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Metamorfosis de las emociones

M

Sandro Gonçalves da Silva

TRADUCIDO AL ESPAÑOL POR JOSE MANUEL LUSILLA

En el tropiezo de las dudas, hallo mi fuerza,
entre el miedo y el sueño, la vida me esculpe.
Cada verso ilumina, cada dolor enseña,
lo que oprime el pecho, la poesía alivia y afina.

En la sutil frontera entre caos y claridad,
hago de la lágrima puente hacia la levedad.
El sentir que desafía, también me renueva,
y en la danza de las palabras, mi alma se transforma.

Es leve quien lleva el mundo sin doblegarse,
en la levedad de la mente, se halla el lugar.
Porque ser leve no es ausencia de peso,
es saber flotar con gracia, aun en medio del miedo.

Me fui

M

María Manuela Asenjo

Y yo me fui.

Y al instante, crispaste en un rictus amargo tu cara lívida.

Y después vagaste, contemplativo, por las calles oscuras. Sin entender.

Mucho tiempo después aún llorabas lágrimas de aturdimiento y regabas el jardín de agua salada.

En un rincón, en un no sé, en un por qué.

Incluso tú, ateo convencido, encargaste novenas en mi nombre, por mi alma. ¡qué alma!

Ahora ya, enemigo e ignorante de la tecla y de la técnica, aprendes fotoshop a toda prisa.

Retocando mis mejores fotos, para conseguir la perfecta que presida ese altar.

Con velas, con rosas de té, de aquellas mías, mis preferidas, las que nunca conseguimos que crecieran.

Despiertas sudoroso de mil pesadillas

Tú, insociable incorregible, sueltas frases de amor por mi persona, alabanzas inútiles y tardías a todo oído que quiera recogerlas.

Ahora, digo, ahora… si lo llego a saber, ironía en on , no me hubiera ido.

Pero me fuí, y nunca llegué a ver los altares, ni a mojarme con las lágrimas, ni a oler las rosas, ni a escuchar las palabras, que, por otra parte,
nunca hubieras dicho si no me hubiera ido.

Así que, a mi pesar … me fui.

 

Recuerdos

R

Silvia C.S.P. Martinson

 

Mientras ella estaba sentada en uno de los cuatro rincones que había imaginado para interiorizarse y huir del mundo real que la rodeaba, comenzó a recordar hechos ocurridos en su pasado.

Recordó una casa que sus padres habían alquilado en un barrio que no era aquel en el que, posteriormente, prácticamente, vivió casi toda su infancia y juventud.

Esta vivienda era una casa de madera sencilla, pero ubicada en una calle tranquila que también tenía un gran patio donde pasaba horas jugando y soñando, como siempre, con sus amigos imaginarios.

Ella tenía entonces 4 o 5 años de edad.

Sentada en la tierra del patio le gustaba observar a las hormigas trabajando en grandes senderos, llevando pequeños trozos de verduras hacia sus nidos. Imaginaba que allí estaban con sus crías alimentándolas, como hacía su madre cuando las recogía a ella y a sus hermanos a la hora de comer. Le encantaba verlas trabajar, mucho más cuando cargaban hojas mucho más grandes que ellas mismas.

Su pensamiento retrocedió también a un hecho ocurrido en aquella época con su hermano menor, se llamaba Gustavo y tenía entonces 4 años.

Él fue a casa de una vecina amiga para jugar con la hija de esta, por quien él tenía especial afecto.

Los dos jugaron mucho y cuando él regresó a su casa fue rápidamente debajo del piso, ya que la vivienda se distanciaba del suelo y allí, en ese espacio, había muchos utensilios guardados.

Ella recordó además que la madre los llamó a cenar y ambos acudieron prontamente, ya que ella no permitía que sus órdenes no fueran cumplidas inmediatamente.

Después de la cena, ambos fueron a sus habitaciones para prepararse para dormir.

En aquella época los niños se iban temprano a la cama sin mayores quejas o molestias.

Al día siguiente, la madre de la niña tocó el timbre de la casa llamando a la madre de Gustavo, pues tenía que hablar con ella.

Las dos se encontraron en el portón de entrada, sin embargo, la otra señora no quiso entrar a pesar de ser invitada y con cierta brusquedad le relató a la madre de Gustavo que él le había robado a su hija una pulsera de oro.

