Autor/aSilvia Cristina Preissler Martinson

Nació en Porto Alegre, es abogada y actualmente vive en El Campello (Alicante, España). Ya ha publicado su poesía en colecciones: VOCES DEL PARTENÓN LITERARIO lV (Editora Revolução Cultural Porto Alegre, 2012), publicación oficial de la Sociedad Partenón Literario, asociación a la que pertenece, en ESCRITOS IV, publicación oficial de la Academia de Letras de Porto Alegre en colaboración con el Club Literario Jardim Ipiranga (colección) que reúne a varios autores; Escritos IV ( Edicões Caravela Porto Alegre, 2011); Escritos 5 (Editora IPSDP, 2013) y en español Versos en el Aire (Editora Diversidad Literaria, 2022). En 2023 publica, mano a mano con el escritor Pedro Rivera Jaro, en español y en portugués, el libro Cuatro Esquinas - Quatro Cantos.

Sin cabeza

S

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro 

Un lugar. Un planeta. Año 3.145.

Las ciudades son enormes, no hay edificios altos como los que conocemos hoy. Son casas de dos o tres plantas, adecuadas a las necesidades de la población, que tienen luz propia y reflejan los rayos de los dos soles que abastecen de energía a este gigantesco planeta. Estas casas son transparentes a simple vista y se puede observar perfectamente lo que ocurre en el exterior sin que la intimidad de sus habitantes se vea perturbada por miradas indiscretas.
De hecho, los habitantes de este planeta no son en absoluto curiosos.

Hablemos de la gente que vive aquí y luego contemos la historia en sí.

Un pueblo extraño para nuestras concepciones actuales, tanto física como psíquicamente.
Sus cuerpos no se deterioran cuando son abandonados. Y abandonados, como veremos más adelante, es literalmente el término más correcto. Físicamente son criaturas casi idénticas. La misma textura, la misma altura -extremadamente altas y bellas, por cierto-, pelo negro o rubio, ojos castaños o azules, piel de color moreno, según nuestros actuales parámetros de color. Los hombres tienen el mismo porte altivo y están sexualmente bien dotados. Las mujeres, con su abundante cabellera, tienen pechos grandes y nalgas y piernas torneadas. Todos ellos son particularmente atractivos sexualmente.

En estas ciudades, todo está programado. Como las criaturas no necesitan comer a la manera tradicional, todo lo que tienen que hacer es inhalar los efluvios procedentes de la "comida" procesada y altamente energética, que procede de las formas básicas milenarias.

No hay trabajo manual ni producción. No hay campos que arar. Por lo tanto, los seres sólo realizan servicios intelectuales, destinados a mantener y preservar el gobierno y la paz, y esto ocurre en cortos periodos del día, que dura una media de 36 horas.

Todos los ciudadanos obedecen el orden programado; los lunes son el día de la afectividad sexual, los martes se dedican a comer, los miércoles se dedican a reunirse y socializar con los habitantes del mismo barrio, los jueves se pasan en el gran anfiteatro de la ciudad escuchando música y aumentando su "colección de sonidos", los viernes se dedican a pasear, cuando las aceras y las calles se paran a tal efecto. Los sábados, todo el mundo se queda en casa, ocupándose de su ropa y utensilios y poniéndolos en orden. Ese día, los únicos vehículos que circulan por la ciudad son los llamados COLECTORES. Hablaremos específicamente de ellos más adelante. Los domingos, todo el mundo duerme hasta tarde.
Como puede ver, se trata de ciudades magníficamente organizadas.

Por cierto, las criaturas, sus habitantes, se llaman y conocen por números y no por nombres.

Mil Quince Millones era su nombre. Su mujer se llamaba Mil Millones Veinte Mil. Se llamaban íntimamente Biquin él y Bevin ella. Estaban acostumbrados.

Aquí comienza nuestra historia.
Biquin, tras haber dormido con su esposa Bevin todo el domingo, se despertó el lunes sintiéndose extraño, no tan dispuesto como de costumbre al "afecto sexual".

Como siempre en esos días (los lunes), ella se acercó a él con sus grandes y duros pechos a medio mostrar, su cuerpo caliente y húmedo, sus nalgas casi vibrando, y se inclinó contra él, apretándose a su cuerpo, haciéndole sentir inflamado y listo para el coito. Al percibir cierta frialdad en ella, algo que nunca antes había sentido, le cogió la mano y la guió lentamente sobre sus pechos, acercándola a sus genitales, que ya vibraban, calientes y húmedos, exudando el perfume que él había puesto allí de antemano. Ella entrecerró los ojos y abrió la boca para recibir su poderosa lengua. Él cedió. Un temblor recorrió su cuerpo, encendiendo su deseo. Copularon todo el día, de las formas más diferentes y atrevidas.

