Alfredo Bone Riquelme
Y así comencé la vida de “matutero”. Un día pensé que sería buena idea cruzar las fronteras de mi país e internacionalizarme en el “arte” del matute. Tomé un vuelo a São Paulo.
Aterricé, ya tarde, en el aeropuerto de Guarulhos, que dista aproximadamente una hora de la ciudad. Llegué de noche, con las calles casi vacías, al centro de São Paulo, a un paseo peatonal llamado João Mendes (si es que se escribe así).
El hotel era pequeño, pero mi habitación tenía vista al paseo, que durante el día era de una actividad febril. Recorrí las calles e inmediatamente me enamoré de São Paulo y de Brasil. La afabilidad de la gente era extraordinaria; la alegría se sentía al solo pisar ese asfalto interminable por donde corría la Avenida Paulista o se llegaba al barrio comercial, donde los coreanos, japoneses y otros inmigrantes tenían sus fábricas y locales llenos de mercancías.
Había ropas de colores increíbles y música que lo llenaba todo. Era impresionante ver, de pronto, a un muchacho coger un latón y comenzar a golpearlo con un ritmo de candombe; pronto, algunos otros se le unían con instrumentos improvisados, conformando una banda callejera que duraba algunos minutos, con gente cantando o bailando. Luego, todos se dispersaban para continuar sus labores habituales. Era subyugante.
Las calles estaban llenas de carros cargados de abacaxi o piñas, que cortaban de dos machetazos para ofrecer pedazos dulces que se deshacían en la boca. Las mujeres eran exuberantes y bellas, llenas de una alegría que, al caminar, hacía que contonearan las caderas con un ritmo que mareaba.
Bastaba sentarse un rato en una mesa a disfrutar de esos grandes vasos rebosantes de espuma de chopp Brahma para que, en pocos minutos, estuvieras conversando con varios desconocidos que ya parecían amigos de toda la vida.
Allí encontré a unos amigos brasileños a los cuales había conocido en Bolivia y con los que compartimos algunas noches de juerga. Me llevaron a “Bixiga”, el barrio de los clubes nocturnos en São Paulo, y allí me perdí en montones de locales, uno al lado del otro, donde la música sonaba y las bailarinas se movían sin pudor.
Mis amigos me llevaron a un local que estaba repleto de gente y me pidieron que entrara. Apenas lo hice, sentí que muchas manos me tocaban por todos lados y, preso de espanto, salí corriendo para encontrar a mis amigos afuera, riéndose. Era un bar gay.
Pero mis caminatas por los diferentes centros comerciales de la ciudad me surtieron de mucha mercadería que luego traería a Chile. Y así fue mi primer viaje a Brasil.
Los siguientes viajes —pues empecé a viajar casi una vez al mes— fueron por tierra, en una línea de buses llamada “Pluma”, que viajaba de Santiago a São Paulo y a otros destinos como Argentina y Paraguay. A São Paulo se demoraba tres días y tres noches, en los cuales aquellos que subíamos siendo totales desconocidos llegábamos siendo amigos de toda la vida.
Durante el trayecto se armaban fiestas: bebíamos, cantábamos y compartíamos en los lugares donde el bus paraba. Más de alguna vez compartí habitación de hotel en São Paulo con algún amigo conocido en el viaje.
Aprendí mucho de esos recorridos. Aprendí que la mejor comida no estaba en los paraderos de buses, sino generalmente al lado, en las paradas de camiones, donde era más abundante, mejor y más barata.
Y conocí al “Papi”.
El Papi ayudaba al dueño del parador que se encontraba en la ruta 123, en medio de la provincia de Santa Fe, apuntando hacia el paso fronterizo de Uruguaiana. El bus llegaba —cuando veníamos de Chile— alrededor de las seis de la mañana; y a las cuatro de la tarde, cuando regresábamos de Brasil.
Cuando llegábamos allí, el Papi tenía las parrillas encendidas, con los trozos de carne listos sobre el fuego y las papas fritas recién hechas. Había café caliente con “la galleta”, un pan de corteza dura, ideal para untar con mantequilla.
Detrás del restaurante —que era una casa sin letreros en medio de la nada— había un cuarto equipado con duchas para hombres y mujeres, donde corríamos a bañarnos y cambiarnos de ropa antes de proceder a rellenar el estanque.
Poco a poco, establecí una relación con el Papi. Era un hombre campechano, alto y fornido, de gruesos bigotes negros. Un gaucho sin caballo ni boleadoras.
Entre conversación y conversación, me preguntó qué era lo que yo compraba en Brasil. Casi todos en el bus se dedicaban a alguna forma de negocio, así que no era raro que supusiera que yo andaba en esas corridas. Adentrándonos en la charla, me pidió que le trajera algunos productos de esos que se consiguen en las tiendas de artículos sexuales, ya que en Argentina estaba prohibida su venta.
Dicho y hecho. En São Paulo compré algunas revistas eróticas, aerosoles llamados “Stud” para prolongar el orgasmo, uno que otro consolador y alguna película para pasar las tardes de aburrimiento en la soledad del cuarto.
En el regreso, el Papi me compraba todo. Así establecimos una relación de negocios donde yo traía muchos de estos elementos de placer y él se quedaba con casi todo. Era dinero fácil y seguro.
Yo seguía hacia Chile con mis bolsos —que eran varios— cargados de esa bella ropa interior que en Chile aún no se conocía. De todos los colores: rosados, rojos, verdes intensos, negros con encajes transparentes… Esta ropa se vendía rápido, como hoy se venden los productos de Victoria's Secret. Fuera de eso, traía poleras, pantalones, trajes de baño, etcétera.
La vida era un viaje eterno y placentero, aunque largo y lleno de matices.