La madre de este, asombrada, lo llamó y lo interrogó sobre lo que había hecho.

Él estuvo de acuerdo con el hecho de haberse quedado con la pulsera, sin embargo, argumentó que la niña se la había ofrecido, y contó además que había guardado la joya debajo del subterráneo en una cajita de madera donde guardaba las monedas que recibía de regalo en su cumpleaños.

Ante tal hecho, la madre, avergonzada, lo hizo buscar la caja y devolverle a la vecina la susodicha pulsera.

Mientras recordaba el hecho ocurrido, ella recordó además que hasta la fecha en que allí residieron, nunca más se les permitió a estos dos niños, Gustavo y su amiguita, jugar juntos.

Los padres de ambos pasaron a ignorarse mutuamente.

A Gustavo, hoy un hombre de respeto y joyero famoso, los objetos coloridos y brillantes siempre le llamaron la atención.

Él no tenía noción en esa época del valor exacto de las cosas, a pesar de que en su casa le enseñaban que nunca debía tomar algo que no le perteneciera.

Realmente él era muy inocente.

Una simple historia

U

Carlos Bone Riquelme

 

La mañana estaba fresca, aunque ya era enero en concepción y el sol brillaba en el cielo.

Hellen deja su casa en Cochrane, y camina recto hacia el centro de la ciudad.

Sus pasos son no solo apurados, sino seguros, pues tiene una importante cita que será crucial, aunque ella no lo sabe, para su futuro.

Pero volvamos un poco atrás.

Hellen estudiaba en la Universidad de Concepción, pero además había terminado un curso de secretariado en la escuela de Juanita Loosly, la mejor de toda la octava región, la cual ella pensaba que complementaron sus estudios con taquigrafía y otras habilidades propias de una secretaria.

Era verano y toda la familia se había ido al campo dejándola sola, a ella y Alicia, la muchacha que ayudaba en casa, pues ella debía terminar un último certamen de su carrera.

Pero durante el tiempo, sola su cabeza, siempre ocupada en hacer diferentes planes buscaba nuevas formas de ganar dinero adicional, y decidió que una buena manera sería trabajar haciendo reemplazos en el Banco de Concepción.

Así que hoy se levantó un poco más temprano poniendo en orden su Curriculum Vitae con algunos otros documentos que probaban sus estudios, notas, y trabajos hechos, como el de profesora asistente en una escuela de San Pedro.

La familia no sabía lo que ella planeaba, aún más, la esperaban para continuar un periodo de esparcimiento en aquel lugar idílico junto a la familia de cercanos amigos en la Zanja, propiedad de la familia Bruhn.

Hellen apuro un poco el paso, no por temor a llegar tarde, sino por nerviosismo pues la posibilidad de conseguir este trabajo de verano la excitaba mucho.

Cuando llegó frente a la entrada principal del banco, entró sin vacilar dejando que sus ojos verdes recorrieran el primer piso donde estaban las cajas y un sector de atención al cliente.

Hellen era delgada, de pelo castaño oscuro, pero lo que verdaderamente la destacaba, eran aquellos ojos que no solo eran almendrados, pero además brillaban con una pasión casi felina.

Ella apenas vaciló un segundo, y se acercó al guardia vestido de uniforme azul, para que le indicase la oficina de personal.

Una vez en la oficina le explicó a la secretaría el motivo de su visita, y le entregaron varios documentos para llenar, los que ella, lentamente y con mucho cuidado, los completó de punta a cabo.

Pasaron algunos días y recibió una llamada del banco para presentarse a una entrevista con el gerente de personal.

Hellen se sentía segura de que la contratan, pues su juventud le impedía ver dificultades, solo éxitos; y así, la entrevista se desarrolló de la manera que ella esperaba sintiendo que el puesto será suyo, sin importar en qué posición entrara, pues, al fin y al cabo, solo sería un reemplazo que duraría lo que restaba del verano pues luego ella volvería a sus clases en la universidad.

Fue citada a una última entrevista, donde la presentaron a quien sería la jefa durante este periodo de trabajo.

La jefa sería Luz María Larraín, quien era conocida de su familia, así que ella se sentía dueña del mundo.

Sus padres estaban sorprendidos, pero al mismo tiempo orgullosos de su capacidad personal de gestión, así que aquel verano, Hellen, fue integrada a esa magnífica familia que era el banco de Concepción.

