueblo adelantos como la electricidad, el agua potable, además de máquinas para lavar la ropa y una secadora con una rodela que la exprimía. También trajo el primer automóvil, que causó espanto en el pueblo cuando llegó soltando chispas y con un espantoso ruido que ahuyentó a los caballos que estaban parados frente al bar del lugar, haciendo que casi toda la gente del pueblo saliera a la calle a mirar el monstruo que don Julio traía.
Los chicos del pueblo corrían detrás del vehículo, gritando y jugando al mismo tiempo, cuando don Julio se montaba en el armatoste y soltaba la palanca larga que asomaba por el costado y que hacía de freno, mientras alguien movía la manivela que le daba la partida al motor. El carro se lanzaba por el camino de regreso al fundo.
Todo lo que él hacía era motivo de conversación en las tardes de invierno, alrededor del brasero, al compás del mate que pasaba de mano en mano, y donde las “cotilleos” de las mujeres transformaban cada cosa natural en un hecho del otro mundo.
Así se corrió la “bola” de que don Julio, siendo joven, había encontrado “un entierro” en su chacra y había hecho un pacto con el “malulo”, lo que le había traído toda esa riqueza.
Claro, esta explicación era mejor que la de decir que el hombre había trabajado como una mula por muchos años para conseguir lo ganado.
Pero así son las cosas en “pueblo chico, infierno grande”. Mientras tanto, las cosas en casa de don Julio seguían igual, con doña Mercedes y doña Chela atareadas con todo lo que implicaba llevar un hogar, aunque ahora tenían cocinera y empleada para ayudar con el lavado y la limpieza de los pisos, los cuales se llenaban de tierra con mucha facilidad.
La casa era grande, con un largo pasillo interior de parquet, el cual llevaba al cuarto principal y se comunicaba además con el enorme comedor que tenía una bella mesa de madera y muchas sillas.
El comedor se mantenía casi siempre a oscuras, pues eran muy pocas las ocasiones en que se había usado. Allí tenían un gran mueble de cristal donde los vasos y las tazas brillaban cuando las ventanas se abrían y dejaban entrar el sol. El pasillo tenía algunos sillones bastante cómodos y unas puertas dobles, cubiertas por cortinas blancas, que daban a un jardín que apuntaba hacia el camino de polvo que cruzaba el fundo en dirección a otras tierras y al pueblo.
En el jardín había una terraza donde unas sillas de mimbre reposaban mirando a unas palmeras de aquellas llamadas reales, que tenían un racimo de cocos pequeños que daban una miel riquísima llamada “miel de palma”. Las plantas y las flores decoraban todo aquel espacio y era el lugar preferido de doña Mercedes y doña Chela en las tardes estivales, mirando el sol desaparecer mientras bebían mate o algún jugo de durazno hecho con los duraznos de los árboles que había en el patio trasero.
En el patio trasero, también había un corredor, pero este estaba abierto, aunque tenía varias puertas que comunicaban con algunas habitaciones que miraban al pasillo interno a través de ventanas de vidrio con rejas metálicas forjadas.
Frente a este pasillo, había un gran espacio abierto donde una mesa con cuatro sillas esperaba a los dueños de casa para el almuerzo, cuando no llovía. Si el tiempo era malo, se refugiaban todos, con la cocinera y la ayudante, en la gran cocina de paredes verdes y una ventana que miraba hacia el granero.
Y esta era la vida de don Julio. Por las noches llegaban los grandes depósitos metálicos de leche, leche que era cuajada para, al día siguiente, hacer el quesillo fresco, el cual era puesto en la parte trasera del camión de don Julio, y él lo repartía en las tiendas del pueblo.
La vida era quieta y nada cambiaba su ritmo, hasta aquel funesto día en que don Julio amaneció muerto en su cama y, según decían las malas lenguas, en medio de sus “dos mujeres”.
En el fundo había un teléfono de manivela, así que ellas llamaron al pueblo de inmediato, y así fue como todos los vecinos se enteraron del acontecimiento. Llegaron carabineros y la ambulancia al fundo y, después de certificar que la muerte había sido por causas naturales, lo llevaron al pueblo. Allí, después de vestirlo y empolvarlo con una suerte de polvo de arroz, lo cual lo dejó aun más blanco de lo que estaba su cadáver, lo pusieron en aquella casa que pertenecía a la única funeraria del pueblo, localizada casi en el centro de la ciudad.
Cuando cayó la noche, se presentaron los “cantaores” con sus guitarras y la música se dejó oír entre los llantos y lamentaciones, pero pronto el aguardiente empezó a correr entre los asistentes y se preparó un asado al palo en el patio, con lo cual la comida y la fiesta de despedida para don Julio estaban aseguradas.
Dicen algunos que la fiesta duró tres días, y luego fueron muy pocos los que acompañaron al difunto en su viaje al cementerio detrás de una carroza negra, con caballos empenachados con altos adornos negros que se sujetaban en sus cabezas, la cual pasó por el medio del pueblo, una mitad dormida, la otra mitad borracha. Y don Julio desapareció en un hoyo negro de la tierra que se lo tragó para siempre.