Hay que decirlo: Las mujeres de estos pueblos los lunes siempre, sin excepción, recibían y buscaban a sus maridos semidesnudas, con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, el cuerpo excesivamente caliente, ligeramente húmedo y perfumado.

Martes - Día de comida.
Biquin puso las pastillas energizantes de él y de ella en recipientes separados. Las roció con un líquido especial. Inmediatamente empezaron a salir vapores de ellas, que fueron aspirados individualmente por cada uno. Esto duró varias horas. Al final del día estaban llenos de energía.

El miércoles. Biquin, todavía con una extraña sensación de estar incompleto, como si algo se le escapara de las manos, una vaga e inquietante sensación de ausencia algo que no había sentido desde que se dio cuenta de que era él mismo, hacía tanto tiempo que ya no sabía lo que era-, fue con su mujer, a medias, a la reunión del barrio para hablar e intercambiar ideas con sus compañeros, a los que, sin embargo, no expuso sus sentimientos actuales.

El jueves, como de costumbre, todos fueron al anfiteatro para escuchar música y engrosar su "colección de sonidos". Biquin y Bivin, inevitablemente sentados en cómodos sillones, en silencio, se prepararon para la audición.

La música, transmitida por enormes y complejos aparatos, se extendía por el aire. Era tan relajante como siempre. Sin embargo, añadía nuevos sonidos, que poco a poco se iban registrando en sus cerebros e incorporando a su "colección".

Fue en ese mismo momento, más concretamente ese día, cuando Biquin empezó a darse cuenta de lo que le estaba ocurriendo y se hizo algunas preguntas que no podía responder:
- ¿Por qué necesitamos escuchar música y aumentar nuestras "colecciones"?
- ¿Para qué escuchar música si ya la tenemos registrada en nuestro cerebro? Podemos escucharla íntimamente siempre que queramos.
- ¿Por qué es necesario que toda la gente se reúna en el anfiteatro?
Terminó el día, terminó la audición y todos volvieron a sus casas.
Amanecía, los soles brillaban, las casas resplandecían. Era viernes.

Las preguntas que se había estado haciendo seguían martilleando la cabeza de Biquin.
Las calles y las aceras estaban paralizadas.
Las criaturas caminaban de dos en dos, sin prisa, durante muchos kilómetros, por parques, calles y avenidas. Era necesario moverse, como si nuevos engranajes, recién engrasados, se hubieran puesto en marcha para ajustarse y cumplir mejor sus funciones.

El movimiento era obligatorio.
Biquin se sentó en un banco de la plaza, estaba inexplicablemente cansado, nunca le había pasado. Le hizo una señal a Bevin para que diera el obligado paseo a solas. Ella le miró largo rato, una lágrima, sólo una, corrió por su mejilla, la disimuló, se despidió y siguió caminando.

El desánimo era demasiado grande en él. Las preguntas sin respuesta seguían apareciendo en su cerebro. Y poco a poco una idea extraña, insólita, comenzó a envolverlo, obstinadamente, despojándolo de toda lógica y entregándolo sólo a un violento deseo de:
Desatornillar su cabeza de su cuerpo. ¿Sería posible?

Solo en la plaza, al anochecer, comenzó su intento. Increíblemente, creyó que era posible. Y poco a poco empezó a desenroscarse la cabeza. Al principio hubo algunos chasquidos, como si las piezas estuvieran atascadas por falta de uso. Pero con un poco más de fuerza y un chasquido mayor, empezó a moverse.

Primero en un ángulo de veinticinco grados, luego de cuarenta y cinco, después rápidamente de ciento ochenta y finalmente de trescientos sesenta grados. Ya no se sorprendió; al contrario, sintió un gran alivio. Sólo le quedaba quitárselo del cuello.
Eso fue lo que hizo. Lo colocó suavemente a su lado en el banco.
Ya no sabía si era un cuerpo o una cabeza. Pero, ¿qué importaba eso ahora?
A su alrededor, las cosas, las imágenes y los sonidos se desvanecían y desaparecían por completo.

Lo único que quedaba era un cuerpo y una cabeza que, en aquel planeta, no se deterioraban.

Bivin, por su parte, se sentó en el sofá de su casa y apagó todos sus sentidos. Para siempre.

En la sala de Control de la Población del gran complejo gubernamental, donde se decidía sobre la creación o extinción de las "criaturas programadas", frente a una enorme pantalla de televisión Tresbieum (Tres mil millones y un millón) dice Tresbiedois (Tres mil millones y dos millones), ésos eran sus nombres:
- ¡Por fin Bikin y ella fuera! Todo salió según lo previsto. Eran viejos y obsoletos, sólo ocupaban espacio. Su tecnología estaba anticuada, no había arreglos ni reparaciones que hacer. Las piezas ya no existen.
Ahora habrá un hogar extra para futuras parejas.
- Efectivamente, pero tú Trisbieum debes estar de acuerdo conmigo en algo, ya que somos tan diferentes...
Qué hermosos y perfectos eran nuestros padres para la época en que fueron creados, ¿no crees?
- ¡Sí, nuestros padres!
Pero eso ya no importa, mañana es sábado y los camiones de RECOGIDA los llevarán al depósito de reciclaje. Siempre es así...
- Menos mal que el domingo dormiremos hasta tarde.

