Autor/aSilvia Cristina Preissler Martinson

Nació en Porto Alegre, es abogada y actualmente vive en El Campello (Alicante, España). Ya ha publicado su poesía en colecciones: VOCES DEL PARTENÓN LITERARIO lV (Editora Revolução Cultural Porto Alegre, 2012), publicación oficial de la Sociedad Partenón Literario, asociación a la que pertenece, en ESCRITOS IV, publicación oficial de la Academia de Letras de Porto Alegre en colaboración con el Club Literario Jardim Ipiranga (colección) que reúne a varios autores; Escritos IV ( Edicões Caravela Porto Alegre, 2011); Escritos 5 (Editora IPSDP, 2013) y en español Versos en el Aire (Editora Diversidad Literaria, 2022). En 2023 publica, mano a mano con el escritor Pedro Rivera Jaro, en español y en portugués, el libro Cuatro Esquinas - Quatro Cantos.

La tumba

L

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro
 
Fui a visitar aquella tumba cuando estuve en Gaurama, antigua provincia de Erechim en el estado de Rio Grande do Sul, Brasil.
 
Era simple, pero bien conservada. Estaba situada justo al inicio del cementerio y consistía en una cerca de hierro torneado y una cruz donde estaban escritos en una placa de metal los nombres de las personas allí enterradas.
 
No había lápida, la tumba era de tierra, que sin embargo estaba cubierta por flores silvestres de varios colores y un rosal con rosas rojas.
 
Allí había paz y soledad al mismo tiempo. La impresión que daba el lugar era que hacía mucho tiempo que nadie lo visitaba.
 
Entonces, en ese momento, me volvieron a la memoria las historias que había escuchado tantas veces cuando era niña.
 
Allí estaban enterrados un matrimonio.
 
Había escuchado su historia contada por otros.
Él era, según me dijeron, ruso. Era ingeniero agrícola. Pienso que por su apellido debía de ser judío, ya que ese nombre no parecía del idioma ruso. Se llamaba Carlos, Carlos Martinson.
 
Trabajaba en el palacio del Zar como ingeniero jefe, encargado de administrar los jardines y plantaciones del mismo.
 
Me contaron que ese Zar estaba loco y que, en pleno invierno, cuando todo quedaba cubierto de hielo, exigía que los jardines estuvieran llenos de flores cuando él pasaba en carruaje. Su nombre era Nicolás II.
 
Carlos, debido a su habilidad y conocimiento agrícola, criaba rosales en invernaderos y tenía, para satisfacer a ese déspota, rosas que colocaba en los parterres esperando el paso del todopoderoso Zar, las cuales, al final de su recorrido, ya estaban muertas y secas por el frío.
 
Carlos estaba casado. Su esposa era procedente de Lituania, hija de una familia de origen noble y cuyo apellido era Von Rohnes o Rhouness. Se llamaba Cristina.
 
En esa familia, como en toda su descendencia, la hija primogénita lleva el nombre de Cristina, sea como primer o segundo nombre.
 
Ella era enfermera de alto nivel, es decir, especialmente cualificada para participar, incluso, en cirugías. Era una mujer muy culta, habilidosa y elegante. Sabía, incluso, hacer perfumes.
 
Bien, continuemos con la historia de los dos.
 
Se conocieron en algún lugar de Europa, no sabemos dónde. Se casaron y fueron a vivir a San Petersburgo, ciudad ubicada en el mar Báltico, un puerto que fue durante dos siglos la capital imperial de Rusia, y donde Carlos desempeñaba sus funciones en el palacio del Zar. De su unión nacieron 10 hijos.
 
El pueblo estaba hambriento y descontento con el Zar por su gestión desastrosa en la conducción del país, que se encontraba en la miseria mientras él, su familia y sus cortesanos vivían en el mayor lujo y opulencia. La revolución comunista y el descontento general ya se sentían por las calles de la ciudad.
 
