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Letras

L

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por
PEDRO RIVERA JARO
 
Comí un trozo de pan
tenía miel,
pensé: ¿por qué no tomarla
también de las palabras
todo el sabor de la hiel?
Endulza así la vida
hazla día a día
más alegre, más bonita,
¿pintada y coloreada?
Así adorné las letras
juntando unas con otras
en el significado buscando
de esta unión, la razón
para hacerlas más bellas,
quitándoles la amargura
y dejarlas bailar alegremente
felices y dulcemente,
como el sabor del pan
todo cubierto. Y ellas…
Con el olor de Madre
y el sabor más puro de
miel

Mañanas de soledad

M

Carlos Boné Riquelme

 

Temprano en la mañana caminaba desde mi pensión hasta el parque ecuador, a veces sintiendo la garua fresca, que junto al viento que soplaba desde el mar, me acariciaba el rostro dejando una sensación de limpieza.

El parque aun solitario, me saludaba desde sus árboles centenarios, con aquellos caminos de barro oscuro que perfilaba las viejas casona que se alineaban en algunos puntos de él.

Escuchaba el crujir de la tierra que se apisonaba debajo de mis zapatos, y podía ver las copas desnudas de los árboles extendiendo sus ramas a lo alto, como pidiendo clemencia al invierno duro.

Mis ojos se nublaban de emoción al ver el cielo gris fundirse con el cerro caracol y mis pasos me encaminaban inexorablemente hacia lo alto de sus suaves curvas.

El olor de la tierra, de las frescas hojas dormidas mezclándose con el barro que blandamente se hundía debajo de mis pies, hacía que de mis ojos salieran surcos salados que se amalgamaban ciegamente con el viento frío que de a poco me envolvía en sus alturas.

Y no es que fueran altas las curvaturas dormidas de mi cerro querido, pero si eran altos los pensamientos que giraban como remolinos hasta perderse allá lejos, casi en la punta de aquella torre metálica que traía señales a los hogares dormidos.

Me perdía entre árboles y hojarasca, olvidando el mundo que existía a lo lejos, para solo sentir el rumor quieto de los insectos y sus conversaciones con las aves que friolentas extendían sus pequeñas alas para sacudir el rocío.

Fue temprano en la mañana cuando viví tantas y tantas emociones que en mi adolescencia transparentaban la madurez que me acechaba, y a la cual no quería abrazar.

Solo deseaba llorar dormido, quizás reír sin razón, correr entre las plantas y flores que marchitas me dejaban escapar por un momento.

Fueron los últimos días de mi vida, lo demás solo ha sido una repetición, un eco de lo ya aprendido en aquellas solitarias mañanas en el parque.

La culebra que robaba la leche de un bebé

L

Pedro Rivera Jaro

En los años cincuenta, cuando yo era un niño de pocos años, las mamás con bebés lactantes, acostumbraban a darles de mamar en público, pues entonces era considerado algo de lo más natural.
 
Si se encontraban cosiendo en la puerta de casa, junto a otras vecinas, y el bebé lloraba porque tenía hambre, tomaban el bebé en brazos, sacaban un pecho fuera de su alojamiento textil, y le ponía el pezón en la boquita, para que succionara la leche y acabara su hambre.
 
Luego ya, dependiendo de cada bebé y su apetito, podía saciarse con el contenido de un seno o, si seguía teniendo hambre, guardaba el seno vacío y continuaba con el segundo su alimentación. Hasta que el bebé se cansaba de mamar, y entonces su mamá le limpiaba la boquita, y guardaba la mama dentro de su alojamiento en el sujetador.
 
Recuerdo que en una ocasión, estaba mi querida mamá dando de mamar a mi hermano Félix, al cual saco 5 años, yo estaba mirando como lo hacían, y mamá tomó su pezón entre los dedos y apretó, dirigiendo el chorrito de leche a mi cara, que quedó mojada y pegajosa, por la leche proyectada sobre ella. Mi madre se reía con ganas, y yo también. El único que protestó fue mi hermanito que había notado como se interrumpía su comida.
 
Es posible que la gran atracción que ejercen sobre mí los pechos de las féminas, se encuentre en mi subconsciente, que posiblemente guarda aquel recuerdo del seno materno, fuente natural de vida.
 
Pero ahora quería contaros una historia que nos contó la abuela de mi amigo Ignacio, a él y a mí.
 
