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Una fuente de refresco

U

Celso Gonzaga Porto

Traducido al español por José Manuel Lusilla
De los recuerdos de mi infancia, me viene a la mente la historia de una antigua fuente. Estaba en la confluencia de las avenidas João Pessoa y Azenha, junto a una estatua de Bento Gonçalves, uno de los héroes de la Revolución Farroupilha, cuyo monumento fue inaugurado el 15 de enero de 1936 y colocado allí, en la Plaza Piratini, en 1941. En la década de los cincuenta, esa fuente se iluminaba por completo por la noche. Los focos instalados en el contorno interno de su estructura, dirigidos en ángulo a las boquillas que hacían brotar el agua, daban la impresión de que el agua salía en chorros de colores. El escenario es un ambiente característico del barrio de Azenha, en la ciudad de Porto Alegre, en Rio Grande do Sul. Y por allí circulaban los antiguos tranvías, transporte eléctrico sobre rieles cuya extinción se produjo el 8 de marzo de 1970 para dar paso al transporte en autobús, administrado por la Compañía Carris Porto Alegrense, la misma que administraba el servicio de tranvías desde 1872, siendo el 10 de marzo de 1908 la fecha del primer tranvía eléctrico que circuló por la ciudad. Pero volviendo a los recuerdos, me veo caminando con mis padres en el tranvía Teresópolis, cuya línea pasaba por aquella fuente. Fueron varias las veces que circulamos por allí por la noche. En mi fantasía infantil, me quedó la idea de que de esa fuente brotaba un refresco. Se lo comenté a mi padre y él intentó explicarme que no era eso lo que sucedía, diciéndome paso a paso cómo se producía aquel efecto.
No tuvo mucho éxito en su intento. En mi mente fantasiosa, se formó el sentimiento de estar siendo engañado. Probablemente, por no querer bajar del tranvía para poder saborear ese refresco. Como había varios colores, podría haber muchos sabores diferentes allí; quién sabe, limón, naranja, fresa o incluso algún sabor nuevo aún desconocido.
Los años pasaron y con ellos, la desilusión de mi fuente de refresco. La madurez me mostró que mi padre tenía razón. El agua mantenía sus características innatas de ser incolora, inodora e insípida. Todo el efecto no era más que luces artificiales proyectadas sobre los chorros de agua que brotaban de boquillas estratégicamente posicionadas de manera artística con el propósito de formar una ilusión óptica propicia para la fantasía de un niño. Nunca logré pasar caminando cerca de la fuente, pero una cosa me acompañó a lo largo del tiempo. La certeza de que, si pasara cerca, sin duda intentaría burlar la atención de los adultos y, con las manos ahuecadas, tomar un poco de esa agua que me permitiera un trago o un enjuague, para asegurarme de que aquello, realmente, no era refresco.

Lágrima

L

Lilian Rocha

Traducida al español por José Manuel Lusilla

Es como si el tiempo
no hubiera pasado.
Pude ver tu sonrisa,
hasta sentí tu olor.
¡Era tanta la nostalgia!
No pude soportarlo,
y hasta quedé sin aliento.
Desperté asustada,
con un sollozo atascado en la garganta.
La mano bien cerrada
parecía contener algo.
La abrí curiosa, lentamente:
una gota.
La llevé a la boca.
Era salada.
Tu lágrima
ahora llora
por mis ojos.

Encarnación

E

Carlos Bone Riquelme

Así se llamaba, Encarnación, y desde aquella enorme cocina en la que dejaste transcurrir tu juventud fregando trastos y cocinando para otros, que a veces te mencionan entre plato y plato.

Llegaste joven, delgada, en pleno invierno, cubriéndote apenas con un chaleco que parecía tela de cebolla. Tiritabas toda, y desde debajo de aquel pelo que se pegaba a tu rostro, eso fue lo único que atinamos a decir: "Soy la Encarnación, patrona".

Yo, enroscado a las piernas de mi madre, te miré desde mis escasos cinco años, y tú me sonreíste despacio, como pidiendo disculpas por la intrusión, mientras mi madre te señalaba que entraras, pero directo a la cocina para que no mojaras el "parquet". Traías en tus manos un bulto de ropa tan mojado como tú, tus únicas posesiones, y contestaste las preguntas habituales de quien sería "la patrona", con seria humildad anquilosada en el conocimiento de cuál era tu posición en la vida.