Carlos tenía un hermano que era comunista. Este le advirtió lo que iba a suceder a la familia real y a todos los que la rodearan, incluidos los sirvientes. Todos serían asesinados, encarcelados y fusilados a ser posible, para que el nuevo sistema gubernamental se implantara sin mayores resistencias.
 
Ante tal conocimiento, Carlos hábilmente abandonó el palacio con su familia, atravesó Europa y, después de un tiempo, embarcó rumbo a las Américas. Su hermano hizo lo mismo, pero por otro camino. Atravesó Siberia a pie y llegó a Canadá, donde se estableció.
 
Carlos llegó a América del Sur, más concretamente a Brasil, donde primero se estableció en la ciudad de Campinas, donde trabajó en las plantaciones.
 
En Campinas, él y su esposa tuvieron dos hijas más, las únicas brasileñas, una se llamaba Natalia, la mayor, y la otra más joven, María.
 
Sin embargo, no permanecieron mucho tiempo allí. Carlos quería tener su propio espacio, ser dueño de su vida y de su propiedad, es decir, dejar de ser empleado.
 
Y así, de acuerdo con Cristina, su esposa, compraron tierras en el sur del país,  en un pueblecito llamado Gaurama, nombre que conserva hasta hoy.
 
No obstante, para llegar allí solo se podía ir a lomos de burros y en carretas que eran conducidas con las familias de inmigrantes hasta esas tierras inhóspitas. Había en esas tierras pumas, monos y serpientes de todo tipo.
 
Construyeron su casa, que adornaron con los objetos que habían traído de Rusia, tales como aparatos para hacer los perfumes que Cristina tan bien sabía elaborar junto con sus hijas mayores, además de un candelabro de 7 velas y un samovar para preparar el té.
 
Los habitantes de esa región, muy pocos, eran personas más simples, con poca educación y cultura, y por eso miraban a esta familia con cierto desdén y, al mismo tiempo, con disimulada envidia.
 
Las hijas más pequeñas fueron bautizadas en la religión católica ortodoxa.
 
Los árboles en ese lugar eran tan viejos y grandes que los doce hijos juntos no podían abrazarlo sus troncos.
 
La rigidez del clima, las costumbres, y las dificultades inherentes al lugar, hicieron que una de las hijas muriera durante la famosa gripe española, que diezmó grandes poblaciones y arrebató a muchas familias a sus seres queridos.
 
Desafortunadamente, para los hijos, los padres Carlos y Cristina vivieron poco tiempo allí.
 
Carlos murió como consecuencia de la caída de un caballo sobre él mientras cruzaba un río.
 
Ella falleció algún tiempo después a causa de una neumonía mal curada en un lugar donde no había médicos ni medicinas.
 
Los hijos mayores se dispersaron en busca de nuevas tierras y oportunidades.
 
Solo quedó allí un hermano casado, quien crió a la hija menor, María, y hasta hace algunos años, ella, también casada y con nietos, aún vivía en esa ciudad.
 
Hoy no se tienen más noticias de ellos.
 
Natalia fue llevada para ser criada por otra hermana que, también casada, la llevó a su casa y, junto con su esposo, la tuvo, dándole poca educación, viéndola más como una empleada doméstica.
 
Sin embargo, a pesar de todas las dificultades y de quedar huérfana a los cuatro años, Natalia creció y aprendió un oficio y, prácticamente autodidacta, mantuvo durante toda su vida un gran amor por los libros, siendo una lectora voraz y amante de la buena música, asistiendo cuando podía a los conciertos que se daban los domingos en la ciudad donde, después de casarse, fue a vivir.
 
Natalia fue mi adorada madre.
 
Carlos y Cristina fueron los abuelos que, lamentablemente, no conocí y a cuya tumba rendí mis homenajes póstumos.

Chiquiña

C

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Hoy son blancos. Blancos y sueltos al viento, tan hermosos como la nieve que cae.

Una vez fueron negros, hace mucho tiempo.
Sus cabellos son los testigos de muchas experiencias vividas.

Ahora camino a su lado, de su mano me sujeta.

