Estudia más un hambriento que cien abogados

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Pedro Rivera Jaro

En algún escrito anterior ya os contaba que España fue aislada por las democracias europeas, vencedoras de la II Guerra Mundial, por estar bajo el mandato del General Francisco Franco Bahamonde, y considerar que era fascista, porque estuvo apoyado por Hitler y Musolini, durante la Guerra Civil española contra la Segunda República.

Hasta que en 1959 el Presidente norteamericano Ike Eisenhower, cerró con el General los acuerdos de instalación de bases “conjuntas”, en Rota, Torrejón de Ardoz y Zaragoza.

En realidad, el supuesto castigo a Franco, a quien castigaba de verdad era al pueblo español, que carecía de lo más necesario para sobrevivir. Enfermedades como la tuberculosis y la polio, se cebaban sobre adultos y niños, al carecer de medicamentos como la penicilina y los tratamientos necesarios.

Del Plan Marshall, que sembró Europa de dólares al acabar la Segunda Gran Guerra, a España no llegó ni uno solo.

Fue la época de las cartillas de racionamiento y del estraperlo de alimentos, en la que se intentaba burlar a la Fiscalía de Consumo, introduciendo de matute, escondidos entre las ropas y otros lugares más inverosímiles, en las ciudades, donde, a diferencia de las zonas rurales, no se producían dichos alimentos, y escaseaban en gran medida, originando una gravísima situación de hambruna entre sus habitantes.

Hierbas silvestres que se criaban en las riberas de los ríos, como la verdolaga, los cardillos o las acederas, se recogían y se comían para engañar al hambre que padecían.

Los pobres gatos eran capturados y acababan siendo las proteínas que hacían falta a tantas personas.

Me contaba una señora que durante la guerra civil, ella era la mujer del teniente García, del ejército Republicano, pero cuando acabó, pasó a ser la mujer del Gatero, dada la actividad de caza de gatos a la que se dedicaba su esposo.

Aunque a muchos les pueda parecer increíble, había personas que se dedicaban a cazar en acequias de riego, ratas de agua, que seguían el mismo camino que los gatos que antes citaba.

Asimismo se dedicaban a capturar con trampas todo tipo de pajarillos. Hoy que no carecemos de comida, pueden espantarnos todos estos hechos, pero entonces el hambre acallaba las voces de las conciencias.

En los terribles años aquellos, ocurrieron cosas que demuestran el ingenio de las personas, para superar situaciones problemáticas, unas por necesidad, y otras por ambición.

Recuerdo a un rico industrial hoy ya fallecido, que me contaba cómo introducían dentro de sacos de estiércol, talegos de lona llenos de panes para pasar los controles de Consumo, como si fueran estiércol para el abono de huertas y jardines, y una vez superado el Control, se sacaban los panes y se vendían para consumo humano.

En cuanto al transporte, no entraban camiones de importación en España, y fábricas para hacerlos, no teníamos, hasta que empezaron a entrar Leyland, cuya marca posteriormente cedió la patente para fabricar los Pegaso, y asimismo Eduardo Barreiros, comenzó también en GISA, Galicia Industrial, S.A. a fabricar los primeros camiones Barreiros.

Recuerdo, siendo yo muy niño, que mi padre visitaba los desguaces cuando partía algún palier u otras piezas de las transmisiones, rodamientos, etc. A veces tenían que cortar piezas diferentes, y después soldar los trozos aprovechables de cada una, para componer una que pudiera utilizar para hacer funcionar el camión. Eran auténticos mecánicos-artesanos con cuyos conocimientos y esfuerzos, consiguieron que España no se detuviera, por falta de elementos para mantenerla andando. A toda aquella generación debemos agradecimiento, pues gracias a su esfuerzo salimos adelante sus descendientes.

Hoy en día si hay un golpe de chapa, se cambia la pieza dañada por otra nueva, pero recuerdo a aquellos chapistas, que a base de martillo y tass sacaban las abolladuras, para después aplicar emplaste, lija y pintura, hasta dejar la chapa como nueva. Igualmente las cubiertas de las ruedas estaban racionadas, y recuerdo una habitación de mi casa, que en uno de sus rincones, mi padre, guardaba las ruedas usadas apiladas unas sobre otras, y de ellas obtenía trozos interiores semicirculares, como de medio metro de longitud, que utilizaba como refuerzo interior, para evitar reventones de la parte más gastada de aquellas ruedas usadas. Todos los días tenía que desmontar y montar ruedas que se pinchaban con demasiada frecuencia.

Sobre el autor/a

Pedro Rivera Jaro

Nació el 24 de febrero de 1950 en Madrid, España. Jubilado con estudios de Empresariales, Marketing y Logística. Dedicado por afición a la narrativa y poesía. Jurado en el Concurso Cultural FECI/INTE, participante en el Libro Versos en el Aire, con el poema ¿A dónde va?
Concurso Villa de Lumbrales XXII, de la Asociación de Mujeres.
Concurso de Editora Ex Libric, con el trabajo 48 Palabras.
En 2023 escribió, mano a mano con la autora Silvia Cristina Preysler Martinson el libro, en español y portugués, Cuatro Esquinas - Quatro Cantos.

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