Miraste la cocina, la cual sería tu reino por tantos años, y le dijiste a mi madre que sí sabías cocinar, pero que además podrías aprender lo que ella gustara. Entonces entraste en nuestras vidas, con la modestia crecida en el campo chileno, entre los aromos y los sauces, entre los ríos y las montañas. Eras joven, quizás rondando los trece años, pero ya debías aprender a ganarte la vida, pues la familia no podía alimentarte.

Encarnación sabía leer y escribir, lo poco que alcanzó a aprender en la escuela rural, y muchas noches me dormí escuchando su voz callada leyendo cuentos de navegantes intrépidos, o de personajes mitológicos que solo salen al campo de noche. Con ella aprendí a tomar el mate, el cual preparaba dulce con terroncitos de azúcar que desaparecían entre la yerba, disolviéndose como mis sueños.

Su risa era diáfana, de inocencia pura, y cuando yo, más grande, le preguntaba por su hogar, sus ojos se perdían misteriosos en las ventanas brillantes, para contarme historias de caballos y vacas, de vendimias y trillas, y ella parecía regresar a su infancia, que al igual que la mía, se alimentó de personajes inexistentes.

Esto nos acercó, y entre ella y yo, creció una secreta complicidad que aumentó hasta aquel tiempo cuando dejé el hogar, con mis padres ya maduros, y me fui a la universidad.

Encarnación aún permanecía soltera, nunca se casó, y quizás por esa razón, me atendía como si yo fuera su hijo, haciendo que mi madre, a veces, mostrara celos de este amor que para ella no era compartido.

Pero con el tiempo, aceptó esta relación tan particular, pues era un amor quieto, maduro, lleno de misterios que ella no podía entender. Es que con Encarnación vivíamos en otra dimensión, compartiendo el mundo de la mitología, alimentándonos de "traucos" y barcos fantasmas que asolaban las costas con figuras llenas de fuego, que podrían ser espíritus.

Mis padres envejecieron, y mi padre falleció repentinamente de un ataque cardíaco, así que regresé al funeral cuando recibí el llamado. Encarnación abrió la puerta con los ojos llenos de lágrimas, y me abrazó como si ella fuera mi madre. Cuando entré a la casa, supe que mi madre estaba durmiendo gracias a un tranquilizante, y en medio de la sala estaba el féretro donde yacía él, aquel que jugó conmigo tantas veces; el mismo que me enseñó a andar en bicicleta, y que se ponía al arco para que yo le pateara el balón.

Me paré a su lado sintiendo el pesado olor de las camelias y pude ver su rostro pálido, casi como la cera, donde ya no estaba él. Encarnación me dejó solo, mientras preparaba un café, que dejó en el comedor, mientras la gente que venía a dar el pésame me rodeaba con abrazos y palabras que no pude escuchar.

Cuando todo el mundo se fue, y el silencio envolvió nuestro hogar, pude despedirme de mi padre dejando que las lágrimas corrieran libremente por mi rostro, y entonces dejé que ella me secara las lágrimas, como cuando era niño, y abrazándome me cantara canciones del sur, llenas de melodías que parecían guitarras tocando al viento.

Ella me desnudó, y luego se acostó a mi lado, igual de desnuda que yo, y me abrazó tiernamente dejando que mis besos corrieran por sus pechos pequeños de mujer madura.

No hicimos el amor, pero esto nos unió más que nunca, pues fue como la confirmación de ese algo que como el cordón umbilical alimentaba mi espíritu.

Mi madre estaba como un fantasma, tomando tranquilizantes, y sin darse cuenta de lo que sucedía, nos dejó el espacio a Encarnación y a mí para conocernos íntimamente. Durante los días que pasé en mi hogar, dormimos juntos cada noche, acariciándonos y sintiéndonos amantes; y yo pude conocer el amor completo, aquella entrega del alma y la carne que solo se conoce en el misterio de la relación sagrada con una mujer.

Volví a la universidad, pero mis noches eran de ella, pues la soñaba sintiendo su aroma natural, sus labios frescos junto al aliento a perejil, y sus manos que como soplos me recorrían entero. Apenas terminó el semestre, regresé a mi hogar, para saber que ella se había marchado.