Nosotros dos, de tanto tiempo cómplices, por las calles, lentamente caminamos. Yo siempre a su lado.

Soy suyo. ¿Cómo no serlo?

Sí, soy su fiel compañera.

El tiempo es corto para ambos.

Me pesa aún más. Estoy segura de que pronto me iré.

El me acaricia, me habla, y me mima.

Qué feliz me siento en estas horas de convivencia más cercana.

Caminando juntos recorremos las calles, él guiándome.

Somos viejos y cuando nadie nos ve, me cuenta en voz baja lo que ha pasado, lo que pasa en su corazón.

Me habla de sus alegrías, de sus tristezas y de sus esperanzas rotas.

Y todavía siento su alma palpitando cuando me habla de sus amores y deseos.

¡Que maravillosa intimidad la nuestra!

Todo mi cuerpo vibra al sentirlo.

Como he dicho antes, el tiempo es escaso.

Para mí es más rápido.

Dicen que son siete por cada año del hombre.

No lo sé.

Tengo que organizar la despedida.

No quiero hacerle daño, ni hacerle sufrir.
No se lo merece, teniendo en cuenta todo el cariño que me tiene y los sacrificios que hizo por mí.

Lo sé… Haré lo mismo que todos los que son como yo, cuando llegue el momento.

Sin que se dé cuenta, cuando abra la puerta saldré corriendo por las calles de la ciudad en busca del campo, correré y me esconderé.

Y allí me quedaré tranquilla, escondida, hasta que ella llegue. Como siempre nos llega a todos.

Soy vieja. Se me cae el pelo. Mis ojos ya no ven bien, ya no puedo defenderlo.

Ya casi no se oye mi ladrido.

¿Aún no lo sabes?

Yo soy Chiquinha, su perra.

Me estoy muriendo

El profesor

E

Silvia C.S.P. Martinson

Traducida al español por Pedro Rivera Jaro
Cuando entré a clases de secundaria lo conocí.
Era la primera vez que asistía a esa escuela, que en ese momento era considerada la mejor escuela pública para niñas. Funcionó en un colegio privado masculino evangélico, ya que el gobierno del Estado le pagaba alquiler porque no había disponibilidad de un edificio propio que le permitiera operar. Por la mañana estudiaban allí alumnos varones del colegio evangélico. Por la tarde se impartieron clases a las alumnas del colegio público.
 
La admisión a esta escuela fue bastante difícil, ya que las candidatas para el puesto debían realizar un examen de conocimientos generales, impartido en 1er Grado, tanto escrito como oral. La nota media en cada materia fue 8, lo que hizo que muchas candidatas al puesto no pudieran alcanzarla.
 
El año académico comenzó en marzo y finalizó a mediados de diciembre para quienes aprobaron, luego de los exámenes escritos y orales. También se produjo la llamada 2ª temporada, cuando a finales de diciembre y principios de enero se aplicaban nuevos exámenes a las recalcitrantes, dándoles una segunda oportunidad de aprobar.
 
Cabe decir, de paso, que en aquella época se consideraba una vergüenza que la estudiante dependiera del “2º Periodo” para pasar a las clases del año siguiente. Estas estudiantes eran consideradas perezosas o poco inteligentes. El requisito de conocimientos en estos exámenes fue mucho mayor que los solicitados al final del año escolar.
 
También había días festivos a mediados de año, más precisamente en el mes de julio, que se considera, en mi país, el período más frío por ser invierno. A este descanso de 30 días se le llamó entonces “vacaciones”.
 
Era una época en la que nos quedábamos en nuestras casas resguardadas del clima y podíamos dormir hasta tarde, sin mayores compromisos.
Todo esto os lo cuento, en principio, para entrar ahora en la historia principal.
 
Empecemos entonces.
 
Me pasó en los primeros días del año escolar, es decir, marzo. Con mis ingenuos 13 años, pasé  frente a una aula donde estudiaban jóvenes mayores que yo. Me atrajo la forma en que el maestro se dirigía a las estudiantes.
 
