Silvia C.S.P. Martinson
La plaza estaba plena de luz. Un sol, diferente a todos los demás, la iluminaba y hacía que los colores de los objetos que allí se encontraban resplandecieran. Ambas caminaban por separado, despacio, absorbiendo el aire puro que en aquel rincón se respiraba, el clima ameno y la belleza de todo lo que las rodeaba.
Y he aquí que encuentran un banco acogedor y se acercan a él. Todavía no se conocen, pero sienten una cierta afinidad y comienzan a conversar. Son oriundas de patrias diferentes y lejanas: una es española y se llama Rosita; la otra es brasileña de nacimiento, aunque sus padres eran rusos y le dieron el nombre de Aurea. Fue su primera hija en aquella tierra; sus otros doce hermanos habían nacido en Europa.
Rosita, más desinhibida, comienza a entablar conversación con Aurea y le cuenta sobre su ascendencia familiar. Era la décima hija de una familia pobre, lo que había supuesto grandes dificultades para criarla y la obligó a casarse pronto para que el hombre que la desposó la mantuviera y, automáticamente, aliviara los gastos de aquel hogar. Contó, además, que de su matrimonio —marcado por las costumbres vigentes de entonces, cuando al hombre se le otorgaban todos los derechos de mando, incluso el de disponer sexualmente del cuerpo de la mujer, importando poco si a ella le gustaba o no— le nacieron seis hijos. Los crió con mucha dedicación y gran esfuerzo, pero con disciplina y buena formación moral, logrando que se convirtieran en hombres y mujeres competentes, cultos y útiles para sí mismos y para la sociedad. Todos los hijos de Rosita cursaron estudios universitarios y fueron altamente reconocidos por sus talentos y cualificación.
Rosita enmudeció por algún tiempo. Aurea, entonces, narró la epopeya de su propia vida. Contó que sus padres en Rusia eran personas cultas, gozaban de una vida estable, cómoda y con acceso a la educación y a la cultura, pero, por circunstancias políticas, tuvieron que emigrar. Eligieron Brasil, una tierra nueva con grandes posibilidades, para vivir allí y criar a su familia.
Se equivocaron. Las tierras a las cuales emigraron eran semisalvajes. La vida allí era dura; había animales bravíos y desconocidos para ellos. Ante la diversidad del clima, la dificultad de adaptación a aquel lugar casi inhóspito y el trabajo al que no estaban acostumbrados, ambos fallecieron. Él, en un riachuelo, tras la caída del caballo que montaba, que lo aplastó contra el suelo; ella sufrió una neumonía de la cual no consiguió curarse poco tiempo después de la muerte de su marido.
Los hijos quedaron huérfanos; entre ellos, Aurea, a los cuatro años de edad. Los hermanos mayores asumieron la crianza de los más pequeños. Aurea fue entregada a una hermana casada que vivía en otra ciudad y que la convirtió en su empleada doméstica, sin permitirle una educación refinada como la que sí le daba a su propia hija única. Aurea cursó solamente hasta el cuarto año de primaria. Años después, se casó también con un hombre de origen europeo, de padres alemanes. Aurea, a pesar de su escasa escolaridad, era una lectora voraz y adoraba la música, especialmente la clásica y las óperas.
Así, conversando, ambas hablaron sobre sus familias actuales, sobre sus hijos ya mayores y sus nietos. Dijeron que aún sentían preocupación por el futuro de todos, ante las guerras mundiales que se avecinaban de nuevo para la humanidad. Se preocupaban por sus hijos: Aurea, por sus dos hijas que, aunque cultas, eran sensibles y dedicadas al arte, no tan pragmáticas como los hijos de Rosita.
El tiempo pasaba y ellas no se daban cuenta de que llevaban allí un largo periodo, tal era la afinidad que sentían la una por la otra y la infinita belleza del lugar. Observando todo lo que pasaba alrededor y disfrutando de aquella inmensa paz, por fin comprendieron...
Aquel lugar merecía sus historias. Habían partido. Sus almas, ahora libres y felices, hace mucho que no habitaban viejos cuerpos.