Mi madre estaba desconsolada, pues en cuestión de semanas había perdido a su esposo, y luego a aquella mujer que nos acompañó por tantos años. No podía entenderlo, y yo caí en estado febril de desesperación que me llevó al alcohol, y pasaba las noches murmurando su nombre, y bebiendo de botellas hasta dejarlas vacías.

Pero un día desperté con la intención de encontrarla como fuera, y entré en el que fue su dormitorio y revisé cada espacio de este, hasta que encontré unas cartas de su familia con la dirección del hogar paterno.

Me despedí de mi madre y tomé un bus a Temuco, desde donde me embarqué en una micro interprovincial hacia un pueblo llamado Chesque. Llegué entrada la noche, pero preguntando encontré la casa de Encarnación, la cual era modesta, como aquellas casas de campo estucadas en blanco, con techo de tejas diseñadas por el clima duro del sur, y en su ventana, una luz iluminaba hacia el exterior.

Toqué la puerta, y Encarnación abrió, quedándose estupefacta de verme allí parado, frente a ella. Cuando la miré, pude ver que su vientre estaba abultado, y ella trataba de esconderlo bajo un mantel que pendía de sus manos, pero yo, de rompe y raja, le pregunté: "¿Es mío?", y ella soltó el llanto, pero yo la abracé, y le dije suavemente al oído: "A este muchacho lo criamos entre los dos".

Coraje

C

Beatriz T. Balzan Barbisan

TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR JOSE MANUEL LUSILLA

Cada mañana, despierto, abro candados y libero la esperanza amordazada que mantengo encadenada. Me quito hábitos viejos que ya no abrigan. Me visto con nuevos sueños que alimento con fe. Armada de esperanza, me embarco en el optimismo y voy a la lucha. ¡Glorifico al creador! Si tropiezo en mis pasos, me renuevo con abrazos de optimismo protector. Cada día que avanza, se lleva mi pasado y yo renuevo la esperanza por veinticuatro horas más

El pasado

E

María da Gloria Jesús de Oliveira

TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR JOSE MANUEL LUSILLA

Ya fui joven y manos de hada tuve,
piel sedosa con brillo y altivez.
Percibo ahora que no todo vive
y que el tiempo me quitó la robustez.
Lupa en mano, cual detective,
buscando en los caminos un "tal vez",
sé que jamás certeza alguna obtuve:
Ver nacer lo que era solo niñez.
Desisto de lo que sé es imposible,
acepto los tatuajes que me cubren,
tachando lo que fue un liso tejido.
Solo en mis ojos es risible
hallar resquicios de la joven,
cuando muestro la alegría en una carcajada.

Metamorfosis de las emociones

M

Sandro Gonçalves da Silva

TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR JOSE MANUEL LUSILLA

En el tropiezo de las dudas, hallo mi fuerza,
entre el miedo y el sueño, la vida me esculpe.
Cada verso ilumina, cada dolor enseña,
lo que oprime el pecho, la poesía alivia y afina.

En la sutil frontera entre caos y claridad,
hago de la lágrima puente hacia la levedad.
El sentir que desafía, también me renueva,
y en la danza de las palabras, mi alma se transforma.

Es leve quien lleva el mundo sin doblegarse,
en la levedad de la mente, se halla el lugar.
Porque ser leve no es ausencia de peso,
es saber flotar con gracia, aun en medio del miedo.

Me fui

M

María Manuela Asenjo

Y yo me fui.

Y al instante, crispaste en un rictus amargo tu cara lívida.

Y después vagaste, contemplativo, por las calles oscuras. Sin entender.

Mucho tiempo después aún llorabas lágrimas de aturdimiento y regabas el jardín de agua salada.

En un rincón, en un no sé, en un por qué.

Incluso tú, ateo convencido, encargaste novenas en mi nombre, por mi alma. ¡qué alma!

Ahora ya, enemigo e ignorante de la tecla y de la técnica, aprendes fotoshop a toda prisa.

Retocando mis mejores fotos, para conseguir la perfecta que presida ese altar.

Con velas, con rosas de té, de aquellas mías, mis preferidas, las que nunca conseguimos que crecieran.

Despiertas sudoroso de mil pesadillas

Tú, insociable incorregible, sueltas frases de amor por mi persona, alabanzas inútiles y tardías a todo oído que quiera recogerlas.