Era un hombre de mediana edad, bien vestido y elegante. Sin embargo, tenía una expresión arrogante y hablaba en voz alta a las jóvenes, lo que nos permitió escuchar lo que decía. Llamó a las estudiantes de pobres ignorantes, y no preparadas para sus clases y que nunca debían esperar de él una nota de 10 porque solo dependía de él.
 
Las aterrorizadas estudiantes lo miraron con asombro y preocupación ante tanta arrogancia.
Más tarde descubrí que siempre reprobaba a muchas  al final del curso para que tuvieran que repetir el año. Ante tal visión en ese momento, me juré a mí misma que nunca sería su alumna.
 
Me equivoque. 
 
En el 4º y último año de secundaria tuve la desagradable sorpresa, al regresar a clases, de que éste sería nuestro profesor de dibujo geométrico. Luego vino a dar mi clase.
 
Su método agresivo y soberbio no había cambiado en absoluto. Se creía muy inteligente y capaz y los alumnos sólo servían para ser masacrados y pisoteados por su personalidad egocéntrica y cruel.
 
Tan pronto como observé todo esto, decidí nunca, como alumna suya, obtener una calificación inferior a 10 para hacerle ver que no era tan competente como quería parecer.
 
Entonces estudié y me preparé para mis exámenes. La primera vez saqué 10 y me llamó delante de toda la clase, burlándose de mí y diciendo que de alguna manera había copiado los resultados. Le dije que no. Que realmente merecía ese 10 porque yo había estudiado y me había preparado a conciencia.
 
Y así fue pasando el año y en todas las pruebas que hacía yo seguía sacando 10 y él me odiaba cada vez más por eso.
 
Al final del año, durante los exámenes finales, me aisló de las demás estudiantes en un rincón del salón donde examinó la mesa en la que yo me había sentado para ver si allí había alguna copia de su material e incluso tenía a otras compañeras comprobando si lo había hecho y se llevaba en mi ropa algún documento relacionado con su tema. También me hizo colocar todos mis útiles escolares en su escritorio, dejándome solo un lápiz, un bolígrafo y una goma de borrar.
 
Él comenzó la prueba para todas nosotras, pero se paró a mi lado controlándome durante todo el examen.
 
No me enojé; estaba tan disgustada con él que me esforcé aún más en responder correctamente las preguntas del examen. Lo terjminé y lo entregué en su escritorio.
 
Él, con mirada maliciosa, me dijo que me había dado vuelta, a lo que respondí:
- No, señor.
 
Yo, para su disgusto y grato recuerdo de mí,  volví a sacar un 10.
 
Terminé el año con una media de 10 en dibujo geométrico, un hecho sin precedentes en esa escuela.
 
Y, verdaderamente, eso es lo que pasó.

Chico

C

Silvia Cristina Preissler Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Salió de una camada de gallinas de pecho doble.

Eran criadas por nosotros en un gallinero muy bien hecho por mi marido, en un terreno baldío al lado de nuestra casa.
Eran hermosos especímenes de una raza criada para el sacrificio y también para producir huevos de calidad.

Teníamos varias, y muchas eran ponedoras.
No dábamos abasto con la cantidad de huevos producidos, así que vendíamos o regalábamos los excedentes.

Pues un día, una de ellas, al estar en contacto con el gallo, al que llamábamos Rojo y que formaba parte del lote, puso huevos fecundados y, gracias a su cuidado, estos eclosionaron. Y así fue. Los huevos eclosionaron y surgió una hermosa camada de pollitos.

Pronto, entre ellos se destacó por su fuerza y, de cierta forma, agresividad, un macho. Este, poco a poco, se fue transformando y se mostró, con el tiempo, como un hermoso gallo blanco. Le dimos el nombre de Chico.

Chico creció rápidamente debido a la alimentación y los cuidados que teníamos, como limpieza, higiene y medicamentos propios para una buena crianza.

¡Chico quedó hermoso! Sus plumas eran totalmente blancas, la cresta de un rojo vivo y tenía enormes espolones en los pies.
Su único defecto: su carácter.