Esta señora era natural de un pequeño pueblecito de Toledo llamado Escalonilla, y nos refirió una historia de un niño que estaban criando, en su pueblo, con la leche de su mamá.
 
El niño estaba hermoso, pero en los últimos días, dejó de coger peso, y despertó la alarma
de su madre y de su abuela.
 
La mamá se sentaba en un cómodo sillón, en el zaguán de su casa, con el bebé en brazos,
dándole el pecho, mientras dormitaba. Una vez que la leche se acababa en sus pechos, ayudaba al bebé a expulsar el aire, dándole unas palmaditas en la espalda, y luego le acostaba para que durmiera.
 
Aquellos últimos días, el niño lloraba desconsoladamente después de mamar, y su mamá notó que no ganaba peso y lo comento con su madre, la abuela del bebé.
 
La abuela calló, cuando escuchó el comentario, y decidió observar desde un lugar escondido cómo se amamantaba el bebé. El niño empezó a mamar, y la mamá se adormiló enseguida.
De pronto, la abuela observó que, del ojo de una enorme cerradura que había en aquella vieja puerta carretera de madera, empezó a salir una culebra bastarda, y se aproximó hasta la boca del niño, introduciendo en ella la punta de su cola. Al mismo tiempo con su boca empezó a mamar la teta. Una vez hubo terminado, se retiró por el mismo orificio por el que había salido antes.
 
La abuela despertó a su hija y, la explicó lo sucedido. Quedó horrorizada con la explicación de lo que estaba sucediendo.
 
Al día siguiente pusieron un lazo corredizo en el ojo de la cerradura, y cuando la culebra salió, la atraparon y fin del problema. La trasladaron a gran distancia y la soltaron donde no pudiera volver a aquel zaguán.
 
El niño volvió a recuperar su peso, y su mamá y su abuela, su tranquilidad y sosiego.
Si la historia fue cierta o fue inventada solo para entretenernos a unos niños, no tengo forma de saberlo, pero eso ya es algo secundario. Lo importante es que esta historia me impactó, y nunca la he olvidado. Por eso mismo, ahora tengo el placer de regalárosla a todos vosotros.
 
Hace poco, alguien me contó otra historia parecida, de otra serpiente que mamaba de las ubres de una vaca, que tenía un ternero lactante, con tal suavidad, que la vaca buscaba a la serpiente para que la mamara, hasta el punto que llegó a aborrecer a su ternero.
 
Mi pregunta es: ¿Podría tratarse de la misma serpiente?

Pacha

P

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro
Mi tío, que se casó con la hermana de mi padre, era francés de nacimiento, pero de familia y origen alemanes. Era muy culto y rico, gracias a su inteligencia y trabajo.
Vivió en muchos países antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Se casó con mi tía, la hermana mayor de mi padre, y fueron los únicos hijos de mis abuelos nacidos en Brasil. Hubo otros hijos mayores del primer matrimonio de mi abuelo que nacieron en Europa.
 
Voy a dar a este tío un nombre ficticio para que no se le identifique, al igual que a mi tía y a sus dos hijos. Así que a partir de ahora se llamará Martín, su mujer Ana y sus hijos André y Rosa.
 
Por supuesto, con su fuerte y dominante personalidad de maestro, a la que se sumaba su origen alemán, estos nombres no le irían bien.
 
En su casa, como en la de mis abuelos, el único idioma que se hablaba era el alemán. Mi padre escribía y hablaba perfectamente esta lengua, ya que había estudiado en una escuela tradicional donde, además de una excelente formación cultural, la lengua hablada era el alemán. Conocí esta escuela en una ciudad que visité y estaba dirigida a una clase más acomodada.
 
Bueno, para seguir con nuestra historia, el tío Martin llevaba su negocio y su familia de forma muy estricta.
 
Tenían una casa preciosa y muchas comodidades y modernidad para la época. A sus hijos no les faltaba de nada, incluso juguetes bonitos y caros.
 
La música era una de las prioridades de la familia, incluida la mía.
 
Los niños estudiaban y tocaban el piano con maestría y su madre era experta en un instrumento que casi nadie conoce hoy, el sitar.
 
Cambiando de tema, volvamos a hablar de Martin.
 