Ahora, digo, ahora… si lo llego a saber, ironía en on , no me hubiera ido.

Pero me fuí, y nunca llegué a ver los altares, ni a mojarme con las lágrimas, ni a oler las rosas, ni a escuchar las palabras, que, por otra parte,
nunca hubieras dicho si no me hubiera ido.

Así que, a mi pesar … me fui.

 

Recuerdos

R

Silvia C.S.P. Martinson

 

Mientras ella estaba sentada en uno de los cuatro rincones que había imaginado para interiorizarse y huir del mundo real que la rodeaba, comenzó a recordar hechos ocurridos en su pasado.

Recordó una casa que sus padres habían alquilado en un barrio que no era aquel en el que, posteriormente, prácticamente, vivió casi toda su infancia y juventud.

Esta vivienda era una casa de madera sencilla, pero ubicada en una calle tranquila que también tenía un gran patio donde pasaba horas jugando y soñando, como siempre, con sus amigos imaginarios.

Ella tenía entonces 4 o 5 años de edad.

Sentada en la tierra del patio le gustaba observar a las hormigas trabajando en grandes senderos, llevando pequeños trozos de verduras hacia sus nidos. Imaginaba que allí estaban con sus crías alimentándolas, como hacía su madre cuando las recogía a ella y a sus hermanos a la hora de comer. Le encantaba verlas trabajar, mucho más cuando cargaban hojas mucho más grandes que ellas mismas.

Su pensamiento retrocedió también a un hecho ocurrido en aquella época con su hermano menor, se llamaba Gustavo y tenía entonces 4 años.

Él fue a casa de una vecina amiga para jugar con la hija de esta, por quien él tenía especial afecto.

Los dos jugaron mucho y cuando él regresó a su casa fue rápidamente debajo del piso, ya que la vivienda se distanciaba del suelo y allí, en ese espacio, había muchos utensilios guardados.

Ella recordó además que la madre los llamó a cenar y ambos acudieron prontamente, ya que ella no permitía que sus órdenes no fueran cumplidas inmediatamente.

Después de la cena, ambos fueron a sus habitaciones para prepararse para dormir.

En aquella época los niños se iban temprano a la cama sin mayores quejas o molestias.

Al día siguiente, la madre de la niña tocó el timbre de la casa llamando a la madre de Gustavo, pues tenía que hablar con ella.

Las dos se encontraron en el portón de entrada, sin embargo, la otra señora no quiso entrar a pesar de ser invitada y con cierta brusquedad le relató a la madre de Gustavo que él le había robado a su hija una pulsera de oro.

La madre de este, asombrada, lo llamó y lo interrogó sobre lo que había hecho.

Él estuvo de acuerdo con el hecho de haberse quedado con la pulsera, sin embargo, argumentó que la niña se la había ofrecido, y contó además que había guardado la joya debajo del subterráneo en una cajita de madera donde guardaba las monedas que recibía de regalo en su cumpleaños.

Ante tal hecho, la madre, avergonzada, lo hizo buscar la caja y devolverle a la vecina la susodicha pulsera.

Mientras recordaba el hecho ocurrido, ella recordó además que hasta la fecha en que allí residieron, nunca más se les permitió a estos dos niños, Gustavo y su amiguita, jugar juntos.

Los padres de ambos pasaron a ignorarse mutuamente.

A Gustavo, hoy un hombre de respeto y joyero famoso, los objetos coloridos y brillantes siempre le llamaron la atención.

Él no tenía noción en esa época del valor exacto de las cosas, a pesar de que en su casa le enseñaban que nunca debía tomar algo que no le perteneciera.

Realmente él era muy inocente.

Una simple historia

U

Carlos Bone Riquelme

 

La mañana estaba fresca, aunque ya era enero en concepción y el sol brillaba en el cielo.

Hellen deja su casa en Cochrane, y camina recto hacia el centro de la ciudad.

Sus pasos son no solo apurados, sino seguros, pues tiene una importante cita que será crucial, aunque ella no lo sabe, para su futuro.

Pero volvamos un poco atrás.

Hellen estudiaba en la Universidad de Concepción, pero además había terminado un curso de secretariado en la escuela de Juanita Loosly, la mejor de toda la octava región, la cual ella pensaba que complementaron sus estudios con taquigrafía y otras habilidades propias de una secretaria.