Era profundamente celoso y protector del gallinero y de las gallinas que allí vivían.
Y un día, en su envidia y celos, mató a Rojo, su padre, a espolonazos. Cuando logramos acercarnos, Rojo ya estaba muerto. No quedaba nada por hacer.

Este gallo era tan bravo que casi no podíamos recoger los huevos. Simplemente atacaba, y era necesario entrar al gallinero con botas y mucha protección para poder aislarlo en un rincón y proceder a la limpieza y recolección de los huevos.

Hay un animal silvestre que gusta mucho de atacar a las gallinas para chuparles la sangre y comer sus huevos. Popularmente se llama Zorrillo (Gambá en portugués).

¿Zorrillo por qué? Porque adora la bebida alcohólica, y si quieres capturarlo, la mejor forma es poner un recipiente lleno de aguardiente y dejarlo en un lugar al que él pueda acceder fácilmente. Se embriaga y cae en un sueño profundo.

Pues bien, el tal zorrillo olfateó las gallinas y sus huevos y, en su afán, intentó entrar al gallinero trepando la cerca de alambre que lo protegía. No fue de otra manera... Chico, furioso, voló hacia la cerca y con sus espolones golpeó al zorrillo varias veces hasta que cayó muerto al suelo.

El gallinero tuvo que ser demolido, el terreno donde se encontraba fue vendido.

Las gallinas, así como el gallo Chico, las donamos a un vecino que tenía un gallinero grande y se ofreció a cuidarlas.

Después de unos días, nos enteramos de que Chico había matado al gallo del vecino y se había adueñado de todas las gallinas, manteniéndolas celosamente bajo su estricta vigilancia.

No se recogía por la noche antes de que todas las gallinas estuvieran cada una en su nido.
Y si alguna se retrasaba, la empujaba bruscamente con las alas para que se acomodara en el nido.

Era un gallo loco.

El señor Jaime, así se llamaba el vecino, se vio obligado a matarlo. Nadie más podía entrar al gallinero para recoger los huevos o alimentar a las gallinas.

Chico, el de las plumas blancas, después de muerto, nos proporcionó a todos un delicioso almuerzo, comenzando con un soberbio caldo y seguido de arroz con trozos de pollo en salsa, ensaladas y todo regado con un buen vino, que disfrutamos alegremente.

Chico tuvo su gloria y su merecido final.

Letras

L

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por
PEDRO RIVERA JARO
 
Comí un trozo de pan
tenía miel,
pensé: ¿por qué no tomarla
también de las palabras
todo el sabor de la hiel?
Endulza así la vida
hazla día a día
más alegre, más bonita,
¿pintada y coloreada?
Así adorné las letras
juntando unas con otras
en el significado buscando
de esta unión, la razón
para hacerlas más bellas,
quitándoles la amargura
y dejarlas bailar alegremente
felices y dulcemente,
como el sabor del pan
todo cubierto. Y ellas…
Con el olor de Madre
y el sabor más puro de
miel

Pacha

P

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro
Mi tío, que se casó con la hermana de mi padre, era francés de nacimiento, pero de familia y origen alemanes. Era muy culto y rico, gracias a su inteligencia y trabajo.
Vivió en muchos países antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Se casó con mi tía, la hermana mayor de mi padre, y fueron los únicos hijos de mis abuelos nacidos en Brasil. Hubo otros hijos mayores del primer matrimonio de mi abuelo que nacieron en Europa.
 
Voy a dar a este tío un nombre ficticio para que no se le identifique, al igual que a mi tía y a sus dos hijos. Así que a partir de ahora se llamará Martín, su mujer Ana y sus hijos André y Rosa.
 
Por supuesto, con su fuerte y dominante personalidad de maestro, a la que se sumaba su origen alemán, estos nombres no le irían bien.
 