También hay que explicar que en este planeta, cuando un cónyuge se desactivaba, el otro seguía inevitablemente su estela.

Vacaciones en casa de la abuela

V

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro 

Cuando éramos niñas lo que más nos gustaba era a final de año, después de Navidad, en pleno verano, visitar a mi abuela. Mis padres se tomaban unos días para descansar.

O íbamos a una casa que alquilaban en la playa, o íbamos a visitar a mi abuela paterna y a mis tíos y primos en la ciudad de Ijuí.

Ijuí se encuentra en el Estado de Rio Grande do Sul-Brasil y fue fundada por mis abuelos y otros inmigrantes alemanes que fueron allí a vivir y formar sus familias.

Creo que no fueron los primeros en llegar.
Cuando yo era niña esta ciudad tenía sus costumbres locales bien arraigadas y típicamente alemanas. Desde los hábitos alimenticios hasta el idioma que se hablaba habitualmente. Mi abuela murió a los 98 años hablando todos los días sólo su lengua materna.

Normalmente los habitantes eran de religión evangélica, seguidores de Martín Lutero, y en los oficios el pastor sólo hablaba alemán.
Mi padre hablaba y escribía alemán con regularidad, también porque había estudiado como interno en una escuela donde se preparaba para ser pastor.

Finalmente lo dejó todo y se fue a servir en el ejército brasileño a otra ciudad del Estado, donde conoció a mi madre y se casó con ella.
Supe por mi padre que hubo mucha persecución, en la posguerra, de inmigrantes alemanes bajo la sospecha de ser nazis.

Mi padre nunca quiso enseñarnos el idioma alemán, creo que por puro miedo, temía la persecución que, por desgracia, hubo en Brasil durante muchos años.

Las ansiadas vacaciones para ir a casa de mi abuela que, por cierto, era muy grande, cómoda, bonita y estaba situada en pleno centro de la ciudad fueron una verdadera epopeya. Hasta llegar allí pasaron muchas cosas.

Salimos muy temprano en la mañana en la camioneta de papá, pasamos por varios pueblos hasta que tomamos el camino que nos llevaría a Ijuí. En aquella época, la carretera era de tierra y no había asfalto.

La tierra estaba roja y el polvo lo penetraba todo, porque teníamos que conducir con las ventanillas abiertas, era verano, hacía calor y no había aire acondicionado en el coche. Cuando se acercaba otro vehículo, mis padres ordenaban cerrar las ventanillas para que el polvo no penetrara aún más.

Aquella región producía mucho trigo y otros cereales. Era hermoso ver los campos de trigo mecidos por el viento como las olas del mar, pero amarillos, casi dorados.

Mi tío, casado con una hermana de mi padre, era uno de los directores y propietarios de una gran empresa de exportación de trigo.

Al anochecer, cuando estábamos a punto de llegar, mi padre iba a una gasolinera que había a la entrada del pueblo para que nos laváramos la cara y los brazos en los barriles de agua que había fuera, para que no llegáramos a casa de la abuela como indios colorados, con la piel roja y además el cabello revuelto, ya que probablemente no nos había de reconocer después de 12 o 14 horas de viaje.

La abuela siempre nos recibía con gran alegría, aunque no entendiéramos ni una palabra de lo que decía, puesto que como he dicho se expresaba en alemán.

Lo que más nos gustaba era la habitación que siempre nos tenía reservada a mi hermana y a mí.

Las camas eran altas y tenían un somier de acero flexible, sobre el que se colocaba un colchón de crin de caballo y plumas.

Las cubiertas también eran de plumón de ganso y todos los días había que sacudirlas de tal manera que esas plumas no se situarán en un solo lugar, dejando las otras partes vacías y, en consecuencia, causando frío a quien las utilizaba.

Nos encantaban esas camas altas y flexibles porque éramos muy traviesas y lo que más hacíamos, para desesperación de mi madre y mi abuela, era saltar sobre ellas hasta casi tocar el techo de la casa que estaba situada a una altura considerable.

Mi madre y mi abuela gritaban a voz en cuello y a los cuatro vientos cuando nos pillaron in fraganti, para que paráramos, o de lo contrario un azote en las nalgas sería la solución.

Una vez rompimos una almohada que también era de plumas. Éstas volaron por toda la habitación y acabaron en la calle, delante de la casa, porque la ventana estaba abierta.
Mi padre, que siempre fue un bonachón, se ha reído mucho, mientras que mi madre, siempre tan estricta, sacaba la zapatilla para pegarnos.
Hasta el día de hoy recuerdo aquella maravillosa escena.
Está viva en mi memoria.