Le encantaba cazar y para ello tenía en casa dos perros de raza, Pointers que eran sus fieles compañeros. Uno de ellos, de pelaje blanco y manchas marrones, se llamaba Pacha. Era un perro muy guapo y manso con los niños pequeños, pero cuando estaba en el campo, sólo obedecía ciegamente a su amo y hacía fielmente todo lo que se le mandaba. Y así sucedía con todas las salidas de caza del tío Martín.
 
Pero un día, todo fue diferente. Os contaré lo que pasó.
 
El tío Martín estaba cazando liebres en el campo con su rifle. La maleza era un poco alta, llena de arbustos que no le permitían visualizar bien su entorno.
 
Sin embargo, con su precisión habitual, divisó a la liebre que corría entre los arbustos a poca distancia de donde el se encontraba. Apuntó a la cabeza del animal y efectuó un único disparo con su potente rifle. El animal cayó entre las plantas.
 
Martin ordenó entonces a Pacha que fuera a buscar la pieza, como estaba acostumbrado y entrenado a hacer. Pacha siguió el rastro del animal y cuando estuvo cerca de él, se detuvo y no lo recogió en la boca como hacía siempre para llevárselo a su amo.
 
Martin, asombrado y molesto al mismo tiempo, ordenó en voz alta a Pacha que le trajera la caza. Finalmente el perro le obedeció y regresó lentamente con la liebre entre los dientes. Cuando se acercó al tío Martín, cayó a sus pies con la caza y tres mordeduras de serpiente en el hocico.
 
Cuando mataron a la liebre, ésta había caído sobre un nido de jararacas y cuando Pacha las vio, al principio se echó atrás, pero como era obediente y fiel a su amo, obedeció la orden de recoger el animal cazado. Pacha yacía a los pies de Martín terriblemente herido y moribundo.
 
En aquella época, las serpientes campaban a sus anchas por el campo y era normal que la gente sufriera mordeduras y muriera a causa de su veneno.
 
Siempre que Martin salía de caza, llevaba consigo suero antiofídico, que ya existía en aquella época.
 
Cuando el tío Martin vio a su perro favorito en ese estado, empezó a llorar copiosamente. Amaba a ese animal.
 
Desesperado, aplicó el suero al perro, lo metió en su coche y condujo de vuelta a la ciudad a la velocidad que le permitían las primitivas carreteras de tierra de la época.
 
Pacha, con los cuidados de un veterinario, se salvó, no murió, pero permaneció ciego hasta el final de sus días y cuando percibía la presencia de su dueño, cuando éste llegaba a casa del trabajo, le esperaba tumbado en el portal moviendo el rabo, gimoteando y de sus ojos ciegos caían lágrimas.
 
Y así fue hasta el final de sus días.
 
Martin no volvió a salir de caza.

Confinada

C

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro
El edificio era alto, de unos quince pisos. La arquitectura moderna. Grandes balcones.
Puertas y ventanas que daban una vista completa de la calle desde los balcones.
 
Era azul y se mezclaba con el cielo resplandeciente que suele haber en estos pagos mediterráneos, en Campello un "pueblo" de Alicante - España.
 
Enfrente hay un gran parque con árboles y muchos bancos para sentarse y disfrutar del tranquilo entorno.
 
Me sentaba allí casi todos los días para leer, pensar y observar.
 
Una mañana, cuando estaba sentado, después de mi paseo diario, en un banco frente a este edificio, la vi.
 
Desde la distancia parecía más o menos joven, con el pelo corto y castaño que brillaba al sol.
Debe haber vivido en el décimo o undécimo piso. Realmente no había forma de calcular correctamente.
 
Lo que me llamó la atención desde donde estaba en la plaza fue que: entró rápidamente por una puerta y desapareció para salir por otra unos minutos después. Esto sucesivamente, sin parar, durante casi una (1) hora.
 
En los días siguientes volví a pasear por la plaza, como hacía siempre.
 
En este punto, mi curiosidad ya se había despertado y comencé a diario a levantar la vista y observar la misma escena. Durante meses.
 
Quería saber quién era esa mujer y qué hacía.
Fui al edificio donde vivía y hablé con el portero, que no pudo decirme mucho, diciendo que no la conocía y que nunca pasaba por la calle.
 
Pensó que estaba casada, pero no estaba seguro.
 
El tiempo pasó y la escena se repitió hasta que un día no la vi más.
 
Parecía tan hermosa desde lejos.
 
Volví al edificio de nuevo y pregunté al nuevo portero por ella.
 
Era más hablador.
 
