Silvia C.S.P. Martinson
Ella caminaba despacio, iba recordando... Se acordaba de cuando era joven, bonita y llena de sueños. Recordó a su familia, a sus padres tan tradicionales y restrictivos en sus hábitos y costumbres, que vivían molestándola con prejuicios tan comunes en la época. Querían que fuera circunspecta, que no sonriera, ni hablara con personas desconocidas y, tampoco, que se acercara a ellas. En cuanto a tener novios o relaciones sexuales antes del matrimonio, ¡ni pensarlo!
Intentaron convencerla de que una joven decente no debería pensar en sexo con quien le atrajera la atención; eso solo estaba permitido a las prostitutas, a las mujeres de "vida fácil", como decían ellos. A ella, solo le cabía estudiar y prepararse para ejercer un trabajo digno y discreto, siendo sumisa al hombre con quien algún día se casaría.
Mientras caminaba, ahora ya con 70 años, al recordar todo esto, esbozó una sonrisa involuntaria. Recordó que, a los 18 años, se insubordinó contra la filosofía de sus padres: fue a trabajar como secretaria, salió de casa y alquiló un apartamento para vivir sola. Fue entonces cuando vino la guerra. Sus colegas de oficina fueron convocados a luchar. Entre ellos había uno, especialmente guapo y liberal, que le atraía sobremanera. Antes de partir, él la invitó a cenar y ella, encantada, aceptó.
Tras la cena, caminaron en dirección a su casa, donde ella lo invitó a tomar una copa. Entre algunas copas de vino, se besaron e hicieron el amor apasionadamente. Al día siguiente, se despidieron y él partió al combate. No volvió nunca más. Nostálgicamente, ella recordó lo que quedó de esa unión fugaz: un embarazo que la obligó a criar a un hijo prácticamente sola, lo que hizo que su familia la rechazara definitivamente.
Tras años de lucha, su país ganó la guerra. En el trabajo, por su dedicación y competencia, ella destacó sobre sus colegas y alcanzó una posición de prestigio. El dueño de la empresa, un viudo bastante mayor, pasó a observarla con un interés que iba más allá de lo profesional; admiraba su belleza, sus maneras liberales y su forma de vestir. Sin preámbulos, la invitó a casarse. Ella aceptó, con la condición de llevarse al hijo. Él, un hombre solo y sin familia, aceptó al niño como si fuera suyo.
Todos estos hechos volvían a su memoria mientras seguía su camino. El hijo se convirtió en un hombre inteligente y capaz; se licenció en Derecho y, tras aprobar una oposición, se convirtió en un diplomático respetado que hoy vive en Suiza. El padre adoptivo murió siendo ya anciano, dejándoles una fortuna que le permitía vivir con tranquilidad.
El mundo estaba agitado nuevamente. Los países disputaban poder y dinero en nuevas guerras, con dirigentes ajenos al sufrimiento del pueblo. Pensando en todo lo que pasó y en el escenario actual, ella se sintió extremadamente cansada. Se dirigió a una plaza que le gustaba mucho, adentrándose en un jardín repleto de árboles florecidos; era primavera y el perfume inundaba el aire.
En un banco, bajo un árbol frondoso, se sentó a aspirar la fragancia de las flores. Una leve sonrisa se esbozó en su rostro y sus ojos se cerraron. Allí se durmió... para siempre.