Calma II

C

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro 

 Balanceándome y cantando...
Yo canto y balanceo
y cantando me encanto
con cuentos de hadas,
sílfides, duendes y gnomos,
que se pierden en los caminos
de la imaginación… de niña
que llevo en mí,
esa que soy aún así…
¡Cabecea y casi se duerme!
Y en la calma
de este mío canto
voy balanceando;
calmando al infante,
ese que no soy yo,
el que sujeto y abrazo.
Las sílfides, el hada,
las brujas, los gnomos,
se desvanecen en lo sueño
y… ¡se pierden en nada!

Tradición de Año Nuevo

T

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro 

Ese año sería diferente.
Pueblo de Ornaisons - Francia.
Un pequeño pueblo con mil y pico habitantes y algunas peculiaridades, diferente de los demás pueblos.
 
Allí vivían productores rurales dedicados a la viticultura, de cuyos viñedos se extraían uvas de cepas finas para la elaboración de vinos de gran calidad, tan apreciados en toda Francia. También producían buenas cervezas con la cebada cultivada allí. En menor cantidad, también se criaban ovejas y cabras para el consumo doméstico y para la producción de lana que, tras ser esquilada, se enviaba a las industrias tejedoras que, posteriormente, enviaban los bellos tejidos a las modistas para la confección de ropa y abrigos para el invierno.
 
Bueno, volviendo a la historia que nos contaron; ya no eran niños, habían crecido. Casi todos tenían entre 16 y 18 años. Se habían criado juntos.
 
De niños esperaban con ilusión la Nochevieja.
El día transcurrió con cierta emoción, tanto por parte de los adultos como de los más pequeños.
 
Los adultos prepararían la casa, las mejores ropas y la cena, que debería ser diferente de otros días y de lo que solían comer durante todo el año.
 
En Nochevieja, la cena, que tenía lugar a medianoche, consistía en carne de cerdo, ensaladas más elaboradas, vinos más finos y, por supuesto, postres más sabrosos de lo habitual.
 
Los niños y los adultos se bañaban antes y se vestían con más cuidado, como era costumbre, también porque en esta época del año allí es invierno.
 
Es costumbre desde antiguo que al amanecer del 1 de enero los jóvenes del pueblo salgan a la calle y recojan todo lo que se encuentra en los umbrales de las casas o jardines sin que el propietario pueda darse cuenta, y depositen los productos en el centro de la plaza local donde también se encuentra el ayuntamiento.
 
Los jóvenes partían al amanecer desde distintos puntos de la ciudad y cargaban con todo lo que encontraban y lo depositaban en el centro de la plaza.
 
Ese año fue excepcional que llevaran bicicletas, macetas, papeleras e incluso un coche que, con la ayuda de unos pocos, abrieron la puerta del conductor, desbloquearon el vehículo y lo empujaron hasta la plaza.
 
Los ancianos ya habían olvidado esta costumbre y cuando se despertaron por la mañana se dieron cuenta de que faltaban sus pertenencias.
 
Hubo un alboroto en la ciudad. La gente corría por las calles buscando lo que les pertenecía.
Cuando llegaron al centro de la ciudad y vieron la plaza llena de las más diversas chucherías, se quedaron asombrados. Y los jóvenes que permanecían a un lado, sonrientes, observaban las reacciones de los supuestamente perjudicados. Se les interrogó duramente sobre si habían sido los autores de las desapariciones, a lo que respondieron con el mayor aplomo:
 
- ¡No, yo no! ¡De ninguna manera sería capaz de tal maldad!
 
Pero lo hicieron entre sonrisas y miradas furtivas de unos a otros.
 
Sin embargo, lo más interesante ocurrió al cabo de unos minutos, cuando la gente empezó a recoger sus pertenencias. Fue entonces cuando se puso de manifiesto la torpe naturaleza del hombre.
 
Algunos pensaban que las pertenencias de sus vecinos eran más valiosas que las suyas y empezaron a argumentar que eran suyas. El caos se instaló definitivamente y los agraviados, tras reclamar sus derechos y no ser atendidos, pasaron a la agresión física.
Viejos amigos se enfrentaron, amistades se desmoronaron, personas que se creían honestas e íntegras dejaron caer sus máscaras por un simple jarrón de flores.
 
Todo esto sucedía ante los ojos estupefactos de los jóvenes que tenían en algunos vecinos e incluso familiares la representación de la más pura honestidad.
 
Esta fecha está grabada en la memoria y en los anales de la historia de este pueblo.
Y hoy, por precaución y por experiencia, los adornos, jarrones, macetas y otros objetos que se encuentran habitualmente en las calles y jardines se recogen después de la cena de Año Viejo, en el paso del 31 de diciembre al 1 de enero, dentro de la casa de cada propietario.
 