Luego me dijo que la bella mujer vivía recluida en su piso. Que cuando su marido salió cerró la puerta y se llevó la llave. Era demasiado celoso.
 
Un día, al volver a casa temprano, encontró al antiguo portero dentro, charlando amistosamente con su mujer.
 
Poseído por la desconfianza y los celos exacerbados, sacó un revólver que llevaba consigo y, sin preguntar, les disparó a ambos.
Se sabía, según el último portero, que el primero había derribado la puerta, al oír los gritos de su mujer, para apagar un fuego que se había instalado en la cocina, y que había tenido éxito en el empeño.
 
Según algunos vecinos, aún hoy se oyen los pasos de la mujer moviéndose de una habitación a otra, sin detenerse, y que desde la plaza quien mira ese piso siempre la ve igual, caminando ahora junto al antiguo portero.
 
Los dos cada día, durante una hora, por la mañana, entran por una puerta y salen por la otra, caminando, siempre caminando...
 
¡Increíble! Esta mañana me pareció verlos.

El patio de mi casa

E

Pedro Rivera Jaro

 
Las personas de fuera de Madrid piensan que esta gran ciudad siempre estuvo constituida por enormes rascacielos como los que existen en la hermosa calle de la Gran Vía o el paseo de la Castellana, pero yo recuerdo de mi primera infancia, en la zona de los barrios del sur de Madrid, en mi calle que entonces se llamaba Barrio de San José y a la que posteriormente cambiaron a Calle de San Fortunato, existía una mayoría de casas de planta baja, en muchas de las cuales faltaban los servicios más elementales, como agua corriente o alcantarillado, y cuyas calles carecían de pavimento, y cuando llovía, se formaban enormes barrizales, y grandes charcos de agua, que los chiquillos aprovechábamos para jugar hasta ponernos perdidos de salpicaduras de agua embarrada, y que cuando llegábamos a casa, nuestras madres nos administraban una buena ración de azotes en las nalgas.
 
A 200 metros de mi casa, había campos sembrados de trigo o cebada, entre cuyos surcos, nosotros buscábamos nidos de alondra, lagartijas, lagartos y culebras. Disfrutábamos dentro de la gran ciudad, de cosas propias del campo, como escuchar donde cantaban los grillos y descubrir el agujero donde se refugiaban, al escuchar el ruido de nuestros pasos al aproximarnos. Metíamos por el agujerito una pajita vegetal, y como habían entrado reculando en su refugio, les hacíamos cosquillas en la parte delantera y les obligábamos a salir, momento que nosotros aprovechábamos para capturarlos. Luego les metíamos en unas jaulitas hechas con telas metálicas mosquiteras, y les echábamos hojas de lechuga para que comieran y nos deleitaran con su canto.
 
En lo que fue mi casa, hoy día existen dos bloques de viviendas de cuatro alturas, y la calle que os he contado que era de tierra, hoy está debidamente asfaltada, y todos aquellos campos de trigo y cebada, hoy son bloques de viviendas con todos los servicios y comodidades que la vida moderna impone.
 
En la parte trasera de mi casa existían los garajes donde mi padre encerraba su camión, con su banco de trabajo, herramientas y demás utensilios de su actividad de transportista. En otra parte existía un gallinero, con un par de docenas de gallinas ponedoras, un palomar en su parte alta, y a un costado exterior de la valla metálica del gallinero, teníamos tres jaulas de conejos.
Todo esto estaba a mi cuidado que tenía entre mis obligaciones la alimentación, y limpieza de todos estos animales.
 
Algún día os contaré muchas más cosas del transcurrir de mi infancia, muy feliz, pero poniendo el acento en que los niños, entonces teníamos muchas obligaciones en ayuda de las actividades familiares, además de estudiar.
En la parte de mi patio que daba a la ventana de la cocina y a la que se accedía por la puerta del pasillo central de la vivienda, había una enorme morera que había plantado mi abuelo Pedro, que producía moras blancas, muy dulces, alrededor de cuyo grueso tronco había instalada una gran mesa de madera, donde los domingos de verano solíamos reunirnos a comer los seis miembros de nuestra familia.
Cuando yo cometía alguna travesura infantil, y enfadaba a mi querida mamá, ésta me perseguía, zapatilla en mano, y yo subía por la mesa y, trepando por el tronco y ramas del árbol, escapaba a las iras de mi progenitora.
 
