
Silvia C.S.P. Martinson
2.- OCTAVIA CAMINA POR EL PARQUE.
3.- EL CHICO LA ESTÁ ACECHANDO. CORRE Y LE ARRANCA LA GARGANTILLA.
4.- ELLA GRITA: ¡ OH SEÑOR! FUE UN REGALO DE BODA. ¿Y AHORA?
5.- ¡OH SEÑOR! LA HE PERDIDO PARA SIEMPRE...

En la tarde gris que ahora transcurre, es cuando las personas caminan por las calles. Hay una luz que se refleja en cada mirada.
Y al ver pasar tanta alegría, la tristeza se desvanece. En los cuerpos, todo se convierte en paz y armonía.
Los hombres se preocupan, mientras los niños olvidan sus juegos favoritos para correr por las calles solitarias.
Así es. Así pasa.
Un día más en la vida.
Como el tiempo, que, por caminos donde los hombres ni imaginan, llegará al final de su recorrido, dejando tras de sí pequeñas alegrías y grandes preocupaciones sin importancia; en realidad, sin disfrutar la belleza de vivir cada día, de sonreír, de amar y de ser feliz.

Este fue otro impactante caso ocurrido a finales de los años 90. A pesar de haber sido testigo de muchos casos brutales, ya sea siguiéndolos en la prensa o participando en alguna investigación, este me impactó por su carencia de sentido y la brutalidad de lo ocurrido.
Ella era una muchacha de origen colombiano, que estaba terminando sus estudios secundarios. Vivía sola con su madre, quien emigró sin más familia que su hija a Miami, escapando de la violencia que el narcotráfico, impulsado por Escobar, y la guerrilla asolaban en el país.
Pensó que en Estados Unidos, donde impera el estado de derecho, podrían vivir tranquilas las dos, ya que no tenían más familia. Se mudaron a un tranquilo barrio del suroeste, llamado “La Sahuesera” por los cubanos, un lugar de clase media, con buenas escuelas y vecinos, en su mayoría hispanos, gente trabajadora y educada.
Allí se establecieron, y la muchacha se adaptó rápidamente a su nuevo entorno. Por su carácter divertido, amable y estudioso, fue rápidamente aceptada. La madre consiguió un modesto trabajo que les alcanzaba para pagar la renta de un cuarto, comer y, en general, cubrir todos sus gastos. Aunque a veces vivían con limitaciones, la hija entendía la situación y no pedía más de lo que su madre podía ofrecer. Y eran muy felices.
La joven era una estudiante brillante, con excelentes calificaciones y querida por compañeros y profesores. Ya en la adolescencia, conoció a un compañero de curso y vecino, con quien compartía muchas afinidades. Se enamoraron y comenzaron un romance que fue aceptado con alegría por ambas familias.
Llegado el final de la secundaria, la chica obtuvo los mejores promedios del curso y casi de todo el colegio. Fue aceptada en todas las universidades a las que postuló y en la carrera que deseaba. La felicidad de ambas familias era inmensa. Hasta aquí, la historia es similar a la de muchos inmigrantes que, con esfuerzo, logran el éxito.
Sin embargo, en este punto, dos historias se entrelazan.
A pocos kilómetros de Miami, en la ciudad de Orlando, tres muchachos, también de origen hispano pero con una historia de vida diferente, terminaban un día de trabajo en la construcción. Uno de ellos, menor de edad, tenía alrededor de 17 años y era sobrino de uno de los otros dos. El líder del grupo, delgado, fuerte y de carácter violento, propuso alquilar un vehículo y viajar a Miami Beach para un fin de semana de diversión. La idea fue bien recibida.
Alquilaron una camioneta Ford de doble cabina y partieron hacia Miami Beach, ya con algunos tragos en el cuerpo.
Mientras tanto, en La Sahuesera, los jóvenes enamorados, emocionados por la reciente graduación, decidieron celebrar solos en Miami Beach. Aunque no solían visitar esa ciudad, aquella noche era especial. La joven, muy arreglada y con la bendición de su madre, partió junto a su novio, quien ya era parte de la familia.
La madrugada en Miami Beach los marcaría para siempre. La pareja salió de un club, abrazados y felices. Habían celebrado su recién cumplida mayoría de edad y experimentado por primera vez la sensación de ser adultos y libres. Caminaban por una calle lateral, más solitaria, cuando una camioneta blanca se detuvo bruscamente. De ella bajaron dos hombres: uno, delgado y de rasgos duros, llevaba un revólver, y el otro, casi de la edad de la pareja, portaba un cuchillo. Los obligaron a subir a la parte trasera del vehículo.
El conductor tomó la carretera I-95 rumbo al norte. Mientras tanto, uno de los secuestradores mantenía inmovilizado al joven con un cuchillo en el cuello, mientras el otro apuntaba a la cabeza de la muchacha con el revólver, obligándola a desnudarse. La joven suplicaba que no les hicieran daño, pero sus ruegos fueron ignorados. Fue violada repetidamente durante el trayecto.
Finalmente, los atacantes decidieron asesinarlos para no dejar testigos. Intentaron degollar al joven, pero, por falta de experiencia o quizá por vacilación, no lograron matarlo. El muchacho fingió estar muerto, y cuando la camioneta retomó su camino, logró salir del lugar gravemente herido. Detuvo a un conductor que lo ayudó y avisó a la policía.
Horas más tarde, las autoridades encontraron el cuerpo sin vida de la muchacha cerca de Hillsborough Boulevard. Había recibido dos disparos en la cabeza. Así mataron sus sueños.
La policía capturó a los culpables una semana después. El menor de edad fue condenado a cadena perpetua, que comenzó en una cárcel de menores hasta alcanzar la mayoría de edad, cuando fue trasladado a una prisión regular. El otro recibió prisión perpetua tras testificar contra el líder del grupo, quien fue condenado a muerte.
A principios de los años 2000, vi un programa de televisión en el que apareció la madre de la joven. Lideraba un grupo de madres que se apoyaban mutuamente en casos similares, pero los ojos de esa madre estaban tan muertos como su hija.