En su casa, como en la de mis abuelos, el único idioma que se hablaba era el alemán. Mi padre escribía y hablaba perfectamente esta lengua, ya que había estudiado en una escuela tradicional donde, además de una excelente formación cultural, la lengua hablada era el alemán. Conocí esta escuela en una ciudad que visité y estaba dirigida a una clase más acomodada.
 
Bueno, para seguir con nuestra historia, el tío Martin llevaba su negocio y su familia de forma muy estricta.
 
Tenían una casa preciosa y muchas comodidades y modernidad para la época. A sus hijos no les faltaba de nada, incluso juguetes bonitos y caros.
 
La música era una de las prioridades de la familia, incluida la mía.
 
Los niños estudiaban y tocaban el piano con maestría y su madre era experta en un instrumento que casi nadie conoce hoy, el sitar.
 
Cambiando de tema, volvamos a hablar de Martin.
 
Le encantaba cazar y para ello tenía en casa dos perros de raza, Pointers que eran sus fieles compañeros. Uno de ellos, de pelaje blanco y manchas marrones, se llamaba Pacha. Era un perro muy guapo y manso con los niños pequeños, pero cuando estaba en el campo, sólo obedecía ciegamente a su amo y hacía fielmente todo lo que se le mandaba. Y así sucedía con todas las salidas de caza del tío Martín.
 
Pero un día, todo fue diferente. Os contaré lo que pasó.
 
El tío Martín estaba cazando liebres en el campo con su rifle. La maleza era un poco alta, llena de arbustos que no le permitían visualizar bien su entorno.
 
Sin embargo, con su precisión habitual, divisó a la liebre que corría entre los arbustos a poca distancia de donde el se encontraba. Apuntó a la cabeza del animal y efectuó un único disparo con su potente rifle. El animal cayó entre las plantas.
 
Martin ordenó entonces a Pacha que fuera a buscar la pieza, como estaba acostumbrado y entrenado a hacer. Pacha siguió el rastro del animal y cuando estuvo cerca de él, se detuvo y no lo recogió en la boca como hacía siempre para llevárselo a su amo.
 
Martin, asombrado y molesto al mismo tiempo, ordenó en voz alta a Pacha que le trajera la caza. Finalmente el perro le obedeció y regresó lentamente con la liebre entre los dientes. Cuando se acercó al tío Martín, cayó a sus pies con la caza y tres mordeduras de serpiente en el hocico.
 
Cuando mataron a la liebre, ésta había caído sobre un nido de jararacas y cuando Pacha las vio, al principio se echó atrás, pero como era obediente y fiel a su amo, obedeció la orden de recoger el animal cazado. Pacha yacía a los pies de Martín terriblemente herido y moribundo.
 
En aquella época, las serpientes campaban a sus anchas por el campo y era normal que la gente sufriera mordeduras y muriera a causa de su veneno.
 
Siempre que Martin salía de caza, llevaba consigo suero antiofídico, que ya existía en aquella época.
 
Cuando el tío Martin vio a su perro favorito en ese estado, empezó a llorar copiosamente. Amaba a ese animal.
 
Desesperado, aplicó el suero al perro, lo metió en su coche y condujo de vuelta a la ciudad a la velocidad que le permitían las primitivas carreteras de tierra de la época.
 
Pacha, con los cuidados de un veterinario, se salvó, no murió, pero permaneció ciego hasta el final de sus días y cuando percibía la presencia de su dueño, cuando éste llegaba a casa del trabajo, le esperaba tumbado en el portal moviendo el rabo, gimoteando y de sus ojos ciegos caían lágrimas.
 
Y así fue hasta el final de sus días.
 
Martin no volvió a salir de caza.

Confinada

C

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro
El edificio era alto, de unos quince pisos. La arquitectura moderna. Grandes balcones.
Puertas y ventanas que daban una vista completa de la calle desde los balcones.
 
Era azul y se mezclaba con el cielo resplandeciente que suele haber en estos pagos mediterráneos, en Campello un "pueblo" de Alicante - España.
 
Enfrente hay un gran parque con árboles y muchos bancos para sentarse y disfrutar del tranquilo entorno.
 