Olvidé decírtelo: Ese día también se rompió un compromiso que había durado algunos años.
Los padres de los novios se pelearon por una vieja bicicleta y no permitieron que sus hijos se casaran. La novia sigue llorando hasta el día de hoy, desconsolada, mal considerada y solterona. El prometido se fue a otra ciudad, se casó allí y tuvo un "montón" de hijos.
 
Se dice de pasada, y casi para terminar que fue uno de los líderes que planearon toda la broma. Aún hoy siguen diciendo, los que eran jóvenes entonces, que cuando salen a la calle y se encuentran con los que intentaron robarles lo que no era suyo, los identifican y les lanzan palabras como
- ¡Sé lo que hiciste!

Pequeño cuento

P

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera jaro 

Debe ser así . Y así es.  España, tierra de leyendas y de pasiones. De sus rocas, de su transparente y cálido mar es de donde se extraen muchas historias. Su ambiente es cómplice de muchos sentimientos mientras aquellos que no pueden contarse y han de olvidarse por los caminos inaccesibles de las rocas, a las cuales el aire se acomoda para esconderlos.
Tierra vieja de viejos amores.
 
SIGLO XVII 
 
Aunque Europa vive en pleno Renacimiento y en la  creación artística impera el Barroco, en España el siglo XVII sigue muy influenciado por las tradiciones medievales, marcadas por el fuerte apego al Cristianismo de esa época, a diferencia de las nuevas corrientes de ideas humanistas, cuya penetración e influencia ya se hizo sentir por el resto del continente europeo.
 
En este sentido la Iglesia Católica fue muy influyente y predominante en los países ibéricos, para que no adoptasen tales ideas humanistas, iniciando así  la fase conocida como Contrarreforma, reforzando sobremanera la cultura y la educación del pueblo.
 
Es entonces, precisamente en esta etapa, cuando nuestra historia comienza a desarrollarse, lo que curiosamente para algunos es poco probable que llegue hasta nuestros días. Sin embargo, para otros, es perfectamente aceptable.
 
Empecemos a narrarlo.
(Un pequeño asentamiento en rocosas sierras de España).
Un pueblo formado por campesinos y ganaderos criadores de ovejas y cabras.
(Un palacio medieval, y una familia rica, fanática y dominante).
(Una iglesia muy antigua, construida arquitectónicamente sobre los cimientos de antiguas mezquitas, templos levantados durante la dominación árabe).
(Dos jóvenes con diferentes educaciones, posturas y principios).
 
El nombre de ella era Zaida, pronunciaba hechizos, y sortilegios, hacía pociones medicinales para la salud, conocía los secretos de la tierra, del aire, del fuego y del agua, es decir de los cuatro elementos fundamentales.
 
Era hija de alquimistas y se le dio el conocimiento que conduce a la transformación de los metales y la transmutación y transformación de elementos y energías terrenales y universales.
 
Considerada una bruja en aquel tiempo, porque entonces las mujeres no tenían acceso a la educación y la ciencia era mal vista en el lugar donde vivía.
 
Sin embargo, cuando llegaban enfermedades, la gente del lugar acudía a ella para obtener ayuda de sus conocimientos.
 
España en esos momentos estaba muy retrasada, igual que el resto de Europa, en el campo de la medicina.
 
Zaida vivía en esa aldea española que estaba situada de muy cerca de montañas muy rocosas, en un valle semiárido, habitat adecuado a cabras y ovejas, con muchos animales de caza y también con serpientes venenosas, de las que ella extraía los fluidos necesarios para hacer sus medicinas y pociones, dentro de su hogar ubicado próximo al acantilado rocoso.
 
En este pueblo vivía , en su antigua iglesia, un párroco muy anciano, prior de la misma, que a pesar de las diferencias religiosas, entendía y respetaba los poderes y el conocimiento de la joven Zaida, la del cabello largo y los ojos verdes como las aguas del mar.
 
He aquí que el anciano párroco fallece y un joven sacerdote, culto y educado dentro de los parámetros de la iglesia católica española y en los mejores conventos de la época, destinados precisamente a educar niños de las familias más ricas, influentes y poderosas, como la casa de los propietarios del castillo del pueblo.
Su nombre, Luís de los Ríos.
 
Este joven sacerdote asume su cargo y, poco a poco, llegó a conocer más sobre las personas que allí habitaban, de sus historias y de sus costumbres, ya que él había sido educado casi sin tener contacto con la gente del lugar.
 
Luís tuvo desde la cuna la formación religiosa de la  época, los prejuicios y las limitaciones que su fe le imponía. Al conocer la existencia de una bruja en el pueblo, la persiguió y la denunció a sus superiores eclesiásticos.
 
El destino y la vida son sabios en sus propósitos y a veces crean situaciones insospechadas para los hombres que buscan su progreso y abren sus mentes a las verdades universales.
 
En aquel momento, las plagas y enfermedades eran letales para hombre, la mayoría de las veces, en gran parte por la falta de higiene imperante.
 