También teníamos una higuera de higos blancos de cuello dama, riquísimos, dos parras para dar sombra, un rosal, de rosas rojas y plantas de sándalo y hierbabuena, todos alrededor del patio, en un borde de tierra ajardinada, y en las paredes, colocados en soportes de hierro pintados de verde, colgaban tiestos de geranios, pelargonios, claveles, etc., sobre el fondo blanco de la cal deslumbrando la mirada, como si estuviéramos en un precioso patio andaluz.
Y todo el resto del patio estaba pavimentado de cemento, que anteriormente estuvo adoquinado con piedra de Colmenar, donde yo de pequeño tropezaba y me hería las rodillas con demasiada frecuencia.
 
En la década de los 50, aproximadamente en 1955, en pleno mes de julio, tuvimos un día verdaderamente tórrido.
Entonces no se hablaba de cambio climático, pero os aseguro que hacía tanto calor como ahora, con el agravante de que no teníamos aire acondicionado.
 
El frigorífico nuestro era un pozo de agua como de 12 metros de profundidad, en cuyas aguas claras y frescas, mediante un cubo amarrado a una maroma, deslizándose mediante una garrucha de hierro, bajábamos una botella de vino, otra de gaseosa y una tercera de agua, unos tomates y un melón.
 
Todo ello introducido en el agua del pozo y cuando llegaba la hora de la comida lo subíamos, y su contenido estaba bien fresquito
Aquel pozo lo había excavado mi abuelo Pedro, mucho antes de que yo viniese a este mundo, y lo había revestido de ladrillo recocho.
 
En la parte superior, el brocal llegaba a una altura aproximada de un metro, y todo él estaba revestido de cemento y encalado. Por encima tenía un arco metálico y en la mitad del arco tenía soldado un gancho del cual se colgaba la garrucha.
 
En el borde del brocal tenía abrochadas con tornillos grandes, dos bisagras, que articulaban con una trampilla de chapa, que se abatía sobre el borde circular de su orilla contraria. De esta forma quedaba cerrada la boca del pozo, y se evitaba cualquier accidente que pudiese sobrevenir a cualquier persona o animal, y que pudiera precipitarse hasta el fondo del pozo, como le ocurrió a una perdiz roja, que yo tenía suelta por mi jardín, y que espantada por mi hermano Javi, cayó tras un corto vuelo en el fondo del pozo, y tuvimos que sacarla con el cubo, pero como resultado de los golpes que se dio en la cabeza , al caer, quedó ciega y, a los pocos días murió. Su muerte me causó gran disgusto, porque ese animalito lo crié yo desde que era un pollito y le tenía gran cariño.
 
Junto al brocal del pozo se hallaba una pila de piedra, que desaguaba en la alcantarilla, donde mi madre, una vez llena con agua del pozo, lavaba la ropa, mientras cantaba las canciones que oía cantar en la radio a Lola Flores, Juanita Reina, Marifé de Triana y otras famosas del momento.
Todavía no habían llegado las primeras lavadoras automáticas a España.
 
Como os decía anteriormente, aquella tarde-noche, el calor se hacía insoportable y mi padre pensó que podríamos dormir en el patio, donde con el frescor de los árboles sería un poco más baja la temperatura.
Para ello colocó unas alfombras en el suelo, y sobre ellas puso un colchón, con unas sábanas y se acostó en él.
A mí me pareció algo divertido y le pregunté si podía dormir con él, y él riéndose me dijo que si y me acosté con él
Hasta que en mitad de la noche, nos despertó una tremenda tormenta de truenos y gran aparato eléctrico.
De pronto empezó a llover con gran violencia, lo que nos obligó a recogerlo todo corriendo y meternos dentro de la casa.
 
Son cosas que ocurren en la niñez y se te graban profundamente en la memoria, sin poder olvidarlas con el paso de los años.
Han pasado 69 años, aproximadamente y sigo recordando los gestos cariñosos de mi querido padre.

¿Hacemos una apuesta?

¿

 Álvaro de Almeida Leão

Traducido al español por José Manuel Lusilla

Morlim, Oswaldo y Zecão se encuentran diariamente para una partida de cartas amistosa en el bar de Don Cardoso. Allí se quedan hasta las 11 de la noche. Como siempre, Morlim es el primero en llegar y también el que más se emociona con las victorias alcanzadas. Otra vez,  gana. Al perder se pone furioso.