Me sentaba allí casi todos los días para leer, pensar y observar.
 
Una mañana, cuando estaba sentado, después de mi paseo diario, en un banco frente a este edificio, la vi.
 
Desde la distancia parecía más o menos joven, con el pelo corto y castaño que brillaba al sol.
Debe haber vivido en el décimo o undécimo piso. Realmente no había forma de calcular correctamente.
 
Lo que me llamó la atención desde donde estaba en la plaza fue que: entró rápidamente por una puerta y desapareció para salir por otra unos minutos después. Esto sucesivamente, sin parar, durante casi una (1) hora.
 
En los días siguientes volví a pasear por la plaza, como hacía siempre.
 
En este punto, mi curiosidad ya se había despertado y comencé a diario a levantar la vista y observar la misma escena. Durante meses.
 
Quería saber quién era esa mujer y qué hacía.
Fui al edificio donde vivía y hablé con el portero, que no pudo decirme mucho, diciendo que no la conocía y que nunca pasaba por la calle.
 
Pensó que estaba casada, pero no estaba seguro.
 
El tiempo pasó y la escena se repitió hasta que un día no la vi más.
 
Parecía tan hermosa desde lejos.
 
Volví al edificio de nuevo y pregunté al nuevo portero por ella.
 
Era más hablador.
 
Luego me dijo que la bella mujer vivía recluida en su piso. Que cuando su marido salió cerró la puerta y se llevó la llave. Era demasiado celoso.
 
Un día, al volver a casa temprano, encontró al antiguo portero dentro, charlando amistosamente con su mujer.
 
Poseído por la desconfianza y los celos exacerbados, sacó un revólver que llevaba consigo y, sin preguntar, les disparó a ambos.
Se sabía, según el último portero, que el primero había derribado la puerta, al oír los gritos de su mujer, para apagar un fuego que se había instalado en la cocina, y que había tenido éxito en el empeño.
 
Según algunos vecinos, aún hoy se oyen los pasos de la mujer moviéndose de una habitación a otra, sin detenerse, y que desde la plaza quien mira ese piso siempre la ve igual, caminando ahora junto al antiguo portero.
 
Los dos cada día, durante una hora, por la mañana, entran por una puerta y salen por la otra, caminando, siempre caminando...
 
¡Increíble! Esta mañana me pareció verlos.

La muerte de la abuela

L

Silvia C.S.P. Martinson

TRADUCIDA AL ESPAÑOL POR PEDRO RIVERA JARO

Ella murió.

No dejó ninguna herencia importante, sólo escribió una carta a su único y querido nieto.

Vivió cada día con intensidad, con alegría. Con la alegría de quien recibe el don de la vida.
Sufría achaques y dolores como cualquier anciano que, con el paso de los años y el desgaste natural del cuerpo, los tiene.

Tuvo algunos amigos que también conservó hasta el final de sus días. Los que se fueron por razones de la vida lo hicieron en silencio.

Algunos dejaron recuerdos amargos, que ella, sensatamente, arropó en un rincón de su memoria, en el lugar destinado a las cosas perdidas.

Y así, día a día, semana a semana, pasaron meses y años sin que ella se diera cuenta de la historia registrada en la eternidad que poco a poco iba escribiendo.

Y ahora, al final, le dejó a su nieto la versión no contada de su largo viaje en una carta dirigida sólo a él, que empezaba así:

Querido nieto.
Te quiero por encima de todo. Fuiste y eres el recuerdo más entrañable que llevo conmigo.
Mi fin se acerca. Lo siento.
Fui alegre, fui feliz.
He amado y he sido amada.
Y ahora te contaré lo que pasó en mi largo camino.
Yo .......

Su mano cayó, la pluma resbaló, la sonrisa se desvaneció gradualmente de sus labios, sus brazos cayeron a lo largo de su cuerpo, sus ojos se cerraron suavemente.

No terminó la carta.

Inmersa en sus sueños y recuerdos, se quedó dormida para siempre.

 

El mismo

E

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Otro verano, dirían todos.