Pero aquellos meses de verano se extinguieron con rapidez, y llegó el día en que ella fue llamada nuevamente a personal pues su contrato estaba llegando al fin.

En esta nueva entrevista Hellen fue presentada con la interrogante de si quería continuar trabajando allí, pero ahora como empleada a tiempo completo.

Era una decisión difícil, pues solo le quedaban unos pocos ramos para graduarse de Licenciatura en Francés, Traducción Español Francés.

Ella se encaminó a la universidad, bajando por Cochrane para luego tomar Chacabuco directo hasta la Plaza Perú.

Los días de verano estaban quedando atrás, y el cielo se veía ya atiborrado de negras nubes que auguraban aquellas lluvias tan típicas del otoño penquista.

También corría un viento de aquellos que la hacían tiritar debajo de su abrigo, pero sus mejillas estaban arreboladas y un halo de vapor salía de su boca mientras sus pasos llegaban a la escuela de lenguas.

Podía ver las estatuas blancas que decoraban los caminos de la universidad, y ya el movimiento de estudiantes que regresaban a sus aulas se iba intensificando.

Pronto el tráfico sería mucho más con la llegada de los “mechones” o nuevos estudiantes que vendrían de todos los puntos del país.

Entró al edificio gris de la escuela, y se dirigió a la oficina de asuntos estudiantiles.

Cuando salió de allí, después de conversar con la persona que la orientó sobre sus estudios, se encontró con algunas compañeras con las cuales formaron un pequeño grupo desde donde se podían escuchar las risas de aquellas muchachas que estaban recién comenzando la vida que se les aproximaba con una rapidez que no podían imaginar.

Hellen tampoco lo sabía, pero el futuro se presentaba más complicado de lo que ella podía vislumbrar.

En los días siguientes ella decidió que podía seguir trabajando en el banco, y además terminar las clases que aún le quedaban pendientes.

Ella estaba acostumbrada a realizar varias actividades al mismo tiempo, así que aun a pesar de las dificultades, ella solo veía soluciones.

Y un día de marzo, fue contratada como empleada de planta del banco, con un sueldo mayor de lo que había recibido como reemplazo, y, además, recibiendo beneficios que ni siquiera sonaba a esta temprana edad.

Ella solo tenía 22 años y sentía que la vida le sonreía.

Día especial

D

María Manuela Asenjo

 

Me afano ante el espejo con la raya del párpado. Mi pulso temblón hace que haya tenido que limpiarla dos veces.

Primero el fondo blanco, el de efecto buena cara. El maquillaje un poco espeso, colorete…

Hace años que no me pinto, leo los apuntes posados en la repisa del lavabo con atención, cumpliendo cada paso, como si fuera la chuleta de una chica de instituto: sombra oscura en el inferior en forma de nuez que combine con el tono del iris o la ropa… ¡Ay, qué nervios! Reflejos luminosos en el superior… que resplandezca la mirada… Bueno, voy teniendo mejor cara. Espera, un poco más de polvo en los pómulos.

Miro el reloj por enésima vez, es casi la hora. En unos diez o quince minutos llegará. Tengo que estar impecable.

Retoco el perfilado de labios, me pongo la chaqueta de mi mejor traje sobre la blusa de seda. «Qué demonios —le digo a la mujer del espejo mientras pulverizo un poco de laca—, estás espectacular. Deberías arreglarte más a menudo».

He tardado en elegir qué zapatos ponerme. Pero elegí estos, los altísimos, de ante negro; estaban guardados al fondo del armario. La verdad es que me destrozan los pies, pero son los más sexys. Hoy estoy empeñada en que me vea despampanante, especialmente atractiva…

No he terminado de calzarme y oigo la llave entrar en la cerradura. Salgo de la habitación a la vez que él cierra la puerta. Da la vuelta, queda paralizado. Ha clavado sus ojos en mí y no puede apartarlos. Noto una mezcla de admiración, deseo y extrañeza.

—¿Y eso? —sospecha.

—¿El qué? —sonrío nerviosamente.

—Ese aspecto, ¿por qué te has puesto tan guapa?

—Quería darte una sorpresa.

—¿Y el niño?

—Lo llevé a casa de mi madre. Quería quedarme contigo a solas.

—No entiendo, ¿qué celebramos hoy? Además, no iremos a salir; te olvidas de mi esguince, me duele mucho el pie.

