Álvaro de Almeida Leão
Traducido por José Manuel Lusilla
José, más conocido como "Zezão" por sus 1,90 metros de altura, trabaja como guardia de seguridad uniformado en una empresa de combustibles. Cerca de la medianoche, está regresando a su casa.
— Hola, Mariazinha, mi gran amor. ¿Dónde estás?
— Estoy aquí en el cuarto, querido Zezão. ¿Qué pasó, por qué volviste? Tengo una migraña de aquellas. Te pido, por caridad, no enciendas la luz, si no voy a empeorar.
— Está bien. Al llegar al trabajo, un colega me propuso cambiar mi turno de hoy por el suyo de mañana, por enfermedad en su familia. Por cierto, ¿tomaste algún remedio?
— El de siempre, pero hasta ahora nada de mejora.
— ¡Qué cosa más desagradable!
— Sí, no es fácil. Solo quien sufre de migraña lo sabe.
— Querida, voy a hacerme un bocadillo y vuelvo enseguida.
— Ve tranquilo.
Diez minutitos después, Zezão, lleno de amor para dar, regresa y escucha una vez más el pedido de su esposita:
— Zezão, por favor, no enciendas la luz, si no tu esposita no se va a poner bien.
— Entendido, mi amorcito.
A oscuras, Zezão se quita el uniforme y, sin nada de sueño, lo que quiere es conversar con su amada con segundas intenciones.
— Qué nostalgia, Mariazinha, solo en mis descansos pasamos las noches juntos. ¿Tú también me extrañabas?
— Lógico que sí. Me puse muy feliz de que volvieras.
— ¡Genial!... Qué divino es amar y ser amado.
— ¿Bien?... ¿Bieeeen?...
— Dime, Mariazinha. ¿Qué quieres?
— ¿Puedes hacerme un gran favor?
— Evidente que sí.
— Ve hasta la farmacia de la esquina y compra un analgésico bien eficaz, para ver si mejoro y duermo aunque sea un poco.
— Todo bien, Mariazinha, voy ahora mismo.
— ¡Qué maridazo tengo!... Solo me da alegrías. Pero, querido Zezão, insisto en pedirte: no enciendas la luz, por favor.
Atendiendo al pedido de su esposita, Zezão se pone el uniforme a oscuras y va hacia la farmacia con toda la prisa del mundo, ansioso por complacer a su esposa. Ya se la imaginaba recuperada y en aquella inolvidable noche de pasión.
Al llegar a la farmacia, Miguel —el dueño— mira a Zezão como si algo le causara sorpresa. No se contiene y, dirigiéndose al recién llegado, le pregunta con todo respeto:
— Disculpa que pregunte, Zezão, ¿ya no trabajas como seguridad en la empresa de combustibles?
— Claro que trabajo, señor Miguel. ¿Por qué la pregunta?
— Porque llevas puesto el uniforme de la ONG Salven a Nuestras Ballenas.
— ¿Cómo? ¡Madre mía! Me acaban de jugar una mala pasada por la espalda. En la oscuridad, "la casa se cayó" (todo se descubrió). Me fastidiaron, pero esto tendrá su respuesta. Vaya que lo tendrá.
Zezão llama desde su celular a su abogado. Le explica la desagradable situación y solicita urgentemente sus servicios. El abogado, tras calmarlo, dice saber bien cómo actuar en casos idénticos, que pronto irá a su encuentro y le recuerda que la ley existe para eso mismo: resolver todos los problemas, sean del orden que sean.