Los adolescentes optaron por salir huyendo para no seguir recibiendo el merecido castigo.
Cuando lo contaban en el barrio, nos partíamos de la risa, ante aquella cómica situación.

Así, una noche, después de una fiesta, ya cansados de la situación, ellos confrontaron al amigo y le explicaron que el vivir todos juntos también tenia cierto nivel de responsabilidad. Le dijeron lo mas claramente posible que quizás seria mejor que se buscara otro lugar donde vivir.

En la oficina, todos ya estaban acostumbrados a su manera servil de acatar las órdenes de su esposa, y entre ellos intercambiaban miradas burlonas y sonrisas disimuladas.


Pedritoo es un pequeño comerciante en una diminuta ciudad del interior, donde todo el mundo conoce a todo el mundo.
Al salir con Marlene, que es secretaria ejecutiva en la empresa de la que su padre es propietario, Pedrito encontró su verdadero amor. ¡Qué pareja simpática y prometedora!
Para expresar todo su sentimiento, Pedrito comenzó a ostentar en el cristal trasero de su automóvil lo mucho que la ama:
CREO QUE SOY EL ALMA GEMELA DE MARLENE
Es una forma original de expresar un amor tan puro. Marlene, halagada, respondió colocando un mensaje en su coche:
YO NO LO CREO. ESTOY ABSOLUTAMENTE SEGURA
Luego, la atención se centró en Pedrito, quien, sintiéndose obligado a devolver el gesto, se expresó de la siguiente manera:
REALMENTE, ME EXCEDÍ. NO TENGO DUDAS, SOY EL ALMA GEMELA DE MARLENE
De manera natural, se estableció un canal de comunicación entre los dos (como un blog a cielo abierto) sobre temas, siempre que no fueran de tono íntimo, para alegría de familiares y amigos.
Un día, llegó la pregunta que todos esperaban con ansias:
QUERIDA MARLENE, ¿QUIERES CASARTE CONMIGO? -
La respuesta de la feliz pretendida Marlene no tardó:
¡SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ...MIL VECES, SÍ! -
Seis meses después, los invitados al matrimonio de los dos (con textos idénticos) aparecieron tanto en el coche del novio como en el de la novia.
Casados, a partir de ahí todo fue conforme a lo esperado. Felicidad general e irrestricta. Las personas inteligentes, honestas y trabajadoras tienden, por merecimiento, a progresar siempre.
Casi al cumplir un año de casados, Marlene comenzó a sentir los bienvenidos síntomas de náuseas, para felicidad de todos. Los mensajes en los respectivos coches decían:
¡FAMILIA AUMENTADA A LA VISTA!
Tras el nacimiento de la primogénita Ana Clara, se anunció la próxima llegada de su hermanito, Carlos Augusto.
Así, pasaron los años y la vida. Cuando les preguntan a nuestra pareja cómo están, la respuesta inmediata y orgullosa es: si mejora, se estropea.
Cuando celebraron sus bodas de plata, fue con gran satisfacción que anunciaron a sus hijos ya estaban licenciados de la universidad, acompañados de prometedores proyectos profesionales.
En su cincuenta aniversario de ejemplar unión, cuando les preguntaron sobre qué aspiraciones les gustaría ver cumplidas, pidieron un tiempo para responder. Días después, los exhibían en sus automóviles:
DIOS PERMITA QUE JAMÁS VIVA SIN MI PEDRITO (Marlene)
QUIERO A MARLENE SIEMPRE A MI LADO, SIN ELLA MI VIDA PERDERÍA EL SENTIDO (Pedrito) -
Una gran conmoción por la triste noticia del fallecimiento de los ilustres Pedrito y Marlene, quienes fueron alcanzados por otro vehículo que circulaba en sentido contrario, mientras viajaban en su automóvil por una carretera nacional.
Consternados, sus hijos, nuera, yerno y nietos.
Tiernas memorias de que los últimos deseos de los queridos e inolvidables Pedrito y Marlene fueron cumplidos íntegramente:
UNIDOS EN LA VIDA, EN LA MUERTE Y POR TODA LA ETERNIDAD

Esa naturalidad que las envuelve como halo, las convierte en algo especial. Ambas son como ajenas a esta realidad, pero inmersas en la luminosidad de la primavera cálida que las absorbe y las proyecta entre la multitud.

Durante miles de años, el ser humano ha intentado domesticar el mundo que habitamos, en la medida de lo posible. Ha construido carreteras, ha cultivado los campos, ha hecho presas y azudes para contener las aguas salvajes, etc.