Era verano y toda la familia se había ido al campo dejándola sola, a ella y Alicia, la muchacha que ayudaba en casa, pues ella debía terminar un último certamen de su carrera.

Pero durante el tiempo, sola su cabeza, siempre ocupada en hacer diferentes planes buscaba nuevas formas de ganar dinero adicional, y decidió que una buena manera sería trabajar haciendo reemplazos en el Banco de Concepción.

Así que hoy se levantó un poco más temprano poniendo en orden su Curriculum Vitae con algunos otros documentos que probaban sus estudios, notas, y trabajos hechos, como el de profesora asistente en una escuela de San Pedro.

La familia no sabía lo que ella planeaba, aún más, la esperaban para continuar un periodo de esparcimiento en aquel lugar idílico junto a la familia de cercanos amigos en la Zanja, propiedad de la familia Bruhn.

Hellen apuro un poco el paso, no por temor a llegar tarde, sino por nerviosismo pues la posibilidad de conseguir este trabajo de verano la excitaba mucho.

Cuando llegó frente a la entrada principal del banco, entró sin vacilar dejando que sus ojos verdes recorrieran el primer piso donde estaban las cajas y un sector de atención al cliente.

Hellen era delgada, de pelo castaño oscuro, pero lo que verdaderamente la destacaba, eran aquellos ojos que no solo eran almendrados, pero además brillaban con una pasión casi felina.

Ella apenas vaciló un segundo, y se acercó al guardia vestido de uniforme azul, para que le indicase la oficina de personal.

Una vez en la oficina le explicó a la secretaría el motivo de su visita, y le entregaron varios documentos para llenar, los que ella, lentamente y con mucho cuidado, los completó de punta a cabo.

Pasaron algunos días y recibió una llamada del banco para presentarse a una entrevista con el gerente de personal.

Hellen se sentía segura de que la contratan, pues su juventud le impedía ver dificultades, solo éxitos; y así, la entrevista se desarrolló de la manera que ella esperaba sintiendo que el puesto será suyo, sin importar en qué posición entrara, pues, al fin y al cabo, solo sería un reemplazo que duraría lo que restaba del verano pues luego ella volvería a sus clases en la universidad.

Fue citada a una última entrevista, donde la presentaron a quien sería la jefa durante este periodo de trabajo.

La jefa sería Luz María Larraín, quien era conocida de su familia, así que ella se sentía dueña del mundo.

Sus padres estaban sorprendidos, pero al mismo tiempo orgullosos de su capacidad personal de gestión, así que aquel verano, Hellen, fue integrada a esa magnífica familia que era el banco de Concepción.

Pero aquellos meses de verano se extinguieron con rapidez, y llegó el día en que ella fue llamada nuevamente a personal pues su contrato estaba llegando al fin.

En esta nueva entrevista Hellen fue presentada con la interrogante de si quería continuar trabajando allí, pero ahora como empleada a tiempo completo.

Era una decisión difícil, pues solo le quedaban unos pocos ramos para graduarse de Licenciatura en Francés, Traducción Español Francés.

Ella se encaminó a la universidad, bajando por Cochrane para luego tomar Chacabuco directo hasta la Plaza Perú.

Los días de verano estaban quedando atrás, y el cielo se veía ya atiborrado de negras nubes que auguraban aquellas lluvias tan típicas del otoño penquista.

También corría un viento de aquellos que la hacían tiritar debajo de su abrigo, pero sus mejillas estaban arreboladas y un halo de vapor salía de su boca mientras sus pasos llegaban a la escuela de lenguas.

Podía ver las estatuas blancas que decoraban los caminos de la universidad, y ya el movimiento de estudiantes que regresaban a sus aulas se iba intensificando.

Pronto el tráfico sería mucho más con la llegada de los “mechones” o nuevos estudiantes que vendrían de todos los puntos del país.

Entró al edificio gris de la escuela, y se dirigió a la oficina de asuntos estudiantiles.

Cuando salió de allí, después de conversar con la persona que la orientó sobre sus estudios, se encontró con algunas compañeras con las cuales formaron un pequeño grupo desde donde se podían escuchar las risas de aquellas muchachas que estaban recién comenzando la vida que se les aproximaba con una rapidez que no podían imaginar.