He aquí que Luís se enfermó. Todo el conocimiento médico y las medicinas que se dan a la población no obtuvieron éxito. 
 
Finalmente, en un intento por salvarle la vida, Zaida fue llamada a su cama. Ella aceptó con gran amabilidad el encargo de salvarle, sabiendo no obstante que le esperaba una feroz persecución por parte de la iglesia.
 
Ella siguió cuidando al enfermo y le aplicó sus pociones e invocó las fuerzas de la naturaleza que le pertenecían.
 
Pasó el tiempo y Luís fue mejorando gradualmente y fue recuperando sus fuerzas. Al mismo tiempo ayudados por la proximidad y convivencia, ambos jóvenes comienzaron a necesitar la presencia mutua sin darse apenas cuenta.
 
Se enamoraron. La gente se dio cuenta de ello, y condenándolo, lo comunicaron a la familia del sacerdote y a los superiores eclesiásticos.
 
Debido a que fue considerada una bruja e incitada por la poderosa familia del sacerdote que no admitió nunca esa relación, la iglesia persiguió a Zaida. 
 
Conociendo el destino que está reservado para las brujas, la hoguera, los jóvenes acordaron huir a un lejano lugar.
 
Luís debería brindar a Zaida apoyo y cobertura para que sus planes de fuga se cumplieran y su amor pudiera hacerse realidad.
 
Sin embargo, el día acordado, se sintió asustado y, presionado por su familia y su fe, huyó  para no acudir a la cita y dejar a Zaida a merced de sus acusadores.
 
Ella se sintió abandonada por la persona que tanto amaba. No obstante logró escapar por las altas y rocosas montañas y  al llegar al borde de un acantilado, echó una última mirada al horizonte, recordó a su amado, le perdonó mentalmente y pidió a la naturaleza  que le diera la oportunidad de encontrarse con él nuevamente, en tiempos pasados, o en tiempos futuros . ¿Quién lo sabe?
Señaló hacia el horizonte, alcanzó el borde del precipicio y se lanzó al vacío.
 
Se suceden los siglos y con ellos los nuevos encuentros entre los dos van ocurriendo, siempre llenos de pasión y reconocimiento intrínseco, no siempre recordados conscientemente.
 
Hoy depende de Luis, incluso si no lo recuerda, purgarse a sí mismo el sentimiento de culpa por la ausencia y el daño infringidos.
 
Zaida se adapta a las dificultades físicas que sufre por su elección y agresión contra la Madre Naturaleza. Por hora, en esta vida, viejos los dos se reencuentran, se reconocen y se enamoran de nuevo.
 
La vida continúa a su proprio ritmo…
 
Las rocas muy altas y viejas con el correr del tiempo, a veces, caen transformándose en arena, que se va a lo lejos por el aire tanteando.
 
Mientras tanto, los malos sentimientos también son como las arenas, pero con el tiempo se van perdiendo y cambian.

Mis ojos

M

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera jaro 

Mis ojos soñadores
son como las aguas marinas,
profundas, inescrutables.
Hay historias en ellos contenidas
de ilusiones que ha mucho,
muchísimo tiempo que yo he vivido.
Ellos ven más lejos,
y expresan innumerables esperanzas,
se alegran en la fantasia,
no viven del pasado,
se olvidan de las tiranías.
Saben sonreír sin palabras,
conocen de la alegría
de renacer cada día
para vivir, amar y ser feliz.
Son la luz que se derrama,
como las olas del mar
en las calmas, tranquilas
playas de la vida,
siempre a soñar.

Recuerdos – Aceite de hígado de bacalao

R

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera jaro 

Cuando me levanté y tomé mi medicación por la mañana, media hora antes del desayuno, como me había recetado el médico, me vinieron recuerdos de mi infancia, no sé por qué.

Recuerdos de cuando éramos pequeños en mi casa, que tenía un gran patio lleno de árboles frutales y flores que a mi madre le encantaba plantar para embellecer sus rincones. Allí pasábamos los días jugando y haciendo todo tipo de travesuras.

Mi padre nos construyó una especie de refugio en un viejo canelo. Allí subíamos por una escalera que nos llevaba al enclave de gruesas ramas, donde había bancos para sentarnos y una mesa improvisada.

En este rincón del árbol jugábamos a las casitas, es decir, improvisábamos comida en latas que subíamos.

La comida estaba hecha de tierra húmeda, hojas de árbol y decorada con flores del jardín.
En nuestra imaginación infantil, las muñecas se comían toda esta comida y luego dormían en sus camas improvisadas.
Era un mundo de ensueño...

Otras veces jugábamos a juegos peligrosos, atando cuerdas a las ramas y bajando por ellas hasta el suelo, imaginando que, como el personaje Tarzán, estábamos en la selva.
Para nosotros, aquel patio, de casi 100 metros de largo y lleno de árboles frutales, era como un denso bosque lleno de posibilidades para aventurarnos en aquel paraíso nuestro.