Pasado un tiempo, Don Cardoso recibe una llamada telefónica:
—Hola, bar de Don Cardoso, a sus órdenes.
—Hola, soy Oswaldo. Quiero hablar con Morlim, ¿él está ahí?
—Sí, espera un momento. Morlim, teléfono, es Oswaldo.
—Hola, Oswaldo. Están retrasados, ya llevo aquí un buen rato.
—Falleció un amigo en común, mío y de Zecão. Estamos en el velorio y lamentablemente hoy no podemos ir hasta allí para nuestra partida.
—Bah, amigo Oswaldo. Estoy enfadado. Acostumbrado a nuestro juego, ni sé qué hacer para pasar el resto del tiempo.
—Nos pasa lo mismo aquí. Nos sentimos fuera de lugar. Ya sabes cómo es, la adicción es la adicción, ¿no es así, Morlim?
—Claro, Oswaldo, yo lo sé muy bien. Estoy sintiendo comezón por todo el cuerpo. Ya tomé un montón de cafecitos. En fin, ¿qué se le va a hacer? Es la vida.
—Eso era todo, Morlim. Hasta mañana, ¿de acuerdo?
—Más que de acuerdo. Un abrazo para Zecão.
—Se lo daré.

Morlim vuelve a la mesa en la que se encuentra, totalmente desorientado. La falta que le hace la querida y amada partida no tiene comparación. De ahí a una crisis nerviosa fue cuestión de minutos.

En un momento dado, no se contiene y recurre a la bondad de Cardoso.
—Amigo Cardoso, necesito que me hagas un gran favor.
—Claro, Morlim, si está a mi alcance, con mucho gusto.
—¿No quieres jugar conmigo? El bar está tranquilo.
—No, gracias, Morlim, no soy de juegos, ni conozco bien las cartas.
—Entonces, Cardoso, te propongo: los dos nos ponemos detrás del mostrador y jugamos a ver quién puede escupir más lejos. ¿Hecho?
—Perdona, pero no quiero.
—¿Qué piensas, mañana llueve o no llueve? Elige. Yo me quedaré con lo contrario de lo que digas. ¿Jugamos a eso?
—No me lo tomes a mal. Pero los juegos no me atraen.
—Cardoso, pásame un trozo de ese queso de la estantería del medio.
—Perdón, Morlim, lo que hay ahí no es queso, es jabón.
—Es queso.
—Es jabón.
—¿Y entonces... ahora sale una apuesta?
—Está bien. Me venciste por cansancio. Acepto.
—Genial. Pura belleza. Por fin. Yo digo que es queso y tú dices que es jabón. ¿Puedes bajar el producto para ver quién ganó la apuesta?
Cardoso va hasta la estantería donde se encuentran los productos de limpieza y trae la barra de jabón que Morlim había señalado como queso.
—Ahí está, proclama al ganador.
Morlim, con un trozo de jabón en la mano, lo lleva a la boca y, sin darse por vencido —perder no es lo suyo— dice con la mayor cara de piedra:
—Gané el juego. Gané. Gané. Es queso con sabor a jabón.
...Perder no es lo de Morlim. ¡No, en absoluto!...

La muerte de la abuela

L

Silvia C.S.P. Martinson

TRADUCIDA AL ESPAÑOL POR PEDRO RIVERA JARO

Ella murió.

No dejó ninguna herencia importante, sólo escribió una carta a su único y querido nieto.

Vivió cada día con intensidad, con alegría. Con la alegría de quien recibe el don de la vida.
Sufría achaques y dolores como cualquier anciano que, con el paso de los años y el desgaste natural del cuerpo, los tiene.

Tuvo algunos amigos que también conservó hasta el final de sus días. Los que se fueron por razones de la vida lo hicieron en silencio.

Algunos dejaron recuerdos amargos, que ella, sensatamente, arropó en un rincón de su memoria, en el lugar destinado a las cosas perdidas.

Y así, día a día, semana a semana, pasaron meses y años sin que ella se diera cuenta de la historia registrada en la eternidad que poco a poco iba escribiendo.

Y ahora, al final, le dejó a su nieto la versión no contada de su largo viaje en una carta dirigida sólo a él, que empezaba así:

Querido nieto.
Te quiero por encima de todo. Fuiste y eres el recuerdo más entrañable que llevo conmigo.
Mi fin se acerca. Lo siento.
Fui alegre, fui feliz.
He amado y he sido amada.
Y ahora te contaré lo que pasó en mi largo camino.
Yo .......