Hellen tampoco lo sabía, pero el futuro se presentaba más complicado de lo que ella podía vislumbrar.

En los días siguientes ella decidió que podía seguir trabajando en el banco, y además terminar las clases que aún le quedaban pendientes.

Ella estaba acostumbrada a realizar varias actividades al mismo tiempo, así que aun a pesar de las dificultades, ella solo veía soluciones.

Y un día de marzo, fue contratada como empleada de planta del banco, con un sueldo mayor de lo que había recibido como reemplazo, y, además, recibiendo beneficios que ni siquiera sonaba a esta temprana edad.

Ella solo tenía 22 años y sentía que la vida le sonreía.

Día especial

D

María Manuela Asenjo

 

Me afano ante el espejo con la raya del párpado. Mi pulso temblón hace que haya tenido que limpiarla dos veces.

Primero el fondo blanco, el de efecto buena cara. El maquillaje un poco espeso, colorete…

Hace años que no me pinto, leo los apuntes posados en la repisa del lavabo con atención, cumpliendo cada paso, como si fuera la chuleta de una chica de instituto: sombra oscura en el inferior en forma de nuez que combine con el tono del iris o la ropa… ¡Ay, qué nervios! Reflejos luminosos en el superior… que resplandezca la mirada… Bueno, voy teniendo mejor cara. Espera, un poco más de polvo en los pómulos.

Miro el reloj por enésima vez, es casi la hora. En unos diez o quince minutos llegará. Tengo que estar impecable.

Retoco el perfilado de labios, me pongo la chaqueta de mi mejor traje sobre la blusa de seda. «Qué demonios —le digo a la mujer del espejo mientras pulverizo un poco de laca—, estás espectacular. Deberías arreglarte más a menudo».

He tardado en elegir qué zapatos ponerme. Pero elegí estos, los altísimos, de ante negro; estaban guardados al fondo del armario. La verdad es que me destrozan los pies, pero son los más sexys. Hoy estoy empeñada en que me vea despampanante, especialmente atractiva…

No he terminado de calzarme y oigo la llave entrar en la cerradura. Salgo de la habitación a la vez que él cierra la puerta. Da la vuelta, queda paralizado. Ha clavado sus ojos en mí y no puede apartarlos. Noto una mezcla de admiración, deseo y extrañeza.

—¿Y eso? —sospecha.

—¿El qué? —sonrío nerviosamente.

—Ese aspecto, ¿por qué te has puesto tan guapa?

—Quería darte una sorpresa.

—¿Y el niño?

—Lo llevé a casa de mi madre. Quería quedarme contigo a solas.

—No entiendo, ¿qué celebramos hoy? Además, no iremos a salir; te olvidas de mi esguince, me duele mucho el pie.

Sigue quieto sosteniendo las llaves y la cartera, junto a la entrada. Avanzo hacia él desde el fondo del pasillo, decidida.

Con mi sonrisa más embaucadora me pongo de puntillas acercando mi boca a su oído (¿detecto un ligero destello de temor en sus ojos?).

—Hoy es una fecha muy importante, cariño, hace exactamente siete años, tres meses y veinte días que empecé a convivir contigo. Y mira, habremos tenido un hijo, habremos pasado muchas cosas, habrás marcado un antes y un después en mi vida, de hecho, has dejado en mí huellas imborrables. Pero hoy por fin quiero darte las gracias. No sé lo que sucederá mañana, si podré cumplir mis proyectos, ni siquiera si los tengo. Lo que sí te aseguro, querido, es que ¡jamás volverás a ponerme la mano encima!

No le da tiempo a reaccionar. Intenta agarrar mi brazo, pero me suelto enérgicamente. Saco mi maleta y mi bolso del armarito de la entrada y salgo con paso firme, barbilla en alto y mirada desafiante. Solo yo noto cómo me tiemblan las piernas, mientras arrastro el equipaje, poniendo especial cuidado en que las ruedas pasen por encima de su dolorido pie.

Abajo me esperan en el coche, es el principio de mi nueva vida. Sé que mañana, por fin, habré despertado para siempre de estos siete años de pesadilla. Por eso retoco nuevamente mis pómulos en el ascensor, que no se note ni un resto del pasado.