Sigue quieto sosteniendo las llaves y la cartera, junto a la entrada. Avanzo hacia él desde el fondo del pasillo, decidida.

Con mi sonrisa más embaucadora me pongo de puntillas acercando mi boca a su oído (¿detecto un ligero destello de temor en sus ojos?).

—Hoy es una fecha muy importante, cariño, hace exactamente siete años, tres meses y veinte días que empecé a convivir contigo. Y mira, habremos tenido un hijo, habremos pasado muchas cosas, habrás marcado un antes y un después en mi vida, de hecho, has dejado en mí huellas imborrables. Pero hoy por fin quiero darte las gracias. No sé lo que sucederá mañana, si podré cumplir mis proyectos, ni siquiera si los tengo. Lo que sí te aseguro, querido, es que ¡jamás volverás a ponerme la mano encima!

No le da tiempo a reaccionar. Intenta agarrar mi brazo, pero me suelto enérgicamente. Saco mi maleta y mi bolso del armarito de la entrada y salgo con paso firme, barbilla en alto y mirada desafiante. Solo yo noto cómo me tiemblan las piernas, mientras arrastro el equipaje, poniendo especial cuidado en que las ruedas pasen por encima de su dolorido pie.

Abajo me esperan en el coche, es el principio de mi nueva vida. Sé que mañana, por fin, habré despertado para siempre de estos siete años de pesadilla. Por eso retoco nuevamente mis pómulos en el ascensor, que no se note ni un resto del pasado.

Sensible

S

Silvia C.S.P. Martinson

Tu mirada es sensible
cuando me miras al saludarme;
en ella veo mil promesas,
en ella siento historias ocultas.
No dices palabras y en el silencio guardas
todos tus secretos.
Tu sentimiento es como tierras
que debo explorar.
Y de tesoros y oro escondidos
son tus sentimientos y deseos
que percibo y veo en ellos,
que me ocultas,
con la precaución de que tampoco
yo te haga daño.
Todavía no lo entiendes,
no confías, que mi amor,
sensible y definitivo,
aún pueda ser
tan grande, igual o mayor,
mucho mayor que el tuyo.

 

El quiltro

E

Carlos Bone Riquelme

Caminaba unos pasos y se detenía a olisquear unas matas; quizás, las raíces de un árbol, para luego mirar a su alrededor con algo de indiferencia. Más allá, yo, sentado solo en una de las viejas bancas de madera reseca, lo miraba con algo de melancolía.

El quiltro era flaco, de un color casi indefinible, y se movía siempre alerta, manteniendo las puntiagudas orejas indicando un tiempo y un espacio, aunque tranquilo, pero dejando saber que, sin duda, era un producto de la calle.

Se me acercó al trotecito y, parándose a una distancia prudente desde donde él podía escapar si algún movimiento mío lo alertaba de un peligro inminente. Pero yo lo miro con ojos de pariente pobre que reconoce en aquel otro a alguien que tiene similitudes de carácter.

Y él también pareció reconocer a un compañero de aquellos que vagan sin destino ni futuro; así que se acercó con más confianza para oler mis manos y sentir, quizás, el calor que emana de otro cuerpo.

Mi mano lo acarició, rascándole entre las orejas, y el quiltro cerró por un instante los ojos sintiendo el placer de una caricia, de esas que no se dan todo el tiempo; la mayor parte de las veces son patadas arteras acompañadas de algún garabato que alude a aquellos piojos que se anidan en los pelajes sucios. Pero ese momento duró solo un poco.

Pronto él estaba nuevamente alerta, como si alguna vez hubiera tenido la experiencia de una caricia para luego recibir el golpe traicionero. Y así su cuerpo se tensó, listo para alejarse rápido de mí, solo en el caso de que algo lo avisara de mis malévolas intenciones.

Pero yo estaba muy lejos de eso. Había encontrado un compañero; un "soul mate"; y nos habíamos reconocido como dos huérfanos de cariño que se encuentran en la mitad de aquello llamado ternura. Nos miramos a los ojos y en su pestañeo rápido y su movimiento de cabeza advertí que él me aceptaba como un hermano más de calles lóbregas y barrios solitarios.

Así, él se quedó parado a mi lado como para determinar si podríamos caminar el mismo camino. Y me olisqueó las piernas, quizás buscando el trasero para determinar qué clase de mastín yo era.

