El asesinato del médico de Cespedosa de Tormes

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Pedro Rivera Jaro 

La Villa de Cespedosa de Tormes está situada sobre la antiquísima frontera de Castilla y de León, entre las provincias de Ávila y Salamanca, en la zona conocida como Alto Tormes, en referencia a dicho afluente del Duero.

La mayoría de sus pobladores son gente humilde que se dedica al cultivo de la tierra y a la cría de sus animales.

El día 10 de julio de 1912, don Leopoldo Soler, médico titular de Cespedosa, viudo y padre de una niña de tan solo cuatro años de edad, apareció en el lugar donde confluye la calle de Pablo Prieto y la plaza del Doctor Ramón Martín Frutos, desangrado por el corte que sufría en las venas y arterias del cuello. Allí lo dejaron sentado, quienes quiera que ejecutaran su asesinato.

Don Leopoldo procedía de una buena familia de la capital salmantina. Fue un estudiante brillante y destacó también en todas las actividades sociales. Reuniones, mítines, algazaras, contaban con su señalada presencia.

Se casó con Basilia Cáceres, hija de un reputado y bien considerado abogado y posteriormente en 1906 obtuvo la plaza de médico en Cereceda, de donde en poco tiempo pasó a Cespedosa de Tormes.

Muy pronto se convirtió en un personaje relevante en el pueblo, junto al Alcalde, el Sacerdote, el Juez, el Boticario y los maestros.

Cayó en gracia en el pueblo, al menos al principio, pero al poco tiempo eso cambió porque al parecer, según el rumor que corrió por el pueblo, cuando visitaba a sus pacientes femeninas, al parecer abusaba de ellas y para mayor delito, cuando veía al novio o al marido, no se recataba de decirles: “tu jugando la partida y mientras tanto yo, en la cama con tu mujer”.

Los varones del pueblo empezaron a variar su opinión del doctor, ya que su extendida fama de Don Juan, fue motivo de ojeriza y celos entre los varones.

La actitud del médico se agravó al fallecer su joven esposa Basilia, tras una corta enfermedad que la llevó a la tumba.

Tres meses después de enviudar, una niña encontró su cuerpo degollado y sin vida, sentado en la calle Pablo Prieto.

Avisó al hermano del médico, que residía en la misma casa de su hermano y éste avisó a la Guardia Civil.

Un periodista del diario El Adelanto de Salamanca, a quien llamaban El Timbalero, José Sánchez, con experiencia en otros crímenes anteriores, intentó obtener información, pero se encontró con un muro de silencio, como ya le había ocurrido antes al Juez Instructor, don José de la Concha.
Aparentemente, el doctor, era un hombre muy querido y respetado. Lamentaban mucho su muerte, pero nadie colaboraba en el esclarecimiento del crimen.

El juez optó por detener a nueve hombres y dos mujeres. Todos ellos entraron a los calabozos en un intento de disuadirlos de romper su silencio. Después de los interrogatorios por parte de la Guardia Civil, quedaron tres sospechosos principales presos.

El primero de ellos Ciriaco Hernández, apodado El Brujo, era el matarife del pueblo, que por su oficio sacrificaba ovejas, cabras y cerdos, cada día de matanza con su hábil mano, manejando los cuchillos, y conocía a la perfección venas y arterias, así como su localización para una muerte rápida y segura.

Todo esto unido a una mala relación con el médico, motivada por los comentarios que corrían por el pueblo y que hablaban de que la mujer de El Brujo, Gaspara, mantenía con el médico una relación a escondidas del marido, pero es sabido que estas cosas en los pueblos, son conocidas y comentadas, lo cual constituye motivo de burlas y cuchufletas, a costa del supuesto cornudo.

Como dice un conocido comentario castellano:” No siento que me pongan los cuernos, sino la risita que les entra cuando paso”.

El Brujo, había exigido aclaraciones, llamando a careo a Gaspara y a Don Leopoldo, y al parecer no quedó convencido de las explicaciones recibidas.

El segundo sospechoso, Pablo Vallejo, Pablines, en lugar de su esposa, se trataba de su hija, pero en este caso parece que el médico tenía la intención de casarse con ella, al haber quedado viudo.

El tercer sospechoso era Santiago Hernández, Chaguete, como acostumbran en Salamanca a llamar a los Santiagos.
Un testigo le ubicaba en la última noche con vida del médico, en una taberna del pueblo, diciéndoles a dos vecinos que había que matar al médico.

Aunque los interrogatorios se aplicaron con mucha dureza, los detenidos negaron su implicación, una y otra vez. Al final fueron puestos en libertad. Todo el asunto acabó siendo considerado un crimen colectivo, como ocurriera en la famosa obra de Fuenteovejuna, donde mataron al Comendador todos a una.
Durante muchos años, los médicos procuraban permanecer el menor tiempo posible en aquel pueblo, hasta que fue borrándose la virulencia del crimen de la memoria colectiva.

Nunca se llegó a saber por la Justicia la realidad de lo ocurrido, pero sí que existen comentarios de algunos naturales de Cespedosa de Tormes, que hablaban de que alguna familia del pueblo, siguió guardando un importante secreto durante varias generaciones, porque uno de sus miembros, había abandonado el pueblo, la misma noche del crimen al lomo de su mula, y nunca se desveló su destino real, aunque al parecer viajó hasta Tucumán, en Argentina, ya allí permaneció hasta la hora de su muerte, amparado en el silencio del pueblo, que consideraba justo lo que le aconteció a aquel señorito, que no se privaba de hacer su capricho, aún a costa del honor de los demás habitantes.

Hoy en día las condiciones y derechos son muy diferentes, pero entonces, las mujeres estaban mucho más desprotegidas, e igualmente sus familiares, cuando se trataba de personas humildes.

Sobre el autor/a

Pedro Rivera Jaro

Nació el 24 de febrero de 1950 en Madrid, España. Jubilado con estudios de Empresariales, Marketing y Logística. Dedicado por afición a la narrativa y poesía. Jurado en el Concurso Cultural FECI/INTE, participante en el Libro Versos en el Aire, con el poema ¿A dónde va?
Concurso Villa de Lumbrales XXII, de la Asociación de Mujeres.
Concurso de Editora Ex Libric, con el trabajo 48 Palabras.
En 2023 escribió, mano a mano con la autora Silvia Cristina Preysler Martinson el libro, en español y portugués, Cuatro Esquinas - Quatro Cantos.

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