Su mano cayó, la pluma resbaló, la sonrisa se desvaneció gradualmente de sus labios, sus brazos cayeron a lo largo de su cuerpo, sus ojos se cerraron suavemente.

No terminó la carta.

Inmersa en sus sueños y recuerdos, se quedó dormida para siempre.

 

El mismo

E

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Otro verano, dirían todos.

Así comienza nuestra historia.

Sin embargo, tuvo lugar hace casi 50 años.

Sí, era verano. Un verano como cualquier otro.
Diferentes eran entonces los caminos y las situaciones que conducían a un merecido descanso tras un año de duro trabajo.

Mis padres trabajaban duro para mantener la casa que habían comprado con sacrificio y muchos ahorros. También trabajaron duro para proporcionar comodidad y una mejor educación a sus dos hijas. En otras palabras, a mi hermana y a mí.

Teníamos una vida modesta, pero estábamos rodeados de mucha cultura.

La música clásica impregnaba nuestros días, llenando la casa de sonido y belleza.

La lectura de buenos libros, de buenos autores era una constante en mi casa. Mi madre era una lectora insaciable.

De niños nos parecía algo aburrido, pero con los años nos dimos cuenta de lo mucho que nos ayudaba, tanto en nuestra vida profesional como en nuestras relaciones personales e interpersonales.

Y así pasaban los días y las niñas crecíamos, aprendíamos y también éramos corregidas, a veces duramente, cuando era necesario.

Los inviernos en mi pueblo en aquella época eran duros. Nos asolaba el frío con fuertes heladas, mucha lluvia y humedad.

Mi madre tenía un fogón de leña que mantenía encendido día y noche y con la que nos preparaba deliciosas comidas y proporcionaba a toda la casa un calor realmente acogedor.

De todos modos, así pasábamos los días de invierno, siempre a la espera de la llegada de la primavera, que por consiguiente era el presagio de un verano feliz y muy caluroso. Y esta expectativa se renovaba cada año.

Era la época que esperábamos con impaciencia, porque cada año mis padres alquilaban una casa diferente, siempre en la playa, en cualquier estación balnearia que encontraban, dentro de sus posibilidades económicas.

Recuerdo que uno de esos años alquilaron, según un anuncio del periódico dominical, una casa en la estación balnearia de Cidreira, en Rio Grande do Sul (Brasil).

Cuando llegamos allí, mis padres se quedaron muy sorprendidos. La casa estaba situada al final de un terreno un poco alejado del mar y, para nuestro descontento, era casi un cobertizo, es decir, un gran salón donde estaban alineados todos los muebles de una casa.

El salón, los dormitorios y la cocina estaban en una secuencia normal. El cuarto de baño, situado en el patio trasero, era primitivo y sólo mejoró de aspecto gracias a las labores de higienización llevadas a cabo por mi madre y mi padre. Ambos eran extremadamente meticulosos.

La casa estaba a gran altura del suelo. Había un enorme hueco entre el suelo de madera y el suelo arenoso del patio.

Después de comer nos echábamos la siesta debajo de la casa. Allí, mi padre había colocado unas tablas sobre las que nos tumbábamos a dormir.

Yo miraba al cielo para ver en las nubes figuras que había creado en mi imaginación, como animales, monstruos, hadas, duendes y montañas que formaban parte de este mundo.

Y así, poco a poco, me quedaba dormida.
Para nosotros, los niños, aquel verano fue una experiencia inolvidable.

Hasta el día de hoy lo recuerdo todo como si estuviera allí, ahora, en este mismo momento.

 

Una mañana

U

Silvia C.S.P. Martinson

Traducida al español por Pedro Rivera Jaro
Cuando las olas se rompen en la playa,
y el mar alumbra mis ojos con su majestad,
yo me siento muy pequeña ante tanta magnitud.
Y por supuesto mi gratitud
es solo y únicamente
por todo lo que la vida me ha regalado:
por todas las cosas buenas que ha sembrado,
por las semillas que en mis manos se han quedado,
por todas las alegrías que he tenido.
Ellas con sus movimientos,
sus “ires y venires” me recuerdan
que soy como un barco.
al capricho del viento,
navegando a través del tiempo.
Debajo del sol en calurosos días.
Debajo de la luna en su belleza pura.
Con fuerza y coraje,
superando las dificultades
en las noches más oscuras.