Yo casi sentí los deseos de tirarme en cuatro patas para acercarme aún más a él. Pero no era necesario. Cuando yo me levanté, casi oscureciendo, él me siguió caminando alegre a mi lado, quizás esperando un plato de comida caliente que le devolviera el sentido a su vida de quiltro callejero e independiente.

Y llegamos a mi pensión. Una casa vieja de un piso, llena de pasillos de maderas crujientes y ventanales de cristal, algunos rotos. Y entramos silenciosos tratando de no ser notados con el quiltro siempre a la siga.

Mi habitación estaba fría, pero al encender la lámpara de noche algunas sombras danzaban en las paredes mientras yo alcanzaba un trozo de pan añejo y, partiéndolo en dos, lo compartía con ese perro amigo. Él se devoró el mendrugo de un bocado y me miró esperando más. Su lengua colgando mientras los jadeos de su respiración me apuraban a conseguir algo más.

Y así que saqué más pan de la bolsa de tela y compartí la pobreza y la soledad con el quiltro que me acompañaba más que muchos otros que algún día se sentaron a la vera del camino a cambiar algunas palabras indecentes que el viento se llevó sin consecuencias.

El quiltro se acostó sobre la barriga mientras yo le acomodaba un plato con agua fresca y helada. Su lengua batió récord mientras él me miraba con algo parecido al compañerismo de quien da lo que tiene sin más de lo que se puede. Él lo entendía, pues su espíritu era libre de posesiones materiales, de hogares vencidos por el tiempo y de amores que solo duraban lo que una erección.

Y aquella noche dormimos el uno a la vera del otro. Él, tirado sobre algo que algún día fue alfombra, pero que hoy ya raída y descolorida era solo un recuerdo de tiempos mejores; y yo, en una cama de resortes vencidos y de colchón medio agotado de las lanas tiesas de tiempo y uso. Mis sábanas decían “El Melón”, una envasadora de harina que me arropaba tierna en su calor pobre pero honrado.

En la mañana desperté súbitamente alerta, sintiendo más que viendo la presencia de algo al lado de mi cama; y era el quiltro que me miraba respirando con su lengua agitada, esperando que yo le abriera la puerta para seguir con su libertad de calles peligrosas y solitarias.

Y así lo hice, pues la libertad no se puede atrapar ni con cariño… y se marchó alegre, moviendo la cola como si la noche hubiera sido una fiesta. Alguna vez lo volví a ver a la distancia, trotando entre la gente o corriendo entre los árboles, pero nunca más volvimos a acercarnos.

¿Para qué? Ya sabíamos más del uno y del otro que muchos psicólogos de terno y corbata, ya no necesitábamos más compañía que la de la vida y la muerte…

El estafador

E

Silvia C.S.P. Martinson

 

Había un ruido intenso. Casi no se podía oír lo que él hablaba. A pesar de ello, continuaba haciéndolo sin parar. Al hombre no le daba vergüenza. Se cree joven, a pesar de tener 78 años.

Estuvo casado en varias ocasiones, cinco para decirlo con exactitud, y les echa la culpa de las separaciones a las mujeres. En su forma de ver, todas tienen algún defecto: bien físico, bien intelectual o bien moral. ¡Impresionante!

Está bien físicamente, a pesar de no ser un hombre atractivo, porque no es guapo y es bajito (1,60 m), pero relativamente tiene algún encanto porque es simpático. Es europeo y habla bien francés y español.

Como compañero para un chat de playa, es incluso interesante. Para sus amigos ricos es especialmente útil. Sí, para sus amigos ricos. En verdad, eso es lo que más le gusta: tener amigos y mujeres muy ricos, con los que pueda conocer y participar en sus fiestas y ambientes refinados. Aparentemente es una persona sencilla. Y es claro, cuando expone su situación financiera, aun entre sus palabras y acciones delata sus auténticas intenciones.

A los amigos que están en igual situación que él, cuando no tiene ninguno, se les acerca para cubrir su soledad. Sin embargo, a la primera ocasión, por negligencia, cambia cuando le surge alguien más rico. La vida también, en ocasiones, da sus sorpresas. Y así pasó.

Por un chat de internet, en el que intenta normalmente conocer a otras personas y relacionarse con ellas, conoció a una mujer hispanoamericana que parecía de buena posición financiera. Bien parecida, esbelta y relativamente joven para él. La diferencia de edad entre los dos ronda los 20 años (ella más joven que él).