En otra ocasión, imaginamos que estábamos en un circo y para ello atamos una cuerda de un árbol a otro, fuertemente anudada, y caminamos sobre ella así, como habíamos visto en un espectáculo circense.

Hubo muchas caídas y todavia hoy quedan cicatrices y dolores, las marcas de nuestras travesuras.

Mi mamá y mi papá trabajaron duro para mantenernos y darnos una educación digna, no con riqueza, porque no éramos ricos, sino principalmente con acceso a la cultura y a la educación, que en esa época era muy buena y se impartía en escuelas públicas bien conceptuadas, donde se tomaban exámenes rigurosos para poder asistir a ellas.

Bueno, en realidad, estos recuerdos me vinieron por la mañana mientras tomaba mi medicación matutina y pensé ¿por qué me ocurrieron?

Entonces recordé, también, que en aquella época sí que acabábamos enfermando.

Había enfermedades graves para las que ya existían vacunas, como para la parálisis infantil, la difteria y otras.

Sin embargo, en mi infancia, no sabría decir si por falta de vacunas o de recursos económicos, teníamos tanto enfermedades graves como normales, que podríamos decir que eran caseras.

Para las caseras, había varios remedios que mi madre conocía y aplicaba rigurosamente, por ejemplo: cuando nos dolía la garganta, hacíamos gárgaras con agua con sal y vinagre para hacer gárgaras y limpiar las amígdalas de infecciones.

Para la fiebre, nos metía en la cama bien tapados con mantas y nos daba té caliente con miel y limón y otra pastilla de aspirina para bajar la temperatura, lo que nos hacía sudar mucho, empapando la ropa, las sábanas y las mantas.

Creo que surtió efecto, porque la fiebre bajó y al día siguiente estábamos en vías de recuperación.

Pero lo que más odiaba, y lo que ella utilizaba a menudo para limpiar nuestros intestinos, era el famoso aceite de ricino, que actuaba como laxante, permitiéndonos expulsar elementos indeseables de nuestro cuerpo.

Según recuerdo, lo que realmente me disgustaba y me daban a menudo, porque era delgada y no me gustaba comer, era el llamado Aceite de Hígado de Bacalao. Solía correr por todo el patio escondiéndome para evitar tomarlo. Y cuando lograban atraparme y someterme a él, además de tener que tragármelo, recibía unos buenos azotes en el trasero para que aprendiera a no ser desobediente.

¡Cuánto se sacrificó mi madre para hacernos personas!

Mi padre trabajaba todo el día y sólo venía a casa por la noche.
Y hoy pienso que el aceite de hígado de bacalao fue efectivo...
Sigo siendo fuerte y sana, física y mentalmente, a pesar de los años que han pasado.
Mi madre tenía razón.

Lapicero

L

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera jaro 

Tanto tiempo olvidado,
Obsoleto fue abandonado entre: "Mal trazadas líneas",
garabatos, dibujos, cartas.
Recuerdos juveniles
de cuando estaba en uso.
Fue empequeñeciendo con el tiempo,
por el uso improvisado.
Transmitía recados,
juramentos y rasgos…
Hoy lo encuentro, el pedacito,
entre las páginas
amarillentas de un pasado,
mi pequeño llapicero.
¡ Pobrecito!
Lo cambié por un bolígrafo,
que se dice: compacto
una especie de estilográfica.
¡ Que rata!

Mi lugar soñado

M

Silvia C.S.P. Martinson

Traducido al español por Pedro Rivera jaro 

Extraño pensé: "MI LUGAR SOÑADO"
Nunca me había imaginado en toda mi vida proyectar un final para mí en algún lugar definido.

Después de todo lo que he vivido, trabajado, estudiado, formado mi familia, vivido en diferentes lugares y viajado, me parece extraño establecerme definitivamente en un lugar.

La vida pasó y pasa tan rápido que no me di cuenta de que en cierta forma envejecemos.
Recién ahora, con la interesante propuesta de escribir un texto sobre "Mi Lugar Soñado" me detuve a pensar qué sería para mí ese lugar.

De niña tuve la suerte de tener una familia compuesta por padre, madre y hermana, que naturalmente satisfacían mis necesidades materiales y sobre todo, a través del cariño y atención de mis padres recibí enseñanzas sobre moral, amistad, religión y respeto al ser humano. En definitiva, un hogar.

Cuando fui mayor me casé y formé una familia, ejerciendo en este nuevo hogar el papel de madre, esposa y compañera en las decisiones que la vida nos obligaba a tomar.

No siempre las correctas, pero sí las que nos parecían en ese momento las más adecuadas y aceptadas para la situación que se presentaba.
Así que en aquellos años, en aquellos momentos y lugares en los que viví me instigaron a suponer que eran: "Mi lugar soñado".

