Carlos Bone Riquelme
Fue quizás en el 72 cuando mi cuñado, Carlos Enrique Trabucco, tal vez cansado de mi inactividad, me consiguió un trabajo en el taller mecánico de unos amigos de apellido Mans y Spoerer. El taller, creo, estaba localizado en Maipú o Freire.
Ellos me contrataron primero para ayudarles en la oficina, pero, al poco andar, se percataron de que los números para mí eran otro idioma; así que me ofrecieron un puesto como ayudante-aprendiz de mecánico. Quizás con la buena intención de enseñarme algún oficio con el cual yo pudiera ganarme la vida decentemente. De eso, de la decencia, era poco lo que yo conocía en aquella época.
Los dueños eran dos personas muy buenas y simpáticas, pero, por sobre todo, pacientes con este inútil de buenas relaciones. Para los mecánicos, yo fui "pasto verde" para las bromas, especialmente por la ignorancia suprema que mostraba hasta en las más mínimas tareas manuales.
Me mandaban a pedir el “martillo de tres puntas” o la “correa del termostato”, lo cual causaba las risas de todos cuando el flaco ayudante, de pelo largo y con cara de despistado, llegaba a la ventanilla de herramientas con estos extraños requerimientos.
O en las tardes, me entregaban las bandejas de herramientas, pero antes las embadurnaban de grasa por debajo; así, en cuanto las tomaba y las entregaba, ya tenía las manos negras. ¡Cuál sería la risa de los muchachos cuando me pidieron hacer un cambio de aceite! Por supuesto, estaban todos pendientes de cuando yo aflojara el perno... y el aceite me cayó directo en la cara.
La culminación de todos estos desaguisados fue cuando me pidieron desarmar un carburador. Por supuesto, cuando lo armé, me sobraban piezas como para dos carburadores. Más de algún carro salió del taller para regresar a los dos minutos, tosiendo como un viejo asmático, pues a mí se me había olvidado agregar o reponer alguna pieza clave para el funcionamiento del motor.
La verdad es que Spoerer fue extraordinariamente paciente con mi inhabilidad para cualquier cosa que fuera práctica. Además, me pagaron, cuando debería haber sido yo el que les pagara a ellos. Posiblemente, si ellos leen estas letras, se acordarán del flaco de pelo largo y cara de sueño que alegró —por lo menos— la vida del taller, siendo el hazmerreír por... ¿una semana?