Se fue a visitarla a su ciudad de residencia y se hospedaron en un hotel, donde mantuvieron relaciones íntimas que a él le parecieron bastante satisfactorias. Después, la convidó para que pasara unos días con él en su casa de la playa.

Ella vino. Llegó encantadora, se reunieron en la estación, a donde él fue a recogerla, como suelen hacer los hombres bien educados. La dama pensó entonces que había encontrado al hombre de su vida, el cual habría de satisfacerla en todas sus expectativas, que fundamentalmente consistían en casarse con un europeo para obtener la misma ciudadanía; un hombre más viejo al que pudiese dominar a su antojo, rico y propietario de bienes materiales que pudiesen hacer su vida llena de lujos y sin problemas preocupantes en lo económico.

¡Torpe engaño! Cuando constató la dura realidad, cuando no tuvo acceso a los restaurantes que ella pretendía, cuando pudo comprobar que tal apartamento en que él vivía era alquilado y que la comida era hecha en casa y escasa, pensó en cómo desembarazarse de la situación en la cual se había metido.

Urdió entonces y ejecutó con frialdad, calculadamente, su plan. Comenzó bebiéndose todas las botellas de cerveza que él tenía almacenadas en su casa, que eran aproximadamente quince. Después de bebérselas, durmió toda la noche en su cama, ocupando incluso el sitio de él. El día siguiente fueron a la playa y, después de almorzar en un restaurante modesto, donde nuevamente bebió ocho o nueve cervezas sin embriagarse.

Ante lo que estaba viendo, él se puso cada vez más enfadado y frustrado en sus sueños de grandeza. El plan de ella surtió el efecto deseado. Al acabar el fin de semana, ella se despidió y le dijo:

"¡Adiós, amor! Sencillamente no coincidimos en nuestros gustos. A mí me gusta el champán francés y a usted le gusta el agua. Lo siento."

Temprano en Concepción

T

Carlos Bone Riquelme

La mañana es gris y helada, y una leve llovizna se escurre desde el cielo negro y amenazador. Los edificios blancos, construidos en bloque, dejan paso a unos grises departamentos localizados detrás del pecaminoso barrio de Orompello. Caminando sobre las baldosas de cemento cubiertas de tierra, puedo llegar hasta el edificio donde vive Lukas.

Subo las escaleras de concreto gris de dos en dos y, deteniéndome frente a la puerta, tocando reciamente, grito “café, café…”. Este es el grito de guerra, de batalla con el que cada mañana me arrimo a este apartamento para despertar a mi gran amigo y compartir una taza de ese humeante Nescafé.

La puerta se abre y un señor en camisón de dormir y un tanto extrañado me mira con cara de enojo. Y allí, en ese momento, me percaté de que estaba en el piso equivocado. Muy avergonzado, le pido disculpas y llego al apartamento correcto donde Lukas ya me esperaba risueño y jocoso.

Lucho Miranda, quien vivía en el mismo apartamento en sus tiempos de estudiante universitario, se levanta para ir a la Universidad, y Lukas calienta la pava preparando dos tazas de café entre chistes y risas.

Conozco a Lukas, aunque no éramos amigos, desde aquellos tiempos de Tucapel y Chacabuco donde compartimos esquinas con muchos otros.

Los hermanos Carlos y Daniel Campos, Los Vernier, los hermanos Carlos y Jorge Yacoman, los Valde, los hermanos Jorge y Bautista Vanshowen… todos residían en el barrio, pero en aquellos tiempos éramos solo conocidos y nuestra verdadera amistad se inició mucho tiempo después, al regreso de Lukas desde Buenos Aires, donde residió por algún tiempo.

Claro que no volvió solo. Se trajo a una Argentina bastante buena, aunque un poco sobrealimentada.

Carmencita, la madre de Lukas, una señora de una personalidad fuerte y carácter de hierro, les entregó un pequeño apartamento en los altos de un edificio en la esquina de Aníbal Pinto con Maipú, donde ellos se instalaron, pero que pronto se convirtió en el lugar de encuentro de los “Hipitos” de Concepción.