El tiempo pasa, la hija crece, se casa y sigue su camino. La muerte también llama a nuestra puerta por su natural exigencia y se lleva consigo a nuestros seres queridos, que inevitablemente tuvimos que aceptar.

Entonces el hogar se desmorona, dejando el vacío con el que se vive y los recuerdos que a veces nos deslumbran, recordándonos los momentos felices, los logros de lo que fue "Mi lugar soñado".

Ahora, en este momento, cuando vivo lejos de mi país pero feliz, voy a empezar a imaginar lo que finalmente me gustaría tener como un lugar que podría llamar "Mi lugar soñado".

He vivido tanto en varias ciudades pequeñas y grandes que en este preciso instante, si no es viajando que me gusta mucho, mi mente se transporta a una montaña.

Una montaña verde, llena de bosques y rápidos de agua clara, donde me bañaba todos los días de calor y donde bajo la sombra de los árboles me quedaba a componer mis versos y a soñar.

Desde esta montaña, no muy alta, podía ver, bajo un cielo muy azul, los valles y las casitas que allí había.

Casi en la cima de esta colina tendría mi casita de piedras naturales, pintada de blanco, muy sencilla, con un salón unido a la cocina donde prepararía la comida, el té o el café para recibir a los amigos. Un dormitorio para los invitados, otro para mí, dos cuartos de baño, una chimenea de leña en el salón para calentarme en los días fríos. Muebles sencillos y cómodos y ventanas adornadas con geranios en el exterior, además de cortinas blancas que volarían con el viento.

Un jardín con rosas y otras flores adornaría la entrada de la casa que no tendría vallas que limitaran la entrada. Y en la puerta esperándome con una copa de vino blanco, cuando llego por la tarde o la noche, el hombre que me gusta y me encanta todos los días.
Un gallinero del que recogería los huevos.
Un huerto con muchos árboles frutales.
Un huerto donde cultivaría diversas verduras.
Los animales salvajes correrían libres por los alrededores, sin miedo a ser capturados.

Al final de la parcela construiría una tumba sencilla que se utilizaría después de mi muerte y en ella se escribiría en una placa lo siguiente:
“Aquí yace una mujer que vivió intensamente y murió feliz diciendo”: “Aquí he vivido hasta ahora “Mi lugar soñado”.”

El llorón

E

Silvia C.S.P. Martinson 

Traducido al español por Pedro Rivera Jaro

Cuando trabajaba como abogado en la ciudad donde vivía, observé muchos acontecimientos interesantes que tenían lugar en los pasillos del Foro.

Uno de ellos me llamó mucho la atención por su peculiaridad.

Las personas que allí se encontraban, especialmente los funcionarios de las oficinas de registro, acostumbrados a ver el sufrimiento ajeno, ya sea por la falta de un servicio judicial justo o por los dramas familiares que nos son muy comunes a los seres humanos, estaban horrorizados por lo que veían.

Vayamos a los hechos para no extendernos demasiado y aburrir al lector.

Sucedió así.

Todos los días por la tarde, cuando se celebraban las vistas y los jueces estaban desbordados de trabajo, y los secretarios preparaban el papeleo normal de cada caso para que fuera analizado por el magistrado asignado al caso, en el pasillo donde las partes esperaban su turno para ser oídas ocurrió lo siguiente.

Había un señor -no recuerdo su nombre, pero no viene al caso- que estaba sentado en un banco llorando a gritos.

Cuando le preguntaron qué ocurría, sollozó y dijo que su mujer le había pegado y echado de casa a esa hora.

Todos los presentes se apiadaron de él. 

Resultó que este incidente se convirtió en algo cotidiano en el juzgado y atrajo la atención de jueces y funcionarios.

Un día, el juez compadecido le llamó a su despacho y le preguntó por qué sucedía esto y por qué no denunciaba lo que estaba pasando a la policía o al Ministerio Fiscal para que se tomaran las medidas legales oportunas.

Entre lágrimas y sollozos, le dijo al juez que amaba a su mujer y que siempre se reconciliaban por la noche en la cama, y que el Fórum era un entorno propicio para desahogar su dolor, ya que en la calle llamaría demasiado la atención.

El juez quedó estupefacto ante tan insólita actitud y, profundamente molesto por el atrevimiento y también por haberle hecho perder su precioso tiempo de trabajo, lo expulsó de su despacho, diciéndole que solucionara sus problemas en casa y que no volviera a pisar el pasillo de la judicatura con iniquidades.

Algún tiempo después, la verdad salió a la luz, como siempre ocurre.

Su mujer le pegaba porque no quería ir a trabajar aunque estaba sano.

Sobre todo, cogía el dinero de la casa, que ganaba limpiando, y se lo gastaba en casas de apuestas, juegos de cartas y carreras de caballos.

Y entonces nos preguntamos:

¿Dónde estaba la justicia o la injusticia en este caso?

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