Así comienza nuestra historia.

Sin embargo, tuvo lugar hace casi 50 años.

Sí, era verano. Un verano como cualquier otro.
Diferentes eran entonces los caminos y las situaciones que conducían a un merecido descanso tras un año de duro trabajo.

Mis padres trabajaban duro para mantener la casa que habían comprado con sacrificio y muchos ahorros. También trabajaron duro para proporcionar comodidad y una mejor educación a sus dos hijas. En otras palabras, a mi hermana y a mí.

Teníamos una vida modesta, pero estábamos rodeados de mucha cultura.

La música clásica impregnaba nuestros días, llenando la casa de sonido y belleza.

La lectura de buenos libros, de buenos autores era una constante en mi casa. Mi madre era una lectora insaciable.

De niños nos parecía algo aburrido, pero con los años nos dimos cuenta de lo mucho que nos ayudaba, tanto en nuestra vida profesional como en nuestras relaciones personales e interpersonales.

Y así pasaban los días y las niñas crecíamos, aprendíamos y también éramos corregidas, a veces duramente, cuando era necesario.

Los inviernos en mi pueblo en aquella época eran duros. Nos asolaba el frío con fuertes heladas, mucha lluvia y humedad.

Mi madre tenía un fogón de leña que mantenía encendido día y noche y con la que nos preparaba deliciosas comidas y proporcionaba a toda la casa un calor realmente acogedor.

De todos modos, así pasábamos los días de invierno, siempre a la espera de la llegada de la primavera, que por consiguiente era el presagio de un verano feliz y muy caluroso. Y esta expectativa se renovaba cada año.

Era la época que esperábamos con impaciencia, porque cada año mis padres alquilaban una casa diferente, siempre en la playa, en cualquier estación balnearia que encontraban, dentro de sus posibilidades económicas.

Recuerdo que uno de esos años alquilaron, según un anuncio del periódico dominical, una casa en la estación balnearia de Cidreira, en Rio Grande do Sul (Brasil).

Cuando llegamos allí, mis padres se quedaron muy sorprendidos. La casa estaba situada al final de un terreno un poco alejado del mar y, para nuestro descontento, era casi un cobertizo, es decir, un gran salón donde estaban alineados todos los muebles de una casa.

El salón, los dormitorios y la cocina estaban en una secuencia normal. El cuarto de baño, situado en el patio trasero, era primitivo y sólo mejoró de aspecto gracias a las labores de higienización llevadas a cabo por mi madre y mi padre. Ambos eran extremadamente meticulosos.

La casa estaba a gran altura del suelo. Había un enorme hueco entre el suelo de madera y el suelo arenoso del patio.

Después de comer nos echábamos la siesta debajo de la casa. Allí, mi padre había colocado unas tablas sobre las que nos tumbábamos a dormir.

Yo miraba al cielo para ver en las nubes figuras que había creado en mi imaginación, como animales, monstruos, hadas, duendes y montañas que formaban parte de este mundo.

Y así, poco a poco, me quedaba dormida.
Para nosotros, los niños, aquel verano fue una experiencia inolvidable.

Hasta el día de hoy lo recuerdo todo como si estuviera allí, ahora, en este mismo momento.

 

Una mañana

U

Silvia C.S.P. Martinson

Traducida al español por Pedro Rivera Jaro
Cuando las olas se rompen en la playa,
y el mar alumbra mis ojos con su majestad,
yo me siento muy pequeña ante tanta magnitud.
Y por supuesto mi gratitud
es solo y únicamente
por todo lo que la vida me ha regalado:
por todas las cosas buenas que ha sembrado,
por las semillas que en mis manos se han quedado,
por todas las alegrías que he tenido.
Ellas con sus movimientos,
sus “ires y venires” me recuerdan
que soy como un barco.
al capricho del viento,
navegando a través del tiempo.
Debajo del sol en calurosos días.
Debajo de la luna en su belleza pura.
Con fuerza y coraje,
superando las dificultades
en las noches más oscuras.

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