Llegaba Willie Arce, “el Distorsion”, el cual con muy mala suerte siempre era encontrado en el apartamento por la señora Carmen en actitudes sospechosas, y por lo cual ella le tenía gran inquina. Lucho Varela, un muchacho muy callado y pacífico, pero al cual un día echamos a patadas con Lukas, pues se comió nuestro almuerzo… y muchos otros a los cuales no recuerdo o sería largo mencionarlos.

Claro que la luna de miel con la Argentina, y también con la madre, le duraría poco a mi amigo, pues un día, ella ya cansada, me refiero a la Sra. Carmen, de tanta algarabía a sus expensas, sacó a Lukas del apartamento con vientos frescos y la Argentina con mucha melancolía volvió a Buenos Aires, dejando a Lukas aliviado y contento.

Nosotros nos mudamos todos a vivir a una casa de pensión en Maipú con Castellón. Lukas y yo compartimos una habitación en el segundo piso y “Distorcion” en el primer piso. Desde la ventana se podía ver el campanario de La Merced, y en la esquina existía una fuente de soda donde en 1976 pude ver una de las últimas peleas de Mohamed Ali contra Frazier.

Esa noche recuerdo el local lleno de parroquianos, donde se encontraban varios de los residentes de la pensión.

Bajando hacia la estación, por Maipú, se encontraba “Donde Golpea el Monito”, y más abajo, el Mercado Central con sus olores salpicados de mariscos y pescados frescos… En la esquina de Caupolicán y Maipú estaba lo que fue “Claramunt”, y luego cambió su nombre transformándose en una fuente de soda cualquiera.

La calle Maipú siempre estaba llena de carretones y con gritos de los obreros de la mañana cargando carnes y verduras frescas al interior del mercado… En Rengo, casi con Freire, se abrió “Senosiain” y más arriba el Stromboli, el lugar de los pasteles de choclo y de las rozagantes y embriagantes humitas y cazuelas de vacuno.

En su segundo piso pasamos algunas noches de cervezas y vino, aunque el piso de madera no nos tranquilizaba por su crujiente bamboleo. “Corona que todo lo soluciona”, abrió sus puertas en Freire y un poco más allá la botillería de los Martínez, hoy cerrada y olvidada… Casi al llegar a la estación, la Casa del Freno, que era del papá de Luciano González, quien trajo el primer Camaro blanco importado de USA. Luciano tocaba la guitarra con Johnny y él aportaba unos equipos electrónicos también importados de “Gringolandia”.

Al final, llegando a Arturo Prat, las consabidas mesitas de los compradores y vendedores de ropa usada, llamada “Falabella Prat”, uno de los cuales recuerdo a Alejandro, un muchacho emprendedor que luego se traslada gracias a su esfuerzo personal y gran talento para los negocios, a un pequeño local en Maipú, para luego comprar varios locales con una inmensa casa donde algún día jugamos Pool en una de las mesas compradas por Alejo… Más tarde, casi en los 1980, Alejandro abriría el “Mercado Persa” en Barros, casi al llegar a Rengo… Esa es una muestra del emprendimiento, el esfuerzo y el trabajo…

Por allí, en Prat, estaba la mansión de “Charly Manson”… La llamábamos así pues era una de esas casas viejas o conventillos de pasillos interminables de maderas negras y muchas habitaciones, casi todas vacías, cubiertas de oscuridad, donde Charly, también fallecido, vivía con varias muchachas en un rastro de comunidad y donde siempre lo veríamos descansando entre almohadas y rodeado de sus odaliscas de dudosa procedencia… Pero Charly fue siempre abierto a los amigos, ofreciendo refugio al que lo necesitara o pidiera, como muchas veces nosotros lo hicimos…

El reloj

E

Silvia C.S.P. Martinson

 
Escribo sin la prisa
porque te dejas dominar,
mientras miro el paisaje,
los pájaros, las olas, el mar.
Tú sigues caminando,
pendiente del tiempo que calculas
para que la caminata se acabara.
Al escribir, te describo, te hablo
de ello, de quien eres eterno esclavo.
Ello marca y determina para ti, sobre todo,
en cada minuto o en cada hora,
cuándo todo empieza,
cuándo, a tu antojo,
todo, al fin, debe se acabar.
Y a tu lado sigo,
pensando y rezando,
por quererte tanto,
que a mi lado sigas
olvidado del maldito,
en un rincón, en un sótano
ese reloj, de él, mal amigo,
¡El proscrito!

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